16. Manual de disculpas para vecinos torpes
Manual de disculpas para vecinos torpes
Ryker
El despertador sonó a las cinco como cada mañana, pero yo ya llevaba despierto casi una hora.
No había dormido bien. La imagen de Audra envuelta en esa toalla, con el pelo mojado y las mejillas sonrojadas, aparecía cada vez que cerraba los ojos.
Y también sus palabras finales: «No es culpa de la cita. Es culpa mía».
¿Qué habría querido decir con eso?
Me levanté de un salto, intentando sacudirme esos pensamientos. Tenía una misión que cumplir: arreglar la puerta que había destrozado la noche anterior en mi arranque de heroísmo mal ejecutado.
Me di una ducha rápida y me vestí con unos vaqueros desgastados y una camiseta negra sencilla. Ropa de trabajo, por si tenía que ensuciarme. Después, cogí una cinta métrica del cajón de herramientas que guardaba en el armario de la cocina y salí al rellano.
El sofá de Audra seguía bloqueando la entrada, visible a través del hueco que había provocado en la puerta. Parecía que había construido una auténtica barricada. Me pregunté si habría conseguido dormir o si habría pasado la noche en vela, vigilando por si aparecían más cucarachas.
La idea casi me hizo sonreír, pero me contuve. Tenía trabajo que hacer.
Saqué la cinta métrica y tomé las medidas de la puerta: alto, ancho y grosor. Las anoté cuidadosamente en mi móvil. Después, miré los goznes, la cerradura y el marco, para asegurarme de que compraba las piezas correctas. El daño era considerable, pero podía repararse.
Volví a mi apartamento y me senté frente al portátil.
Busqué varios tutoriales sobre cómo cambiar una puerta y los vi con atención, tomando notas adicionales.
No parecía demasiado complicado, aunque nunca lo había hecho antes.
Sin embargo, yo era metódico y aprendía rápido.
Y tenía que hacerlo bien. No solo por orgullo, sino porque se lo debía a Audra.
Con toda la información necesaria, me puse la chaqueta, cogí las llaves y salí del apartamento.
La ferretería estaba a pocas calles, a unos diez minutos andando.
Era un negocio familiar que llevaba décadas en el barrio y que tenía fama de tener de todo.
Abría sus puertas a las siete de la mañana para atender a los profesionales de la construcción, así que llegué justo a tiempo para ser uno de los primeros clientes del día.
Cuando llegué, un hombre de unos cincuenta años con un delantal azul me recibió detrás del mostrador.
—Buenos días —saludé—. Necesito una puerta nueva. Estas son las medidas.
Le mostré las notas en mi móvil y él las examinó, asintiendo con conocimiento.
—Son medidas estándar —dijo rascándose la barba incipiente—. Tenemos varias opciones. ¿Qué tipo de puerta buscas? ¿Madera maciza, hueca, reforzada...?
—Tiene que ser igual que la original —expliqué—. Es para un edificio antiguo, en un piso alquilado. No quiero que se note el cambio.
—Entiendo —asintió, tecleando algo en un ordenador anticuado—. Tenemos una reforzada con acabado estándar, de color blanco, como las que suelen poner en esos edificios de los años setenta u ochenta. Por fuera parece idéntica, pero es mucho más resistente. ¿Te sirve?
—Perfecta —asentí—. También necesitaré una cerradura nueva, goznes y todas las herramientas necesarias para instalarla.
El ferretero me miró como si estuviera diciendo una locura.
—¿Primera vez que cambias una puerta?
—¿Tanto se nota? —pregunté, esbozando una sonrisa.
—Un poco —admitió, devolviéndome la sonrisa—. Pero no te preocupes, te daré todo lo que necesitas. Sígueme.
Después de media hora recorriendo la tienda, había reunido todas las herramientas necesarias para el trabajo.
—¿Y qué le pasó a la puerta anterior? —me preguntó el hombre mientras examinábamos cerraduras.
—Un accidente —respondí vagamente, evitando entrar en detalles sobre mi papel como superhéroe anticucarachas.
—Ya —dijo él, con un tono que sugería que no era la primera vez que oía hablar de ese tipo de «accidentes»—. ¿Quieres una cerradura reforzada? Ya que estás, por si acaso.
—Por supuesto —asentí, cogiendo la más cara del expositor—. ¿Y el marco? También necesitaré arreglar el marco.
—Por aquí. —Me guio hacia otra sección.
Cuando llegamos a la caja, el montón de artículos era impresionante. Había comprado prácticamente todo lo que podía necesitar y algunas cosas que probablemente no, pero prefería pecar de precavido.
—La puerta es muy pesada —me advirtió el ferretero mientras calculaba el total—. ¿Tienes cómo llevarla?
—No había pensado en eso —admití, dándome cuenta de que no podría cargar con todo hasta el edificio yo solo.
—Podemos llevártela a casa —ofreció—. Son veinte dólares más, pero te la llevamos a donde quieras.
—Perfecto, me la quedo.
—Bien, entonces serían... —Tecleó en la caja registradora y giró la pantalla para que viera el total—. Dos mil cuarenta y siete dólares con sesenta centavos. La puerta reforzada con acabado estándar no es barata, pero por fuera parece exactamente como las originales. Nadie notará que es más segura.
Silbé involuntariamente ante la cantidad. Era una auténtica fortuna, mucho más de lo que había previsto gastar, pero no tenía alternativa después de haber destrozado su puerta. Al menos, ahora tendría una entrada mucho más segura, aunque me dejara medio sueldo en el proceso.
—Sin problema —dije sacando mi tarjeta del bolsillo.
Mientras pagaba, dos empleados jóvenes aparecieron para cargar la puerta, que estaba apoyada contra una pared.
—Es bastante pesada —comentó uno de ellos, levantándola con esfuerzo junto a su compañero.
—La llevamos entre tres —sugirió el ferretero, uniéndose a ellos—. ¿Dónde hay que entregarla?
Les di la dirección exacta, explicando que era un octavo piso, pero que por suerte había ascensor.
—Aunque no siempre funciona —añadí, recordando las quejas constantes de Audra.
—Esperemos que hoy sea nuestro día de suerte —dijo uno de los jóvenes.
Repasé mentalmente la lista para asegurarme de que no olvidaba nada. Destornillador, martillo, nivel, tornillos, tacos, silicona, formón, sierra... Todo estaba allí. Incluso había añadido a última hora un pequeño kit de reparación de paredes, por si necesitaba arreglar algún desperfecto adicional.
Los tres hombres cargaron la puerta en una furgoneta pequeña con el logo de la ferretería. El plan estaba en marcha. Ahora solo quedaba la parte difícil: instalarlo todo correctamente sin que Audra se riera demasiado de mis habilidades de bricolaje.
Y, más importante aún, sin que la casera se enterara.
La furgoneta llegó al edificio casi al mismo tiempo que yo. Para nuestra fortuna, el ascensor funcionaba ese día. Una pequeña victoria entre tantas batallas perdidas contra la antigüedad de ese edificio.
—Por aquí —les indiqué, manteniendo el ascensor abierto mientras ellos maniobraban con la puerta nueva.
Fue un proceso complicado. La puerta apenas cabía en el ascensor y tuvimos que colocarla en diagonal. Los cuatro subimos apretados, como sardinas en lata, acompañados del olor a madera nueva y sudor.
Al llegar al octavo, les indiqué que la dejaran apoyada contra la pared del rellano.
—¿No quieres que te ayudemos a instalarla? —preguntó el ferretero, secándose el sudor de la frente—. Cobramos por horas, pero hacemos buen trabajo.
—No, gracias —respondí—. Quiero hacerlo yo mismo.
No añadí que era una cuestión de orgullo personal. Yo había roto la puerta, yo la arreglaría. Y, además, no quería más testigos de lo necesario.
Les agradecí la ayuda, les di una generosa propina que aceptaron con sonrisas satisfechas y esperé a que el ascensor descendiera con ellos antes de prepararme mentalmente para lo que venía.
Respiré hondo y llamé a la puerta de Audra. No hubo respuesta. Volví a llamar, esta vez con más fuerza.
Un gruñido. Luego, el inconfundible sonido de muebles siendo arrastrados —probablemente deshaciendo la barricada nocturna—, pasos arrastrándose y, al final, la puerta abriéndose con dificultad.
Y allí estaba ella. Con el pelo recogido en un moño desordenado, cara de recién levantada y una expresión que podría derretir glaciares. Llevaba un pijama de algodón con estampado de pequeños gatos y tenía la marca de la almohada en la mejilla. Jamás la había visto con un aspecto más adorable.
O más dispuesta a matarme.
—¿Qué...? —empezó a preguntar, con la voz ronca por el sueño—. ¿Qué hora es?
—Son las nueve. De un lunes —respondí, como si eso lo explicara todo.
Ella gruñó algo ininteligible y dio media vuelta, dejando la puerta abierta, lo que interpreté como una invitación a pasar. La seguí al interior, notando que ya había recogido el sofá y lo había devuelto a su sitio original.
—¿Café? —preguntó al tiempo que se arrastraba hacia la cocina.
—Sí, gracias —respondí sorprendido por el ofrecimiento.
—¿Trabajas hoy? —dijo mientras sacaba la cafetera y la llenaba de agua con movimientos lentos, como si su cuerpo aún no hubiera despertado del todo.
—No.
Ella asintió sin mirarme, concentrada en la tarea de preparar café como si fuera un ritual sagrado.
—¿Cómo lo quieres? —preguntó finalmente, mientras la cafetera empezaba a borbotear.
—Con leche y sin azúcar.
—Amargo —murmuró ella casi para sí, con una sonrisa exagerada en el rostro—. Como tú.
Sonreí ante el comentario y me dispuse a trabajar. Primero saqué todas las herramientas y las coloqué ordenadamente en el suelo. Luego examiné la puerta dañada para determinar la mejor manera de quitarla.
Mientras desatornillaba los goznes, era consciente de que Audra me observaba desde la cocina. Podía sentir su mirada, todavía somnolienta pero curiosa, siguiendo mis movimientos.
Con cuidado, retiré la puerta vieja y la apoyé contra la pared. El marco estaba bastante dañado, como había previsto. Tendría que quitarlo por completo e instalar uno nuevo.
Estaba tan concentrado en mi tarea que no me di cuenta de que Audra se había acercado hasta que vi una taza de café aparecer en mi campo de visión.