Contigo ni en el ascensor 16. Manual de disculpas para vecinos torpes #3
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16. Manual de disculpas para vecinos torpes #3

En el fondo, lo que más me aterraba no era el rechazo inicial, sino invertir años, construir una vida con alguien, y que un día esa persona me mirara como mi madre miró a mi padre aquella noche: como si fuera un extraño, como si todo lo que habían compartido no significara nada.

Ese tipo de dolor no se cura nunca del todo, y yo lo veía en los ojos de mi padre cada vez que hablábamos.

La verdad es que no me gustaba vivir así, con relaciones que no pasaban de una noche, manteniendo a todo el mundo a una distancia segura.

A veces, en las noches más silenciosas, me preguntaba cómo sería despertar junto a alguien que realmente importara, compartir más que un par de horas de placer físico.

Pero entonces el miedo volvía a golpearme: ¿y si no sabía cómo hacerlo?

¿Y si, después de tantos años evitando cualquier tipo de conexión real, simplemente había olvidado cómo amar?

Parte de mi rutina ordenada incluía mantener las relaciones simples y directas. Control. Todo se reducía a eso. Controlar cada aspecto de mi vida para no sentirme tan impotente como aquel niño que vio a sus padres destrozarse mutuamente año tras año sin poder hacer nada.

—Aun así —dije, volviendo al tema principal y apartando esos pensamientos que hacían tambalearse los muros que tanto me había costado construir—, el arquitecto sería muy tonto si te rechazara solo porque no quisiste acostarte con él.

—¿Y cuánto tiempo de media pueden esperar los tíos? —preguntó en un tono que intentaba ser casual, pero que no ocultaba su genuina curiosidad.

—Depende —respondí encogiéndome de hombros—. ¿Tienes tú un tiempo en concreto?

—No lo sé —admitió con una voz tan baja que apenas la oí.

—Entonces, eso significa que él no es el indicado —sentencié con más firmeza de la que pretendía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella entonces, inclinando la cabeza como hacía siempre que algo captaba realmente su interés.

Me detuve un momento, ordenando mis pensamientos. Por alguna razón, me importaba que entendiera lo que quería decir.

—Si cuando estás con alguien te preguntas constantemente si deberías acostarte con él o cuánto tiempo es normal esperar, entonces algo falla —expliqué, midiendo cuidadosamente el espacio para la nueva cerradura—.

Cuando es la persona adecuada, no hay un tiempo preestablecido.

Simplemente... ocurre cuando tiene que ocurrir.

Audra se quedó en silencio, como si estuviera digiriendo mis palabras. No esperaba ese tipo de reflexión de mí y, honestamente, yo tampoco.

—Eso suena increíblemente maduro para venir de ti —dijo al fin, con una pequeña sonrisa burlona que no llegó a sus ojos.

—Tengo mis momentos —respondí, volviendo a centrarme en mi tarea—. No se lo digas a nadie, arruinarías mi reputación.

Trabajé en silencio durante unos minutos más, consciente de que ella seguía observándome. La nueva puerta empezaba a tomar forma. Había colocado el marco y ahora tocaba ajustar las bisagras.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo de repente—. Algo personal.

—Puedes preguntar —respondí sin mirarla—. Otra cosa es que responda.

—¿Por qué no tienes citas? Quiero decir, eres..., no estás mal. Podrías tener relaciones normales si quisieras.

«¿No estoy mal?», pensé divertido por su manera de expresarlo. Viniendo de Audra, supongo que era casi un cumplido.

—Las relaciones son complicadas —contesté después de un momento—. Requieren tiempo, compromiso, esfuerzo. Prefiero enfocarme en otras cosas.

—¿Como qué? ¿Tu trabajo? ¿El gimnasio? —preguntó con un deje de incredulidad—. ¿Eso es suficiente?

—Para mí lo es —respondí con sencillez mientras seguía trabajando—. Tengo mis prioridades claras.

—¿Y cuáles son exactamente esas prioridades?

—Mi trabajo, mantenerme en forma, ahorrar para comprar una casa —enumeré—. Cosas simples, sin complicaciones emocionales.

Ella soltó un bufido, como si mi respuesta le pareciera absurda.

—Suena muy aburrido —comentó—. Y solitario.

Lo era. Era terriblemente solitario. Había noches en las que el silencio de mi apartamento perfectamente ordenado me aplastaba como una losa.

Noches en las que me preguntaba si eso era todo lo que habría en mi vida: informes financieros, rutinas de gimnasio y una casa vacía a la que volver.

Si dentro de veinte años seguiría siendo el mismo hombre, con más dinero quizá, con más arrugas seguramente, pero igual de solo.

Si acabaría como mi padre, mirando fotos antiguas en su enorme casa, añorando algo que ya no podía recuperar.

Pero admitir eso sería como abrir una grieta que contenía todas mis inseguridades. Y no podía permitirme ese lujo, no ahora, no con ella mirándome con esos ojos que parecían ver a través de mí.

—No todo el mundo necesita drama en su vida, princesita —repliqué, sin poder evitar sonreír—. Algunos preferimos la tranquilidad.

—No sabes lo que te pierdes —dijo en un tono que no supe interpretar—. El drama puede ser... estimulante.

—¿Como tus dramas con las cucarachas? —bromeé alzando una ceja—. Sí, muy estimulante.

Ella me dirigió una mirada fulminante que solo logró hacerme reír.

—¿Y tú? —pregunté, devolviéndole la duda—. ¿Por qué sigues teniendo citas con tipos que no te interesan realmente?

—¿Quién dice que no me interesaba Dain? —respondió a la defensiva.

—Tú —contesté—. Si te hubiera interesado de verdad, no estarías aquí sentada preguntándome cuánto tiempo es normal esperar para acostarte con alguien.

Ella abrió la boca para replicar, pero la cerró de nuevo. Por una vez, parecía no tener respuesta.

—Es complicado —dijo finalmente, abrazándose las rodillas y acercándoselas al pecho.

—Todo lo es —concedí levantando la puerta nueva para colocarla en su sitio—. ¿Me echas una mano?

Audra se incorporó con un movimiento rápido, dejando la taza de café en el suelo, junto a la pata del sofá.

—Peluso, ni se te ocurra —le advirtió al gato, que ya miraba la taza con curiosidad felina.

No pude evitar sonreír. Era divertido ver cómo regañaba al animal como si fuera un niño pequeño.

Me acerqué a la puerta y ella se colocó al otro lado. Pese a su estatura, tenía fuerza en esos brazos delgados. La levantamos a la vez y la encajamos en las bisagras que había instalado previamente. El metal chirrió un poco, pero cedió.

—Aguántala un momento —le pedí mientras comprobaba que estuviera nivelada.

Saqué el nivel y lo coloqué contra la madera. La burbuja quedó perfectamente centrada.

—Perfecto —murmuré, más para mí que para ella.

Comencé a apretar los tornillos, consciente de que Audra no me quitaba los ojos de encima. Su mirada era tan intensa que casi podía sentirla físicamente sobre mi nuca. Continué con mi tarea, fingiendo no darme cuenta.

—¿Qué habrías hecho si, cuando llegaste, el arquitecto hubiera estado, ya sabes..., forzándome o algo así? —preguntó de repente.

Me reí, quizá demasiado fuerte para lo que implicaba la pregunta.

—Lanzarlo por la ventana, supongo —respondí mientras ajustaba el último tornillo.

Ella soltó una risita nerviosa.

—Lo digo en serio, Ryker.

Me giré para mirarla directamente. Sus ojos no habían perdido esa intensidad.

—Yo también —afirmé, sosteniendo su mirada—. Alguien tendrá que protegerte siendo tan pequeña. No llegas ni al metro y medio, por Dios.

Me miró entrecerrando los ojos, con esa expresión suya que mezclaba indignación con algo que no conseguía descifrar del todo.

Por un momento pensé que iba a soltar alguna de sus frases cortantes o incluso a lanzarme algo a la cabeza, como hacía habitualmente.

Pero entonces hizo algo que me pilló del todo desprevenido: sonrió.

No era una de esas sonrisas sarcásticas a las que me tenía acostumbrado, sino una sincera, de las que iluminan toda la cara.

De las que, hasta ahora, nunca me había dirigido.

—Mejor baja de las nubes, grandullón —dijo golpeándome suavemente el brazo—. No siempre serás el héroe que salva el día.

Sentí un calor extraño expandiéndose por mi pecho. Era una sensación incómoda y agradable a la vez. Como cuando bebes algo caliente en un día frío y sientes cómo el calor se irradia por todo tu cuerpo desde el estómago. Solo que esto no tenía nada que ver con el café.

Me di cuenta entonces de que nunca había querido tanto proteger a alguien.

Era una sensación nueva para mí, aterradora y reconfortante al mismo tiempo.

Con mis ligues anteriores todo había sido superficial, sin complicaciones, precisamente para evitar ese tipo de vulnerabilidad que ahora sentía creciendo dentro de mí.

Esa necesidad de estar ahí para ella, de ser algo más que una presencia pasajera.

Quizá mi padre tenía razón y había mantenido mi corazón cerrado demasiado tiempo. Quizá había estado tan ocupado construyendo muros para no salir herido que no me había dado cuenta de lo mucho que me estaba perdiendo.

Audra, con toda su fiereza y su mal carácter, tenía algo que despertaba no solo mi instinto protector, sino algo más profundo.

Y eso... eso era jodidamente peligroso. Porque significaba que todas esas preguntas que había enterrado durante años —¿sería yo suficiente?

, ¿sabría cómo amar a alguien sin destruirlo? — empezaban a exigir respuestas.