13. La princesita y el insomnio crónico de don Musculín #2
Sus labios sabían a fresa y a chocolate. Suaves, cálidos, perfectos. En el sueño, ella me devolvió el beso con entusiasmo, enredando sus dedos en mi pelo mientras yo la atraía más hacia mí. Podía sentir su cuerpo contra el mío, su respiración acelerándose, cómo suspiraba mi nombre...
Me desperté sobresaltado, sudando y con una evidente excitación. La luz del amanecer se filtraba por la ventana. Miré el reloj: las ocho y diez de la mañana. Y lo peor era que el sueño me había gustado. Me había gustado mucho más de lo que debería.
Me incorporé, pasándome las manos por la cara. Necesitaba hablar con alguien o iba a volverme loco. Busqué mi teléfono y lo encontré en la mesilla de noche. Marqué el número de Ender sin pensarlo demasiado.
Sonaron varios tonos. Uno, dos, tres... Cuando estaba a punto de colgar, alguien respondió.
—¿Diga? —La voz no era la de Ender, ni de lejos.
—¿Elaila? —pregunté confundido.
—La misma —respondió ella, con un tono alegre a pesar de la hora—. Un momento, ¿Ryker? Pensaba que este era mi teléfono, suena igual.
—Es el de Ender —aclaré—. ¿Me lo puedes pasar?
—Está durmiendo —dijo con un bostezo—. Parece que alguien no aguanta las noches largas.
—¿Estás en su piso? —pregunté, aunque la respuesta era bastante obvia.
—Sí, señor detective —respondió con una risita—. ¿Necesitas algo? Porque, si traes desayuno y café, puedes pasarte.
Me reí por lo directa que era. Me caía bien esa chica, tenía que admitirlo.
—¿Qué clase de desayuno tengo que llevar para que me permitas entrar?
—Mmm, depende. —Se quedó pensativa—. ¿Qué ofreces?
—Lo que quieras —respondí, ya levantándome de la cama—. Tengo que hablar con él.
—En ese caso, puedes pasarte cuando quieras —dijo—. Cualquier cosa dulce estará bien. Mejor si lleva chocolate.
Oí un murmullo de fondo, como de alguien que acabara de despertarse.
—Es Ryker —la oí decir—. Parece una emergencia.
—No es una emergencia —me apresuré a aclarar—. Solo quería hablar con él.
—Un tío no llama a las ocho de la mañana un domingo si no es una emergencia —replicó Elaila con convicción.
—Es verdad —oí que decía la voz adormilada de Ender al fondo—. Tiene que ser importante.
Colgué y me vestí rápidamente. Vaqueros, camiseta, sudadera y listo. Me lavé los dientes y me eché agua en la cara para intentar despejarme. Cogí las llaves, la cartera y salí de casa, intentando no mirar hacia la puerta de Audra.
Ender vivía a unos diez minutos a pie. El aire fresco de la mañana me sentó bien, me ayudó a aclararme las ideas. O, al menos, a intentarlo, porque cada vez que cerraba los ojos seguía viendo ese sueño. Sus labios. Su pelo rojo entre mis dedos.
Pasé por la cafetería que había en la esquina de su calle.
Pedí tres capuchinos, una bandeja variada de cruasanes, napolitanas y ensaimadas y añadí un par de sándwiches mixtos calientes.
La camarera me miró con curiosidad mientras pagaba aquella cantidad desproporcionada de comida para un domingo por la mañana.
Con las manos ocupadas por las bolsas y el portavasos de cartón, llegué al portal de Ender y toqué el timbre con el codo.
—¿Quién es? —preguntó una voz desganada a través del telefonillo.
—El catering —respondí.
—Pasa, pringado —dijo Ender, seguido del zumbido de la puerta al abrirse.
Subí las escaleras hasta el segundo piso, donde vivía Ender.
La puerta estaba entreabierta cuando llegué, y Elaila me recibió con una sonrisa somnolienta. Llevaba puesta una camiseta de mi amigo que le quedaba enorme, casi como un vestido, y tenía el pelo revuelto de una forma que hacía evidente lo que habían estado haciendo.
—Buenos días, persona madrugadora —me saludó, alargando la mano hacia el portavasos con los cafés.
—Buenos días a ti también —respondí con ironía mientras ella se hacía a un lado para dejarme pasar.
—Mmm, café —murmuró dirigiéndose al sofá y acurrucándose en él con el vaso en las manos.
Ender apareció por el pasillo con el pelo húmedo y sin camiseta, solo con unos pantalones de chándal. Claramente, acababa de ducharse.
—Tío, ¿qué pasa para que vengas tan temprano? —preguntó secándose el pelo con una toalla.
—No quiero saber lo que habéis estado haciendo —dije mientras depositaba las bolsas sobre la mesa de centro.
—No te lo íbamos a contar —respondió Elaila con una sonrisa pícara.
Ender se acercó a ella y le dio un beso en los labios, lo que provocó que yo hiciera un gesto exagerado como si fuera a vomitar.
—Por favor, disimulad un poco —bromeé sentándome en el sillón frente a ellos y cogiendo mi café.
Elaila ignoró mi comentario y comenzó a examinar lo que había traído, sacando un cruasán y mordiéndolo con entusiasmo.
—Tengo un problema —dije al fin, mirando fijamente mi café—. Y no estoy seguro de qué es exactamente.
Ender se sentó junto a Elaila, que inmediatamente pasó las piernas por encima de las suyas con una familiaridad que me dejó claro que eso entre ellos ya llevaba más tiempo del que yo pensaba.
Ahora entendía las horas que Ender pasaba pegado al móvil desde que se conocieron aquel día en el apartamento de Audra.
Debían de haber estado intercambiando mensajes sin parar, creando esa complicidad que habíamos visto en la cena.
Estaba claro que ambos habían estado deseando tener una excusa para estar a solas, y nosotros les habíamos servido la coartada perfecta con aquella salida a cuatro.
—¿Qué tipo de problema? —preguntó Ender, dándole un sorbo a su café.
Respiré hondo. ¿Cómo explicar algo que ni yo mismo entendía?
—Creo que siento algo por alguien —dije al fin—. Pero no sé si realmente me gusta o si solo es que está buena, o qué demonios es. Nunca me ha gustado nadie... así.
Ender asintió, con una expresión que dejaba claro que ya se imaginaba por dónde iban los tiros.
—Puedes decir tranquilamente el nombre de Audra —intervino Elaila con la boca medio llena de cruasán, gesticulando con las manos y dejando caer algunas migas sobre la camiseta de Ender, que ni siquiera se inmutó.
La miraba como si cada palabra que salía de su boca fuera una revelación divina, incluso con las mejillas hinchadas de bollería—.
No hace falta que te hagas el misterioso.
Me reí nerviosamente, casi atragantándome con el café. Menudo par de empalagosos estaban hechos.
—No es Audra —negué, demasiado rápido incluso para mis propios oídos.
Ender apartó por fin la mirada de ella y soltó una carcajada.
—Vale, vale. Entonces, ¿cómo se llama?
—No voy a decir su nombre —repuse.
—Es Audra —afirmó Elaila con rotundidad, como quien anuncia que va a llover y ya tiene el paraguas preparado—. Os vimos anoche, ¿recuerdas? Riéndoos con los helados, mirándoos cuando creíais que nadie os observaba.
—No es Audra —repetí.
Era absurdamente difícil hablar sin mencionar su nombre, como si jugáramos a un juego infantil en el que la palabra prohibida fuera precisamente «Audra». Pero no pensaba reconocerlo, al menos no en voz alta. No aún.
Elaila y Ender intercambiaron miradas de complicidad mientras yo intentaba encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que me pasaba sin delatarme por completo.
—Es complicado —dije finalmente, pasándome una mano por el pelo con nerviosismo.
De repente me sentí como un adolescente confesando una travesura ante sus padres.
Solo faltaba que me hicieran sentarme en una silla en el centro de la habitación con un foco apuntándome a la cara—.
Tengo estas ganas constantes de acercarme, de hablar con ella, de estar con ella, aunque sea discutiendo.
Pero luego, cada vez que lo intento, me mira como si estuviera a punto de ofrecerle un vaso de lejía o darme una paliza.
No sé qué esperar de ella en cada momento.
Ambos asintieron con esa actitud comprensiva y ligeramente condescendiente, como padres que oyen a su hijo admitir algo que ellos ya sabían desde hace tiempo.
Me sentía ridículo, como si estuviera anunciando que había dejado embarazada a una chica y ahora tenía que hacerme cargo.
Solo que, en ese caso, la única preñada era mi cabeza y el bebé, una obsesión pelirroja con mal genio.
—¿Y por qué crees que reacciona así? —preguntó Ender, cogiendo un sándwich mixto y dándole un mordisco, con ese tono de psicólogo aficionado que te hace querer lanzarle algo a la cabeza.
Me reí, aunque no tenía nada de gracioso.
—Porque tiene muy mala leche —dije negando con la cabeza—.
Y lo peor es que me gusta eso. Me gusta que no se ande con tonterías, que me diga a la cara lo que piensa.
Pero a la vez lo odio porque..., joder, no es mi tipo de chica.
Es caótica, hace un ruido infernal a todas horas, y es básicamente todo lo contrario de mí.
Ender dio otro mordisco a su sándwich, observándome.
—Dicen que los polos opuestos se atraen —comentó encogiéndose de hombros.
Elaila, que había estado escuchando en silencio mientras devoraba su cruasán, me miró con las cejas levantadas.
—¿Quieres un consejo? —preguntó limpiándose las migas de los dedos.
—No es Audra —insistí.
—Lo sé —respondió ella con una sonrisa que dejaba claro que no me creía en absoluto—. Pero si quieres un consejo sobre esa misteriosa chica que no tiene nombre...
Lo pensé durante un segundo. ¿Quién mejor para aconsejarme sobre Audra que su mejor amiga? Aunque estuviéramos con el juego de que no hablábamos de ella, Elaila podría darme alguna pista sobre cómo acercarme sin acabar con mis camisas teñidas de rosa o mis paquetes robados.
—Vale, dispara —dije recostándome en el sillón.
Elaila dejó el vaso sobre la mesa y me miró con una seriedad que no le había visto antes.
—Ni lo intentes.
Me quedé desconcertado.
—¿Cómo dices?
—Que ni lo intentes —repitió, manteniendo su mirada firme—. Si es quien creo que es —siguió diciendo mientras hacía un gesto con la mano para acallar mi protesta automática—, no está para relaciones. No las quiere, las detesta. Y probablemente acabaríais peor de lo que ya estáis.