Contigo ni en el ascensor 16. Manual de disculpas para vecinos torpes #2
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16. Manual de disculpas para vecinos torpes #2

—Tu café —dijo, tendiéndomelo—. Ten cuidado, está caliente.

—Gracias —respondí cogiendo la taza.

Nuestros dedos se rozaron durante el intercambio. Un contacto breve, casual, pero que me provocó un hormigueo que me recorrió todo el brazo. Intenté no mostrar ninguna reacción, pero noté que ella retiraba la mano rápidamente, como si también lo hubiera sentido.

Audra se alejó, pero en lugar de acomodarse en el sofá como esperaba, se sentó sobre la alfombra, a unos metros de mí.

Con las piernas cruzadas en la posición del loto, la taza de café entre las manos y los ojos entrecerrados, parecía una especie de gato perezoso observando con desconfianza a un intruso en su territorio.

—¿Qué? —pregunté cuando su mirada empezó a ponerme nervioso.

—Nada —respondió ella, soplando su café—. Solo quiero asegurarme de que no destroces más mi casa.

—Muy graciosa —repliqué, y volví a mi tarea—. Intento arreglar lo que rompí. Deberías agradecérmelo.

—Te lo agradeceré cuando vea que funciona —dijo con una pequeña sonrisa asomando en la comisura de sus labios—. Hasta entonces, estás en período de prueba.

Sacudí la cabeza, pero no pude evitar sonreír también. Siempre tenía que tener la última palabra.

De repente, una bola de piel arrugada con un pijama de Batman apareció por el pasillo. Peluso, recién despierto, me miró con sus enormes ojos y, para mi sorpresa, se acercó directamente a mí.

—Buenos días, campeón —lo saludé mientras se frotaba contra mi pierna, ronroneando como un pequeño motor.

Le acaricié la cabeza con cuidado y el ronroneo aumentó de intensidad.

—Te recuerdo que eres alérgico —comentó Audra desde su posición en la alfombra—. Anoche también lo cogiste.

—Fue la adrenalina —respondí, encogiéndome de hombros—. Cuando estás en modo superhéroe, las alergias pasan a un segundo plano.

Como si hubiera entendido la conversación, Peluso me miró una última vez, fue junto a su dueña y se sentó a su lado.

Seguí trabajando en silencio durante unos minutos, quitando los últimos tornillos del marco. La pregunta que llevaba dándome vueltas desde la noche anterior finalmente salió de mi boca casi sin pensarlo.

—¿Por qué se fue el arquitecto tan pronto? —pregunté sin dejar de manipular el destornillador—. ¿Su técnica en la cama no estaba a la altura?

Audra resopló de forma audible.

—No.

Sonreí satisfecho por haberla provocado y seguí trabajando. El marco viejo cedió finalmente y lo retiré con cuidado.

—Entonces..., ¿por qué dijiste que era culpa tuya? —insistí, recordando sus últimas palabras de anoche.

Ella murmuró algo ininteligible.

—¿Qué? —pregunté, girándome para mirarla.

Tenía las mejillas sonrojadas y evitaba mi mirada.

—Dije que no pude —repitió, y me costó oírla.

Fruncí el ceño confundido.

—Princesita, no hablo el mismo idioma que tú a las nueve de la mañana, recién levantado —dije secándome el sudor de la frente con el antebrazo.

Ella negó con la cabeza, casi escondiéndose detrás de su taza de café vacía.

—No pude —repitió, como si esas dos palabras lo explicaran todo.

—Sigo sin entender —insistí, dejando las herramientas a un lado para prestarle toda mi atención.

Audra suspiró profundamente.

—Después del postre, que, por cierto, me salió muy bueno...

—¿Cocinas? —la interrumpí sorprendido.

—Me encanta cocinar —respondió con una pequeña sonrisa.

«¿Cómo es posible que no supiera eso?», me pregunté.

Después de semanas siendo vecinos, discutiendo por todo, desde el volumen de la música hasta quién tenía que recoger el correo mal entregado, nunca habíamos hablado de cosas tan básicas como nuestras aficiones.

Ni siquiera sabía que le gustara cocinar. ¿Qué más no sabía de ella?

—Sigue —la animé, volviendo a mi tarea para ocultar mi repentino interés.

—Pues eso, después del postre fuimos al sofá —continuó, señalando el mueble en cuestión—. Hablamos un rato y... comenzamos a besarnos.

Sentí cómo se me tensaban los músculos de la espalda.

No quería oírlo. O tal vez sí. No, definitivamente no quería imaginar a Audra besándose con el arquitecto en ese sofá.

Con ese tal Dain y sus manos perfectamente cuidadas, su camisa perfectamente planchada y su sonrisa perfectamente simétrica.

No quería, pero mi cerebro, el muy traidor, ya estaba creando imágenes que preferiría no tener en mi cabeza.

«Céntrate en la puerta, imbécil —me regañé mentalmente—. La puerta. Solo la puerta».

—¿Y qué pasó? —pregunté, intentando que mi voz sonara casual, como si estuviéramos hablando del tiempo y no de su sesión de besos con otro hombre.

—Él quería más —dijo al fin—. Y yo... no pude.

Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de decir. Muy despacio, me giré para mirarla directamente.

—¿No pudiste tener sexo con él? —pregunté, queriendo asegurarme de que lo había entendido bien.

Ella asintió, escondiéndose aún más tras su taza, como si fuera un escudo protector.

Volví a mi trabajo sin decir nada mientras trataba de ordenar mis pensamientos. Por un lado, sentía un alivio inexplicable al saber que no había pasado nada entre ellos. Por otro, me sorprendía que me lo estuviera contando a mí, de entre todas las personas.

«¿Qué se supone que debo decir ahora? —me pregunté—. ¿“Felicidades por no acostarte con un tipo que parece sacado de una caja de Barbie”? ¿“Siento que no pudieras”? ¿“Gracias por la información que no pedí pero que, extrañamente, me alegra”?».

—Es patético, lo sé —dijo ella, rompiendo el silencio—. Podrías decir algo, ¿sabes? Cualquier cosa. No quedarte callado.

Dejé el destornillador a un lado y la miré.

—No veo que sea un problema —contesté sinceramente—. Si no estabas lista, no estabas lista, y él debía respetarlo.

Ella me miró con los ojos entornados, como esperando que en cualquier momento soltara alguna pullita.

—Prefiero tus comentarios sarcásticos —dijo al fin—. Este Ryker comprensivo me da miedo.

No pude evitar soltar una carcajada.

—¿Prefieres que me burle de ti? —pregunté alzando una ceja—. Porque puedo hacerlo, si eso te hace sentir mejor.

—Al menos sabría cómo responder —murmuró bajando la mirada—. No sé qué hacer con... esto.

Señaló vagamente entre nosotros, como si «esto» fuera algo tangible, algo que flotara en el aire de la habitación.

«¿Por qué no pudo?», me pregunté mientras ajustaba una bisagra. La pregunta me carcomía, aunque no tenía derecho a saberlo. ¿Tenía algo que ver con ese ex del que me había hablado Elaila?

La sola idea de que alguien hubiera podido hacerle daño a Audra me provocaba una rabia que no sabía que podía sentir.

No era capaz de imaginarla en una relación tóxica, aunque eso explicaría muchas cosas: su independencia feroz, sus murallas emocionales, incluso su devoción absoluta por ese gato calvo.

La miré de reojo. Sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, la cabeza ligeramente inclinada, parecía tan pequeña, casi indefensa, nada que ver con la fiera que me plantaba cara cada dos por tres.

Por un momento sentí el impulso absurdo de protegerla, igual que la noche anterior, cuando pensé que estaba en peligro.

—Venga, métete conmigo —me pidió de repente—. Di algo. Búrlate. Lo que sea.

Me reí, sorprendido por su petición.

—¿Quieres que me burle de ti por no acostarte con el arquitecto? —pregunté incrédulo—. Vale. Mmm... ¿Tanto te asustó su regla de cálculo que saliste corriendo?

Ella puso los ojos en blanco.

—Esfuérzate más, por favor. Eso ha sido patético.

Volví a mi trabajo, intentando centrarme en alinear correctamente el nuevo marco. No era fácil, con ella observándome como un halcón, especialmente ahora que me había pedido que me burlara de ella, algo en lo que supuestamente éramos expertos.

Cogí mi taza de café, bebí un sorbo y la miré de nuevo.

—Tu café está quemado —dije finalmente.

—No estamos hablando del café —replicó con impaciencia.

—Igualmente sabe fatal —insistí con una sonrisa provocadora—. Deberías aprender a hacerlo mejor.

Ella entrecerró los ojos, fulminándome con la mirada, una que habría intimidado a cualquiera, pero a la que yo ya estaba acostumbrado.

—Me da igual que me mires así —dije volviendo a mi tarea—. Ya he visto esa cara cientos de veces, princesita. Has perdido tu poder.

Hubo un silencio, y por un momento pensé que quizá había ido demasiado lejos. Pero entonces ella volvió a hablar, con un tono más serio.

—¿Los tíos dais más oportunidades si no os acostáis con las chicas en la segunda cita?

La pregunta me pilló por sorpresa. Me detuve un momento, considerando mi respuesta.

—Primero, yo no tengo citas —aclaré mientras comprobaba que el marco estuviera perfectamente nivelado.

—Lo sé —replicó con un deje de burla—. Tú eres como un perro en celo. Sexo sin compromiso, sin complicaciones, sin emociones.

Me reí, aunque el comentario me dolió más de lo que quería admitir. Tenía razón, pero no por los motivos que ella creía. No era solo una cuestión de preferencias o de comodidad. Era miedo. Puro y simple miedo disfrazado de indiferencia.

Después del divorcio de mis padres, algo se rompió dentro de mí.

Ver desmoronarse lo que creía que era amor verdadero me dejó con una pregunta que nunca había podido responder: ¿y si yo tampoco era suficiente?

¿Y si me entregaba por completo a alguien y, al final, esa persona descubría que no valía la pena quedarse?

Mi padre, pese a ser un buen hombre, nunca volvió a ser el mismo.

Trató de reconstruir su vida, de seguir adelante, pero yo podía ver el vacío en sus ojos cuando creía que nadie lo miraba.

Como si una parte de él hubiera quedado enterrada bajo los escombros de su matrimonio.

A veces me preguntaba si yo había heredado esa fragilidad, esa incapacidad para recuperarme de las heridas.