24. Si tengo que estar confundida, al menos que sea con chocolate
Si tengo que estar confundida, al menos que sea con chocolate
Audra
—Esto es lo más cerca que he estado de tener un orgasmo en público —murmuré con la boca llena, cerrando los ojos en éxtasis mientras saboreaba el bocado de gofre.
Y no era una exageración. Ese dulce cargado de nata, fresas y sirope de chocolate era posiblemente la experiencia gastronómica más intensa de mi vida. O quizá fuera que estaba tan hambrienta después de la tortura física que cualquier comida me habría sabido a gloria.
—¿Siempre dices cosas así cuando comes? —preguntó Ryker con una sonrisa divertida, limpiándose una mancha de sirope de la comisura de los labios.
—Solo cuando merece la pena —respondí, señalando mi plato con el tenedor—. Y esto definitivamente merece la pena. Casi casi compensa que me hayas obligado a sudar como un pollo en un asador.
Cuando el camarero nos había traído la carta, pensé que Ryker querría algo saludable, proteico y aburrido.
Por eso casi me atraganté cuando lo oí pedir el Triple chocolate con extra de nata montada y frutos rojos y un batido de chocolate.
Yo, por supuesto, no iba a quedarme atrás, y me decidí por el Strawberry Temptation, básicamente un monumento al exceso con fresas, chocolate blanco, nata y galletas desmenuzadas por encima, y un batido.
—¿No deberíamos haber pedido algo más nutritivo después de entrenar? —pregunté mientras clavaba mi tenedor en otra porción obscenamente grande—. Pensaba que serías de esos puristas que solo comen claras de huevo y pechuga de pollo hervida.
Ryker soltó una carcajada que me hizo sentir un extraño cosquilleo en el estómago.
—Hay momentos para las proteínas —respondió, cortando un trozo de su gofre—, y momentos para el placer.
—Vaya, don Disciplina tiene su lado rebelde —bromeé, sorprendida por ese Ryker que no conocía, ese que comía gofres con triple de chocolate a las nueve de la mañana sin aparente remordimiento.
—No soy tan aburrido como crees —dijo guiñándome un ojo.
Y, maldita sea, ese guiño hizo que algo revoloteara en mi interior. Algo que no debería estar revoloteando, bajo ningún concepto.
—Ya lo veo —murmuré concentrándome en mi plato para evitar mirarlo—. Primero descubro que tienes un sentido del humor oculto tras esa fachada de robot, y ahora resulta que también comes carbohidratos. ¿Qué más secretos guardas, Lancer?
—Si te los contara todos, perdería mi aura de misterio —respondió inclinándose ligeramente sobre la mesa—. Y eso sería una pena.
Su voz había adquirido un tono más grave, casi íntimo, que me provocó un escalofrío. Aquello se estaba volviendo peligroso. Estábamos coqueteando. Claramente estábamos coqueteando. Y yo no debería estar disfrutándolo tanto.
Para romper la tensión que se había creado entre nosotros, hice lo más maduro que se me ocurrió: extendí mi tenedor y robé un trozo de su gofre.
—¡Eh! —protestó, abriendo mucho los ojos—. ¡Eso es robo a mano armada!
—Mmm... —Saboreé el bocado robado con exagerada satisfacción—. No está mal, pero el mío es mejor.
—Permíteme comprobarlo —repuso, y antes de que pudiera reaccionar, su tenedor se había clavado en mi preciado gofre, llevándose un trozo con extra de nata.
—¡Oye! —exclamé, intentando proteger mi plato con los brazos—. ¡Esto es la guerra, Lancer!
Él se rio mientras masticaba, asintiendo con aprobación.
—Tienes razón, el tuyo está mejor —admitió—. Más fresco.
—Te lo dije —respondí, satisfecha de haber ganado al menos en la categoría de elección de gofres—. Ahora devuélveme lo que me has robado.
—Lo siento, ya no existe —contestó, señalando su boca con una sonrisa burlona—. Se ha desintegrado en mi estómago.
—Entonces tendré que solicitar una compensación —declaré, aprovechando que estaba distraído para robarle otro trozo, esta vez más grande.
—¡Eso no es justo! —protestó, aunque seguía sonriendo—. Es mucho más grande que el que yo te he quitado.
—La vida no es justa, Musculín —respondí, masticando con satisfacción—. Especialmente para los ladrones de gofres.
Y así comenzó una ridícula batalla de tenedores, con cada uno defendiendo su plato mientras intentaba asaltar el del otro.
En algún momento, Ryker consiguió untarme la punta de la nariz con nata, y yo le devolví el favor dejándole un bigote blanco que lo hacía parecer un Santa Claus joven y en forma.
No recordaba la última vez que me había reído tanto. Era absurdo, infantil y completamente fuera de lugar para dos adultos en una cafetería, pero no podía parar. Y lo más sorprendente era verlo a él así, relajado y juguetón.
Me gustaba ese Ryker. Me gustaba mucho más de lo que debería.
—¡Tregua, tregua! —pidió finalmente, levantando las manos—. A este paso nos echarán del local.
—Cobarde —repliqué, aunque también dejé mi tenedor sobre la mesa—. Justo cuando empezaba a divertirme.
Él se pasó una servilleta por el bigote de nata, pero solo consiguió esparcirla más.
—Espera, lo estás empeorando —dije entre risas—. Deja que te ayude.
Sin pensar, estiré la mano con una servilleta y le limpié la boca con cuidado.
Fue un gesto automático, como el que harías con un amigo, pero cuando nuestras miradas se encontraron, algo cambió.
De pronto, fui dolorosamente consciente de la intimidad del momento, de lo cerca que estaban nuestros rostros, de cómo su mirada se había vuelto más intensa.
—Gracias —murmuró cuando retiré la mano, y su voz sonó diferente, más profunda.
—De nada —respondí, volviendo a mi sitio rápidamente—. No podía dejarte con esa pinta de Santa Claus.
Ryker sonrió, pero había algo distinto en su expresión, como si también él fuera consciente del momento que acabábamos de compartir.
—Deberíamos inmortalizar este desayuno —sugirió sacando su móvil— para enviarle pruebas al grupo de que no nos hemos matado mutuamente.
—Aún —añadí, cogiendo mi tenedor de nuevo—. No nos hemos matado mutuamente aún.
—Cierto —concedió, preparando la cámara—. Acércate, que salgamos los dos.
Me incliné sobre la mesa, aproximándome a él para entrar en el encuadre. Justo cuando iba a sonreír, tuve una idea mejor.
—Espera —dije levantando mi tenedor como si estuviera a punto de clavárselo—. Así es más realista.
Ryker captó la idea al vuelo y fingió una expresión de terror mientras yo ponía mi cara de psicópata más convincente. El resultado fue una foto ridícula: yo amenazándolo con el tenedor, él con cara de pánico, y ambos con restos de nata y sirope por todas partes.
—Perfecta —declaró, revisando la imagen—. Esto les dará algo de que hablar.
Abrió el chat que teníamos los cuatro.
—¿Qué pongo? —preguntó, mirándome con complicidad.
—«Sobreviviendo al gimnasio y a los intentos de asesinato con cubiertos» —sugerí.
Él asintió, sonriendo mientras escribía algo similar. Cuando envió la foto, no pasaron ni diez segundos antes de que apareciera la respuesta de Elaila:
Elaila: ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? Audra, ¿eres tú? ¿Te han secuestrado? ¡LLAMA A LA POLICÍA SI ESTÁS EN PELIGRO!
Y justo después, Ender:
Ender: ¿Ha helado en el infierno y nadie me ha avisado? Esto es más impactante que veros pelear.
No pude evitar reírme al leer sus reacciones.
—Creo que les hemos dado un disgusto —comenté, dando un sorbo a mi batido de chocolate—. Deberían tener más fe en nuestra capacidad para comportarnos como adultos civilizados.
—¿Somos adultos civilizados? —preguntó Ryker, alzando una ceja—. Porque hace cinco minutos estábamos en una guerra de tenedores.
—Bueno, no les contemos esa parte —respondí, guiñándole un ojo—. Dejemos que piensen que somos personas maduras y sensatas.
Mi teléfono vibró con una llamada entrante. Era Elaila, por supuesto.
—No pienso contestar —declaré, silenciando el móvil—. No estoy preparada para el interrogatorio.
—¿Tienes miedo de lo que pueda preguntarte?
—No es miedo. Es instinto de supervivencia. Elaila es como un detector de mentiras humano. Una sola palabra y sabría exactamente lo que estoy pensando.
—¿Y qué estás pensando?
«Que me gustas más de lo que debería. Que verte reír hace que quiera seguir haciéndote reír. Que esto se está volviendo peligrosamente adictivo».
—Que estos son los mejores gofres que he probado nunca —respondí, optando por la respuesta segura—. Y que quizá, solo quizá, no ha sido tan horrible ir al gimnasio contigo.
Su sonrisa se ensanchó, y sentí ese maldito revoloteo otra vez.
—¿Significa eso que repetirías?
Debería haber dicho que no. Debería haber puesto distancia. Debería haber recordado todas esas promesas que me había hecho a mí misma sobre no enamorarme de él, sobre no complicar las cosas, sobre proteger mi corazón.
Pero, en lugar de eso, como la idiota que soy, me oí responder:
—Tal vez. Siempre que el plan incluya gofres después.
Y cuando lo vi sonreír, supe que acababa de tomar otra decisión estúpida.
Pero, por alguna razón, no podía arrepentirme.
Me desplomé en el sofá como si hubiera corrido una maratón, aunque la única actividad física que había hecho —aparte de la tortura matutina con Ryker— era darme una ducha y ponerme el pijama.
Envuelta en mi manta favorita, con estampado de estrellas, apunté con el mando a la tele y puse la última temporada de You .
Me encantaba ver a Joe Goldberg en sus neuras obsesivas, quizá porque me hacía sentir que las mías propias eran menos preocupantes en comparación.
Peluso saltó al sofá y se instaló sobre mi regazo, como el rey que creía ser, llevando un jersey azul marino que hacía juego con mis pantuflas. Lo acaricié distraídamente mientras miraba la serie, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia de los retorcidos pensamientos de Joe.
No podía dejar de pensar en esa mañana. En Ryker riéndose mientras batallábamos con los tenedores.
En su cara cuando le limpié la nata de la boca.
En la forma en la que me había mirado cuando nos despedimos en el portal, como si quisiera decir algo más, pero se hubiera arrepentido en el último segundo.