13. La princesita y el insomnio crónico de don Musculín #3
Sentí como si me hubieran echado un cubo de agua fría encima.
—¿Estás diciendo que no puedo acercarme a ella? —pregunté, intentando que no se notara lo mucho que me afectaba esa idea.
Elaila suspiró, mirando brevemente a Ender como buscando apoyo.
—Puedes —dijo finalmente—. Pero sin que se note. Sin cambiar lo que tenéis ahora. Si ella nota que te acercas demasiado, que buscas algo más, se alejará tanto que no volverás a verla, excepto de lejos en el rellano.
—¿Por qué? —pregunté, y me sorprendió lo vulnerable que sonó mi voz.
—Porque no se ve suficiente para nadie —respondió Elaila con tristeza—. Su última relación la dejó tan destrozada que acabó en terapia. Y no es algo de lo que haya salido del todo.
Me incorporé en el asiento, repentinamente interesado y preocupado a partes iguales.
—¿Qué pasó? —quise saber.
Elaila me miró con recelo, evaluándome. Se notaba que estaba decidiendo si yo merecía conocer la historia de su mejor amiga.
—Primero, ¿tú qué quieres exactamente de Audra? —dijo, ignorando mi pregunta—. Porque si solo te interesa como otra conquista, otra chica para tu lista, será mejor que ni lo intentes. Te lo digo por las dos partes. Ella no está para eso y tú no tienes ni idea de dónde te estarías metiendo.
—No es eso —me apresuré a contestar—. Es... diferente.
—Diferente, ¿cómo? —insistió, inclinándose hacia delante—. Porque conozco a Audra desde que teníamos cinco años. Es prácticamente mi hermana. Y no voy a facilitar que nadie más le haga daño.
Ender le puso una mano en el hombro, pero ella no relajó su postura. Sus ojos seguían fijos en mí, exigiendo una respuesta sincera.
—No lo sé exactamente —admití frustrado—. Nunca me había pasado esto, ¿vale? Siempre he sabido lo que quería con las chicas. Era sencillo: salir, pasarlo bien y nada de compromisos. Pero con ella..., joder, es diferente. No puedo quitármela de la cabeza.
Elaila me observó en silencio, como si estuviera leyéndome por dentro.
—Vale —dijo al fin—. Te contaré un poco. Pero si en algún momento siento que vas a usar esa información para hacerle daño, te juro que convertiré tu vida en un infierno.
Asentí, sorprendido y un poco intimidado por la ferocidad con que defendía a su amiga.
—Apareció en mi puerta a las tres de la mañana —comenzó con la mirada perdida en algún punto de la pared, como si estuviera reviviendo aquel momento—. Llovía a cántaros. Tenía a Peluso metido en su sudadera, empapada hasta los huesos. Estaba llorando tanto que apenas podía hablar.
Sentí que algo se retorcía en mi estómago al imaginarla así.
—Había pasado las últimas cinco horas recorriendo todas las perreras de la ciudad, buscando a Peluso —continuó Elaila—. Ese mismo día, Elio, su ex, había dejado al gato en una perrera, pero no le dijo en cuál. Fue ese mismo día cuando Audra cortó con él.
—¿Entregó a su gato y ella lo dejó por eso? —pregunté, intentando entender la cronología.
Elaila asintió con una expresión dura.
—Después de aguantar dos años de auténtico infierno, fue la gota que colmó el vaso.
Audra llegó a casa un día y se encontró con que Peluso había desaparecido.
Cuando le preguntó a Elio, él le confesó sin el menor remordimiento que lo había dejado en una perrera porque estaba harto, que era una molestia y que hacía que la casa oliera mal.
Tuvieron una discusión terrible. Ella le dijo que, si Peluso se iba, ella también se marchaba.
Y él la desafió. Le dijo: «Pues vete». Le quitó el jersey y lo dejó allí sin ninguna protección, sabiendo perfectamente que Peluso lo necesitaba por sus problemas de piel.
—¿Y ella se fue? —pregunté, sintiendo una mezcla de admiración y rabia.
—No de inmediato —respondió Elaila—. Primero intentó que le dijera en qué perrera lo había dejado. Le suplicó, le gritó, incluso amenazó con llamar a la policía, pero Elio se negó a decírselo. «Si tanto te importa ese bicho, búscalo tú misma», le dijo.
—Joder —murmuré, incapaz de imaginar que alguien pudiera hacer algo así. Y menos aún a alguien como Audra—. ¿Por qué haría algo tan retorcido?
—Porque Elio era... —Se detuvo, buscando las palabras adecuadas—.
Un manipulador de manual. Fueron casi dos años en los que fue aislándola poco a poco de su círculo cercano.
Le decía constantemente que su forma de vestir era inapropiada, que hablaba demasiado alto, que sus opiniones eran estúpidas.
Al final, Audra ni siquiera se reconocía a sí misma.
Ender pasó un brazo por los hombros de Elaila, apretándola ligeramente en un gesto de apoyo.
—Por si fuera poco —continuó ella—, Audra ya sabía que él llevaba meses engañándola con varias chicas.
Lo había descubierto semanas antes, pero estaba intentando arreglar las cosas, convenciéndose a sí misma de que podía funcionar si se esforzaba.
Sin embargo, en ese momento, mientras buscaba desesperadamente a Peluso de perrera en perrera, se dio cuenta de que ya no podía seguir así.
Recogió lo poco que pudo meter en una mochila y no volvió jamás a aquella casa.
No le importó dejar atrás años de recuerdos, muebles, ropa.
.. Solo quería encontrar a Peluso y empezar de cero.
—Qué cabrón —dije entre dientes, sintiendo una rabia que no esperaba sentir por alguien a quien ni siquiera conocía.
—No volvió a poner un pie en esa casa —explicó Elaila—.
Se marchó a buscar a Peluso con lo que llevaba puesto y una mochila pequeña con sus documentos y poco más.
Durante horas recorrió todas las perreras de la ciudad, sin dormir, sin apenas comer, preguntando por un gato esfinge que hubieran recibido ese día.
—Por eso los jerséis —murmuré, recordando cómo Ender había preguntado por el armario lleno de ropa para el gato, y cómo Audra había evitado responder directamente.
Elaila asintió.
—Peluso tenía problemas de piel cuando lo encontraron en aquel criadero. Audra empezó a hacerle jerséis para protegerlo. Y cuando Elio lo entregó, sabía perfectamente que, sin esa protección, el pobre animal sufriría. Por eso fue a buscarlo tan desesperadamente.
—Pero lo encontró, ¿no? —pregunté, preocupado de repente por el gato al que hasta hace poco consideraba un incordio sin pelo.
—En la última perrera que visitó. Estaba en una jaula metálica, en un rincón oscuro, temblando de frío.
Tenía la piel irritada y con pequeñas heridas porque nadie lo había protegido adecuadamente.
Sin sus jerséis, su piel delicada se había lastimado contra los barrotes.
Según me contó Audra, cuando la vio, Peluso maulló de una manera que le partió el alma.
Como si le preguntara por qué había permitido que lo abandonaran así.
Me quedé en silencio, procesando toda esa información. De repente, tantas cosas cobraban sentido. Su reacción cuando le pregunté por sus relaciones pasadas. La forma en la que evitaba cualquier tipo de vulnerabilidad. Incluso el comentario sobre sentirse suficiente para alguien.
—¿Conoces a Audra desde que teníais cinco años? —pregunté, intentando imaginarlas como niñas pequeñas.
—Sí —respondió ella con una sonrisa nostálgica—.
Íbamos al mismo colegio, vivíamos en la misma calle.
Era una niña increíble, ¿sabes? Creativa, valiente, siempre dispuesta a defender a los demás.
No dejaba que nadie se metiera con los más débiles.
Una vez le partió la nariz a un crío que me estaba acosando.
No pude evitar sonreír al imaginar a una mini Audra enfrentándose a un matón.
—Siempre ha sido así —continuó Elaila—. Ferozmente leal con quien quiere. Por eso lo de Elio fue tan destructivo. Él aprovechó esa lealtad para manipularla. Sabía que ella haría cualquier cosa por no fallarle a quien amaba.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Cómo está?
Ella se encogió de hombros.
—Mejor que hace un año, sin duda. El hecho de que haya aceptado salir con ese arquitecto ya es un paso enorme. Pero sigue sin confiar en nadie nuevo. Y, desde luego, no está buscando una relación seria.
—Pero ¿por qué me estás contando todo esto? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Porque veo cómo la miras —respondió ella, directa como siempre—. Y, francamente, no tengo ni idea de si ella siente algo por ti. Audra no habla de sus sentimientos, no desde lo de Elio. Es como si se hubiera cerrado completamente en ese aspecto.
—¿Nunca te ha mencionado nada sobre mí? —pregunté, sintiendo de repente una necesidad absurda de saber si ocupaba, aunque fuera un pequeño espacio, en sus pensamientos.
Elaila soltó una carcajada.
—Oh, claro que habla de ti. Pero mayormente para quejarse de lo insoportable que eres y de tus conquistas nocturnas, que no la dejan dormir.
Auch. Eso había dolido.
—Aunque... —añadió con un brillo extraño en los ojos.
—¿Aunque qué? —pregunté, quizá demasiado ansioso.
—Si de verdad le resultaras tan insoportable como dice, simplemente te ignoraría —reflexionó—. Y el hecho de que se tome tantas molestias en devolverte cada una de tus pullitas...
—¿Crees que le gusto? —pregunté, sintiendo una esperanza ridícula crecer en mi pecho.
—No he dicho eso —me cortó rápidamente—. Lo que digo es que no le eres indiferente. Y con Audra, eso ya es algo. Pero tampoco te hagas ilusiones. Ahora mismo, con lo de Dain y esa cita...
—Espera, ¿va en serio con él? —interrumpí, sintiendo una punzada de algo que se parecía sospechosamente a los celos.
Elaila me miró con las cejas levantadas.
—¿Y a ti qué más te da? Ni siquiera sabes lo que quieres con ella.
—Solo es curiosidad —me defendí.
—Mira, Ryker —dijo con firmeza—. Si te interesa Audra, primero tendrás que aclararte tú mismo.
¿Qué sientes realmente por ella? ¿Es solo un capricho?
¿La quieres como amiga? ¿Buscas algo más?
Porque, si ni siquiera tú mismo lo sabes, lo mejor que puedes hacer es mantener las distancias hasta que lo tengas claro.
—No quiero hacerle daño —dije con sinceridad.
—Nadie quiere hacerle daño a nadie —respondió ella—. Pero aun así sucede. Y ella ya ha tenido suficiente.
Me quedé en silencio, reflexionando sobre sus palabras. Tenía razón. No tenía claro lo que quería con Audra, más allá de esa atracción que sentía. Y acercarme a ella sin estar seguro podría acabar siendo peor.
—Entonces, ¿qué sugieres que haga? —pregunté finalmente.
—Por ahora, no hagas nada —dijo—. Deja que las cosas sigan como están. Sé amable, pero no intentes nada más. Y, por el amor de Dios, deja de robarle el champú. Es una de las pocas cosas que se permite para sentirse bien consigo misma.
Me pasé una mano por el pelo, sintiéndome repentinamente culpable por todas las pequeñas peleas que habíamos tenido. Por las pullas, los paquetes robados, los comentarios sobre su gato.
—¿Y si quiero ser su amigo? —pregunté—. ¿Eso estaría bien?
Elaila me estudió durante unos segundos.
—Supongo que no hay nada de malo en eso —concedió al fin—. Pero te lo advierto: no será fácil. Tiene más barreras que el perímetro de una central nuclear. Y a la mínima que sienta que quieres algo más, se alejará.
—Gracias —dije sinceramente—. Por contarme esto.
Elaila asintió.
—No le digas que lo he hecho —advirtió—. Me mataría si supiera que he compartido sus secretos. Especialmente contigo.
—No diré nada —prometí—. Palabra de..., bueno, de lo que sea que seamos ahora.
—Amigos, supongo —dijo ella con una sonrisa—. Al menos, hasta que la cagues con Audra y tenga que tomar partido por ella. Porque, no te engañes, si tengo que elegir, siempre será ella. Hemos pasado por demasiado juntas.
—Lo entiendo —repuse, y era verdad. Si Ender estuviera en una situación similar, yo haría lo mismo.
—Además —añadió Elaila, con un brillo travieso en los ojos—, si le haces daño, no solo te enfrentarás a mí, sino también a Peluso. Y ese gato puede ser sorprendentemente vengativo para no tener pelo.
Los tres nos reímos, aunque en mi caso fue una risa nerviosa. Porque acababa de darme cuenta de algo que no había querido admitir hasta el momento: me estaba pillando por Audra.
Pillando de verdad. Y la idea de hacerle daño, aunque fuera sin querer, me resultaba insoportable.
Y también me di cuenta de que tenía por delante el reto más difícil de mi vida: ganarme a alguien que tenía todas las razones del mundo para mantener a la gente alejada.
—Por cierto —dijo Elaila, interrumpiendo mis pensamientos—. Si aún insistes en negar que estamos hablando de Audra, has hecho un trabajo pésimo.
No pude evitar reírme.
—Vale, me has pillado —admití finalmente—. Es Audra. Maldita sea, es Audra.
Y al decirlo en voz alta me sentí como si me quitara un peso de encima que no sabía que llevaba.