Contigo ni en el ascensor 23. El peor entrenador personal de la historia
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23. El peor entrenador personal de la historia

El peor entrenador personal de la historia

Ryker

Era la séptima vez que comprobaba la hora en mi reloj desde que había salido de la cafetería.

Las siete menos cuarto. Ni siquiera sabía por qué me importaba tanto ser puntual para recoger a Audra.

No era una cita. Ni siquiera era un plan agradable.

Era, literalmente, ir a sudar como cerdos a las siete de la mañana, algo que ella claramente odiaría y de lo que me culparía durante semanas.

Entonces, ¿por qué narices la había invitado?

El ascensor se detuvo con un tintineo en la octava planta y yo salí con los dos cafés en la mano, maldiciendo mi bocaza.

En algún momento entre doblar los calcetines y reírme de sus comentarios sobre bodas, mi cerebro había decidido que sería fantástico pasar más tiempo juntos. En el gimnasio. A primera hora.

Seguramente me odiaba. Yo me odiaría.

Me detuve frente a su puerta y respiré hondo antes de llamar. Al otro lado se oyeron unos gruñidos y lo que pareció una sarta de maldiciones.

—¡Ya voy, ya voy! —la oí gritar, seguido de un golpe y otra maldición—. Peluso, no te pongas en medio, luego nos vemos.

La puerta se abrió de golpe, revelando a una Audra que parecía recién salida de un anuncio de ropa deportiva.

Llevaba unos leggins negros que se ajustaban a sus piernas y un top ajustado que dejaba ver una franja de su estómago.

El pelo lo tenía recogido en una coleta alta.

Estaba..., joder, estaba espectacular. Incluso con esa cara de querer asesinarme lentamente.

Tragué saliva, intentando que no se notara que acababa de escanearla de arriba abajo como un adolescente hormonado.

—Buenos días, princesita —saludé, ofreciéndole uno de los cafés—. ¿Lista para convertirte en una nueva mujer?

—Te odio tanto ahora mismo —murmuró cogiéndolo como si fuera la última gota de agua en el desierto—. Estas horas no son humanas, Lancer. Son horas de vampiros y psicópatas.

Sonreí mientras daba un sorbo a mi café, observando cómo ella prácticamente enterraba la nariz en el suyo, aspirando el aroma con los ojos cerrados.

—Venga, será divertido —dije, intentando sonar animado—. Una hora y estarás de vuelta.

Audra dio un largo trago a su café y soltó un gemido de placer que debería ser ilegal a esas horas de la mañana. O a cualquier hora, en realidad. Ese sonido me hacía pensar en cosas que no debería estar pensando sobre mi vecina cascarrabias.

—Dios, esto está buenísimo —suspiró con una expresión casi orgásmica—. Vale, puede que no te mate hoy. Pero solo porque me has traído café.

—Me conformo con eso —respondí al tiempo que evitaba fijarme en cómo su coleta se balanceaba cuando se movía, o en cómo los leggins resaltaban la curva de sus caderas.

Aquello iba a ser una tortura.

Caminamos en silencio hasta el ascensor. Una vez dentro, Audra se apoyó contra la pared, con los ojos medio cerrados, mientras seguía bebiendo su café a pequeños sorbos, como si intentara hacerlo durar lo máximo posible.

—Así que... —comenzó, rompiendo el silencio—, ¿voy a hacer el ridículo delante de un montón de culturistas o me has citado a esta hora infernal precisamente para evitar testigos?

—Un poco de las dos —admití con una sonrisa—. A estas horas suele estar bastante vacío. Solo algún madrugador como yo y la pandilla de jubilados de la clase de aquagym.

—¿Aquagym? —Sus ojos se iluminaron por primera vez esa mañana—. ¿Tienen piscina? Eso suena mucho mejor que las máquinas de tortura.

—Sí, pero la clase es a las nueve —la informé, disfrutando secretamente de su expresión de decepción—. Para ti tengo preparada una rutina de iniciación. Sin torturas, lo prometo.

El ascensor nos dejó en la planta baja con un último tintineo quejumbroso y salimos al fresco aire de la mañana.

El cielo estaba empezando a clarear, tiñendo las nubes de tonos rosados y anaranjados.

Era la hora que más me gustaba del día, cuando la ciudad aún parecía dormida, con solo algunos coches y los camiones de reparto interrumpiendo la calma.

Audra caminaba a mi lado, ligeramente encorvada dentro de su sudadera, con las manos firmemente aferradas a su vaso de café. No pude evitar sonreír.

—¿Cuánto vas al gimnasio? —preguntó sin mirarme directamente.

—Seis días a la semana —respondí, dando otro sorbo a mi café—. Es parte de mi rutina.

—Dios, qué horror —murmuró negando con la cabeza—. ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo? ¿Como dormir, por ejemplo?

—El ejercicio es bueno para el cuerpo y la mente —repliqué, reproduciendo el mantra que mi entrenador me había repetido durante años—. Y me ayuda a organizar mis pensamientos. Algunas de mis mejores ideas para el trabajo se me ocurren mientras levanto peso.

—Pues a mí las mejores ideas me vienen en la ducha —comentó ella—. O justo antes de dormir, cuando el cerebro está en ese punto entre la consciencia y la inconsciencia.

—Eso también funciona —concedí—. Pero créeme, después de una buena sesión, te sentirás como nueva.

—O como si me hubiera atropellado un camión —replicó con escepticismo.

Seguimos caminando en silencio, pero ya no era un silencio tan incómodo como el del principio. Era más bien... expectante. Como si ambos estuviéramos tratando de adivinar qué iba a decir el otro a continuación.

Por alguna razón que no acababa de entender, quería pasar más tiempo con ella. Quería conocerla mejor, más allá de nuestras discusiones y pullas habituales. Quería ver más de esa Audra desarmada y sincera que había aparecido brevemente aquella noche en mi sofá.

Porque había algo en ella, algo que me atraía como nunca me había atraído nadie.

No era solo su físico, aunque obviamente me parecía preciosa.

Era esa mezcla de dulzura y fiereza, esa forma de enfrentarse al mundo como si todo fuera un desafío, pero a la vez esa vulnerabilidad que asomaba en sus momentos de calma.

—¿Por qué me miras así?

—Lo siento —me disculpé, desviando la mirada rápidamente—. Solo estaba pensando qué ejercicios ponerte para empezar. Nada demasiado intenso para tu primer día.

—Más te vale —advirtió, señalándome con el dedo—. Porque si mañana no puedo moverme, iré a por ti. Y no será bonito.

No pude evitar reírme ante su amenaza. Había algo adorable en la forma en la que fruncía el ceño cuando intentaba parecer intimidante.

—Entendido, jefa.

Giramos la esquina y el gimnasio apareció ante nosotros: un edificio moderno con grandes ventanales. No era el más lujoso de la ciudad, pero tenía todo lo necesario y estaba lo suficientemente cerca de casa para ir andando.

Audra se detuvo en seco, observando el edificio como quien contempla el patíbulo donde va a ser ajusticiado.

—No parece tan malo —murmuró, más para sí misma que para mí, como intentando convencerse.

—No lo es —aseguré mientras colocaba una mano instintivamente en la parte baja de su espalda para guiarla hacia la entrada—. Es casi como un parque de atracciones, pero, en lugar de algodón de azúcar, hay batidos de proteínas.

Noté cómo se tensaba ligeramente y retiré la mano de inmediato, maldiciéndome por ese gesto automático. No estábamos en ese punto. Ni siquiera estaba seguro de que alguna vez llegáramos a estarlo.

—Si me haces sudar hasta deshidratarme, te juro que te perseguiré en tus pesadillas.

—Palabra de scout —respondí, levantando la mano derecha—. Será un entrenamiento suave. Y después, si quieres, podemos ir a desayunar algo. Conozco un sitio cerca donde hacen unos gofres espectaculares.

Sus ojos se iluminaron ante la mención de los gofres.

—¿Con sirope de chocolate y nata?

—Con lo que quieras —concedí, abriendo la puerta del gimnasio para dejarla pasar—. Será tu recompensa por sobrevivir a tu primera clase con el peor entrenador personal de la historia.

—Pues mira, eso suena como un buen trato.

El gimnasio aún estaba prácticamente vacío, tal como había prometido. Solo un par de tipos levantando pesas en una esquina y una mujer en la elíptica que parecía tan fresca como si acabara de empezar, aunque por el sudor de su camiseta llevaba allí un buen rato.

—Bueno —dije, dejando mi mochila en una de las taquillas—, ¿empezamos con un poco de cardio para calentar?

Audra miró la hilera de cintas de correr como si fueran máquinas de tortura medieval.

—Define «un poco» —pidió, entrecerrando los ojos—. Porque mi idea de cardio es subir las escaleras del edificio cuando el ascensor no funciona, y ya has visto lo bien que me sienta eso.

—Diez minutos —prometí, levantando las manos en señal de paz—. Solo para que el cuerpo entre en calor. Ni siquiera tienes que correr, con caminar rápido vale.

Me miró como evaluando si podía confiar en mi palabra. Finalmente, con un suspiro, se dirigió a una de las cintas.

—Vale. Diez minutos. Pero si intento escapar, déjame ir.

La seguí, conteniendo una sonrisa. Audra subió a la cinta con cautela. Se agarró a las barras laterales con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Cómo se enciende este trasto? —preguntó mientras examinaba el panel con el ceño fruncido.

Me coloqué a su lado y pulsé el botón de inicio. La cinta comenzó a moverse lentamente.

—Empieza a caminar con normalidad —le indiqué—. Cuando te sientas cómoda, subiré un poco la velocidad.

Asintió y comenzó a caminar. Para mi sorpresa, le cogió el ritmo bastante rápido, aunque seguía aferrada a las barras como si su vida dependiera de ello.

—No está tan mal —comentó después de un minuto—. Es como pasear, pero sin ir a ninguna parte.

—Exacto —respondí apoyándome en la cinta contigua—. ¿Probamos a subir un poco?

—Supongo.

Pulsé el botón para aumentar la velocidad y la cinta aceleró ligeramente. Audra dio un respingo, pero adaptó su ritmo rápidamente.

—¡Eh! ¡Esto es demasiado! —protestó, aunque sus piernas seguían el ritmo sin problema.

—Venga ya, si lo estás haciendo genial —la animé—. Mira, ni siquiera estás sudando.

Pulsé de nuevo el botón, aumentando otro nivel.