21. El eco de una confesión y el miedo a enamorarse #2
—¡Audraaaaaa! —El grito de Elaila resonó en el pasillo en cuanto salió del ascensor, rompiendo el silencio como un martillo contra un cristal.
Nunca me había alegrado tanto de oír su voz.
Mi mejor amiga apareció en la puerta como un torbellino, tan perfecta como siempre. Ni una ojera, ni un pelo fuera de sitio. La muy cabrona tenía un pacto con el diablo, seguro.
—¡Te voy a matar! —exclamó al verme, entrando en el apartamento sin esperar invitación—. ¡Mira la pinta que tienes!
—Yo también me alegro de verte —respondí con sarcasmo, pero dejé que me abrazara.
Me examinó de arriba abajo, como una madre inspeccionando a su hija después del primer día en la guardería.
—Tía, pareces un mapache atropellado —declaró sin ningún tacto—. ¿Qué demonios has hecho?
—Existir —gruñí—. Con resaca. Y vómitos. Y vergüenza.
Detrás de ella, Ender entró con una sonrisa divertida. Saludó a Ryker con un abrazo y un par de palmadas en la espalda antes de levantar la mano para saludarme a distancia.
—¿Qué tal la resaca?
—Como si un camión me hubiera pasado por encima —respondí devolviéndole la sonrisa—. Dos veces.
Elaila sacó mis llaves de su bolso y me las tendió.
—Aquí tienes, borrachina —dijo con una sonrisa triunfal—. Sanas y salvas.
No perdí ni un segundo. Agarré las llaves con una mano y el brazo de mi amiga con la otra.
—Nos vamos —anuncié, arrastrándola hacia la puerta antes de que pudiera protestar.
Alcancé mi bolso de la mesa de café por el camino y salí como si me persiguiera el diablo. Ni siquiera le di tiempo a Ryker a despedirse o decir nada. Simplemente hui.
Crucé el rellano en dos zancadas, sintiéndome absurdamente expuesta con ese pijama enorme, y metí la llave en mi cerradura con manos temblorosas. En cuanto la puerta se abrió, Peluso comenzó a maullar como si llevara años sin verme, frotándose contra mis piernas con desesperación.
—¡Me cago en la leche, Elaila! —exclamé en cuanto cerré la puerta tras nosotras—. ¡Te voy a matar! ¡Tenías mis llaves todo este tiempo!
—Tranquila, fiera —respondió ella, riéndose, mientras se sentaba en mi sofá—. Al menos has pasado la noche en buena compañía, ¿no?
Caminé hacia el sofá y me dejé caer como un peso muerto, sintiendo que cada hueso de mi cuerpo protestaba por el movimiento. Peluso saltó inmediatamente a mi regazo, olisqueándome con curiosidad, seguramente detectando el aroma extraño de un hogar ajeno en mi ropa.
—Te he echado de menos, pequeño —le susurré, rascándole detrás de las orejas.
Elaila se levantó y fue directa al armario de la cocina donde guardaba la comida de Peluso, tan familiarizada con mi casa como con la suya propia.
—Seguro que el pobrecito está muerto de hambre —comentó mientras sacaba una lata y la abría—. Debe de estar traumatizado después de una noche solo.
—Más traumatizada estoy yo —murmuré, hundiendo la cara en Peluso—. Ha sido la situación más incómoda de mi vida.
—¡Qué va! —exclamó ella, dejando el cuenco de comida en el suelo—. Me ha parecido supermono. Te ha hecho tortitas y todo. ¿Cuándo fue la última vez que un tío te preparó el desayuno?
—No ha sido mono —protesté, dibujando comillas con los dedos—. Ha sido horrible, Elaila. Horrible. Me ha visto en mi peor momento: borracha, desorientada y, luego, vomitando en su váter. No hay nada mono en eso.
Peluso saltó de mi regazo en cuanto olió la comida, el muy traidor. Me quedé sola en el sofá, abrazando un cojín como si fuera un escudo.
Mi amiga me miró fijamente, con esa expresión que ponía cuando sabía que le estaba ocultando algo.
—¿De verdad no sientes nada? —preguntó, sentándose de nuevo a mi lado—. ¿Ni una pizca?
—¿Por Ryker? —Me reí demasiado alto—. Por favor. Somos como el agua y el aceite. No me gusta en absoluto. No saldría con alguien como él ni en sueños.
Las mentiras salieron imparables de mi boca. Mentiras que me repetía a mí misma, esperando que, si las decía suficientes veces, llegarían a convertirse en realidad. Porque la verdad era demasiado aterradora para enfrentarla.
La verdad era que, cada vez que lo veía, sentía un revoloteo en el estómago que no tenía nada que ver con la resaca.
La verdad era que me había acostumbrado demasiado rápido a su presencia.
La verdad era que estaba aterrorizada porque eso se parecía demasiado a lo que había sentido al principio con Elio, antes de que todo se fuera a la mierda.
Y eso, precisamente, era lo que me daba más miedo.
Porque con Elio también había empezado así.
Con pequeños gestos, con cuidados, con atenciones.
Y luego, esos gestos se convirtieron poco a poco en exigencias, esas atenciones en control y esos cuidados en una prisión de la que me costó dos años escapar.
No podía permitirme caer de nuevo en ese pozo. No podía. No sobreviviría a otra relación así.
Y Ryker... Dios, Ryker era el candidato perfecto para romperme el corazón.
Controlador, ordenado, perfeccionista. ¿Cuánto tardaría en empezar a querer arreglarme también a mí?
¿Cuánto tardaría en cansarse de mi caos, de mis manías, de mis miedos?
¿Cuánto tardaría en sustituirme por otra de sus conquistas, más simple, menos complicada, menos rota?
No. No iba a arriesgarme. No otra vez.
—Bueno —dijo Elaila, interrumpiendo mi tormenta mental—. Si tú lo dices...
Su tono dejaba claro que no me creía en absoluto. Me conocía demasiado bien.
—Lo digo —insistí, cogiendo un mechón de pelo y enredándolo nerviosamente entre mis dedos—. No me gusta Ryker. Es un capullo engreído, mujeriego y obsesivo. Todo lo contrario de lo que busco en un hombre.
—¿Y qué es lo que buscas, exactamente? —preguntó, echándose hacia atrás en el sofá—.
Porque llevas un año diciendo que no buscas nada, y de repente empiezas a salir con un arquitecto que resulta ser más soso que un yogur caducado.
Y ahora estás toda nerviosa negando que te gusta el vecino buenorro que te ha cuidado esta noche.
—No estoy nerviosa —protesté, soltando el mechón de pelo y cruzándome de brazos—. Solo estoy cansada y con resaca. Y quiero ducharme y quitarme este pijama que huele a él.
No añadí que parte de mí quería quedarse con el pijama para siempre, porque olía exactamente como él.
—Como quieras —cedió Elaila, levantando las manos en señal de rendición—. No voy a presionarte. Solo digo que nunca te había visto mirar a nadie como lo miras a él.
—Eso es... eso es ridículo —balbuceé—. No lo miro de ninguna forma especial.
—Lo que tú digas, cariño —respondió con una sonrisa que decía claramente «te conozco mejor que tú misma»—. Pero cuando estés lista para admitirlo, aquí estaré.
Me levanté del sofá con un gruñido de frustración. Tenía que salir de ese pijama, tenía que ducharme, tenía que borrar cualquier rastro de Ryker Lancer de mi cuerpo. Como si el agua pudiera lavar también esos sentimientos confusos que me atenazaban el pecho.
—Voy a ducharme —anuncié—. Y cuando salga, quiero que hablemos de cualquier cosa que no sea Ryker, ¿entendido?
—Lo que ordene la señora —respondió, haciendo un saludo militar burlón—. Cambio de tema completo. Hablaremos de..., no sé, del tiempo. O de la nueva colección de jerséis para Peluso que seguro que ya estás planeando.
Sonreí a mi pesar y me dirigí al baño, cerrando la puerta tras de mí. Me apoyé contra ella y dejé escapar un largo suspiro, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin motivo aparente.
No podía enamorarme de Ryker. No podía permitírmelo. Porque ya había visto cómo trataba a las mujeres en su vida: como objetos desechables, como entretenimiento pasajero.
Y yo ya había sido un objeto para un hombre. No lo sería para otro. Nunca más.
Con dedos temblorosos, me quité el pijama, intentando no pensar en cómo esa misma prenda había tocado su piel. Lo dejé caer al suelo y entré en la ducha, poniendo el agua tan caliente como podía soportarla, como si pudiera escaldarme hasta eliminar esos sentimientos.
«No quiero enamorarme de ti, por favor».
«Para mí es demasiado tarde para eso».
Las palabras resonaron en mi mente como un eco lejano, y me quedé paralizada bajo el chorro de agua. ¿Había dicho eso? ¿De verdad había dicho eso? ¿O lo había imaginado en mi confusión etílica?
No, estaba segura. Lo había dicho. Pero ¿qué significaba exactamente? ¿Que para él era demasiado tarde para no enamorarse de mí? ¿O que para él el amor ya no era una opción, nunca?
Sacudí la cabeza, salpicando agua por todas partes. No importaba lo que hubiera querido decir. No cambiaba nada. No podía, no debía dejar que cambiara nada.
Porque sabía, en lo más profundo de mi ser, que si me permitía sentir algo por Ryker Lancer, acabaría completamente destrozada. Y esa vez, no estaba segura de poder recoger los pedazos.