Contigo ni en el ascensor 23. El peor entrenador personal de la historia #3
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23. El peor entrenador personal de la historia #3

—Nada, aquí estoy, matándome como siempre —contestó con una sonrisa antes de dirigir la mirada hacia Audra, que seguía tumbada en el banco con cara de querer asesinar a alguien—. ¿Y tú? Veo que hoy no vienes solo.

Audra ni siquiera se molestó en incorporarse, simplemente giró la cabeza en nuestra dirección, como si el esfuerzo de levantarse fuera demasiado para ella.

—Es Audra —la presenté—. Mi vecina. La estoy iniciando en el noble arte del fitness.

—¿Tu vecina? —preguntó Tobias, evaluándola con la mirada—. Pensaba que era tu novia. Como nunca te he visto entrenar con nadie...

Antes de que pudiera responder, Audra soltó una carcajada tan fuerte que varias personas se giraron para mirar.

—¿Su novia? —repitió, incorporándose sobre los codos con renovada energía—. Por Dios, no. Soy su víctima del día. Me ha engañado para que venga a este antro de tortura prometiéndome café y gofres.

Tobias me miró con una sonrisa divertida y luego volvió a observar a Audra.

—Pues qué pena —comentó, rascándose la barba incipiente—. Por un momento pensé que Lancer había tenido suerte y había encontrado a alguien que lo aguantara.

Audra soltó otra risita, esta vez menos dramática.

—No lo aguanto —aclaró, señalándome con un dedo acusador—. De hecho, lo detesto profundamente en este preciso momento. Especialmente sus malditas sentadillas.

—Parece que os lleváis bien —observó Tobias con una sonrisa cómplice.

—No te dejes engañar por las apariencias —repliqué, dándole un golpecito en el hombro—. Nos pasamos el día discutiendo. Las paredes de nuestro edificio son tan finas que puedo oírla cantar en la ducha. Y no tiene precisamente voz de soprano.

—¡Oye! —protestó Audra, lanzándome una mirada ofendida—. Mi voz es perfectamente decente. No es culpa mía que tengas el oído tan fino como las paredes.

Tobias nos miró alternativamente.

—Me caes bien —le dijo a Audra, extendiendo su mano hacia ella—. Cualquiera que pueda poner a Ryker en su sitio merece mi respeto.

Ella estrechó su mano, enderezándose un poco más en el banco.

—Gracias —respondió con una sonrisa—. Aunque ahora mismo mi único objetivo es sobrevivir a esta tortura. ¿Siempre es así de sádico?

—Oh, solo estás viendo su lado amable —confirmó Tobias—. Deberías verlo cuando entrena de verdad. Es un auténtico sargento.

Puse los ojos en blanco, pero no pude evitar sonreír. No era común que alguien me tomara el pelo de ese modo, y menos delante de otra persona.

—Vale, vale —intervine, cruzándome de brazos—. No sé quién es peor de los dos.

Tobias soltó una carcajada y me dio una palmada en la espalda que casi me hizo tambalearme.

—Por cierto —dijo, dirigiéndose a mí de nuevo—, ¿qué ha pasado con tu rutina? ¿No deberías estar levantando el triple de tu peso corporal a estas horas?

—Hoy solo estoy supervisando —expliqué, señalando a Audra con un gesto de la cabeza—. Entrenamiento básico para principiantes.

—Entiendo —respondió, guiñándome un ojo de forma nada sutil—. Bueno, os dejo seguir con lo vuestro. Ha sido un placer conocerte, Audra.

—Igualmente —respondió ella, dejándose caer de nuevo sobre el banco en cuanto Tobias se alejó—. Ahora, ¿podemos dar por finalizada esta pesadilla? Creo que mis músculos han presentado una demanda colectiva contra mí.

Me acerqué a ella y le tendí la mano para ayudarla a levantarse.

—Te propongo un trato —dije—. Hacemos cinco minutos de estiramientos y luego nos vamos directamente a por esos gofres que te prometí.

Audra entornó los ojos, como evaluando si podía confiar en mi palabra.

—¿Estás intentando engañarme para hacer más ejercicio? —preguntó con sospecha.

—No, lo digo en serio —prometí, manteniendo mi mano tendida—. Los estiramientos son importantes para evitar lesiones y reducir las agujetas de mañana. Y después, gofres con todo lo que quieras por encima.

Ella suspiró dramáticamente, pero aceptó mi mano y se incorporó con un gemido de esfuerzo.

—Vale.

La guie hacia la zona de esterillas, que afortunadamente estaba bastante vacía a esas horas. Le mostré algunos estiramientos básicos: cuádriceps, isquiotibiales, gemelos y espalda. Para mi sorpresa, era bastante flexible, especialmente en las piernas.

—Vaya —comenté mientras ella mantenía una posición de estiramiento lateral sin aparente dificultad—. Se te da bien esto.

—Solía hacer yoga —explicó, cambiando de posición—. Hace tiempo, cuando aún tenía ganas de ser una persona funcional.

—¿Y por qué lo dejaste?

Su expresión se tornó más seria.

—Cosas que pasan —respondió vagamente—. Un día dejas de ir a una clase, luego a otra y cuando te das cuenta, ya no recuerdas ni cómo hacer un saludo al sol.

Detecté que había algo más en esa historia, pero no quise presionar. Todos teníamos nuestros temas delicados.

—Pues deberías retomarlo —comenté, cambiando a un estiramiento de brazos—. Se te da bien.

—Gracias —dijo simplemente, y por un momento vi algo en sus ojos que no había visto antes. Una especie de vulnerabilidad que me hizo querer protegerla.

Terminamos los estiramientos en silencio, pero era un silencio cómodo, sin la tensión habitual entre nosotros. Cuando acabamos, Audra dejó escapar un largo suspiro de alivio.

—Vale, he cumplido mi parte —declaró, poniéndose en pie con cierta dificultad—. Ahora me debes los mejores gofres de la ciudad, y no acepto menos.

—Trato hecho —respondí, recogiendo nuestras cosas—. Conozco el sitio perfecto.

No sabía exactamente qué significaba ese cambio ni adónde nos llevaría, pero por primera vez en mucho tiempo sentía algo parecido a la esperanza. Y eso, aunque me asustaba, también me hacía sonreír como un idiota.