22. La lavandería del infierno y otras excusas para evitar vecinos #2
Otros tres o cuatro mensajes más en los que se dedicaban comentarios empalagosos mutuamente. Hacían buena pareja, tenía que admitirlo. Elaila con su energía desbordante y Ender con esa calma que parecía contenerla justo lo necesario.
Y ahí estaba yo, sola en una lavandería a las diez de la noche, con un libro como única compañía y huyendo del vecino que me había visto en mis peores momentos.
No pude evitar sentir una punzada de envidia.
No era que no me alegrara por mi amiga, me alegraba muchísimo.
Elaila se merecía toda la felicidad del mundo y Ender parecía un buen tío, de esos que te sujetan el pelo cuando vomitas y no te lo echan en cara a la mañana siguiente.
Pero verlos así, tan cómodos juntos, me hacía preguntarme si alguna vez tendría yo eso.
Esa facilidad para dejarse llevar, para confiar, para arriesgarse a pesar de saber que podía salir mal.
Para Elaila todo parecía tan sencillo...
Conocía a alguien, le gustaba, salían juntos, y punto.
Sin dramas, sin parálisis emocional, sin estar una semana escondiéndose porque le había dicho borracha a un tío que no quería enamorarse de él.
Suspiré, deslizando el dedo por la pantalla para ver más fotos. En la siguiente, Ender le daba un beso en la mejilla a Elaila mientras ella ponía cara de sorpresa. Tan normales, tan naturales juntos.
Ojalá fuera un poco más como ella. O como Ender.
O simplemente un poco más valiente y decidida, y menos.
.., bueno, menos yo. Menos la chica que había permitido que un gilipollas le arrebatara hasta la última gota de autoestima.
Menos la cobarde que ahora tenía tanto miedo de volver a abrir su corazón que prefería esconderse en el sótano antes que enfrentarse a unos ojos color avellana.
Bloqueé el móvil y lo dejé a un lado, como si pudiera alejarme también de esos pensamientos. Abrí el libro, buscando la página donde lo había dejado la última vez.
De repente, el ruido de la secadora cesó, dejando un silencio sepulcral en la lavandería. Intenté concentrarme en las palabras impresas, pero entonces lo oí. Un ruido. Luego otro. Pasos acercándose por el pasillo.
Mi respiración se aceleró.
Los pasos se detuvieron justo en la entrada. Levanté la mirada y el libro con ella, este último en posición de lanzamiento, como si fuera el arma más letal de mi arsenal.
Y allí estaba él. Ryker, con una cesta de ropa bajo el brazo y una expresión divertida en el rostro. Nos quedamos mirándonos sin decir nada, como dos idiotas en un concurso para ver quién aguantaba más la respiración.
—¿Me vas a tirar el libro? —preguntó finalmente, señalando mi improvisada arma—. Pareces asustada.
Lo bajé lentamente, sintiendo cómo me ardían las mejillas. Maravilloso. Justo la persona a la que llevaba una semana evitando, atrapada conmigo en la lavandería del infierno.
El universo tenía un sentido del humor retorcido.
—No —respondí, tratando de aparentar dignidad—. Solo... marcaba la página.
—Claro —asintió con una sonrisa que decía claramente que no me creía ni una palabra.
Avanzó hacia la secadora que acababa de detenerse. Era suya, por supuesto. Porque el destino no podía conformarse con que me lo encontrara; tenía que hacer que lleváramos coincidiendo allí un buen rato sin saberlo.
—Si vas a usar un libro como arma, al menos que sea uno contundente —comentó mientras abría la puerta de la secadora.
—Tiene ochocientas páginas —respondí, agitándolo ligeramente—. Podría noquear a alguien con esto.
Ryker se rio, un sonido grave y real que hizo que algo se removiera en mi estómago.
—Eso explica por qué lo llevas como si fuera una mancuerna —dijo sacando su ropa perfectamente seca y doblándola con esa precisión que solo podría tener alguien con TOC no diagnosticado.
Intenté volver a mi lectura, fingiendo una concentración que estaba muy lejos de sentir, pero mis ojos traicioneros se desviaban cada dos por tres hacia él.
Hacia la forma en la que sus brazos se flexionaban al doblar una camiseta o cómo fruncía ligeramente el ceño cuando algo no quedaba perfectamente alineado.
—¿Te recuperaste bien de la resaca? —preguntó sin levantar la mirada de su tarea.
La pregunta me pilló desprevenida.
—Sí —respondí tras un momento—. Aunque con unas cuantas neuronas menos.
—Me lo imagino —asintió, colocando una camiseta perfectamente doblada en la cesta—. El tequila suele tener ese efecto.
Nos quedamos en silencio, un silencio tan incómodo que casi podía cortarse con un cuchillo. Él seguía doblando su ropa, y yo seguía pretendiendo que podía leer mientras el corazón me martilleaba tan fuerte que seguramente podía oírlo hasta la señora del tercero.
—¿Has ido a trabajar hoy? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
—Sí —respondí agradecida por la pregunta normal, cotidiana—. Turno completo.
—Con razón había tanto silencio en el edificio —dijo con esa sonrisa ladeada suya—. Nadie cantando a Taylor Swift a todo volumen ni discutiendo con las series de Netflix.
—Ja, ja —respondí poniendo los ojos en blanco—. Muy gracioso, don Musculín.
—Ya sabes, dicen que soy el alma de la fiesta —replicó mientras metía la última prenda en su cesta.
No sabía si estaba flirteando o simplemente siendo amable, pero, fuera lo que fuese, me estaba poniendo increíblemente nerviosa. Como si tuviera quince años y estuviera hablando con el chico más guapo del instituto, no con mi vecino, del que se suponía que no quería enamorarme.
—Por cierto —dijo, apoyándose en la secadora con ese aire casual que solo él podía tener, como si estuviera posando para un catálogo de ropa interior—, ahora que nuestros mejores amigos están saliendo, deberíamos intentar llevarnos mejor. Ya sabes, por ellos.
Lo miré como si me acabara de proponer lanzarnos en paracaídas desde la azotea.
—No existe ninguna regla que diga eso —respondí, negando con la cabeza—. Pueden salir perfectamente mientras nosotros seguimos... como estamos.
—¿Odiándonos cordialmente?
—Exacto —asentí, fingiendo concentrarme de nuevo en mi libro—. Funciona perfectamente para mí.
—Sería lo más lógico, princesita —continuó, sin darse por vencido—. Piénsalo, si acaban casándose...
—¿Casándose? —Casi me atraganté con mi propia saliva—. ¿No vas un poco rápido?
Llevan saliendo unas pocas semanas.
—Es una hipótesis —aclaró, encogiéndose de hombros—. Pero, si llegara a pasar, ¿te imaginas las fotos de la boda? Tú y yo en esquinas opuestas, lanzándonos miradas asesinas mientras ellos cortan la tarta.
Hice un gesto exagerado, como si estuviera a punto de vomitar.
—Aj, bodas —murmuré—. Lo que me faltaba.
Ryker me miró con curiosidad, ladeando ligeramente la cabeza como un cachorro confundido.
—¿No te gustan las bodas?
—Las detesto —confirmé, cerrando el libro sobre mi regazo—. Todo ese rollo de «hasta que la muerte os separe», los vestidos pomposos, la gente emborrachándose y haciendo el ridículo... No, gracias.
—¿Así que nunca te vas a casar?
—Exacto. Prefiero a Peluso y a los posibles cuarenta gatos más que seguramente adoptaré. Seré la loca de los gatos del edificio y me parecerá genial.
Ryker soltó una carcajada, una de esas risas profundas que parecían salir de lo más hondo de su pecho.
—Vale, me lo apunto —dijo, asintiendo como si acabara de darle una información valiosísima—. Audra Emrin: enemiga jurada de las bodas y futura señora de los gatos.
—Exactamente —confirmé, y no pude evitar sonreír un poco. Una sonrisa minúscula, microscópica. Casi inexistente, de verdad.
Entonces recordé algo que llevaba días dándome vueltas en la cabeza.
—Oye, ¿tu gimnasio está bien? —pregunté de sopetón.
Ryker parpadeó, claramente confundido por el cambio brusco de tema.
—¿A qué te refieres? Es un gimnasio normal.
—Ya, pero... —Dudé, sin saber muy bien cómo formular la pregunta sin sonar como una completa ignorante—. ¿Hay muchos trogloditas haciendo ruidos más fuertes que cuando practican sexo?
Su cara de sorpresa dio paso a una carcajada.
—Hay de todo —respondió finalmente, secándose una lágrima imaginaria—. Desde el que levanta dos kilos y grita como si estuviera pariendo a trillizos, hasta la señora de setenta años que hace más peso que todos los veinteañeros juntos. ¿Por qué lo preguntas?
Me encogí de hombros, intentando parecer casual.
—Estaba pensando en probar eso de ir a un gimnasio —confesé como quien admite un pecado mortal—. Ya sabes, por variar un poco mi rutina de subir ocho pisos jadeando como un perro.
Ryker me miró con las cejas enarcadas y una sonrisa que me dieron ganas de borrarle de un puñetazo.
—¿Estás admitiendo que no puedes subir las escaleras sin quedarte sin aliento?
—No estoy admitiendo nada —repliqué cruzándome de brazos—. Solo digo que podría estar... mejor físicamente.
—Eres más testaruda que una mula, ¿lo sabías?
—Me lo han dicho alguna que otra vez.
Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos mutuamente, como evaluándonos. Casi podía oír los engranajes de su cerebro funcionando.
—Mi gimnasio tiene día de prueba —dijo finalmente—. Por si quieres probar antes de comprometerte.
—¿En serio?
—Sí —asintió—. De hecho, voy mañana por la mañana, si quieres venir conmigo.
Mi cerebro hizo cortocircuito. ¿Ryker Lancer me estaba invitando a ir al gimnasio con él? ¿El mismo Ryker al que llevaba evitando una semana como si tuviera la peste bubónica? ¿El mismo Ryker al que le había confesado borracha que no quería enamorarme de él?
«Di que no —me gritaba la voz de la razón en mi cabeza—. Inventa una excusa, huye, finge un desmayo, lo que sea».
—Supongo que sí, que bien —respondí, traicionando a cada célula sensata de mi cuerpo.
Espera. ¿Qué? ¿Acababa de aceptar ir al gimnasio con él? ¿YO? ¿La misma que consideraba que bajar a por el correo era ejercicio suficiente para toda la semana? ¿La que había usado su bicicleta estática exclusivamente como perchero durante los últimos dos años?
Dios santo, ¿en qué narices me estaba metiendo?
—Genial —dijo él con una sonrisa que parecía genuinamente complacida—. Paso a buscarte a las siete.
—¿DE LA MAÑANA? —casi grité, provocando que mi voz retumbara en las paredes de la lavandería.
—Pues claro —respondió, como si fuera la hora más normal del mundo para estar despierto—. Es cuando está más vacío.
—Tú no eres humano —murmuré mientras hundía la cara entre las manos—. Nadie funciona a esas horas. Nadie normal, al menos.
—Venga ya, no es para tanto. Te traeré un café.
Levanté la cabeza, entrecerrando los ojos con suspicacia.
—¿De una buena cafetería?
—Por supuesto.
Y ahí estaba de nuevo ese revoloteo estúpido en mi estómago, como si tuviera una colonia de mariposas radiactivas dispuestas a montar una fiesta cada vez que él decía algo mínimamente agradable.
—Vale —concedí—. Pero si me despiertas antes de las seis y media, te mataré con el secador de pelo. Y no será bonito.
Ryker levantó las manos en señal de rendición, pero seguía sonriendo de esa manera que me hacía dudar de si me estaba tomando en serio o no.
—Trato hecho —dijo, y luego señaló hacia mi lavadora—. Por cierto, creo que tu colada ya ha terminado.
Efectivamente, la lavadora había dejado de girar hacía un rato y yo ni me había dado cuenta. Estaba demasiado ocupada teniendo una crisis interna sobre por qué narices acababa de aceptar pasar más tiempo voluntariamente con don Musculín.
Me bajé de la mesa con torpeza, casi resbalándome en el proceso, y me acerqué a la lavadora para recoger la ropa. Definitivamente tendría que usar la emergencia floral al día siguiente.
—Entonces, nos vemos mañana —dijo Ryker, recogiendo su cesta perfectamente organizada—. No lleves tacones al gimnasio.
—Ja, ja —respondí con sarcasmo—. Muy gracioso. No soy tan idiota.
—Solo me aseguro —replicó, dirigiéndose hacia la puerta—. Después de verte usar un pintalabios como llave, uno nunca sabe.
Antes de que pudiera responderle con alguna frase ingeniosa, ya había desaparecido por el pasillo, dejándome con la palabra en la boca y una sensación extraña en el pecho.
¿Qué acababa de pasar? ¿Habíamos tenido una conversación normal? ¿Sin insultos, sin pullas constantes, sin la tensión habitual? ¿Y encima había quedado con él para ir al maldito gimnasio?
Quizá debería hacerme un TAC, porque claramente algo no funcionaba bien en mi cerebro.
Metí la ropa mojada en la secadora, programé el ciclo más rápido y volví a subirme a la mesa con mi libro.
Pero no podía concentrarme. Las palabras bailaban ante mis ojos sin que pudiera retener ninguna, todas mezclándose con la imagen de Ryker sonriendo, de Ryker doblando la ropa con esa precisión absurda, de Ryker diciendo que sabía cómo me gustaba el café.
Estaba tan jodida. Tan tan jodida...