19. Príncipes improbables y princesas borrachas
Príncipes improbables y princesas borrachas
Ryker
Estaba en esa fase del sueño en la que caes en picado desde un precipicio, pero justo antes de estamparte contra el suelo, algo me sacó de golpe a la realidad. Un ruido. Un golpe fuerte, seco, como si alguien hubiera tirado algo pesado.
Me incorporé de un salto, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada.
Parpadeé varias veces, intentando ubicarme. Mi habitación, mi cama. Todo en orden.
Miré el reloj en la mesilla.
—Las tres de la mañana —gruñí, dejándome caer de nuevo sobre la almohada.
Seguramente había sido parte del sueño, o algún ruido del exterior. Cerré los ojos, dispuesto a retomar mi descanso. No tenía que ir a la oficina al día siguiente, trabajaría desde casa, así que podía permitirme dormir hasta más tarde.
Y entonces lo oí de nuevo. Otro golpe, seguido de algo que sonaba sospechosamente como una risita ahogada. Venía del rellano.
Me levanté de la cama maldiciendo entre dientes. Me acerqué a la puerta con mi pijama de manga corta y pantalones de cuadros y pegué un ojo a la mirilla. Lo que vi me dejó momentáneamente paralizado.
Audra.
Estaba sentada en el suelo del rellano, apoyada contra la pared junto a su puerta, con las piernas estiradas frente a ella.
Llevaba un vestido corto color teja que dejaba ver gran parte de sus muslos, y su pelo, normalmente suelto, estaba recogido en un moño alto que comenzaba a deshacerse.
Tenía el maquillaje corrido, como si hubiera estado llorando o riendo demasiado.
O ambas cosas.
Rebuscaba frenéticamente en su bolso, una y otra vez, como si en él estuviera la respuesta a los grandes enigmas del universo. De repente, frustrada, volcó todo el contenido en el suelo frente a ella.
Un pintalabios rodó hasta casi tocar mi puerta. Una compresa quedó a la vista, junto a un tampón, un montón de pañuelos usados, su cartera y mil cosas más que no alcancé a distinguir.
—¿Dónde estáis, puñeteras? —la oí murmurar mientras revolvía entre sus pertenencias desparramadas—. No os veo, os habéis escapado. Sois las llaves más cabronas del universo, huyendo como... como... como llaves fugitivas.
Se rio de su propio chiste, y luego intentó ponerse en pie, solo para deslizarse de nuevo al suelo con un golpe sordo.
Era evidente que había bebido. Mucho.
Sin pensarlo, abrí la puerta. El sonido la sobresaltó y levantó la mirada hacia mí. Sus ojos, por lo general desafiantes, ahora brillaban con una mezcla de alegría etílica y confusión.
—¡Anda! —exclamó señalándome con un dedo que no conseguía mantener firme—. ¡Si es el vecino sexy!
Me quedé petrificado en el umbral. ¿Había dicho lo que creía haber oído?
—¿Estás bien? —le pregunté, aunque la respuesta era bastante obvia.
Ella negó con la cabeza de forma exagerada, haciendo que un mechón de pelo se soltara de su moño.
—No —respondió, dejando caer los brazos con dramatismo—. Me han robado las llaves. Son unas ladronas.
—¿De verdad te las han robado? —pregunté cruzándome de brazos mientras la observaba luchar con su equilibrio incluso estando sentada.
—No lo sé —contestó con un mohín—. No las veo por ninguna parte.
—Pero si te cambié el bombín hace nada —le recordé—. ¿Ya has perdido las llaves nuevas?
—Sí, bueno... —Se encogió de hombros—. Es que son muy pequeñas. Y escurridizas. Seguro que han decidido escaparse juntas para vivir una vida de aventuras lejos de mí.
La miré con incredulidad mientras seguía divagando.
—El caso es que no tengo copia de repuesto —continuó frunciendo el ceño, como si intentara concentrarse—. Todas están... están... ¿Dónde están? —se preguntó, mirando alrededor como si las llaves pudieran aparecer mágicamente.
La observé mientras intentaba enfocar la mirada en los objetos esparcidos por el suelo. El vestido se le había subido un poco más, revelando más piel de la que probablemente ella querría mostrar si estuviese sobria. Aparté la vista, intentando comportarme como un caballero.
—¿Vienes de una cita? —pregunté, tratando de entender qué hacía borracha a mitad de semana.
—Sí —respondió con una sonrisa torcida—. Con Elaila.
—¿No con el arquitecto?
—¿Con Dain? —Arrugó la nariz con disgusto—. Qué asco, no. He roto con él.
—¿Habéis roto? —Me sorprendió oír eso.
—Bueno, no hemos roto porque no estábamos saliendo —aclaró, gesticulando exageradamente con las manos—. Es que no me gustaba. Era muy soso y recto. Parecía que iba a arreglarme como a un edificio.
No pude evitar reírme. Su sinceridad etílica era refrescante, y me encantaba cómo arrugaba la nariz cuando algo le disgustaba.
Pero ahora tenía un dilema. No podía dejarla allí tirada, eso estaba claro. Y tampoco iba a llamar a un cerrajero a las tres de la mañana. Mientras consideraba mis opciones, Audra empezó a deslizarse hacia un lado, a punto de tumbarse en el frío suelo del rellano.
—No, no te tumbes —le dije acercándome a toda prisa—. Venga, vamos a recoger esto.
Me agaché y comencé a meter sus pertenencias en el bolso, evitando mirar demasiado los objetos personales que habían salido volando. Tampones, compresas, pañuelos, pintalabios..., todo fue a parar de nuevo al interior de su pequeño bolso negro.
Cuando terminé, extendí mis manos hacia ella.
—Venga, arriba —le dije—. No puedes quedarte aquí toda la noche.
Audra se rio tontamente y agarró mis manos.
—Todo me da vueltas —confesó, con los ojos entrecerrados—. No es muy agradable.
—Es normal cuando has bebido tanto —respondí tirando suavemente hasta conseguir ponerla de pie.
Tuve que sujetarla por la cintura para que no se cayera de nuevo. Notaba su cuerpo cálido bajo mis manos, y olía a una mezcla de perfume dulce y alcohol. Era una combinación extrañamente atractiva.
—Puedo dormir aquí —sugirió apoyando la cabeza en mi hombro como si fuera lo más natural del mundo—. El suelo está fresquito.
—Hay cucarachas —le recordé, sabiendo que era su punto débil.
Ella se apartó de golpe, con una expresión de horror absoluto.
—¿Cucarachas? —repitió con la voz aguda—. No, mejor no. Odio esas cosas.
La sostuve con firmeza, temiendo que en su brusco movimiento perdiera el equilibrio de nuevo. Sus ojos verdes, brillantes por el alcohol, se fijaron en los míos, y por un momento me olvidé de respirar.
—Hueles a tequila... —Me incliné para olfatearla mejor—. Y a queso rancio.
Audra soltó una carcajada que hizo eco en todo el rellano.
—Tuvimos una discusión con el queso —explicó, como si fuera lo más normal del mundo—. Elaila y yo. El queso ganó.
—¿Y dónde está Elaila ahora? —pregunté, cada vez más preocupado por su estado.
—¡Ender! —exclamó con entusiasmo—. ¡Ender vino a por las dos! Me acompañó hasta aquí arriba y luego se llevó a Elaila. Hacen cosas guarras, seguro.
Su franqueza me arrancó una sonrisa. Era una versión completamente desinhibida de la Audra que conocía, y resultaba sorprendentemente encantadora.
—Vamos —dije, tomando una decisión—. No puedes quedarte aquí.
La agarré con firmeza de la cintura y la guie hacia mi apartamento. Ella se dejó llevar sin protestar, recostándose contra mí como si fuera lo más natural del mundo.
Encendí la luz con la mano libre y cerré la puerta con el pie. Audra seguía apoyada contra mí, claramente incapaz de mantenerse en pie por sí misma.
—¿Cuánto has bebido exactamente? —le pregunté mientras la conducía con cuidado por el pasillo.
—Perdí la cuenta —respondió con una sonrisa perezosa—. Muchos chupitos. Muchííísimos.
Se quedó mirando alrededor de mi apartamento con los ojos entornados, como si le costara enfocar.
—Tu apartamento es feo —declaró sin filtro alguno—. Está todo tan... ordenado. Aburrido.
—Gracias —respondí con ironía.
—De nada, don Musculín —dijo, y estalló en una nueva carcajada.
—Eres muy graciosa cuando estás borracha —comenté, intentando no reírme.
—Y hablo mucho —añadió ella, asintiendo como si estuviera revelando un gran secreto—. Normalmente no hablo tanto. Solo pienso estas cosas. Mucho. En mi cabeza. Pero no las digo.
—Me he dado cuenta.
La llevé hasta el sofá, pensando que debería meterla en mi cama para que durmiera cómodamente.
—Te dejaré mi cama para que descanses —le dije.
Ella negó con la cabeza enérgicamente.
—No, no quiero tu cama —protestó—. Han pasado muchas mujeres por ahí. Prefiero el sofá.
Su sinceridad me dejó sin palabras por un momento.
—¿Has hecho cosas cochinas en el sofá? —preguntó mirándolo con suspicacia.
—No —respondí, sorprendido por la pregunta—. El sofá está limpio, te lo prometo.
—Es grande —dijo pasando la mano por el respaldo—. ¿Puedo dormir aquí?
—Si prefieres el sofá, es todo tuyo —cedí, aliviado de que al menos aceptara quedarse.
La senté con cuidado en el reposabrazos mientras iba a buscarle algo para dormir.
—Te traeré un pijama —dije.
Mientras rebuscaba en mi armario, la oía hablar en el salón, soltando comentarios aleatorios sobre mi decoración, sobre lo absurdamente ordenados que tenía los cojines y sobre cómo mi frigorífico hacía un ruido como de robot enfadado.
No pude evitar reírme. La versión sin filtros de Audra era fascinante.
Cogí uno de mis pijamas, similar al que yo llevaba puesto, y volví al salón. La encontré exactamente donde la había dejado, mirando con atención el mando a distancia, como si fuera el objeto más interesante del planeta.
—¿Cómo sabes que te espío por la mirilla? —me preguntó de repente, levantando la vista hacia mí.
La pregunta me pilló desprevenido.
—Veo el cambio de luz en la mirilla —expliqué sonriendo—. Se oscurece cuando alguien está mirando del otro lado.
—Ahhh —respondió con los ojos muy abiertos, como si acabara de resolver uno de los grandes misterios del universo—. Ahora lo entiendo.
Le entregué el pijama, pero ella no hizo ademán de cogerlo. En su lugar, entornó los ojos y me miró con curiosidad.
—¿Y por qué te fijas en si te miro o no? —preguntó ladeando la cabeza—. Yo te miro porque estás sexy cuando vuelves del gimnasio, y pienso en tus abdominales.
Sentí que me sonrojaba como un adolescente.