Contigo ni en el ascensor 20. La princesa resacosa y su mayordomo improvisado #2
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20. La princesa resacosa y su mayordomo improvisado #2

—¿Qué narices hago aquí? —preguntó con voz ronca desde debajo de su escondite.

Me reí, sin poder evitarlo. No se acordaba.

No recordaba haberse quedado dormida en mi sofá, ni haberse puesto mi pijama, ni haberme dicho que no quería enamorarse de mí.

Nada. Su mente había borrado por completo todo lo ocurrido después de cierto punto.

Y, aunque por una parte me alegraba —menos vergüenza, menos complicaciones—, por otra sentía una punzada de decepción.

—Perdiste las llaves anoche —le expliqué, manteniendo la voz baja para no empeorar su dolor de cabeza, pero burlándome de ella—. Te encontré en el rellano, tratando de abrir tu puerta con... creo que era un pintalabios.

Me reí ante su expresión. Volvió a gruñir, esta vez más fuerte.

—Te ofrecí el sofá y, sorprendentemente, aceptaste —continué—. Supongo que el tequila tiene ese efecto en ti.

—Qué bonito es despertar y que te restrieguen tus malas decisiones por la cara —murmuró, asomando apenas los ojos por encima de la manta.

—¿Más bonito que despertar en el rellano? Porque esa era la alternativa.

Ella se incorporó ligeramente y, al hacerlo, soltó un quejido de dolor.

—Me duele todo... —se lamentó, llevándose una mano a la sien—. Hasta el pelo. ¿Cómo puede dolerme el pelo?

Me aguanté la risa y le alcancé el vaso de agua y un analgésico.

—Toma, esto te ayudará.

Ella cogió la pastilla y se la tragó con un largo sorbo de agua, sin dejar de mirarme con esos ojos verdes que, incluso enrojecidos y cansados, me seguían pareciendo los más bonitos que había visto nunca.

Tenía el pelo completamente despeinado, cayéndole en mechones desordenados por la cara, y unas ojeras que le llegaban casi a las mejillas.

—¿Qué llevo puesto? —preguntó de repente, mirando la camiseta demasiado grande para ella.

—Mi pijama. El tuyo no estaba... disponible.

Su cara pasó del desconcierto al horror en milésimas de segundo.

—¿Me viste desnuda? —preguntó con una voz que era casi un chillido.

—¡No! —exclamé rápidamente, levantando las manos—. Por supuesto que no. Te ayudé con la cremallera del vestido, pero llevabas ropa interior. Y te puse la camiseta antes de que te quitaras nada.

Ella me miró sospechando durante unos segundos que se me hicieron eternos, pero al final pareció creerme y se dejó caer de nuevo en el sofá con un suspiro de alivio.

—He hecho café —dije cambiando de tema—. Y estoy preparando tortitas con chips de chocolate.

Audra gruñó, pero esta vez no sonaba a protesta.

—Lo huelo —murmuró—. Quiero tortitas. Y café. Mucho café.

—Eso está hecho —respondí, volviendo a la cocina.

La dejé unos minutos para que se recompusiera mientras acababa de preparar el resto de las tortitas.

Apilé varias en un plato, añadiendo chips extra de chocolate que se derretían sobre la masa caliente.

Serví dos tazas de café humeante, una para ella, con leche y azúcar, y otra para mí, negro como mi alma, según diría ella.

Cuando volví al salón con todo, Audra estaba sentada, con la espalda contra el respaldo del sofá y la manta envuelta alrededor de los hombros como una capa. Tenía los ojos entreabiertos, luchando contra la luz que entraba por la ventana.

—Toma —dije ofreciéndole el plato y la taza—. Combustible para resucitar.

—Gracias —murmuró cogiendo la taza con ambas manos como si fuera un tesoro—. Lo necesito.

Se la llevó a los labios y dio un sorbo largo, cerrando los ojos con expresión de alivio.

—Está perfecto —dijo con sorpresa.

Me encogí de hombros, sentándome en el sillón frente a ella con mi propio desayuno.

—Lo sé. Te he oído gritarle a Peluso que deje de jugar con la cucharilla del azúcar muchas mañanas.

Ella soltó una risita y se arrepintió al instante, llevándose una mano a la sien.

—Au. Duele reírse.

—Pues vas a estar jodida hoy, porque tienes pinta de dibujo animado con resaca —comenté, metiéndome un trozo de tortita en la boca.

—¿Siempre eres así de encantador por las mañanas? —Me fulminó con la mirada.

—Solo cuando despierto con princesas borrachas en mi sofá.

—¿Ocurre muy a menudo?

—Primera vez —admití—. Normalmente, prefiero que estén en mi cama.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de lo que había insinuado.

Por la expresión de Audra, ella también lo captó.

—Lo siento —me apresuré a decir—. Ha sonado fatal. No quería insinuar que...

—Tranquilo —me cortó, agitando una mano—. No estoy en condiciones de sentirme ofendida. Mi cerebro está ocupado intentando no explotar.

Comimos en silencio durante unos minutos. Ella parecía disfrutar de las tortitas, aunque picoteaba pequeños trozos como si tuviera miedo de que su estómago se rebelara en cualquier momento. Tenía razón para preocuparse; el tequila era traicionero.

—¿Cómo acabé aquí exactamente? —preguntó al fin, rompiendo el silencio—. Lo último que recuerdo es que Ender nos dejó en la puerta y yo no encontraba las llaves.

—Te las olvidaste en el bar —le expliqué—. Elaila las tiene. Me ha llamado hace un rato para decir que vendrán pronto.

Audra asintió despacio, como procesando la información.

—Entonces, estaba en el rellano, sin llaves, y tú...

—Te encontré allí, sentada en el suelo, maldiciendo a tus «llaves fugitivas» —continué por ella—. Parecías bastante... alegre.

—Oh, Dios —murmuró tapándose la cara con las manos—. ¿Qué más hice? ¿Canté? ¿Bailé? ¿Hice el ridículo de alguna otra forma espectacular?

—Nada del otro mundo —mentí, decidiendo omitir la parte donde hablaba de mis abdominales y de no querer enamorarse de mí—. Solo lo típico de borracho: frases sin sentido, risas sin motivo, problemas de equilibrio.

Ella me miró con suspicacia.

—¿Seguro? Porque cuando bebo demasiado tequila suelo... no tener filtro.

—Bueno —concedí, sonriendo—, puede que mencionaras que mi pijama huele bien. Y que me dijeras que estoy sexy cuando vuelvo del gimnasio.

Sus mejillas se pusieron instantáneamente del mismo color que su pelo.

—Mierda —murmuró—. Lo siento.

—No te disculpes —respondí, intentando que no se notara lo mucho que me habían gustado esos comentarios—. Fue bastante halagador.

Ella gruñó y se hundió más en la manta, claramente avergonzada.

—¿Qué más dije?

—Nada importante —volví a mentir, manteniendo mi promesa silenciosa de no incomodarla—. Solo divagaciones sobre Peluso y su complejo de Batman.

Me miró durante un rato largo, como si intentara leer en mi cara si estaba mintiendo o no. Por fortuna, tras tantos años jugando al póquer con Ender, había desarrollado una gran habilidad para adoptar una expresión impasible.

—Vale —dijo al cabo, aunque no parecía muy convencida—. ¿Y mi vestido?

—Está abajo, en la lavandería —respondí—. Olía a..., bueno, digamos que necesitaba un lavado urgente.

—Gracias —murmuró, y parecía sincera, para variar—. No tenías por qué hacer todo esto.

—No es nada. —Me encogí de hombros, incómodo con su agradecimiento—. Para eso están los vecinos, ¿no? Para rescatarte cuando te quedas sin llaves y con una borrachera monumental.

—Ah, claro —respondió con una sonrisa torcida—. Como aquella vez que yo te rescaté de... Espera, no recuerdo que jamás haya tenido que rescatarte de nada.

—Me rescataste de la aburrida rutina de vivir sin peleas constantes por el ruido o por el correo mal entregado —sugerí.

Ella soltó otra risita, y esta vez no pareció dolerle tanto.

—¿O sea que soy tu entretenimiento?

—Algo así —admití—. Mi vida era mucho más aburrida antes de que tú aparecieras en ella con tu gato sin pelo y tu obsesión por Taylor Swift.

—Y la mía era mucho más tranquila antes de que llegaras con tus músculos y tus conquistas ruidosas —contraatacó, pero sin el veneno habitual.

—Tienes razón —concedí, levantando mi taza en un brindis imaginario.

Nos quedamos en silencio de nuevo, pero no era un silencio incómodo. Era casi... agradable. Como si, por primera vez desde que nos conocíamos, hubiéramos encontrado una tregua, un espacio neutral donde podíamos existir sin provocarnos constantemente.

No sabía cuánto duraría, pero por el momento me bastaba con verla allí, envuelta en mi manta, con mi pijama, bebiendo café en mi taza y comiendo las tortitas que había preparado para ella.

Y entonces me di cuenta de lo jodido que estaba realmente. Porque no solo me gustaba Audra Emrin. No solo sentía una atracción física por ella. No, era mucho peor.

Estaba completa e irremediablemente enamorado de ella.

Y no tenía ni la más mínima idea de qué hacer al respecto.