21. El eco de una confesión y el miedo a enamorarse
El eco de una confesión y el miedo a enamorarse
Audra
Tenía la sensación de que un elefante había usado mi cabeza como trampolín durante toda la noche.
O peor: como si hubiera chupado el tequila directamente del asfalto.
No recordaba haberme sentido así de mal desde la universidad, cuando Elaila me convenció de que beber absenta era una brillante idea. Spoiler : no lo fue.
Pero lo peor no era el dolor físico. No. Lo peor era recordarlo todo. Absolutamente todo.
Cada palabra. Cada gesto. Cada estupidez que había salido de mi boca la noche anterior.
«No quiero enamorarme de ti, por favor».
Vale, quizá no había sido mi momento más brillante. Ni de lejos. Y lo que me estaba volviendo loca no era haberlo dicho, sino que él actuara como si no hubiera pasado. Como si no le hubiera confesado que me gustaba mientras estaba envuelta en su pijama, babeando sobre su sofá.
Lo observé por encima del borde de la taza de café, fingiendo que el líquido oscuro era lo más fascinante del mundo.
Parecía tan tranquilo, comiendo tortitas como si fuera un día normal, como si no tuviera a la idiota de su vecina en pijama sentada frente a él después de haberle soltado una bomba emocional.
¿Por qué no decía nada? ¿Tan poco había significado para él que ni siquiera merecía una mención? ¿O era tan buen tío que fingía que no había pasado para no hacerme sentir incómoda?
«Lo que diga una persona borracha no cuenta», intenté convencerme. Pero era mentira y lo sabía. El alcohol solo había soltado la lengua que mi cerebro sobrio mantenía bien atada.
Tenía que salir de allí. Y rápido. No podía quedarme, no podía acostumbrarme a eso.
A que me cuidara, a que me preparara el desayuno, a despertar en su sofá sintiéndome extrañamente segura.
No podía permitirme bajar la guardia así.
Porque, en cuanto empezara a gustarme de verdad, en cuanto me acostumbrara, todo se iría a la mierda.
Como siempre.
—¿Estás bien? —preguntó mirándome con esos ojos color avellana que parecían ver demasiado—. Estás muy callada.
«No, no estoy bien. No estoy nada bien. Estoy enamorada de ti y me aterroriza, porque eres exactamente el tipo de tío que podría destrozarme por completo».
—Solo es la resaca —respondí encogiéndome de hombros—. Ya sabes, la cabeza me va a explotar y todo eso.
Él asintió, como si lo entendiera, aunque dudaba que supiera lo que era tener resaca. Era demasiado perfecto, demasiado disciplinado para permitirse perder el control así.
Dejé la taza sobre la mesa; necesitaba moverme, hacer algo, lo que fuera para no seguir sentada allí, mirándolo, pensando en lo bien que olía, en lo cómodo que era su sofá, en cómo me había cuidado anoche, a pesar de lo pesada que debía de haber sido.
Mierda, mierda, mierda. No podía enamorarme de Ryker Lancer. Era una idea pésima.
«El mismo que se preocupó cuando creyó que estabas en peligro. El mismo que rompió tu puerta para salvarte de una cucaracha. El mismo que te recogió del rellano cuando estabas borracha y te dejó dormir en su sofá».
Genial, ahora me peleaba conmigo misma. Necesitaba a Elaila. Necesitaba mis llaves. Necesitaba salir de ese piso, ponerme mi ropa y fingir que nada de eso había pasado.
Una sensación familiar se instaló en mi estómago. Oh, no. No, no, no. Eso no podía estar pasando.
Me levanté de golpe, dejando caer la manta.
Me precipité hacia el baño, tropezando con los pantalones demasiado largos, y apenas tuve tiempo de cerrar la puerta antes de arrodillarme frente al váter.
Todo lo que había comido —y probablemente las cuatro rondas de chupitos de anoche— salió de mi estómago con una violencia que me dejó temblando. Vomité durante lo que pareció una eternidad, agarrándome a la taza.
Cuando por fin terminé, me quedé allí, apoyada contra el frío suelo, intentando recuperar la respiración y muriéndome de vergüenza. Porque, sí, ahora además podía añadir «vomitar en el baño de Ryker» a mi lista de momentos humillantes. Genial.
Respiré hondo, intentando calmarme. Vale, había vomitado. Tampoco era tan grave. Todo el mundo vomita alguna vez. Incluso Ryker Lancer debía de haber vomitado en algún momento de su vida, ¿no?
Aunque lo dudaba. Seguro que hasta eso lo hacía con elegancia.
Me obligué a levantarme y me miré en el espejo. Santo cielo. Parecía recién sacada de un episodio de The Walking Dead . Tenía el pelo como un nido de pájaros, los ojos rojos e hinchados, restos de maquillaje por toda la cara y un aspecto general de «he dormido en una cuneta». Encantador.
Me lavé la cara con agua fría, tratando de eliminar los restos de máscara de pestañas que se habían convertido en manchas negras bajo mis ojos. Me enjuagué la boca varias veces, deseando tener un cepillo de dientes. El sabor era horrible.
Un golpe suave en la puerta me sobresaltó.
—¿Estás bien? Te he traído agua.
La entreabrí y cogí el vaso que me ofrecía, sin atreverme a mirarlo directamente.
—Gracias —murmuré—. Lo siento.
—No pasa nada —respondió con una sonrisa que pude ver de refilón—. El váter está para eso.
Bebí el agua a pequeños sorbos, notando cómo me calmaba el estómago.
—Hay un cepillo de dientes sin usar en el armario —añadió señalando hacia el mueble bajo el lavabo—. Por si quieres...
—Gracias —dije de nuevo, sintiéndome como una idiota por no ser capaz de articular nada más elaborado.
Solo tenía que aguantar hasta que llegase Elaila, con ese hombre, y después podría escapar a la seguridad de mi casa, donde Peluso me juzgaría en silencio, pero al menos no tendría que enfrentarme a Ryker y sus malditos ojos color avellana.
—Voy a... —Señalé vagamente hacia el cepillo de dientes.
—Claro, claro —se apresuró a decir, retrocediendo—. Estaré en la cocina si necesitas algo.
Cuando se fue, cerré la puerta y me apoyé contra ella, dejando escapar un largo suspiro. Esa situación era demasiado surrealista.
Si Elaila me hubiera dicho una semana antes que pasaría eso, me habría reído en su cara.
Me cepillé los dientes a conciencia, agradeciendo el sabor a menta que eliminaba el regusto amargo del vómito. Después traté de domar un poco mi pelo, pero era una causa perdida. Tendría que conformarme con parecer una leona electrocutada.
Volví a abrir el armario bajo el lavabo por curiosidad. Estaba meticulosamente organizado, con productos de aseo colocados por tamaño y tipo. Tan ordenado como cabía esperar de él.
Tan opuesto a mi caótico mueble de baño, donde los productos se amontonaban sin ningún criterio específico.
¿Cómo podía gustarme alguien tan diferente de mí? Éramos como el día y la noche, el orden y el caos. No tenía ningún sentido.
«Y, sin embargo, aquí estás —me dijo esa vocecita molesta en mi cabeza—. Enamorada del tío más ordenado, controlado y aparentemente superficial del edificio».
No. No estaba enamorada. Eso era imposible. Solo era atracción física. Una fase. Pasaría en cuanto conociera a alguien que fuera más compatible conmigo. Alguien que no me pusiera tan nerviosa, que no me hiciera sentir como si estuviera constantemente al borde de un precipicio.
Respiré hondo una vez más y salí del baño, preparándome mentalmente para enfrentarme a él de nuevo. Lo encontré en la cocina, fregando los platos.
—Ya estoy mejor —anuncié, intentando sonar más segura de lo que me sentía—. Gracias por el cepillo de dientes.
—De nada —respondió, girándose para mirarme—. ¿Quieres más café? ¿O mejor un té? El té puede ser más suave para el estómago.
—Un té estaría bien, gracias —acepté, sentándome en uno de los taburetes de la barra.
Lo observé moverse por la cocina, sacando una tetera y seleccionando una bolsita de té de una caja que contenía diversas variedades, todas perfectamente organizadas.
La precisión de sus gestos resultaba casi hipnótica, como si cada uno estuviera medido al milímetro, calculado para ser lo más eficiente posible.
—¿Te importa si te pregunto algo? —dije sin poder contenerme.
—Adelante —respondió mientras ponía la tetera al fuego.
—¿Por qué no has mencionado lo que dije anoche? —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, y de inmediato quise darme una bofetada.
Sus manos se detuvieron por un instante y, aunque me daba la espalda, pude ver cómo se tensaban sus hombros. Luego continuó con su tarea como si nada hubiera pasado.
—No estaba seguro de si lo recordabas —dijo al fin—. No quería incomodarte.
Así que lo recordaba. Claro que lo recordaba. ¿Cómo iba a olvidar que su vecina borracha le había soltado que no quería enamorarse de él?
—Pues lo recuerdo —admití apretando los puños bajo la barra, donde él no podía verlos—. Todo.
Se giró lentamente para mirarme, con una expresión indescifrable en el rostro. No era burla ni lástima, ni siquiera esa sonrisa torcida que solía dedicarme cuando me provocaba.
—Y yo recuerdo todo lo que respondí —dijo en voz baja.
Antes de que pudiera preguntar, el telefonillo sonó, sobresaltándonos a ambos. El momento se rompió como una burbuja de jabón.
—Debe de ser Elaila —dijo él, apartando la mirada primero.
Asentí, sintiendo una mezcla de alivio y frustración. Por un lado, necesitaba desesperadamente salir de su piso.
Ryker fue a abrir la puerta, y yo me quedé allí sentada, intentando calmar mi corazón desbocado.
Me pasé una mano por el rostro, tratando de aclarar los pensamientos que se arremolinaban en mi cabeza.
Quería salir de allí. No..., necesitaba salir de allí.
Ese apartamento, con su orden perfecto y su dueño todavía más perfecto, me estaba ahogando.
Cada segundo que pasaba sentía que se construía algo entre nosotros, algo que no estaba preparada para enfrentar.
Ryker aguardaba junto a la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Ninguno de los dos hablaba, como si temiéramos que cualquier palabra pudiera romper ese precario equilibrio que habíamos establecido.