Contigo ni en el ascensor 17. Cómo desechar a un arquitecto en tres mensajes o menos #2
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17. Cómo desechar a un arquitecto en tres mensajes o menos #2

Pero ¿y si nunca iba a estar preparada? ¿Y si ese era mi estado natural ahora? Rota, desconfiada, incapaz de sentir las cosas que se suponía que debía sentir.

Me miré las manos y vi que me temblaban ligeramente.

Era agotador vivir así, en ese limbo constante entre querer acercarme a alguien y salir corriendo en dirección contraria al mínimo indicio de intimidad.

Como si dentro de mí hubiera dos Audras en guerra perpetua: una que anhelaba conexión, calor humano, ese abrazo que te hace sentir que has llegado a casa, y otra que construía muros a la velocidad del rayo, convencida de que era mejor la soledad que el dolor de volver a confiar en la persona equivocada.

Apoyé la barbilla en las manos mientras miraba cómo la secadora giraba hipnóticamente. El suave ritmo circular, casi mecánico, tenía algo tranquilizador. Como si por un momento pudiera olvidar todo y simplemente existir sin el peso de mis propios pensamientos.

En el fondo, lo único que quería era que alguien me quisiera tal como era.

Alguien que entendiera la diferencia entre las lágrimas de tristeza y las de frustración sin que tuviera que explicárselo.

Que me diera esos besos en la frente que me hacían sentir protegida sin sentirme pequeña.

Que supiera cuándo necesitaba un abrazo por la espalda mientras preparaba el café por la mañana y cuándo necesitaba simplemente mi espacio.

Quería esas conversaciones hasta las tres de la madrugada, hablando de todo y de nada.

Esas miradas a través de una habitación llena de gente donde, sin decir nada, ambos sabíamos exactamente lo que pensaba el otro.

Alguien que me trajera una manta cuando me quedaba dormida en el sofá, que me enviara mensajes solo para decirme que había visto algo que le había recordado a mí, que entrelazara sus dedos con los míos cuando caminábamos sin ningún motivo especial.

Quería alguien que me abrazara por detrás mientras pintaba, que respetara mi silencio cuando estaba concentrada, pero que supiera también cuándo necesitaba que me sacaran de mi propia cabeza.

Alguien que se riera de mis chistes malos y me defendiera ferozmente ante cualquiera, pero que también me dijera, en privado y con honestidad, cuándo estaba equivocada.

Alguien que viera a Peluso como algo más que un gato raro sin pelo, que entendiera que era mi familia, mi constante, mi apoyo incondicional en forma felina.

Alguien que no se burlara de mis jerséis viejos ni de mis manías, que disfrutara de los domingos de sofá y manta tanto como de las salidas locas de improviso.

Alguien con quien pudiera ser valiente pero también vulnerable, fuerte pero también frágil.

Alguien que no intentara cambiarme, que no me mirara con esa expresión de «aquí viene el drama» cada vez que expresaba mis emociones. Alguien que se sintiera orgulloso de mí, que me dijera que era buena en lo que hacía, que me valorara por ser yo. Sin filtros, sin máscaras.

Alguien que entendiera que a veces lloro por todo y otras veces no siento nada, que a veces hablo demasiado y otras apenas consigo articular palabra. Que comprendiera que mis contradicciones no me hacen defectuosa, solo humana.

Alguien que no me hiciera sentir como si tuviera que pedir perdón constantemente por existir.

Las palabras de Elio resonaban en mi cabeza: «Ya empiezas con tus dramas», «¿otra vez llorando?», «¿no puedes ser normal por una vez?». Comentarios aparentemente inofensivos que, acumulados día tras día, se habían convertido en una voz interior que no podía silenciar.

Una voz que me repetía que nunca sería suficiente. Que era demasiado: demasiado sensible, demasiado intensa, demasiado complicada. O tal vez no suficiente: no suficientemente fuerte, no suficientemente equilibrada, no suficientemente digna de ser amada sin condiciones.

¿Por qué era tan difícil para mí lo que para otros parecía tan natural? Esa forma de entregarse sin medir cada paso, de confiar sin calcular riesgos, de sentir sin anticipar la caída. ¿Cuándo había perdido esa capacidad? ¿O quizá nunca la había tenido?

Me limpié otra lágrima y respiré hondo. La secadora seguía girando, indiferente a mi crisis existencial de medianoche. Peluso me esperaba en casa, probablemente dormido sobre mi almohada, sin preocuparse por nada más complejo que cuándo llegaría su próxima comida o qué jersey se pondría mañana.

Qué sencilla era la vida para un gato. Qué complicada era para una chica rota.

Saqué el móvil del bolsillo y llamé a Elaila sin pensarlo dos veces. Necesitaba una voz amiga, alguien que me recordara que no estaba completamente loca.

Tardó tres tonos en contestar y, cuando lo hizo, oí risas de fondo.

—¿Audra? —Su voz sonaba alegre, casi sorprendida—. ¿Va todo bien?

—Hola, sí, yo... —empecé, pero me detuve al oír una voz masculina.

—Dile que venga —oí que decía Ender.

Me sentí fatal de inmediato. Estaba interrumpiendo algo.

—Lo siento, estás ocupada —murmuré—. Ya hablamos mañana.

—¡Ni se te ocurra colgar! —exclamó Elaila con tanta fuerza que tuve que apartar el móvil de mi oreja—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

—Sí. O no. No lo sé —respondí, sintiendo cómo las palabras se atropellaban en mi garganta—. ¿Qué mierdas se dice, Elaila? Todos decimos que estamos bien cuando nos preguntan, pero es mentira. Somos unos putos mentirosos todos. ¿Para qué preguntar si nadie quiere oír la verdad?

Hubo un momento de silencio y luego su risa, esa que siempre conseguía hacerme sentir mejor incluso en los peores momentos.

—Creo que alguien necesita chupitos —dijo con tono cantarín.

—Dios, sí —suspiré—. Quiero chupitos. Muchos.

—¿Puedo ir yo también? —La voz de Ender se oyó ahora más clara, como si se hubiera acercado al teléfono.

—No —respondió Elaila tajante, y luego bajó el tono y añadió—: Esta es una emergencia de mejores amigas, cariño.

Oí un suspiro dramático de Ender, seguido de otra risa de Elaila. Oficialmente, llevaban dos semanas saliendo y ya eran tan empalagosos que me resultaba bonito y vomitivo a partes iguales.

—Escucha, pasaré por tu casa dentro de diez minutos —continuó ella—. Ponte guapa, que nos vamos de chupitos.

—Vale —murmuré, sintiendo ya el cosquilleo ante la idea de una noche improvisada—. La secadora acaba de terminar. Subo a casa ahora mismo.

—¡Perfecto! Te veo en nada.

Colgué y comencé a recoger la ropa seca a toda prisa, arrugando los jerséis de Peluso sin ningún cuidado al meterlos en la bolsa. Ya los doblaría mañana. O nunca. Tampoco era el fin del mundo.

Subí hasta mi apartamento y entré como un huracán. Mi gato me recibió con un maullido indignado desde el sofá, donde dormitaba hecho un ovillo con su pijama de Batman.

—Lo siento, pequeño, pero mamá necesita una noche de chicas —le dije mientras dejaba caer la bolsa de la ropa en el suelo del salón—. Prometo compensártelo mañana.

Abrí el armario de par en par y rebusqué con desespero algo decente.

Si iba a ahogar mis penas en alcohol, al menos quería tener buen aspecto mientras lo hacía.

Al fondo, casi olvidado, encontré un vestido color teja que me había comprado en rebajas el año anterior y que nunca había tenido ocasión de estrenar.

Lo saqué con cuidado y lo extendí sobre la cama.

Era un vestido con escote en V, ceñido en la cintura, que me quedaba por encima de las rodillas, con esa maldita cremallera en la espalda que siempre era un infierno cerrarla.

Sin embargo, valía la pena el esfuerzo, porque me hacía un cuerpo espectacular.

Me quité la ropa que llevaba y me metí en la ducha a toda velocidad. Tres minutos después salía envuelta en una toalla, con el pelo goteando sobre los hombros. No había tiempo para secármelo, así que tendría que conformarme con el look de recién salida de la piscina.

Me puse el vestido, luchando ferozmente con la cremallera de la espalda. Quien hubiera decidido poner cremalleras en sitios inaccesibles merecía un castigo divino, pero después de varios intentos, contorsiones dignas de un circo y alguna que otra maldición, conseguí subirla.

Me calcé las botas, me puse mis accesorios de siempre y un maquillaje mínimo. Lista en tiempo récord.

Antes de salir, abrí una lata de comida húmeda para Peluso y se la serví en su cuenco de cerámica personalizado con su nombre.

—Pórtate bien —le dije mientras lo acariciaba detrás de las orejas—. No montes ninguna fiesta mientras no estoy.

Peluso me miró como diciendo: «¿De verdad crees que desperdiciaría mi valioso tiempo organizando eventos sociales?», y volvió a concentrarse en su comida.

Cogí mi bolso negro cruzado, suficientemente pequeño para no ser una molestia, pero con espacio para lo esencial.

Justo cuando bajaba, mi móvil vibró con un mensaje de Elaila:

Estoy abajo, princesa del drama.

Sonreí a mi pesar. Si había alguien que pudiera salvarme de esa noche de autocompasión, esa era Elaila. Y unos cuantos chupitos, por supuesto. Sobre todo, los chupitos.