Contigo ni en el ascensor 17. Cómo desechar a un arquitecto en tres mensajes o menos
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17. Cómo desechar a un arquitecto en tres mensajes o menos

Cómo desechar a un arquitecto en tres mensajes o menos

Audra

Odiaba con toda mi alma la lavandería del edificio.

Entre sus luces parpadeantes, el sonido espectral de las tuberías y el aroma perpetuo a moho, solo le faltaba un asesino en serie acechando desde las sombras para protagonizar una película de terror de serie B.

Y, sin embargo, a las once de la noche de un miércoles, allí estaba yo, sentada a una mesa coja, intentando escribir el mensaje de despedida más incómodo del mundo.

Le di un sorbo a mi bebida energética y miré mi teléfono como si fuera una bomba a punto de estallar. ¿Por qué narices era tan difícil romper con alguien?

«Romper —pensé mientras me frotaba los ojos—. Si ni siquiera estamos juntos. Han sido solo dos citas».

Mi teléfono se iluminó con un mensaje nuevo de Elaila.

¿Ya lo has hecho?

Suspiré y tecleé rápido:

Estoy en ello. Dame un respiro.

Volví a concentrarme en el mensaje para Dain. Llevaba casi una hora intentando encontrar las palabras adecuadas, pero todo sonaba demasiado brusco o patéticamente cursi. O peor aún, a excusa barata.

«Hola, Dain. Quería decirte que me lo he pasado muy bien contigo, pero...».

Borré la última palabra. Ese «pero» sonaba a excusa de manual.

«Hola, Dain. Me ha gustado conocerte, sin embargo...».

Borré de nuevo. «Sin embargo» era solo un «pero» con traje de domingo.

—¡Joder! —exclamé, dando un manotazo a la mesa que hizo temblar mi lata—. ¿Por qué es tan complicado?

La lavadora entró en el ciclo de centrifugado, añadiendo su estruendo a mi frustración. Peluso necesitaba su ropa limpia; todos sus jerséis estaban sucios porque había llovido tres días seguidos y el muy travieso se había empeñado en salir al balcón cada vez que me despistaba.

Volví a intentarlo:

«Hola, Dain. Te escribo porque creo que no voy a poder quedar contigo el viernes.

Ni ningún otro día. Es que tengo un problema con las citas.

Bueno, con las relaciones en general. Verás, mi ex era un capullo integral que me jodió la vida y ahora mismo no puedo ni pensar en estar con nadie porque me da pánico.

Así que gracias por tu tiempo y que te vaya bien con tus edificios y tus planos y tus puentes o lo que sea que construyas».

Volví a borrarlo todo, respirando hondo para calmarme. Seguro que había una manera madura de hacer eso.

«Dain, lo siento, pero no quiero seguir viéndote. No es por ti, es por mí. No estoy preparada para una relación y bla, bla, bla...».

—Patético —murmuré, borrando de nuevo—. ¿El «no eres tú, soy yo»? ¿En serio, Audra?

Elaila me había dicho esa misma tarde que hiciera lo que sintiera que era mejor para mí. «Si no estás cómoda, corta por lo sano. No le debes nada a nadie», habían sido sus palabras exactas. Y tenía razón, como siempre.

Pero una cosa era decidirlo y otra muy distinta ejecutarlo. Una tercera cita ya sonaba a algo más serio, a expectativas, a presión. Y no, nada de eso me apetecía ahora mismo.

Quizá nunca.

Intenté otro enfoque:

«Dain, voy a ser sincera: tengo tanto miedo al compromiso que ver un anillo en el escaparate de una joyería me produce taquicardias.

Soy un desastre emocional ambulante, y tú pareces demasiado estable y normal como para aguantar esto.

Te mereces algo mejor. Una chica sin traumas, o con traumas más manejables.

Alguien que no piense en su vecino cuando está contigo».

Abrí mucho los ojos y borré ese mensaje tan rápido que casi tiro el móvil al suelo.

—¿Qué narices? —murmuré, notando cómo me ardían las mejillas—. No pienso en Ryker. ¿Por qué he puesto eso?

Era culpa del cansancio. O del exceso de cafeína. O del trauma no resuelto. O de las tres cosas. Sí, seguramente era eso.

«Dain, creo que es mejor que no sigamos quedando. No estoy en un buen momento para empezar algo. Espero que lo entiendas».

Me quedé mirando ese último intento. Era frío pero directo. ¿Demasiado cortante? A lo mejor. Pero era sincero, o lo más cercano a la sinceridad que podía permitirme.

Suspiré y dejé caer la cabeza sobre la mesa con un golpe seco.

—Auch —protesté, frotándome la frente—. Eso ha sido una pésima idea.

Mi teléfono volvió a vibrar. Era Elaila otra vez:

¿Sigues en la lavandería o te han secuestrado los fantasmas del sótano?

Sonreí a mi pesar.

Sigo aquí. Los fantasmas están ocupados aterrorizando a la señora del tercero.

Dejé el móvil sobre la mesa y me crucé de brazos, hundiendo la cara en ellos.

¿Por qué era tan difícil? Dain era majo, guapo, educado.

Tenía un buen trabajo, no parecía tener ningún vicio siniestro y sus dientes eran tan perfectos que podría protagonizar un anuncio de dentífrico.

Era el tipo de chico que cualquier madre del mundo querría para su hija.

Y ese era precisamente el problema.

Era demasiado... correcto. Tan cuidadosamente perfecto que me provocaba claustrofobia. Con él no podía ser yo misma. Me sentía observada, evaluada, como si estuviera en una entrevista de trabajo perpetua. Y la última vez no había podido..., bueno, eso.

No era solo el tema del sexo. Era algo más profundo. Cuando me besaba, no sentía nada. Ni mariposas, ni fuegos artificiales, ni siquiera un triste petardo de verbena. Nada. Como besar una pared. Una pared muy bien afeitada y con colonia cara, pero pared, al fin y al cabo.

Y, mientras intentaba obligarme a sentir algo, mi mente, la muy traidora, se escapaba hacia otro lugar.

Hacia otra persona, una con la que me pasaba el día discutiendo, a la que hacía dos semanas había visto arreglando mi puerta sin camiseta mientras yo intentaba no fijarme en cómo se le marcaban los músculos con cada movimiento.

—No, no, no —me regañé en voz alta—. No vayas por ahí, Audra. Ese es territorio prohibido.

La lavadora terminó su ciclo con un pitido agudo que me sobresaltó. Me levanté y comencé a sacar la ropa mojada.

Mientras lo trasladaba todo a la secadora, seguía dándole vueltas al tema. Necesitaba zanjar lo de Dain de una vez. No era justo para él, ni para mí, seguir con algo que no iba a ninguna parte.

Volví a la mesa, cogí el móvil y, sin pensarlo más, escribí:

Hola, Dain. Creo que no podré quedar el viernes.

No quiero ser injusta contigo, así que voy a ser sincera: no estoy en un momento en el que pueda ofrecerte lo que buscas.

Me pareces un tío genial, pero no siento la conexión que deberíamos tener.

Prefiero decírtelo ahora, antes de seguir adelante con algo que no va a funcionar. Lo siento de verdad.

Lo releí una vez más y pulsé «Enviar» antes de que el miedo me paralizara.

«Ya está. Hecho. No hay vuelta atrás».

Una sensación extraña me invadió. No era alivio exactamente, sino algo más cercano a la liberación. Como si me hubiera quitado un peso de encima que ni siquiera sabía que estaba cargando.

El móvil vibró casi de inmediato. Lo miré con cautela, temiendo la respuesta de Dain. ¿Estaría enfadado? ¿Dolido? ¿Me llamaría frígida o algo peor?

Pero era Elaila de nuevo.

¿Lo has hecho ya o estás escribiendo el Quijote allí abajo?

Sonreí y respondí:

Misión cumplida. Mensaje enviado. Si no vuelves a saber de mí, es que me he mudado a una cueva en las montañas.

Mientras la secadora iniciaba su característico zumbido, me quedé mirando la pantalla, esperando nerviosamente la respuesta de Dain. Parte de mí deseaba que no contestara nunca, que tan solo lo dejara pasar. Otra parte, la más retorcida, quería saber exactamente qué pensaba de mí.

El teléfono vibró en mi mano. Esta vez sí era él.

Entiendo. Gracias por tu sinceridad. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme. Cuídate, Audra.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Nada de drama, nada de reproches. Simple y educado, como él.

«¿Ves? Todo el tiempo preocupándote para nada», me dije mientras guardaba el móvil en el bolsillo.

Ya estaba. Había terminado oficialmente con mi intento de vida amorosa normal. Podía volver a mi cómoda rutina de soledad voluntaria, con Peluso como única compañía permanente y Elaila como conexión ocasional con el mundo exterior.

Y estaba bien así. De verdad que sí.

O de eso era de lo que intentaba convencerme mientras esperaba que terminara la secadora, sentada en aquella silla desvencijada, a las once y media de la noche de un miércoles cualquiera, en la lavandería más tétrica que existía.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y ni siquiera sabía por qué. El mensaje de Dain no había sido malo, al contrario, había sido perfectamente correcto. Perfecto. Como él. Y eso solo hacía que me sintiera peor.

Me pasé la manga del jersey por los ojos, intentando disimular. Si entraba alguien y me veía llorando en la lavandería a medianoche, seguro que pensaría que estaba chalada. Aunque quizá tendría razón.

Porque ese era el verdadero problema, ¿no? Yo. Mis rarezas. Mis manías. Esa voz interior que no paraba de decirme que había algo en mí que estaba mal, que era demasiado intensa, demasiado emocional, demasiado... todo. Tan rara que ni siquiera encajaba en un mundo de gente normal.

Pensé en la cara de Dain cuando le dije que no podíamos seguir, cuando no pude.

.., cuando me bloqueé por completo. Esa mirada educada que intentaba ocultar la decepción.

La misma que Elio me había dedicado tantas veces antes de que las cosas se torcieran: la de alguien aguantando a una novia demasiado complicada.

Una lágrima rebelde se deslizó por mi mejilla y cayó sobre la mesa.

—Joder, ya estamos otra vez —murmuré, frotándome los ojos con rabia—. Llorando por cualquier tontería. Típico de Audra.

Era como si me hubieran puesto tantas limitaciones, como si me hubieran hecho tanto daño, que ya no sabía cómo funcionar normalmente. Mi terapeuta siempre decía que tenía que ser yo quien diera el paso, quien se arriesgara de nuevo. Que, cuando estuviera preparada, todo fluiría naturalmente.