Contigo ni en el ascensor 24. Si tengo que estar confundida, al menos que sea con chocolate #2
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24. Si tengo que estar confundida, al menos que sea con chocolate #2

Era absurdo cómo una simple mañana, un desayuno tonto con gofres, podía darle la vuelta a todo lo que creía saber sobre alguien.

Siempre había visto a Ryker como el vecino insufrible, el creído obsesionado con el orden y la perfección.

Y ahora, de repente, había descubierto que tenía sentido del humor, que podía reírse de sí mismo, que sabía escuchar.

—Esto es una locura, Peluso —susurré, rascándole detrás de las orejas—. ¿Desde cuándo Ryker Lancer me hace reír? ¿Desde cuándo accedo a volver a ese antro de tortura que llaman gimnasio?

Él me miró con esos ojos enormes que parecían decir «los humanos sois incomprensibles», antes de volver a acurrucarse en mi regazo.

En la tele, Joe estaba espiando a su nueva obsesión a través de una ventana, pero ni siquiera sus monólogos internos podían mantener mi atención.

Mi móvil no había dejado de vibrar desde que habíamos subido la foto al grupo, con Elaila exigiendo explicaciones y amenazando con presentarse en mi casa si no le contaba qué estaba pasando.

«Como si yo misma lo supiera», pensé suspirando.

No entendía qué me estaba ocurriendo, y eso me aterraba.

Era más fácil odiar a Ryker, tenerlo clasificado en la casilla de «vecino irritante» que empezar a verlo como alguien que podría.

.. ¿Qué? ¿Importarme? La idea me provocaba un nudo en el estómago.

El telefonillo sonó, lo que me hizo dar un respingo tan brusco que Peluso saltó de mi regazo, ofendido.

—¿Puedes ir tú? —le pregunté al gato, que me miró como si acabara de sugerirle que se pusiera a trabajar para pagar su comida.

El telefonillo volvió a sonar con insistencia.

—Vale, vale, ya voy —gruñí, desenvolviendo la manta y arrastrando los pies hasta la entrada—. ¿Quién es?

—¿En serio, Audra? —La voz de Elaila sonó indignada al otro lado—. ¿Has ignorado mis veintisiete mensajes y ahora preguntas quién es? ¿Esperabas a otra persona?

Puse los ojos en blanco, aunque no pudiera verme. Conocía ese tono. Era el que usaba cuando estaba a punto de someterme a un interrogatorio del que no habría escapatoria.

—¿Vienes a interrogarme? Porque no estoy de humor para un tercer grado.

—Vengo a traerte el vestido que me prestaste —respondió, y casi pude imaginarla poniendo esa cara de falsa inocencia—. El verde.

Suspiré. Era una excusa tan evidente que daba hasta vergüenza. Se lo había prestado hacía meses.

—Claro, sube. —Pulsé el botón para abrirle y me quedé esperando junto a la puerta abierta.

A los pocos minutos, Elaila apareció por las escaleras, sorprendentemente sin jadear, a pesar de los ocho pisos. ¿Es que nadie más que yo sufría subiendo esas malditas escaleras?

—Podrías usar tus llaves, ¿sabes? Las que te di para emergencias —comenté cuando llegó a mi puerta.

—Las tengo en casa —respondió con una sonrisa pícara, sacudiendo la percha con el vestido—. No las llevo encima. Además, por si acaso quería comprobar que no tuvieras compañía masculina de buen ver.

Me reí, negando con la cabeza.

—La única compañía masculina que tengo es un gato sin pelo con complejo de divo. —Señalé hacia Peluso, que se había instalado sobre el respaldo del sofá y nos observaba como un emperador romano contempla a sus súbditos.

Mi amiga colgó el vestido en el perchero de la entrada y se quitó la chaqueta. En cuanto lo hizo, se abalanzó sobre Peluso.

—¡Mi gordito precioso! —exclamó, cogiéndolo en brazos y dándole besos en la cabeza calva—. ¿Cómo está el gato más guapo del universo? ¿Te cuida bien tu humana desastrosa?

Peluso, que normalmente odiaba que lo manosearan, hacía una excepción con ella. Se dejaba besuquear como si fuera un peluche, el muy traidor.

—Un día de estos me va a abandonar por ti —comenté, volviendo a acomodarme en el sofá.

—Es que sabe reconocer la calidad —respondió, sentándose a mi lado con Peluso en su regazo—. Bueno, ¿vas a contarme qué narices ha pasado esta mañana o tengo que sacártelo con sacacorchos?

Me tensé de inmediato. Una cosa era reconocerme a mí misma que quizá Ryker no era tan horrible, y otra muy distinta era admitirlo en voz alta, especialmente frente a Elaila, que tenía un radar infalible para detectar cualquier cambio emocional.

—No ha pasado nada —respondí con demasiada rapidez, lo que, por supuesto, fue como agitar una bandera roja delante de mi amiga.

Sus ojos se entornaron, olfateando la mentira como un sabueso.

—Audra Emrin, te conozco desde que teníamos cinco años y decidiste que estabas enamorada del niño que te rompió la nariz en el patio —dijo señalándome con un dedo acusador—.

Sé cuándo me estás ocultando algo, así que empieza a hablar o te juro que me como todos los cereales de chocolate que guardas para emergencias.

—No te atreverías.

—Ponme a prueba.

Suspiré, hundiéndome más en el sofá. La maldición de las amistades de toda la vida: que te conocen mejor que tú misma.

—Vale, pero no es nada del otro mundo —cedí, jugueteando con el borde de la manta—. Solo fuimos al gimnasio, como viste en la foto, y después a desayunar. Fin de la historia.

—Audra —replicó ella—, hace exactamente tres días me dijiste, y cito textualmente: «Prefiero bañarme en ácido que pasar un minuto más con ese imbécil obsesionado con los músculos».

Y ahora me entero de que has ido voluntariamente al gimnasio con él.

Y luego a desayunar. Y encima te has hecho una foto en la que pareces estar pasándotelo bien.

Así que, o bien me has estado mintiendo, o te han abducido los alienígenas y te han cambiado el cerebro.

Mi mente buscó a toda prisa una explicación que no revelara lo confundida que me sentía realmente. Porque ni yo misma entendía del todo por qué había aceptado ir, por qué había disfrutado tanto, por qué no podía dejar de pensar en ello.

—No me han abducido —murmuré—. Solo..., no sé. Fue todo muy espontáneo. Me lo propuso en la lavandería anoche y acepté sin pensar mucho.

Con Peluso en su regazo, Elaila me lanzó una mirada que oscilaba entre la preocupación y la curiosidad.

—¿Y te gustó? —dijo al fin.

—¿El gimnasio? —intenté hacerme la tonta—. Fue horrible. Creo que mañana no podré moverme.

—Sabes perfectamente a qué me refiero —replicó—. ¿Te gustó pasar tiempo con él?

Dudé. ¿Me había gustado? Sí, claro que sí.

Había sido divertido, fácil, como si hubiéramos hecho eso mil veces antes.

Como si siempre hubiera estado ahí, esa otra versión de nosotros en la que no nos odiábamos, en la que podíamos reírnos juntos.

Pero admitirlo era abrir una puerta que no estaba segura de querer cruzar.

—No estuvo mal —concedí finalmente, encogiéndome de hombros—. Es más soportable cuando no presume de su cuerpo y su vida perfectamente ordenada.

Elaila dejó a Peluso sobre un cojín y se giró para mirarme a los ojos.

—Audra, voy a preguntártelo una vez, y quiero que seas sincera. —Su voz se volvió seria—. ¿Te gusta Ryker?

¿Me gustaba? ¿Era atracción física lo que sentía cuando lo veía salir del gimnasio con la camiseta pegada al cuerpo? ¿O era algo más, algo que había empezado a crecer sin que me diera cuenta, como una de esas plantas invasoras que un día descubres trepando por tu pared?

—¡No! —exclamé con demasiada vehemencia—. Es decir, es guapo, obviamente. Hay que ser ciega para no verlo. Pero no me gusta de esa manera.

—Entonces, ¿de qué manera te gusta? —insistió.

—No me... —Resoplé frustrada—. Vale, quizá no es tan capullo como pensaba. Quizá puedo tolerarlo más de lo que creía. Pero eso no significa nada.

—No te estoy pidiendo que signifique algo —respondió con suavidad—. Solo quiero saber qué está pasando realmente.

—¡No está pasando nada! —Me incorporé bruscamente—. Solo estamos intentando ser civilizados, como adultos normales. Por vosotros, ya sabes, para que no sea incómodo cuando quedemos los cuatro.

—Audra —me miró con esa expresión que ponía cuando sabía que me estaba mintiendo a mí misma—, te estás cerrando otra vez.

—No me estoy cerrando —negué, cruzándome de brazos.

—Sí lo estás haciendo —insistió—. Te conozco. Cada vez que algo empieza a importarte, levantas tus murallas y pretendes que no te afecta.

—Eso no es verdad.

—¡Claro que lo es! —Su tono se elevó ligeramente—. Después de lo de Elio...

—No metas a Elio en esto.

El nombre de Elio aún tenía el poder de herirme, de traer de vuelta todos los recuerdos que intentaba mantener enterrados. Los gritos, las manipulaciones, las disculpas vacías. Y luego Peluso, solo, asustado, en aquella fría jaula.

—Tengo que meterlo —replicó—. Porque es la razón por la que estás así. Es la razón por la que no te permites sentir nada por nadie. Por la que prefieres quedarte en casa con Peluso y Netflix antes que arriesgarte.

—¿Y qué si es así? —Sentí que la sangre me hervía—. ¿Qué hay de malo en ser cauta? ¿En no querer volver a pasar por lo mismo?

—No hay nada malo en ser cauta —respondió, y ahora había tristeza en su voz—. Pero estás siendo hermética. Te estás perdiendo cosas por miedo.

—No tengo miedo —dije, pero mi voz tembló—. Solo soy realista.

—Audra, no estoy diciendo que te enamores locamente de Ryker —aclaró ella—. Solo digo que tal vez deberías permitirte explorar lo que sientes, sea lo que sea, en lugar de negarlo de manera automática.

Sentí un nudo en la garganta. Odiaba cuando Elaila daba en el clavo. Era como si pudiera ver a través de todas mis defensas, de todas las mentiras que me contaba a mí misma para mantener el corazón a salvo.

—¿Y si sale mal? —murmuré—. ¿Y si me equivoco otra vez?

—¿Y si sale bien? —contraatacó—. ¿Y si por una vez te permites sentir sin pensar en todas las formas en las que podría salir mal?

Negué con la cabeza mientras notaba que los ojos se me llenaban de lágrimas. No podía permitirme ese lujo. No cuando recordaba vívidamente la sensación de ahogarme, de perderme a mí misma, de que alguien que decía quererme usara ese amor como un arma contra mí.

—No puedo, Elaila. No puedo volver a pasar por eso.

—No todos los hombres son como él.