14. Lasaña para el arquitecto, pensamientos para el vecino
Lasaña para el arquitecto, pensamientos para el vecino
Audra
Colocaba la última velita decorativa sobre la mesa cuando me di cuenta del tiempo que había invertido en arreglarlo todo.
Tres horas. Tres puñeteras horas limpiando, ordenando y preparando el apartamento como si fuera a venir la reina de Inglaterra en lugar de un tío al que había conocido en la tienda.
—¿Tú crees que me estoy pasando? —le pregunté a Peluso, que me observaba desde el sofá con su habitual expresión de «humana, estás siendo ridícula».
Peluso, elegantemente vestido con un traje diminuto de marinerito que le había confeccionado la semana pasada, maulló como única respuesta. Parecía un camarero en un crucero de lujo, solo le faltaba una bandejita con bebidas.
—Lo sé, lo sé —suspiré jugueteando con el borde de mi cárdigan granate—. Pero quiero dar buena impresión.
El apartamento olía a una mezcla de vainilla, canela y lasaña recién hecha.
Había conseguido que Elaila me pasara la receta de su madre y, sorprendentemente, el resultado no había sido el desastre culinario que esperaba.
Incluso me había atrevido con un postre: tarta de queso con arándanos, mi perdición.
Miré mi móvil: veinte minutos para que llegara Dain. El tiempo justo para retocarme un poco y comprobar que todo estuviera perfecto.
Había elegido algo sencillo pero favorecedor para la ocasión: unos vaqueros anchos, un top negro de tirantes y el cárdigan granate de punto, que era una de mis piezas favoritas.
Me detuve frente al espejo del baño y me examiné con ojo crítico. Me había maquillado de forma natural: un poco de base, colorete, máscara de pestañas y un toque de brillo en los labios. Nada exagerado.
—¿Qué te parece? —le pregunté a Peluso, que se había deslizado hasta el baño y ahora me observaba desde el umbral de la puerta—. ¿Demasiado? ¿Muy poco?
Mi gato parpadeó lentamente, como si estuviera evaluando mi aspecto.
—Interpretaré eso como un «estás guapísima, Audra» —dije agachándome para acariciarle la cabeza—. Gracias por el apoyo moral.
Un ruido en el rellano me sobresaltó. ¿Ya había llegado Dain? Aún quedaban quince minutos. Me acerqué a la mirilla para comprobar quién era.
Por supuesto. Don Musculín volviendo del gimnasio, con el pelo ligeramente húmedo y esa expresión de satisfacción que siempre tenía después de torturar su cuerpo durante horas. Llevaba una camiseta gris oscuro que se le pegaba al cuerpo y unos pantalones de deporte negros.
Lo odié un poco más por su capacidad para subir ocho pisos de escaleras sin parecer que estaba a punto de sufrir un infarto, mientras que yo necesitaba parar a mitad de camino y reconsiderar todas mis decisiones vitales.
Estaba a punto de alejarme de la puerta cuando algo inesperado sucedió.
Ryker se detuvo frente a mi puerta, con la mirada fija exactamente donde estaba la mirilla.
Como si supiera que lo estaba observando.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, de esas que siempre me provocaban ganas de darle un puñetazo o de. .., mejor no pensar en la otra opción.
—¿Vas a quedarte ahí espiándome toda la noche, princesita? —dijo en voz lo suficientemente alta como para que lo oyera a través de la puerta.
Sentí que me ardían las mejillas. ¿Cómo demonios sabía que estaba mirando? Me alejé de la mirilla como si quemara y me quedé quieta, conteniendo la respiración como si fuera una niña pequeña que cree que, si no se mueve, nadie puede verla.
—Sé que estás ahí —continuó, y podía imaginarlo perfectamente con esa sonrisa ladeada que tanto me irritaba—. Puedo oírte respirar. Tienes una forma muy característica de contener el aliento cuando te pillan haciendo algo que no deberías.
¿Qué? ¿En serio se había fijado en cómo respiraba? Vale, eso ya rozaba lo escalofriante. O lo perturbadoramente atento.
—Buenas noches, princesita —dijo finalmente—. Que disfrutes de tu cita con el arquitecto.
Algo en su tono, en la forma en la que pronunció la palabra «arquitecto», me hizo abrir la puerta de golpe. No sé por qué lo hice, fue un impulso estúpido. Ahí estaba yo, con la puerta abierta y cara de idiota, frente a un Ryker que parecía tan sorprendido como divertido por mi reacción.
—¿Se puede saber cómo...? —empecé, pero me detuve al ver cómo su mirada me recorría de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis piernas y luego en el escote del top.
Su sonrisa se ensanchó, transformándose en algo diferente. No era la habitual sonrisa burlona que me dedicaba siempre. Era algo más apreciativa.
—Estás muy guapa —dijo simplemente, sin rastro de ironía en su voz.
Me quedé petrificada. ¿Ryker Lancer acababa de hacerme un cumplido? ¿Sin segundas intenciones evidentes? ¿Estaba enfermo? ¿Se había golpeado la cabeza en el gimnasio?
—¿Esperas al arquitecto? —preguntó apoyándose casualmente contra el marco de su puerta, como si no tuviera ninguna prisa por terminar esa extraña conversación.
—Sí —respondí, recuperando un poco la compostura—. Viene a cenar.
—Ajá —asintió, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me puso nerviosa—. Le has preparado lasaña. Huele genial desde el pasillo.
Fruncí el ceño. ¿Cómo sabía lo de la lasaña? ¿Acaso el muy imbécil tenía el sentido del olfato de un sabueso?
—¿Ahora también vas a comentar mis habilidades culinarias? —pregunté, cruzándome de brazos a la defensiva.
—Solo digo que huele bien. —Se encogió de hombros, pero seguía con esa sonrisa que yo no sabía interpretar—. Espero que el arquitecto sepa apreciarlo.
Hubo algo en la forma en la que dijo «el arquitecto», casi escupiendo la palabra, que me hizo dudar. ¿Estaba celoso? No, imposible. Ryker no podía estar celoso. Para estar celoso tendría que importarle, y yo no le importaba en absoluto. ¿Verdad?
—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunté, cada vez más desconcertada por su comportamiento—. Estás actuando de forma muy rara.
Se apartó del marco de la puerta y dio un paso hacia mí. Joder, olía de escándalo.
—Solo intento ser amable —respondió, con un tono de voz más bajo, casi íntimo—. ¿Tan difícil es de creer?
—Viniendo de ti, sí —contesté. Algo en su mirada me estaba desarmando, y eso me asustaba.
El sonido del ascensor llegando a nuestro piso rompió el extraño momento. Ambos nos giramos para mirar hacia las puertas metálicas que se abrían lentamente.
—Tu cita ha llegado —dijo Ryker, dando un paso atrás y recuperando esa máscara de indiferencia que tan bien conocía—. Que lo pases bien, princesita.
Y, sin más, entró en su apartamento y cerró la puerta, dejándome allí plantada, confundida y con el corazón latiendo más rápido de lo que debería.
¿Qué narices acababa de pasar?
No tuve tiempo de analizarlo porque Dain apareció en el rellano, con una botella de vino en una mano y un ramo de rosas en la otra. Iba vestido con vaqueros oscuros y una camisa azul claro que le quedaba muy bien. Estaba guapo, no podía negarlo.
—Hola —me saludó con una sonrisa que mostraba unos dientes perfectamente alineados—. Estás preciosa.
Sonreí automáticamente, pero sentí que era un gesto forzado. Y no entendía por qué. Dain era atractivo, amable, tenía un buen trabajo, me había traído flores y vino. Era el tipo de chico con el que cualquier mujer estaría encantada de tener una cita.
Entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en la forma en la que Ryker me había mirado hacía apenas unos segundos?
—Gracias —respondí, apartándome para dejarlo entrar—. Tú también estás muy bien.
Dain pasó al interior y yo me dispuse a seguirlo, echando antes un último vistazo a la puerta de Ryker. ¿Estaría escuchando a través de las paredes? Probablemente. Estas eran tan finas que seguro que podía oír hasta cómo Peluso se lamía las patitas.
—Vaya, huele de maravilla —comentó Dain, sacándome de mis pensamientos.
—He hecho lasaña —dije señalando hacia la cocina—. Espero que te guste.
—Me encanta la lasaña —respondió con entusiasmo, entregándome el ramo de rosas—. Son para ti. Nada especial, pero pensé que te gustarían.
Miré el ramo de rosas rojas perfectamente arreglado y tuve que hacer un esfuerzo para que no se me notara la decepción.
Rosas. De todos los tipos de flores que podría haber elegido, tenían que ser rosas.
Las flores más típicas, previsibles y, para mí, sin personalidad. Las que menos me gustaban en el mundo.
Sin embargo, ¿cómo iba a saberlo él? No era culpa suya. No tenía forma de saber que detestaba las rosas porque Elio me regalaba un ramo cada vez que metía la pata, como si las flores pudieran borrar lo que hacía.
—Son preciosas, gracias —mentí, forzando una sonrisa mientras buscaba un jarrón donde ponerlas.
Mientras arreglaba las flores en la cocina, Dain se acercó a Peluso, que seguía en el sofá con su traje de marinerito, observándolo como si estuviera evaluando si era digno de entrar en su territorio.
—¿Este es el famoso Peluso? —preguntó, alargando la mano para acariciarlo.
—Ten cuidado, a veces no es muy... —empecé a advertirle, pero ya era tarde.
Peluso se erizó como si le hubieran dado una descarga eléctrica, mostró los dientes y soltó un bufido que sonó como el vapor escapando de una olla a presión. Dain retiró la mano rápidamente, sorprendido por su reacción.
—Vaya —dijo mirando a Peluso con cautela—. Parece que no le caigo bien.
—Lo siento —me disculpé, aunque en el fondo sentía una inexplicable satisfacción por la lealtad de mi gato—. Es muy selectivo con las personas que deja que lo toquen.
Peluso saltó del sofá con un movimiento elegante y se dirigió a la ventana, donde se sentó dándonos la espalda con un aire de dignidad ofendida que solo él sabía transmitir.
—No pasa nada —respondió Dain, encogiéndose de hombros—. Algunos gatos son así. Y ese trajecito es adorable, por cierto. ¿Es casero?
—Sí —respondí, volviendo al salón con las rosas ya en agua—. Se lo hice yo. Le gusta vestirse, aunque finja que lo odia.