Contigo ni en el ascensor 20. La princesa resacosa y su mayordomo improvisado
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20. La princesa resacosa y su mayordomo improvisado

La princesa resacosa y su mayordomo improvisado

Ryker

Abrí los ojos de golpe, sobresaltado por el pitido de la alarma.

Las siete de la mañana. Había dormido apenas tres horas, y mal.

Muy mal. Toda la noche dando vueltas, con la mente funcionando a toda velocidad, incapaz de apagar esos pensamientos que no dejaban de repetirse como un disco rayado.

«No quiero enamorarme de ti, por favor».

Sus palabras seguían resonando en mi cabeza.

Apagué la alarma de un manotazo y me quedé mirando al techo, tratando de encontrar alguna grieta, alguna mancha, cualquier imperfección que pudiera distraerme. Pero, claro, mi techo estaba inmaculado. Como todo en mi vida. Ordenado, limpio, controlado.

Excepto mis sentimientos.

Me levanté de la cama con movimientos pesados. No tenía elección. Audra estaba allí fuera, durmiendo en mi sofá, con mi pijama, y probablemente despertaría con la madre de todas las resacas. Tenía que estar preparado.

Fui al baño procurando no hacer ruido, aunque dudaba que pudiera despertarla, teniendo en cuenta todo el tequila que había bebido. Tenía unas ojeras dignas de un oso panda y el pelo completamente revuelto. Me mojé la cara con agua fría, intentando espabilarme.

—Venga, Ryker —me dije en voz baja—. No es para tanto. Solo es tu vecina, la que te odia la mitad del tiempo. No hay de qué preocuparse.

Pero ni yo mismo me lo creía.

Salí del baño con sigilo y me detuve en el pasillo, dudando si asomarme al salón o no.

La curiosidad pudo más que el sentido común.

Ahí estaba ella, dormida como un tronco, hecha un ovillo bajo la manta.

Parecía tan pequeña, tan indefensa, tan diferente de la Audra que me plantaba cara en el rellano.

Tenía el pelo despeinado, formando una nube pelirroja sobre el cojín, y la boca entreabierta.

Un hilillo de baba se deslizaba por la comisura de sus labios y, aun así, me parecía preciosa.

«Para —me regañé mentalmente—. Esto empieza a ser patético».

Aparté la mirada de ella y mis ojos se posaron en el vestido color teja que seguía hecho un gurruño en el suelo, donde lo había dejado caer anoche.

Lo recogí con cuidado y lo sacudí, intentando que recuperara un poco la forma.

Olía a una mezcla de su perfume, alcohol y algo que parecía queso rancio. Definitivamente, necesitaba un lavado.

Lo dejé sobre la encimera de la cocina y puse en marcha la cafetera.

El café siempre era un buen comienzo, especialmente para una mañana como esa.

Mientras la máquina se calentaba, abrí la nevera y examiné su contenido.

Tenía que preparar algo contundente. Cuando Emma se quedaba, siempre le hacía tortitas, y parecía funcionar para animarla.

Quizá también funcionaría con una Audra resacosa.

Saqué la leche, los huevos y la mantequilla, y busqué en la alacena el preparado para tortitas y los chips de chocolate que guardaba para ocasiones especiales. No era que tuviera nada que celebrar, pero las circunstancias parecían requerirlo.

Mientras reunía los ingredientes, seguía lanzando miradas furtivas al sofá. Audra no se había movido ni un milímetro. Respiraba profundamente, por completo ajena al mundo que la rodeaba. Mejor así.

Agarré el vestido de la encimera y lo olí de nuevo. Definitivamente, necesitaba un lavado urgente. Decidí bajarlo a la lavandería; así estaría limpio para cuando ella despertara. Era lo mínimo que podía hacer.

Apagué la cafetera, que ya estaba lista, y salí del apartamento con sigilo, con el vestido en una mano y un poco de detergente específico para ropa delicada en la otra. No quería estropearle la prenda; tenía pinta de ser cara.

Bajé al sótano y entré en la lavandería. Por suerte, a esas horas no había nadie.

Metí el vestido en la lavadora, añadí el detergente y programé un ciclo corto para prendas delicadas. Mientras la máquina comenzaba a funcionar, me apoyé en ella, dejando escapar un largo suspiro.

¿Qué narices estaba haciendo? ¿Lavándole la ropa a Audra? ¿Preparándole el desayuno? ¿En qué momento me había convertido en su mayordomo personal?

Y lo peor es que me gustaba. Me gustaba cuidar de ella, procurar que estuviera bien, que no le faltara nada.

Era un sentimiento nuevo para mí, que siempre había mantenido relaciones superficiales, donde lo máximo que hacía por una chica era pedir un taxi para que volviera a su casa después de pasar la noche conmigo.

Con Audra era diferente. Todo era diferente.

Volví a subir, esperando que aún siguiera dormida. Entré en el apartamento con el mismo sigilo con el que había salido y fui directamente a la cocina. En efecto, ella seguía en el mismo estado de inconsciencia, roncando suavemente, lo que me arrancó una sonrisa.

Comencé a preparar la masa para las tortitas, pesando los ingredientes con precisión y mezclándolos en un bol grande. Normalmente lo habría hecho con la batidora, pero no quería despertarla, así que me conformé con un tenedor y mucha paciencia.

No podía evitarlo. Cada dos por tres, mis ojos se desviaban hacia el sofá. Hacia ella.

Terminé de mezclar los ingredientes y dejé reposar la masa mientras sacaba una sartén y la ponía a calentar.

Entonces, un pensamiento asaltó mi mente: ¿y si no recordaba nada de lo de anoche?

¿Y si no recordaba haberme dicho que no quería enamorarse de mí?

¿Debería mencionarlo? ¿O fingir que nada había pasado?

La imagen de una Audra avergonzada, huyendo de mi apartamento como alma que lleva el diablo, me hizo decidirme por la segunda opción.

No, no diría nada. Dejaría que ella llevara el ritmo.

Si recordaba algo y quería hablar de ello, perfecto.

Si no, fingiría que todo había sido normal.

Que no me había dejado sin respiración con sus palabras.

Solté un largo suspiro mientras vertía un poco de masa en la sartén. Ya empezaba a oler bien. Pero, mientras observaba cómo se formaban pequeñas burbujas en la superficie de la tortita, no podía dejar de preguntarme en qué narices me estaba metiendo.

Porque una cosa tenía clara: fuera lo que fuese, ya no había vuelta atrás.

Estaba dándole la vuelta a la segunda cuando oí un sonido insistente. Era vibrante, como un zumbido, pero no provenía de ninguno de mis electrodomésticos.

—¡Mierda! —maldije en voz baja, buscando el origen del ruido con la mirada.

Al localizar el bolso de Audra en el sillón, me di cuenta de que era su móvil. Ella refunfuñó en sueños, se dio media vuelta y se tapó la cabeza con la manta, pero no llegó a despertarse. El teléfono seguía sonando, cada vez más fuerte, como si supiera que lo estaban ignorando.

Me acerqué con cuidado, dudando entre dejar que sonara o contestar. En la pantalla iluminada aparecía el nombre de «Elaila». Decidí cogerlo antes de que despertara a Audra.

—¿Diga? —susurré, alejándome del sofá.

—¿Ryker? —La voz de Elaila sonó sorprendida, pero rápidamente adoptó un tono amenazador—: ¿Qué haces tú con el móvil de Audra? Te juro que, como le hayas hecho algo a mi mejor amiga, te mato. Y luego te arranco los huevos y se los doy de comer a los patos del parque.

—Buenos días a ti también —respondí, ligeramente asustado por su gráfica amenaza—. Tranquila, está en mi sofá durmiendo desde anoche. Perdió las llaves y no podía entrar en su piso.

—¿Las llaves? —Elaila soltó una carcajada al otro lado—. Creo que las tengo yo... Las sacó en la mesa del bar y yo las cogí para que no se nos olvidasen. Aunque veo que se me olvidó dárselas..., ups.

—Eso tiene sentido —dije mientras volvía a la cocina y daba la vuelta a la tortita, que ya empezaba a dorarse—. Al menos, no están perdidas.

—¿Está bien? —preguntó Elaila.

—Aún no se ha despertado —respondí, echando un vistazo a la masa inerte en mi sofá—. El verdadero terror vendrá ahora, supongo.

Elaila soltó otra carcajada, demasiado animada para alguien que se había pasado la noche bebiendo tequila.

—¿Y tú qué? —pregunté intrigado—. ¿Por qué no tienes resaca?

—Soy inmune —respondió con orgullo—. El alcohol no me afecta así. Es un superpoder familiar.

Me reí mientras daba la vuelta a otra tortita.

—Ya veo. Pues, aquí, tu amiga va a necesitar más que un superpoder cuando despierte —comenté—. Pero tranquila, está bien. Le estoy preparando el desayuno y café para cuando se levante.

—Eres un capullo —soltó Elaila de repente.

—¿Perdona? —pregunté desconcertado—. ¿Por qué?

—Porque estás intentando ganar puntos —respondió con suspicacia—. Y eso es jugar sucio, Lancer.

—No intento ganar nada —me defendí, aunque sentí que me sonrojaba—. Solo quiero que se llene el estómago con algo más que nachos rancios.

—¡No estaban rancios! —protestó ella de inmediato—. Estaban perfectamente bien... bueno, quizá un poco blandos, pero no rancios.

Seguí preparando tortitas mientras mantenía el teléfono entre el hombro y la oreja.

—Solo digo que, si vas a poner nachos en la mesa, al menos que sean crujientes —dije vertiendo más masa en la sartén.

—Lo tendré en cuenta para la próxima borrachera de emergencia —respondió ella—. Dentro de un rato nos pasaremos por allí, ¿vale? Tengo que devolverle las llaves y asegurarme de que sigue viva.

—Claro, cuando queráis —dije mientras apilaba otra tortita en el plato—. Aunque no sé cuándo despertará. Parece en coma profundo.

—Dale agua, una pastilla, y dile que la quiero —contestó Elaila—. Y Ryker...

—¿Sí?

—No la agobies, ¿vale? Te mato si la haces sentir incómoda.

—Recibido, capitana —respondí, y corté la llamada antes de que añadiera más amenazas a la lista.

Justo entonces oí un gruñido. Me giré para ver a Audra, que empezaba a moverse bajo la manta como un oso despertando de su hibernación.

Me acerqué con cautela, manteniendo una distancia prudencial por si decidía atacar.

—Buenos días, princesita —saludé con una sonrisa que sabía que la irritaría.

Ella bufó y se cubrió la cabeza con la manta, intentando esconderse de la luz y, probablemente, también de mí.