Contigo ni en el ascensor 18. Tequila, lágrimas y todas las verdades que nunca digo
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18. Tequila, lágrimas y todas las verdades que nunca digo

Tequila, lágrimas y todas las verdades que nunca digo

Audra

El bar estaba sorprendentemente lleno para ser miércoles.

La música sonaba a un volumen que permitía hablar sin destrozarse la garganta, y el ambiente era ese punto exacto entre animado y relajado que me encantaba.

Habíamos tenido suerte de encontrar una mesa en la esquina, justo debajo de un cartel vintage que había visto tiempos mejores.

—Otro brindis —dije, levantando mi quinto chupito de tequila—. Por las decisiones de mierda y los mensajes de ruptura enviados desde lavanderías tétricas.

Elaila soltó una carcajada y chocó su vaso contra el mío.

—Por eso, y por tener siempre una amiga dispuesta a emborracharse contigo un miércoles cualquiera.

Nos bebimos el tequila de un trago y dejamos los vasos sobre la mesa, junto a los otros cuatro vacíos que habíamos acumulado en la última hora. El camarero, un chico con barba y un piercing en la ceja, nos miraba con esa sonrisa de quien ha visto demasiadas noches de emergencia de amigas.

—¿Otra ronda, señoritas? —preguntó acercándose con la botella.

—Creo que deberíamos pedir algo de comer antes —intervino Elaila, sabiamente—. ¿Tenéis nachos?

—Con extra de queso y guacamole —respondió él con un guiño.

—Perfecto —asintió ella—. Y dos jarras de agua, por favor.

Cuando se alejó, me recosté en mi silla, sintiendo el agradable mareo que acompaña a las primeras fases de la borrachera. No estaba ebria aún, solo felizmente desinhibida.

—Entonces —dije jugueteando con uno de los vasos vacíos—, ¿cómo te va con Ender? Quiero todos los detalles jugosos.

Elaila me miró con los ojos entornados, como evaluando si estaba tratando de desviar la atención de mis propios problemas.

—No vamos a hablar de mi vida amorosa —declaró cruzándose de brazos—. Estamos aquí por ti, no por mí.

—Venga ya, Elaila —insistí—. Quiero saber. Necesito saber que al menos una de nosotras está teniendo una vida romántica decente.

Ella sacudió la cabeza, pero pude ver cómo una sonrisa se formaba en sus labios. Esa sonrisa que aparecía siempre que mencionaba a Ender.

—Es... —empezó, y suspiró como si no encontrara las palabras—. Es maravilloso, Audra. Es atento, cariñoso, divertido..., tiene todo lo que siempre he querido en un chico.

—¿Y en la cama? —pregunté con picardía.

—¡Audra! —exclamó, pero sus mejillas sonrojadas la delataban—. No voy a contarte eso.

—O sea, que es bueno —deduje, alzando las cejas repetidamente—. Muy interesante.

Mi amiga me dio una patada por debajo de la mesa, pero seguía sonriendo.

—Ha sido todo tan espontáneo, ¿sabes? —continuó, con la mirada perdida en algún punto de la pared—. Como un flechazo. Nunca pensé que me pasaría algo así, siempre he sido tan escéptica con esas cosas...

—El karma es una perra —dije recordando todas las veces que se había burlado de las películas románticas por ser «irreales».

Me alegraba tanto por ella. Verla así, con los ojos brillantes y esa sonrisa perpetua que ni siquiera intentaba disimular, me llenaba de felicidad.

Si alguien se merecía encontrar a una persona que la quisiera con locura, era Elaila.

Después de aguantarme durante años, de secarme las lágrimas y escuchar mis crisis existenciales a las tres de la madrugada, se merecía toda la felicidad del mundo.

—Vale, vale —cedió, inclinándose hacia mí con complicidad—. Sí, en la cama es buenísimo.

Las dos estallamos en carcajadas justo cuando el camarero llegaba con los nachos. El pobre chico nos miró con expresión confusa mientras dejaba el plato en el centro de la mesa.

—Que aproveche —dijo retirándose con una sonrisa educada.

—Es tan bonito, Audra —continuó mi amiga, cogiendo un nacho con mucho queso—. Nunca había conectado así con nadie.

—Seguro que son polvos vainilla —comenté llevándome uno a la boca—. De los suavecitos y cariñosos.

En vez de ofenderse, Elaila volvió a reír.

—Sí, y me encanta —admitió—. Ender es tan adorable, tan atento..., sabe exactamente lo que necesito en cada momento.

—Me alegro muchísimo por ti —dije con sinceridad, apretando su mano sobre la mesa—. Te lo mereces.

Su expresión cambió de repente, y supe lo que venía antes incluso de que abriera la boca. Esa mirada de «ahora vamos a hablar de tus problemas» que tan bien conocía.

—No, por favor —supliqué—. No cambies de tema. Estamos hablando de ti y tu vida perfecta con el mejor amigo del capullo de mi vecino.

—Audra —dijo con ese tono que usaba cuando quería que la escuchara de verdad—. Sé que tienes miedo. Pero a ti también te amarán. Tú también encontrarás a alguien.

—No —respondí cogiendo otro nacho para tener algo que hacer con las manos—. Es demasiado difícil. Tengo demasiados problemas, demasiadas manías, demasiado... todo. Si ni yo misma me soporto a veces, ¿cómo va a hacerlo otra persona?

—Eso es mentira, y lo sabes —contestó mirándome directamente a los ojos.

No pude sostenerle la mirada. Levanté la mano para llamar al camarero.

—¿Más chupitos? —pregunté tratando de cambiar de tema.

El camarero asintió desde la barra y en menos de un minuto teníamos otros dos vasos delante.

—Entiendo tu miedo —continuó Elaila, ignorando mi intento de evasión—. Después de lo mal que lo pasaste...

—No quiero hablar de Elio —la corté, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.

—Deberíamos —insistió con suavidad—. Sé que no te gusta sacar el tema, pero no pasa nada. Nadie te va a juzgar por ello, Audra. No fue culpa tuya.

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas y me bebí el chupito de golpe, buscando en el ardor del alcohol algo que me distrajera del nudo que se me estaba formando en la garganta.

Y entonces, por alguna maldita razón que no entendía, mi mente decidió que era el momento perfecto para pensar en Ryker.

Ryker y su sonrisa de medio lado. Ryker y la forma en la que arrugaba la nariz cuando algo lo disgustaba.

Ryker y sus estúpidos músculos perfectos.

Ryker y el modo en el que me había mirado aquella noche, cuando me encontró subida a la encimera con una toalla, aterrorizada por una cucaracha.

No me había mirado con esa burla que me esperaba. No, había sido algo totalmente distinto. Algo que nunca había visto en sus ojos. Como una mezcla de preocupación y ternura... No, imposible. Seguro que era el miedo, o la vergüenza, que me estaba jugando una mala pasada.

Y, sin embargo, no podía olvidar cómo se había dado prisa en arreglar la puerta al día siguiente.

Cómo había sido sorprendentemente amable, casi dulce, mientras trabajaba.

Esa conversación extrañamente sincera que habíamos tenido.

La forma en la que me había escuchado sin juzgarme cuando le conté lo de Dain.

«Cuando es la persona adecuada, no hay un tiempo preestablecido. Simplemente... ocurre cuando tiene que ocurrir». Sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza, apareciendo en los momentos más inesperados, como ahora, mientras trataba de ahogar mis penas en tequila barato.

¿Por qué no podía dejar de pensar en él?

Era irritante, prepotente, un mujeriego empedernido.

Todo lo que detestaba en un hombre. Y, sin embargo, había algo en su mirada, en la forma en la que a veces parecía verme de verdad, no solo la fachada que mostraba al mundo, sino a la auténtica Audra.

Con todas sus grietas, sus miedos, sus inseguridades.

Me daba rabia admitirlo, pero, cuando me miraba así, sentía algo parecido a las mariposas que siempre juran sentir las protagonistas de las comedias románticas.

Esa sensación absurda que me hacía querer esconderme y, al mismo tiempo, que siguiera mirándome así para siempre.

Era como si de alguna manera pudiera distinguir entre mis sonrisas falsas y las auténticas, entre mis enfados superficiales y los profundos.

Como si me conociera desde siempre, aunque apenas lleváramos unos meses compartiendo rellano y peleas a gritos.

O quizá simplemente estaba proyectando. Quizá el alcohol estaba haciendo que romantizara a un idiota que se dedicaba a robar mi champú y llevar a una chica diferente a su apartamento cada fin de semana.

Quizá solo era el maldito tequila mezclado con mi soledad lo que me hacía ver cosas donde no las había.

Pero esos ojos color avellana seguían apareciendo en mi mente, mirándome con una intensidad que me hacía sentir.

.. vista. Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien pudiera ver más allá de mis murallas y no saliera corriendo.

Y eso era lo más aterrador de todo: la posibilidad de que alguien como él, precisamente él, pudiera ser la excepción a todas mis reglas.

—Sé que no fue culpa mía —dije finalmente, jugueteando con el vaso vacío—. Lo sé aquí. —Me señalé la cabeza—. Pero hay veces... hay veces que sigo oyendo su voz en mi mente, diciéndome que sí lo fue. Que yo lo provoqué, que yo era demasiado, que si hubiera sido distinta...

Elaila extendió su mano sobre la mesa y apretó la mía.

—Ojalá apareciera alguien —continué diciendo, sintiendo cómo el alcohol me soltaba la lengua—. Alguien con quien no tenga que fingir quién soy. Alguien que me quiera tal cual, con todas mis tonterías. Pero parece que estoy pidiendo demasiado.

—No estás pidiendo demasiado. Eso es lo mínimo.

—A lo mejor tengo los estándares muy altos —suspiré cogiendo otro nacho—. El arquitecto..., no sé, tenía algo que me hacía saltar todas las alarmas. Era como si mi cuerpo lo supiera antes que mi cabeza. Tuve un presentimiento estúpido de que debía cortar antes de que fuera peor.

—No parece que hayas perdido mucho —comentó mi amiga.

—No —admití—. La verdad es que no siento haber perdido nada importante.

Elaila asintió, con esa expresión pensativa que ponía cuando estaba a punto de soltar alguna perla de sabiduría.

—Tener esos presentimientos no es malo, Audra —dijo—. De hecho, deberías hacerles más caso. Pero no significa que tengas que cerrar la puerta a todos los chicos que decidan acercarse.

—Lo sé —respondí y, sin pensar, agarré otro chupito y me lo bebí de golpe.

El alcohol estaba empezando a afectarme de verdad. Notaba ese agradable calor extendiéndose por mi cuerpo, haciendo que todo pareciera un poco más ligero, un poco menos complicado. Como si mis problemas siguieran ahí, pero envueltos en una capa de algodón que amortiguaba su impacto.

—Ojalá encontrara a un idiota así —dije sintiendo que las palabras salían solas—. Alguien que me aguante, que me quiera con todas mis rarezas. Que me dé esos besos en la frente que tanto me gustan, o esos abrazos por la espalda cuando estoy cocinando.

El alcohol había desconectado el filtro entre mi cerebro y mi boca. Las palabras fluían como un río desbordado.

—¿Sabes qué es lo peor? Que sé exactamente lo que quiero.

Quiero a alguien que me haga sentir segura, pero que también me desafíe.

Alguien que no se asuste cuando me pongo a llorar por una peli de Disney o cuando me cabreo porque la lavadora se ha vuelto a estropear.

Alguien que entienda que a veces necesito espacio y otras necesito que me abracen hasta que deje de temblar.

Elaila me miraba con esa expresión suya, entre sorprendida y enternecida, como si acabara de descubrir que su mejor amiga tenía un lado romántico después de todo.

—¿Y eso es mucho pedir? —continué, haciendo un gesto exagerado con la mano que casi derribó el plato de nachos—. Porque parece que sí, que es misión imposible.

—No es mucho pedir —respondió ella, rescatando la jarra de agua que casi volcamos—. Es justo lo que mereces.

—El problema es que yo... —Me detuve, pensando en cómo expresarlo—. Es que no soy buena dejando que la gente entre. Les pongo mil pruebas, mil obstáculos. Y cuando alguno consigue pasar, me asusto y salgo corriendo.

—Como con el arquitecto —apuntó ella.

—¡Exacto! —exclamé, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Pero es que Dain era..., no sé, como un catálogo de edificios. Todo perfecto, todo cuadrado. Sin aristas, sin sorpresas. Y me agobiaba, como si tuviera que estar a su altura constantemente.

—Te entiendo —asintió Elaila—. Parecía demasiado... fabricado.

—¡Sí! ¡Eso es! —casi grité, provocando que algunas cabezas se giraran hacia nuestra mesa—. Como un robot diseñado para ser el novio ideal. Pero yo no quiero un robot, ¿sabes? Quiero a alguien real, con defectos, con manías. Alguien que me haga reír incluso cuando tengo ganas de matarlo.

Cogí otro nacho, pero me di cuenta de que me costaba apuntar correctamente a mi boca. Sí, el alcohol estaba haciendo efecto a lo grande.

—Quiero a alguien que no tenga miedo de discutir conmigo —seguí divagando—.

Porque soy intensa y tengo mucho genio, y necesito a alguien que pueda plantarme cara.

Pero también que sepa cuándo necesito que me dejen en paz con Peluso y mis dramas.

Alguien que entienda que soy complicada, pero que merezco la pena.

—Lo encontrarás. Estoy segura.

—No, no lo haré —protesté, y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin motivo aparente, por culpa del maldito tequila—. Porque hay algo mal en mí, Elaila. Algo roto que no sé si se puede arreglar. A veces pienso que Elio lo vio y por eso... por eso hizo lo que hizo.

—Eso es una gilipollez. —Elaila me cortó con firmeza, inclinándose sobre la mesa—. Y lo sabes. Elio era un manipulador y un cabrón. Lo que te hizo no dice nada sobre ti y lo dice todo sobre él.

Las lágrimas ahora corrían libremente por mis mejillas, y ni siquiera intenté disimularlas. A la mierda. Ya estaba haciendo el ridículo de todas formas.

—Siento que nunca podré confiar en nadie —sollocé, limpiándome la nariz con una servilleta—. Que nunca podré dejarme llevar del todo. Y quizá sea mejor así, ¿sabes? Quizá esté mejor sola, con Peluso, mis pinturas y mis noches de Netflix.

Mi amiga negó con la cabeza.

—No lo estás. Y lo sabes. Solo necesitas a alguien que valga la pena el riesgo.

—Alguien que me mire como si fuera la única persona en la habitación —suspiré—. Alguien que me vea, Elaila. Que me vea de verdad, no lo que quiere ver o lo que yo pretendo mostrar.

—Ese alguien existe —afirmó con tanta seguridad que casi me hizo creerla—. Y quizá esté más cerca de lo que crees.

—No sé —dije, dando un sorbo al agua—. A veces pienso que he levantado tantos muros que ya nadie puede escalarlos. Y lo peor es que ni siquiera sé cómo derribarlos yo misma.

—Los muros no se derriban de golpe. Se van desmontando piedra a piedra. Y a veces ni siquiera te das cuenta de que lo estás haciendo hasta que miras atrás y ves el hueco.

—Pues los míos parecen la Gran Muralla china —murmuré, haciendo pucheros como una niña pequeña—. Con alambre de espino en la parte superior y cocodrilos en el foso.

Elaila soltó una carcajada, y yo no pude evitar unirme a ella. Era tan liberador reírse de uno mismo.