Contigo ni en el ascensor 19. Príncipes improbables y princesas borrachas #2
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19. Príncipes improbables y princesas borrachas #2

—¿Mis abdominales? —repetí, siendo de pronto muy consciente de mi cuerpo.

Para mi sorpresa, extendió la mano y me tocó el abdomen por encima de la camiseta del pijama.

—Estos —afirmó con una sonrisa satisfecha—. Son muy bonitos. A lo mejor te los robo, como tú me robaste el champú.

Solté una carcajada, más por nerviosismo que por el comentario en sí.

—Tranquilo —añadió dándome una palmadita en el estómago—. No me voy a aprovechar de ti ni de tus abdominales. Aunque son muy robables.

—Gracias por tu consideración —respondí sin poder contener la risa.

—¿Me ayudas...? —Se tambaleó, poniéndose de pie de repente y girando sobre sí misma—. La cremallera. No puedo yo sola.

Intentó alcanzarse la espalda, pero el alcohol había convertido sus movimientos en una especie de danza cómica sin coordinación. Tras varios intentos fallidos, me miró con esos enormes ojos verdes suplicantes.

—¿Qué quieres que haga exactamente? —pregunté, aunque la respuesta era bastante obvia.

—Quítame el vestido —respondió con naturalidad—. La cremallera es muy dura y siempre gana la batalla. Incluso cuando estoy sobria.

Me reí nerviosamente, sin saber muy bien cómo proceder. La situación era surrealista. Audra Emrin, la misma que me lanzaba miradas asesinas a través del rellano, me estaba pidiendo que la desnudara.

—No creo que sea buena idea —dije pasándome una mano por el pelo.

—Vamos, no será la primera chica a la que ayudas a desnudarse —contestó con una sonrisa pícara—. Seguro que tienes experiencia.

Sentí un calor repentino que me subía por el cuello. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Ayudarla? ¿Negarme? Si hubiera estado sobria, jamás me habría pedido algo así. Pero tampoco podía dejarla dormir con ese incómodo vestido.

«Maldita sea, Ryker, contrólate —me regañé mentalmente—. Solo es una cremallera. No es para tanto». Pero la verdad es que sí lo era. Era Audra, con ese vestido que le sentaba tan bien, pidiéndome que la desnudara. Era demasiado íntimo.

—Ponte las manos en el pecho —le indiqué finalmente, optando por el enfoque práctico.

—Sí, señor —respondió con una sonrisa, dirigiéndome un saludo militar que casi la hace perder el equilibrio.

Se dio la vuelta, tambaleándose ligeramente, y colocó ambas manos sobre su pecho para sujetar el vestido. Me acerqué con cautela. Su nuca quedaba expuesta, con algunos mechones de pelo rojo cayendo sobre su piel clara.

Agarré la pequeña lengüeta de la cremallera y comencé a bajarla lentamente. La piel de su espalda quedaba al descubierto centímetro a centímetro, pálida y salpicada de pequeñas pecas que nunca había notado antes. Tuve que contener el impulso de tocarla.

—Me haces cosquillas —murmuró ella, y pude notar que se estremecía ligeramente.

Terminé de bajar la cremallera hasta la mitad de su espalda, donde acababa, y di un paso atrás rápidamente, como si su piel quemara.

—Ya está —dije con la voz más ronca de lo que pretendía.

—Gracias —respondió, sin volverse aún—. Ahora necesito ayuda para quitármelo sin..., ya sabes..., quedarme en pelotas.

«Dame fuerza», pensé cerrando los ojos un segundo. Eso era una prueba. Tenía que ser una prueba.

Cogí la camiseta del pijama y me acerqué de nuevo.

—Vamos a ponerte esto primero, ¿vale? —le expliqué—. Te paso la camiseta por encima y luego quitas las manos y dejas que el vestido caiga, ¿entendido?

—Entendido, capitán —asintió con otra risita.

Le pasé la camiseta por la cabeza, procurando no despeinarla más de lo que ya lo estaba.

Metió un brazo por una manga, luego el otro y finalmente apartó las manos de su pecho.

El vestido cayó, deslizándose por su cuerpo hasta formar un charco color teja a sus pies.

Por suerte, la camiseta del pijama le quedaba lo suficientemente grande como para cubrirla hasta la mitad de los muslos.

La ayudé a sentarse en el sofá y le entregué los pantalones del pijama.

—¿Puedes ponértelos tú sola? —pregunté, intentando no mirar sus piernas desnudas.

—Claro que puedo —respondió con fingida indignación, pero al intentar meter una pierna en los pantalones estuvo a punto de caerse del sofá.

La sujeté por los hombros, evitando que se estampara contra la mesa de centro, y la ayudé a sentarse de nuevo.

—Vale, quizá necesite un poco de ayuda —admitió con un mohín.

Entre los dos y, tras algunos momentos incómodos y varias risas ahogadas, conseguimos que se pusiera los pantalones. Le quedaban enormes, pero al menos estaba vestida.

—Tu pijama huele muy bien —comentó, llevándose el cuello de la camiseta a la nariz y respirando profundamente—. Como tú.

La miré, sin saber qué responder a eso.

—No me mires así —dijo de repente con el ceño fruncido—. No estoy ligando contigo ni nada. Solo digo que hueles bien. Es objetivo, como decir que el cielo es azul o que Elio era un capullo integral.

El nombre me llamó la atención. Elaila me había hablado de él, su ex, el que tanto daño le había hecho.

—¿Elio? —pregunté con cautela, sentándome a su lado en el sofá.

Su rostro cambió, como si una nube hubiera pasado por delante del sol.

—Mi ex —dijo simplemente—. El que me enseñó que no merezco amor. Una lección vital, ¿no crees?

Había tanto dolor en esa simple frase que sentí una punzada en el pecho.

—No creo que sea cierto —respondí con suavidad—. Todos merecemos amor.

—Qué bonito suena eso —sonrió con tristeza—. Pero no es tan sencillo en la práctica. Algunas personas estamos demasiado rotas, ¿sabes? Él lo vio. Por eso me engañó. Por eso dejó a Peluso en aquella perrera, porque sabía que era lo único que me importaba de verdad.

Me quedé helado. Elaila me había contado lo del gato, pero oírlo de sus propios labios, ver el dolor en sus ojos, era completamente diferente.

—Solo un auténtico cabrón haría algo así.

—Eso decía mi terapeuta. —Se encogió de hombros—. Pero a veces sigo oyendo su voz en mi cabeza, diciéndome que soy demasiado: demasiado emocional, demasiado intensa, demasiado... todo.

—Pues a mí me pareces perfectamente normal —respondí con honestidad—. Bueno, excepto por ese gato calvo con ropa.

Eso hizo que se riera, y oírla reír me alivió la tensión que sentía.

—Peluso es perfecto —declaró, apuntándome con un dedo acusador—. No aceptaré críticas sobre su sentido de la moda.

—¿Le has hecho un pijama a juego con el mío? —pregunté, imaginándome al gato con pantalones de cuadros.

—Todavía no —respondió con los ojos brillantes—. Pero, ahora que lo dices, es una idea excelente. Aunque prefiere los estampados de superhéroes. Tiene un complejo de Batman bastante serio.

—No me extraña, viendo a su dueña —murmuré.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con los ojos entornados.

—Que también tienes complejo de superhéroe —expliqué—. Siempre intentando salvarlo todo, ser fuerte por todos, no permitirte ser vulnerable...

Me miró como si acabara de recitarle la teoría de la relatividad en arameo.

—No me conoces —dijo al fin.

—Te conozco más de lo que crees —respondí con una sonrisa—. Las paredes son muy finas, ¿recuerdas?

—Eso es muy perturbador —declaró, pero no parecía realmente molesta—. ¿Qué más sabes de mí, don Espía Profesional?

—Sé que te encanta Taylor Swift y que te sabes todas sus canciones, aunque desafinas terriblemente en los estribillos —comencé, contando con los dedos—.

Sé que discutes con los personajes de las series de Netflix como si pudieran oírte.

Sé que a veces lloras con anuncios de comida para mascotas.

Y sé que hablas con Peluso como si fuera una persona.

—Vale, vale, no sigas —dijo tapándose la cara con las manos—. Es vergonzoso.

—No lo es —respondí con sinceridad—. Es bastante adorable, en realidad.

Me miró entre sus dedos.

—¿En serio crees que soy adorable? —preguntó con la voz pequeña.

—Creo que eres muchas cosas —dije eligiendo mis palabras con cuidado—. Eres irritante, cabezota, dramática...

—Gracias —respondió con sarcasmo.

—Pero también eres valiente, leal y..., sí, bastante adorable.

Se quedó callada un momento, como si estuviera procesando mis palabras. El alcohol parecía haberla vuelto más reflexiva, o quizá simplemente había bajado todas sus defensas.

—No deberías decirme esas cosas —murmuró finalmente—. Harás que me confunda.

—¿Sobre qué? —pregunté, sintiendo que mi corazón se aceleraba sin motivo aparente.

—Sobre ti —respondió con franqueza—. Sobre lo que siento cuando estás cerca y no puedo dejar de pensar en lo mucho que me gustaría besarte a veces, aunque seas un imbécil insufrible que me roba el champú.

Mi cerebro se desconectó por un momento.

Me había quedado totalmente paralizado. ¿Había dicho que quería besarme? ¿A mí?

Tenía que ser el alcohol, que hablaba por ella. No podía ser otra cosa.

Mientras intentaba procesar sus palabras, Audra ya se estaba tumbando en el sofá, como si no acabara de soltar una bomba nuclear en medio de mi salón. Cogió uno de los cojines y se lo colocó bajo la cabeza con movimientos torpes.

—No me confundas, por favor —murmuró, acomodándose—. No quiero sentir eso de nuevo.

Su voz sonaba tan vulnerable que sentí una punzada en el pecho.

—No quiero confundirte —le aseguré, aún de pie frente al sofá, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Soltó una risita y me miró con esos ojos verdes hipnotizantes.

—Pues ya me estás confundiendo —respondió con una sonrisa perezosa—. Deberías seguir hablándome mal y comportándote como un capullo. A la próxima, déjame dormir en el rellano, anda.

No pude evitar reírme. Hasta borracha mantenía ese sentido del humor mordaz que hacía que discutir con ella fuera siempre un desafío.

Algo que al principio me sacaba de quicio, pero que ahora, incomprensiblemente, me encantaba.

Esa forma suya de no callarse nunca, de no dejarme ganar ni una sola vez, era como un juego en el que ambos disfrutábamos secretamente.

Me acerqué al armario del pasillo y saqué una manta suave, de esas que reservaba para las visitas, que normalmente eran Emma y, alguna vez, Ender cuando se quedaba después de alguna noche de videojuegos.

Mientras la sacaba, me di cuenta de que quería que estuviera cómoda, que descansara bien, que no tuviera frío.

Era la primera vez que sentía esa necesidad casi visceral de cuidar de alguien que no fuera Emma.

Volví al sofá y la extendí con cuidado sobre Audra, procurando que quedara bien tapada. Mis dedos rozaron su hombro por accidente y sentí unas mariposas que me recorrieron el brazo y se instalaron en algún lugar de mi pecho.

—¿Lo ves? —murmuró, observándome con los párpados cada vez más pesados—. No puedes hacer estas cosas y esperar que no sienta mariposas.

—A mí me gustan las mariposas —respondí sin pensar, ajustando la manta sobre sus hombros. En cuanto las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de que era la verdad.

Quería esas mariposas. Las quería con ella.

Se rio suavemente, con una risa que sonaba casi como un ronroneo.

—Son bonitas —dijo en voz baja—. Si no las matan.

Había tanto en esa simple frase. Tanto miedo, tanta historia de dolor, que sentí una punzada de rabia hacia el cabrón que la había dejado así, temerosa de sentir algo por alguien.

—Sí —asentí, sin poder evitar quedarme mirándola.

Allí tumbada, con el pelo revuelto sobre el cojín, el maquillaje corrido y esa expresión de vulnerabilidad que nunca mostraba cuando estaba sobria, me pareció la mujer más preciosa que había visto jamás.

Y no solo por su belleza física, que era innegable, sino por todo lo que había detrás: su fortaleza, su humor, su lealtad feroz hacia quienes quería.

Era como si, de repente, pudiera ver todas las capas que componían a Audra Emrin, todas las piezas del puzle que era aquella mujer irritante, divertida, valiente y rota.

Y, por alguna razón incomprensible, quería conocer cada una de esas piezas, quería ver el puzle completo, quería ser parte de él.

Sentía tantas cosas al mirarla que me costaba respirar.

—Descansa —le dije finalmente, incapaz de expresar todo lo que me pasaba por la cabeza. Las palabras nunca habían sido mi fuerte, y ahora menos que nunca, cuando ni yo mismo entendía qué estaba pasando dentro de mí.

—Ryker...

—¿Sí? —respondí, sorprendido por lo bien que sonaba mi nombre en sus labios.

—Gracias por no comportarte como un borde esta noche —murmuró con los ojos ya casi cerrados—. Pero mañana no sigas, ¿vale? No quiero enamorarme de ti, por favor.

Me quedé sin respiración. Sus palabras me golpearon como un puñetazo al estómago.

¿Enamorarse de mí? ¿Ella? La idea me parecía tan absurda como irresistible.

—Para mí es demasiado tarde para eso —repuse, pero ella ya se había dormido.

Su respiración se había vuelto profunda y regular, y sus rasgos se habían relajado por completo. Parecía tan en paz que no pude evitar quedarme allí un instante, simplemente mirándola.

Al final, me obligué a apartarme y fui hacia la cocina. Llené una jarra con agua y coloqué un vaso junto a Audra en la mesita, añadiendo una pastilla para el dolor de cabeza que seguramente necesitaría cuando despertara. El día siguiente iba a ser duro para ella, y no solo por la resaca.

—Buenas noches, princesita —susurré, permitiéndome el lujo de acariciar suavemente su pelo antes de retirar la mano como si me hubiera quemado.

¿Qué demonios me pasaba? ¿Desde cuándo me comportaba así con ella? ¿Desde cuándo me importaba tanto?

La respuesta estaba ahí, resonando en mi cabeza, aunque llevara semanas intentando ignorarla: me estaba enamorando de Audra Emrin.

De la chica con el gato sin pelo, la que ponía a Taylor Swift a todo volumen para fastidiarme, la que había teñido mi ropa de rosa por venganza. Me estaba enamorando como un idiota.

Con ese pensamiento rondándome la cabeza, me dirigí a mi habitación. Iba a ser una noche muy larga, porque dudaba mucho que pudiera pegar ojo sabiendo que ella estaba allí, a pocos metros, durmiendo en mi sofá, envuelta en mi manta, vistiendo mi pijama.

Y al día siguiente, cuando despertara..., ¿recordaría algo de lo que había dicho? ¿O volvería a ser la Audra de siempre, con sus murallas levantadas y sus comentarios mordaces?

Solo el tiempo lo diría. Y por primera vez desde hacía mucho, me encontré deseando que amaneciera con una impaciencia casi infantil.