23. El peor entrenador personal de la historia #2
—¡Lancer! —exclamó, fulminándome con la mirada mientras sus piernas se movían más rápido—. ¡Como sigas subiendo esto, me voy a caer de culo!
La cinta iba ahora a un ritmo de trote ligero, y Audra había soltado las barras para mover los brazos al compás. Su coleta se balanceaba con cada paso, y sus mejillas habían adquirido un tono rosado que le sentaba tremendamente bien.
—Te doy cinco dólares si aguantas a este ritmo los diez minutos completos —la desafié, cruzándome de brazos.
Ella soltó un bufido.
—¿Cinco dólares? ¿Es lo que vale mi sufrimiento? Cincuenta, como mínimo.
—Diez. Y te invito a un batido proteico después.
—Quince y el batido —regateó, sin perder el ritmo—. Y tiene que ser de chocolate.
—Hecho —acepté, sorprendido por su resistencia—. Te veo mejor de lo que esperaba.
—No te confíes —respondió, ya un poco más agitada—. Puedo parecer en forma, pero es una ilusión. Por dentro me estoy muriendo.
No pude evitar que mi mirada se desviara hacia su cuerpo en movimiento.
El top se le había subido ligeramente, revelando más piel de su abdomen, y los leggins marcaban cada curva de sus piernas con cada zancada.
Era imposible no mirarla. Y era igualmente imposible no sentirme como un completo pervertido por hacerlo.
Aparté la vista a toda prisa, fingiendo interés en ajustar los cordones de mis zapatillas.
—¿Cuánto tiempo llevamos? —preguntó, jadeando un poco.
Miré el cronómetro de la cinta.
—Cuatro minutos —respondí.
—¡¿SOLO?! —gritó, lo que provocó que la mujer de la elíptica nos mirara sobresaltada—. Me has timado, Lancer. Se suponía que esto iba a ser fácil.
Sonreí, disfrutando más de lo que debería de su indignación.
—Yo nunca he dicho que fuera a ser fácil —aclaré—. He dicho que sería suave. Y lo es, para ser un entrenamiento.
Aprovechando su distracción, pulsé el botón para subir otro nivel. La cinta aceleró y Audra dio un gritito ahogado, teniendo que aumentar bruscamente el ritmo para no caerse.
—¡TE VOY A MATAR! —exclamó, corriendo ya a un ritmo bastante decente—. ¡BAJA ESTO AHORA MISMO!
Sin esperar a que yo reaccionara, ella misma extendió la mano y pulsó repetidamente el botón para disminuir la velocidad, hasta que la cinta volvió a un ritmo de paseo rápido.
—Eso es trampa —protesté conteniendo la risa—. Estabas haciéndolo muy bien.
—No me importa —respondió, resoplando como un toro furioso—. Si quieres que siga aquí, la velocidad la controlo yo.
Sus mejillas ya no estaban solo rosadas, sino completamente rojas, y algunos mechones de pelo se habían soltado de su coleta, pegándose a su frente sudorosa.
Y, aun así, seguía pareciéndome guapísima.
¿Qué narices me pasaba? Ninguna mujer debería verse atractiva sudando como si acabara de correr una maratón, y, sin embargo, ella lo conseguía.
—¿Por qué no te pones tú a correr? —sugirió con malicia—. Ya que pareces tener tanta energía esta mañana.
—Yo ya hice mi sesión de cardio ayer —respondí, apoyándome con más comodidad contra la cinta contigua—. Hoy solo soy tu entrenador personal.
—Pues vaya mierda de entrenador —murmuró, aunque la vi sonreír ligeramente.
A pesar de sus quejas, siguió caminando a buen ritmo durante los seis minutos restantes. Cuando el cronómetro marcó los diez minutos, pulsé el botón de parar y la cinta fue ralentizándose hasta detenerse.
Audra se dejó caer sobre el panel de control, jadeando como si acabara de subir el Everest.
—Dios —resopló—. Creo que voy a morir.
—Has estado genial —la felicité con sinceridad—. Para ser tu primera vez, estás en mejor forma de lo que pensaba.
Me lanzó una mirada asesina desde su posición encorvada.
—Es el odio lo que me impulsa —respondió—. Las ganas de estrangularte me dan fuerzas extra.
No pude evitar reírme.
—Bueno, pues canaliza ese odio —le aconsejé, ofreciéndole una botella de agua que había traído—. Porque ahora viene lo divertido.
Cogió la botella y bebió.
—¿Lo divertido? —preguntó con recelo—. ¿Qué entiende un sádico como tú por divertido?
—Pesas —respondí, señalando la zona de entrenamiento de fuerza—. Vamos a hacer un circuito básico: sentadillas, peso muerto, press de banca... Lo típico.
Audra me miró como si acabara de sugerirle que nos lanzáramos desde la azotea.
—¿Te he dicho ya cuánto te odio? —preguntó, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Unas cuantas veces —admití, cogiéndola suavemente del codo para guiarla hacia la zona de pesas—. Pero estoy seguro de que encontrarás formas nuevas y creativas de decírmelo en los próximos cuarenta minutos.
La zona de pesas estaba un poco más concurrida que cuando habíamos llegado. Un par de tipos que parecían culturistas profesionales levantaban pesos en los bancos, y una chica hacía sentadillas en la jaula de potencia. Noté cómo Audra se tensaba ligeramente al ver a los otros usuarios.
—No te preocupes —le susurré al oído—. Todo el mundo está concentrado en lo suyo. Nadie se fija en los demás.
—Eso no es cierto —murmuró—. Tú llevas mirándome desde que hemos entrado.
Me quedé paralizado. ¿Se había dado cuenta? Intenté mantener la compostura, como si su comentario no me hubiera pillado completamente desprevenido.
—Es mi trabajo —repliqué, fingiendo indiferencia—. Soy tu entrenador hoy, ¿recuerdas?
—Ya, claro —contestó con una sonrisa maliciosa—. Por eso te quedas embobado cada vez que me agacho.
Sentí que me ardía la cara. Mierda. Era tan obvio que daba vergüenza.
—No sé de qué hablas —mentí descaradamente, dirigiéndome hacia una barra con discos pequeños—. Vamos a empezar con algo sencillo. Sentadillas con barra.
—¿Estás cambiando de tema, Lancer? —preguntó, siguiéndome con esa sonrisa que me ponía nervioso.
—Estoy siendo profesional —dije agarrando la barra—. A diferencia de ti, que pareces empeñada en distraerme.
—¿Yo? Pero si solo estoy aquí sufriendo, como me has pedido.
Coloqué la barra en el suelo y me situé frente a ella, intentando recuperar el control de la situación.
—Bien, empecemos con las sentadillas. Es un ejercicio fundamental que trabaja principalmente los cuádriceps, pero también los glúteos y la parte baja de la espalda.
—Fascinante —respondió ella con sarcasmo—. ¿Me vas a dar toda la clase teórica o pasamos a la práctica?
Ignoré su comentario y me coloqué en posición.
—Mira, se hace así —expliqué, realizando una sentadilla perfecta—. Pies separados a la anchura de los hombros, espalda recta, y bajas como si fueras a sentarte en una silla invisible. Luego subes empujando con los talones.
Audra me observaba con los brazos cruzados, frunciendo ligeramente los labios.
—Pareces uno de esos vídeos de fitness que nadie ve completos —comentó—. Solo que más presumido.
—¿Quieres aprender o no?
—Vale, vale —cedió, acercándose—. Enséñame, oh, gran maestro de las sentadillas.
Le mostré cómo colocarse con la barra, ajustándola sobre sus hombros. Era una barra ligera, apenas con dos discos pequeños, pero para ella era suficiente para empezar. El problema era que, para ayudarla a colocarse correctamente, tenía que tocarla. Y tocarla significaba estar demasiado cerca.
—La espalda tiene que estar recta en todo momento —le indiqué, colocando una mano en la parte baja de su espalda para corregir su postura—. Si la curvas, puedes lesionarte.
—Así que quieres que baje el culo manteniendo la espalda recta —resumió, mirándome por encima del hombro—. No parece tan complicado.
—Inténtalo —la animé, dando un paso atrás para observarla.
Audra inspiró profundamente y comenzó a bajar. Su técnica era sorprendentemente buena para ser la primera vez, aunque tendía a inclinarse demasiado hacia delante.
—Más abajo —le indiqué—. Intenta que tus muslos queden paralelos al suelo.
Ella gruñó, pero obedeció, bajando un poco más. Al subir, soltó un resoplido de esfuerzo.
—¿Así? —preguntó, claramente orgullosa de sí misma.
—No está mal para ser la primera —admití—. Pero tienes que mantener los talones pegados al suelo. Y la cabeza recta, mirando al frente.
—Demasiadas instrucciones —protestó—. Es como intentar patear la cabeza y rascarse la barriga a la vez.
—Es cuestión de práctica —la tranquilicé—. Venga, nueve más y pasamos al siguiente ejercicio.
Audra completó las diez sentadillas entre gruñidos y maldiciones, pero lo hizo. Cuando terminó, dejó la barra en el suelo con más fuerza de la necesaria y se llevó las manos a los muslos.
—Creo que no siento las piernas —jadeó, tambaleándose ligeramente—. ¿Esto es normal o me estoy muriendo?
La miré cruzándome de brazos.
—Es perfectamente normal —respondí, acercándome para ayudarla—. Tus músculos se están adaptando al esfuerzo.
—Mis músculos te odian —murmuró dando unos pasos temblorosos antes de dejarse caer dramáticamente sobre el banco de pesas más cercano, tumbándose como si fuera su lecho de muerte—. No puedo más, Lancer. Si me haces hacer una sola sentadilla más, vomitaré sobre tus zapatillas de marca.
No pude evitar reírme ante su teatralidad. Se veía adorable allí tumbada, con los brazos extendidos como una estrella de mar y los ojos cerrados en una expresión de absoluto sufrimiento.
—Venga, que solo nos quedan un par de ejercicios más y terminamos —la animé, acercándome al banco.
Audra abrió un solo ojo para mirarme y, con una lentitud deliberada, levantó el dedo corazón en mi dirección.
—Que te jodan, don Musculín. Tú y tus malditos ejercicios podéis iros a la mierda. Yo me quedo aquí hasta que alguien me lleve a casa en camilla.
—¡Ryker! —Una voz familiar me llamó desde atrás—. ¿Eres tú, tío?
Me giré para encontrarme con Tobias, un compañero habitual del gimnasio con quien solía coincidir en las sesiones de entrenamiento. Era un tipo enorme, con unos músculos que parecían a punto de romper las costuras de su camiseta.
—¡Tobias! —respondí, estrechándole la mano con firmeza—. ¿Qué pasa, tío?