24. Si tengo que estar confundida, al menos que sea con chocolate #3
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, y mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. ¿Cómo sabes que Ryker no es exactamente igual? Ya has visto cómo es con las chicas. Una noche y fuera.
No le conté lo peor: que a veces, en mis momentos más oscuros, veía similitudes entre Ryker y Elio. Esa obsesión por el orden, esa manera de controlar cada aspecto de su vida. ¿Y si era solo cuestión de tiempo hasta que intentara controlarme a mí también?
—La gente cambia —argumentó ella—. Mírame a mí, ¿cuándo fue la última vez que me viste tan contenta con alguien como lo estoy con Ender?
—Es diferente —murmuré.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Porque me permito ser feliz? ¿Porque no dejo que el miedo me paralice?
No quería enfadarme, no con ella.
—¡¿Crees que me paraliza el miedo?! —casi grité—. ¿Después de todo lo que pasé? ¿Después de que ese cabrón me manipulara durante dos años, me aislara de todos, intentara destruir lo único que me importaba? ¿Crees que mi precaución es irracional?
—No he dicho eso. —Elaila también se puso de pie—. Pero ha pasado año y medio, Audra. Y sigues sin permitirte acercarte a nadie.
—¿Y qué? Estoy bien así —dije con vehemencia—. No necesito un tío para ser feliz.
—No estoy diciendo que lo necesites —replicó exasperada—. Estoy diciendo que mereces permitirte sentir algo, lo que sea, por alguien. Incluso si es el idiota de tu vecino.
—No quiero intentarlo —declaré, cruzándome de brazos—. No quiero arriesgarme.
—Pues es una pena —respondió—. Porque me ha dado la impresión de que hoy, por primera vez en mucho tiempo, parecías feliz de verdad.
—Puedo ser feliz sin complicarme la vida —insistí.
Mi amiga me miró durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si valía la pena seguir discutiendo conmigo. Al final, suspiró y negó con la cabeza.
—Esto me recuerda a cuando dejaste de hablarme durante seis meses porque no querías que supiera lo mal que estabas con Elio. Te encerraste en ti misma, fingiendo que todo iba bien mientras él te destrozaba por dentro.
Era cierto. Durante los peores meses con Elio, había cortado la comunicación con Elaila, incapaz de enfrentar sus preguntas, sus preocupaciones, su mirada que veía demasiado. Había sido más fácil alejarla que admitir lo infeliz que era, lo equivocada que había estado.
—No quería que te preocuparas —murmuré, sintiendo cómo el enfado se desinflaba, dejando solo un cansancio infinito.
—Soy tu mejor amiga —respondió con suavidad—. Preocuparme por ti es parte del trabajo. Pero en aquel entonces me apartaste. No me dejaste ayudarte.
—Pero no fue así —mentí, a pesar de que sabía perfectamente que tenía razón.
En aquel entonces, había construido un muro entre nosotras, convenciéndome de que era lo mejor, de que podía solucionar mis problemas sola.
Y ahora me daba cuenta de que estaba haciendo lo mismo.
Encerrándome en mi pequeño mundo seguro, con Peluso y mis series, evitando cualquier cosa que pudiera sacudirlo.
—Sabes que sí lo hiciste —respondió con tristeza—. Y ahora estás haciendo lo mismo. Alejando a cualquiera que intente acercarse demasiado.
—Eso no es justo —protesté, aunque una parte de mí sabía que tenía razón—. No es lo mismo.
—Claro que lo es —insistió—. Estás tan acostumbrada a protegerte que ni siquiera te das cuenta de cuando alguien está intentando de verdad traspasar tus murallas.
—¿Y si no quiero que las traspasen? —pregunté, y mi voz sonó rota, agrietada por el esfuerzo de contener las lágrimas—. ¿Y si estoy bien así?
—No lo estás. Lo veo en tus ojos cuando Ender y yo hablamos de nuestros planes. Lo veo cuando te quedas mirando a las parejas en la calle.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. Odiaba que Elaila me conociera tan bien. Odiaba que pudiera ver a través de todas mis defensas, de todas mis mentiras. Que supiera exactamente dónde estaban mis puntos débiles.
—No sé qué quieres que te diga —murmuré, dejándome caer de nuevo en el sofá—. ¿Que me estoy enamorando de Ryker? No es así. Ni siquiera me gusta. Solo... solo es que no lo odio tanto como antes.
«Y eso ya me aterra lo suficiente», añadí para mis adentros. Porque incluso eso, ese pequeño cambio, ya significaba que había permitido que algo se moviera dentro de mí. Que la coraza perfectamente construida tenía una grieta.
—Es un comienzo —dijo, sentándose a mi lado—. No te estoy pidiendo que te declares ni nada parecido. Solo que te permitas sentir lo que sea que estés sintiendo, sin huir de ello.
—No estoy huyendo —protesté débilmente.
—Claro que sí —insistió—. Llevas huyendo desde que Elio te rompió el corazón. Y lo entiendo, de verdad lo entiendo. Pero creo que ya va siendo hora de que dejes de correr.
Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. Una parte de mí quería gritarle que se fuera, que me dejara en paz con mis decisiones, con mi vida cuidadosamente construida para evitar el dolor. Pero otra parte, una pequeña y tímida parte que casi había olvidado que existía, sabía que tenía razón.
Porque la verdad, esa que ni siquiera me atrevía a admitirme a mí misma en las noches de insomnio, era que yo también quería eso.
Quería sentir. Quería querer y ser querida.
Quería despertarme junto a alguien que me mirara como si fuera lo más valioso del mundo.
Quería cuidar de alguien y que ese alguien cuidara de mí, no porque yo fuera débil, sino porque ambos seríamos más fuertes juntos.
El problema no era que no quisiera amor. El problema era que lo quería tanto, con tanta desesperación, que la simple posibilidad de tenerlo y volver a perderlo me aterrorizaba hasta los huesos. Era como estar muerta de sed frente a un vaso de agua, pero temer que estuviera envenenado.
Estaba cansada de correr. Cansada de estar siempre alerta, siempre a la defensiva. De analizar cada pequeña interacción, cada palabra, cada gesto, buscando señales de peligro. ¿Y si, solo por una vez, me permitía simplemente sentir, sin juzgar, sin anticipar desastres?
—Tengo miedo, Elaila —admití finalmente, en un tono tan bajo que apenas se oyó.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. La primera vez que admitía que no era cautela lo que me paralizaba, sino un miedo visceral, intenso, que se había instalado en mi pecho.
—Tengo miedo de querer demasiado y que no sea suficiente —continué mientras las palabras se me atascaban en la garganta—. Miedo de entregarme por completo y seguir siendo invisible. De despertar cada mañana preguntándome si hoy será el día en el que todo se derrumbe.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
—Estoy cansada, Elaila. Cansada de sentirme pequeña, de dudar de todo lo que soy. Tanto tiempo construyendo estas murallas... y, ahora que alguien podría traspasarlas, tengo pánico de lo que pueda encontrar dentro. ¿Y si no hay nada que merezca la pena? ¿Y si ya no sé querer como es debido?
Mi voz se rompió por completo, y pude ver cómo los ojos de mi amiga se llenaban de lágrimas.
—A veces... a veces solo quiero que alguien entre sin tener que abrirle la puerta. Que alguien me quiera tal como soy, sin esperar que me convierta en otra persona. Pero no sé si eso existe, o si solo son cuentos que nos contamos para sentirnos menos solos.
—Lo sé —respondió, cogiendo mi mano—. Y está bien tener miedo. Solo te pido que no dejes que decida por ti.
Asentí, incapaz de decir nada más. Nos quedamos así un buen rato, en silencio, con nuestras manos entrelazadas y Peluso acurrucado entre nosotras, ajeno a nuestros dramas humanos.
—Y ahora —dijo ella al cabo, soltando mi mano y secándose una lágrima furtiva—, vas a contarme exactamente qué pasó en esa cafetería, porque esa foto no engaña a nadie.
No pude evitar sonreír, agradecida por el cambio de tema. Por la oportunidad de hablar de algo que no fuera mi agujero negro.
—Deberías haber visto su cara cuando le unté nata en la nariz —respondí, sintiéndome repentinamente ligera—. Era como si nunca nadie hubiera osado ensuciar su preciosa piel.
Era más fácil hablar de estas cosas superficiales, de los pequeños momentos divertidos, que admitir lo que realmente me había impactado: la forma en la que Ryker me había escuchado, cómo se había reído conmigo y no de mí, cómo, por primera vez desde que nos conocíamos, me había hecho sentir vista, valorada.
Elaila se echó a reír, y yo con ella. Y por un momento, solo por un momento, dejé que aquella sensación cálida que había sentido esa mañana volviera a expandirse por mi pecho. Sin analizarla, sin cuestionarla.
Simplemente dejándola ser.
Y mientras reíamos, sentí algo extraño, como un suave crujido interior. Una de mis murallas, la más dura, la que con tanto esmero había reforzado durante esos años, se estaba agrietando. No era una destrucción completa, solo una pequeña fisura, pero era suficiente para que entrara un rayo de luz.
Lo más sorprendente no fue la grieta en sí, sino que no me aterrorizó como había imaginado.
En lugar de pánico, sentí curiosidad. Quizá, en lugar de sellar esa grieta como habría hecho antes, podría encontrar la forma de ensancharla un poco más.
De permitir que entrara más luz. Y, quién sabe, tal vez algún día tendría el valor suficiente para derribar yo misma el resto del muro, piedra a piedra.