22. La lavandería del infierno y otras excusas para evitar vecinos
La lavandería del infierno y otras excusas para evitar vecinos
Audra
Arrastré los pies por el rellano, cada paso me recordaba las ocho horas que llevaba de pie atendiendo a adolescentes malhumorados y madres exigentes en Urban Hype.
Las nueve y media de la noche de un jueves cualquiera y yo solo quería lanzarme en plancha a mi cama.
O al sofá. O al suelo. Cualquier superficie horizontal me valía a esas alturas.
Saqué las llaves con sigilo, mirando de reojo hacia la puerta de al lado como llevaba haciendo desde el «incidente del tequila», como había decidido bautizar mi noche de vergüenza etílica.
Una semana evitando a Ryker como si fuera un inspector de Hacienda.
Una semana saltando cada vez que el ascensor se abría, escondiéndome tras las perchas de la tienda cuando creía ver a alguien remotamente parecido a él y saliendo a la carrera del portal como si me persiguiera un asesino en serie armado con una motosierra.
Toda una adulta de veintitrés años.
Una vez dentro, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y dejé caer el bolso al suelo con un suspiro dramático.
Por fin en casa. Mi fortaleza. Mi refugio.
El único lugar donde podía quitarme la máscara de «estoy perfectamente bien y, no, no me muero de vergüenza cada vez que recuerdo lo que dije borracha».
Me quité los zapatos con movimientos torpes, lanzándolos en direcciones opuestas, y gemí al sentir el suelo bajo mis pies descalzos. Pequeños placeres de la vida.
—¡Ya estoy en casa, Peluso! —grité hacia el interior del apartamento—. ¿Me has echado de menos o has estado demasiado ocupado siendo un divo?
Un maullido indignado me llegó desde la habitación. Segundos después, mi gato apareció y me miró con esos ojos enormes que parecían juzgar cada una de mis decisiones vitales.
—Vale, vale, ya voy a darte de comer —murmuré, dirigiéndome a la cocina.
Peluso me siguió, rozándose contra mis piernas como si no hubiera pasado el día entero ignorando mi existencia. Hipócrita.
—¿Sabes qué? —le dije mientras abría el armario y sacaba una de sus latitas de comida húmeda—. Hoy he visto a una chica con un bolso que tenía tu misma cara. Estirada y con aires de superioridad.
Peluso maulló, como diciendo: «Obviamente, soy tendencia».
—Que no se te suban tanto los humos —respondí abriendo la lata y vertiendo el contenido en su cuenco—, que los dos sabemos quién limpia tu arenero.
El gato ignoró mi comentario, demasiado concentrado en inspeccionar su cena. Tras darle su aprobación, comenzó a comer con delicadeza, como si estuviera en un restaurante de cinco estrellas y no en mi cocina, con las baldosas desportilladas.
Mi móvil vibró en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Lo saqué con desgana, sabiendo perfectamente lo que encontraría. Efectivamente: diecisiete notificaciones nuevas del grupo Los cuatro fantásticos, nombre elegido por Elaila, por supuesto.
Suspiré. Ese grupo era la última estratagema de mi amiga y de Ender para obligarnos a Ryker y a mí a interactuar. Como si no tuviera suficiente con encontrármelo en el edificio, ahora también tenía que lidiar con él en el mundo digital. Maravilloso.
Abrí la conversación y leí por encima:
Elaila: Chicos, ¿plan para el sábado? ¿Quedamos para cenar en esa nueva hamburguesería del centro?
Ender: Yo me apunto. He oído que tienen unos nachos que flipas.
Ryker: No sé si podré, tengo que revisar unos informes para el lunes.
Elaila: Venga ya, Lancer. Todos sabemos que eres el empleado modelo, pero necesitas vida social.
Ender: ¿Qué dices, Audra? ¿Te apuntas?
Elaila: @Audra, sabemos que estás ahí. Deja de esconderte o iré a tu casa y te arrastraré fuera.
Y así seguían los mensajes, entre planes, pullas y memes que Ender no paraba de mandar sobre gatos sin pelo.
Cerré la aplicación y lancé el móvil sobre el sofá como si quemara. No tenía fuerzas para enfrentarme a eso ahora mismo. En su lugar, mandé un sticker de un gato escondido bajo una manta que decía: « N OT TODAY, S ATAN» y dejé el móvil en silencio.
Me giré hacia Peluso, que ya había terminado su cena y me observaba expectante.
—¿Quieres cambiarte de ropa, pequeño divo? —pregunté, agachándome para acariciarlo—. Ese jersey ya ha hecho su servicio por hoy.
Peluso maulló, lo que interpreté como un sí. O quizá un «no toques a tu señor sin permiso». Con él, nunca se sabía.
Lo cogí del suelo, notando que estaba más cálido de lo normal. Seguramente había pasado la tarde entera tumbado en la ventana, aprovechando el último sol de octubre.
—¿Qué te parece el azul marino? —sugerí mientras caminaba hacia la cajonera de la segunda habitación, ese espacio que debería ser mi estudio de arte pero que Peluso había colonizado con sus trastos—. Hace juego con tus ojos.
Lo dejé sobre la cómoda mientras rebuscaba entre sus jerséis, todos organizados por color y temporada. Sí, mi ropa estaba amontonada en sillas y mi armario era un caos, pero la ropa de Peluso estaba perfectamente ordenada. Prioridades.
Encontré el jersey azul marino con ribetes blancos que había terminado la semana pasada y procedí a quitarle el de estampado de estrellas grisáceo que llevaba, que ya mostraba signos de haber sido usado todo el día, incluyendo algunas arrugas y pelusillas del sofá.
—Estás guapísimo —declaré una vez que le hube puesto el jersey nuevo, girándolo para que se viera en el espejo de cuerpo entero que había colocado a su altura—. Un auténtico modelo de pasarela.
Peluso se miró, giró sobre sí mismo con elegancia y maulló con aprobación antes de saltar de la cómoda y dirigirse de nuevo al salón. Al menos, alguien en esa casa estaba contento con su vida.
Yo, por otro lado, sentía que me estaba ahogando lentamente en un mar de sudor, vergüenza y ropa sucia.
Especialmente ropa sucia. Miré con horror la cesta desbordante que se apilaba en una esquina de mi habitación.
Calcetines, camisetas, vaqueros, jerséis.
.., una montaña tan alta que amenazaba con desarrollar su propio ecosistema.
—Mierda —murmuré, acercándome a la pila—. No me queda ni una mísera braga limpia.
Rebusqué en los cajones, esperando un milagro, pero solo encontré un tanga incómodo que había comprado en rebajas y que nunca usaba porque se me metía en sitios insospechados, y unas bragas enormes de flores que Elaila me había regalado hacía años y que guardaba para emergencias extremas.
Eso calificaba como emergencia extrema.
Con un suspiro de derrota, agarré la cesta de la ropa y miré a Peluso, que se había acomodado en el sofá y me observaba con esa cara de «yo no tengo que preocuparme por estas cosas de humanos».
—Me toca bajar a la lavandería del infierno —anuncié como quien anuncia su propia ejecución—. Si no vuelvo en dos horas, llama a la policía. O, mejor, a los Cazafantasmas. Seguro que viven varios espectros allí abajo.
Peluso bostezó, claramente nada impresionado por mi drama.
Cogí las llaves, el detergente y un libro para entretenerme durante el ciclo de lavado. Si tenía que pasar una hora en el sótano tenebroso, al menos intentaría distraerme con algo que no fueran mis pensamientos sobre cierto vecino y sus malditas tortitas con trocitos de chocolate.
Salí al rellano, rezando por no encontrarme con la última persona que quería ver en el mundo. Porque, si había algo peor que bajar sola a la lavandería a las diez de la noche, era hacerlo con Ryker Lancer y sus estúpidos ojos color avellana mirándome como si pudiera leerme el pensamiento.
Aunque, si era sincera conmigo misma, lo que más miedo me daba no era encontrármelo. Era darme cuenta de que, en el fondo, quizá sí quería hacerlo.
Llamé al ascensor, aferrándome a la cesta de ropa. Por una vez, los dioses del edificio se apiadaron de mí y la maquinaria infernal respondió con una rapidez inusitada. Las puertas se abrieron con un tintineo alegre.
Una vez dentro, pulsé el botón del sótano y me apoyé contra la pared, observando cómo los números descendían lentamente. Cada planta que bajaba era un paso más hacia la boca del lobo.
El ascensor dio una sacudida final antes de detenerse en el sótano. Las puertas se abrieron con otro tintineo, esta vez más lúgubre. Me asomé con cautela, escudriñando la penumbra del pasillo. Vacío. Gracias a todos los santos.
Caminé hacia la lavandería intentando no pensar en todas las películas de terror que comenzaban exactamente así: chica sola, sótano oscuro, música inquietante de fondo. Solo faltaba que las luces empezaran a parpadear y yo sería la primera en morir.
Cuando entré, comprobé que no había nadie. El silencio solo era interrumpido por el zumbido constante de una de las secadoras, que alguien había dejado funcionando.
—Hogar, dulce hogar —murmuré para mí misma mientras me acercaba a la lavadora más limpia.
Dejé la cesta en el suelo y comencé. Eché el detergente, el suavizante y programé el ciclo más rápido. Una hora. Solo tendría que sobrevivir sesenta minutos en las profundidades del infierno.
Una vez que la lavadora comenzó su característico traqueteo, me subí a la mesa y me acomodé lo mejor que pude. Saqué el libro que había traído, El nombre del viento , uno de mis favoritos para releer cuando necesitaba evadirme de la realidad.
Mi móvil vibró por enésima vez. Lo saqué del bolsillo con un suspiro.
Más mensajes del grupo. Y una foto que me hizo sentir un nudo en el estómago: Elaila y Ender acurrucados en el sofá de él, sonriendo a la cámara, con una película pausada en la tele de fondo y lo que parecía una caja de pizza a medio comer. La definición perfecta de una noche tranquila en pareja.
Elaila: Saludos desde el sofá más cómodo de la ciudad. ¿Seguro que no queréis uniros? ¡La oferta sigue en pie!
Ender: La pizza está de muerte. Casi tan buena como la compañía.