Contigo ni en el ascensor 14. Lasaña para el arquitecto, pensamientos para el vecino #2
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14. Lasaña para el arquitecto, pensamientos para el vecino #2

—Eres muy creativa —dijo Dain, sentándose en el sofá y mirando alrededor—. Esos cuadros tuyos que están apoyados en la pared son muy buenos.

—Gracias —respondí, sintiéndome repentinamente tímida—. Esta mañana vinieron a por unos encargos que tenía pendientes. Por eso hay menos de lo habitual.

Le di los últimos toques a la mesa mientras Dain se ocupaba de descorchar el vino, cosa que agradecí, porque yo siempre acababa rompiendo los corchos y teniendo que pescarlos luego del fondo de la botella como si estuviera practicando pesca submarina.

—¿Te echo una mano con algo? —preguntó, sosteniendo la botella ya abierta como un camarero profesional.

—No, tranquilo —dije mientras agarraba los guantes de cocina—. Ya casi está todo.

Me dirigí al horno y saqué la lasaña, que tenía una pinta increíble.

El queso de la parte superior estaba perfectamente gratinado, con ese tono dorado que hacía que se te hiciera la boca agua con solo mirarlo.

Un punto para mí. Al menos, si todo lo demás salía fatal, habría triunfado en el aspecto culinario.

Coloqué la fuente humeante en el centro de la mesa y me senté, intentando aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. Porque, mientras Dain servía el vino en las copas con esa precisión de cirujano, mi mente estaba en otra cosa completamente distinta.

Sexo. Estaba pensando en sexo.

No, no es que fuera una obsesa ni nada parecido. Es que..., bueno, era la segunda cita. Y todos sabemos lo que suele pasar en las segundas citas, ¿no? O al menos en algunas. Y más cuando dicha cita consistía en una cena en mi casa. A solas. Con vino.

«¿Y si espera que acabemos en la cama?», pensé mientras lo veía sentarse frente a mí.

«¿Es eso lo que se supone que debería pasar? ¿Es lo que quiero que pase?».

—Tiene una pinta espectacular —dijo Dain, mirando la lasaña con admiración.

Por un segundo pensé que hablaba de mí, y noté cómo me subían los colores.

—Gracias —respondí, aclarándome la garganta—. ¿Te sirvo?

—Por favor.

Corté un trozo generoso de lasaña y se lo serví, procurando que no se desmontara en el proceso. Por suerte, la receta de la madre de Elaila tenía ese punto perfecto de consistencia que hacía que se mantuviera en su sitio. Otra pequeña victoria.

—Entonces..., ¿cómo va el proyecto ese del que me hablaste? —pregunté mientras me servía un pedazo para mí.

—Bastante bien —respondió, dando un sorbo a su vino—. Aunque hemos tenido problemas con el contratista porque quiere usar materiales más baratos...

Su voz empezó a difuminarse en mi cabeza mientras mis pensamientos volvían al mismo punto. Sexo. Con él. Esa noche. Posiblemente.

«¿Tendré las sábanas limpias? —me pregunté—. ¿Me he depilado? Sí, ayer. Menos mal. ¿Y la ropa interior? La de hoy es bonita, pero no de las mejores. Mierda, debería haberlo pensado. ¿Y si ve la cicatriz del apéndice? ¿Y si...?».

—... entonces le dije que de ninguna manera íbamos a aceptar ese cambio en el presupuesto —continuaba Dain, gesticulando con el tenedor.

—Claro, normal —convine, asintiendo como si hubiera seguido cada palabra.

Mi mirada se desvió hacia sus manos. Eran bonitas. Dedos largos, uñas perfectamente cuidadas. Manos de arquitecto, supuse. ¿Cómo serían esas manos recorriendo mi cuerpo? ¿Serían suaves? ¿Firmes?

Y luego, la imagen de otras manos cruzó mi mente. Unas manos más grandes, más fuertes, con venas marcadas y alguna que otra cicatriz.

«Pero ¿qué narices me pasa? ¿Por qué estoy pensando en las manos de Ryker?».

—¿Y tú? —preguntó Dain, sacándome de mi trance—. ¿Cómo va el trabajo en la tienda?

—Oh, como siempre —respondí vagamente, dando un bocado a la lasaña para ganar tiempo—. Ya sabes, clientes raros, ofertas..., lo típico.

Él sonrió y se desabrochó el primer botón de la camisa. Hacía calor, era normal.

Pero ese simple gesto hizo que mi mente volviera al territorio peligroso.

«¿Tendrá abdominales? —me pregunté, imaginando qué habría bajo esa camisa—. Seguro que sí. Es arquitecto, pero parece mantenerse en forma. Aunque no creo que tenga tantos como Ryker. Espera, ¿por qué demonios estoy comparándolo con Ryker?».

Las imágenes se agolpaban en mi cabeza. Dain sin camisa.

Ryker sin camisa. Dain besándome. Ryker besándome.

.. «Espera, ¿QUÉ?... No, no, no. Ryker, no.

Asco, asco, asco. Es mi vecino. El insoportable.

El musculitos que se cree mejor que nadie.

El que me mira como si pudiera leerme el pensamiento.

El que huele tan bien cuando vuelve del gimnasio. ..».

—¿Te ocurre algo? —preguntó Dain, sacándome de mi espiral de pensamientos inapropiados—. Pareces... distraída.

—Perdona —dije, dando otro sorbo al vino—. Es que... estoy un poco cansada. Ha sido un día largo.

—Si quieres, puedo irme antes —ofreció, con una amabilidad que me hizo sentir culpable por mis pensamientos.

—¡No! —exclamé, quizá demasiado rápido—. No, está bien. Es agradable tener compañía.

Dain asintió y continuó hablando de su trabajo. Esta vez intenté prestar más atención, pero mi mente, la muy traidora, seguía desviándose.

«Vale, centrémonos. Dain. Guapo. Amable.

Arquitecto. Está aquí, conmigo. No pienses en el otro.

No pienses en cómo sería si fuera Ryker quien estuviera sentado frente a mí.

No pienses en lo que pasaría si, en lugar de esta conversación educada, estuviéramos lanzándonos pullas y provocándonos el uno al otro. ..».

—... así que al final tuvimos que rediseñar toda esa sección —concluyó Dain, dando el último bocado a su lasaña.

—Vaya, qué complicado —dije, intentando sonar interesada y no como alguien que estaba teniendo una crisis existencial en plena cena.

El problema es que Dain era... perfecto. Demasiado perfecto. La camisa perfectamente planchada. El pelo perfectamente peinado. La sonrisa perfectamente simétrica. Todo en él estaba pensado, medido, calculado.

No como Ryker, que, a pesar de su obsesión por el orden, tenía ese aire de peligro, de imprevisibilidad. Esa sonrisa ladeada que te hacía preguntarte si estaba a punto de insultarte o besarte. Ese mechón rebelde que a veces le caía sobre la frente y que te daban ganas de apartar...

«¡Para ya!».

—¿Más vino? —ofreció Dain, levantando la botella.

—Por favor —respondí acercando mi copa. Quizá con un poco más de alcohol podría dejar de pensar tonterías.

Me sirvió otra copa y comenzó a hablarme de un proyecto de restauración de un edificio histórico. Era interesante, de verdad que lo era, pero solo podía concentrarme a medias. La otra mitad de mi cerebro seguía empeñada en imaginar cómo sería estar compartiendo esa cena con el idiota de mi vecino.

«Seguramente sería un desastre —pensé, intentando convencerme—. Acabaríamos discutiendo por cualquier tontería. O tirándole la lasaña a la cara. O...».

O algo completamente distinto. Algo que implicaba mucha menos ropa y mucha más piel.

«¡Basta ya! —me regañé mentalmente—. ¿Qué me pasa? ¿Por qué sigo pensando en él cuando tengo delante a un hombre perfectamente atractivo y normal?».

—¿Quieres que pasemos al postre? —preguntó Dain, sacándome de mi lucha interna.

—Claro —respondí, agradecida por la distracción—. Hay tarta de queso con arándanos. La he hecho yo, así que no tengas muchas expectativas.

—Seguro que está deliciosa —dijo con esa sonrisa perfecta suya—. Como todo lo que has preparado.

Se inclinó sobre la mesa y puso su mano sobre la mía, en un gesto claramente romántico. Su tacto era cálido, agradable. Debería estar encantada. Cualquier mujer con dos dedos de frente estaría derritiéndose ante semejante escena.

Entonces, ¿por qué yo solo podía pensar en lo diferentes que serían esas manos si pertenecieran a otro hombre? ¿A uno que vivía justo al otro lado de esa pared?

«Estoy perdiendo la cabeza —pensé, forzando una sonrisa que esperaba no pareciera demasiado falsa—. Completamente loca. Esto es culpa del estrés. O del vino. O de las hormonas. Sí, eso es. Las hormonas».

Porque tenía que ser eso. No había otra explicación para que, teniendo delante a un hombre guapo, educado y claramente interesado en mí, yo solo pudiera pensar en el insufrible de mi vecino.

«De todas formas, el sexo está sobrevalorado —me dije para tranquilizarme—. Y seguro que con Dain sería... correcto. Metódico. Planificado. Como él».

Y, de nuevo, esa vocecita traicionera en mi cabeza: «¿Y con Ryker? ¿Cómo sería con Ryker?».

«Calla. Calla. Calla. No quiero saberlo. No me interesa. No es una opción. Nunca ha sido una opción. Nunca será una opción».

—¿Te ayudo a recoger? —preguntó Dain, sacándome de mis pensamientos desbocados.

—No, no te preocupes —dije, levantándome tan rápido que casi tiré la copa—. Yo me encargo.

Necesitaba unos minutos a solas. Unos minutos para poner en orden mi cabeza, para recuperar el control. Porque, si seguía por ese camino, acabaría haciendo o diciendo algo de lo que me arrepentiría.

Mientras recogía los platos, respiré hondo varias veces, intentando calmarme. Era solo una cita. Una cena. No tenía por qué pasar nada más si yo no quería. Y en ese momento, no estaba segura de lo que quería.

Aunque sí sabía lo que no quería: seguir pensando en Ryker Lancer y en cómo sería besarlo. Porque eso sí que sería una auténtica locura.

Y yo, por mucho que a veces actuara como tal, no estaba loca.

¿O sí?