Contigo ni en el ascensor 13. La princesita y el insomnio crónico de don Musculín
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13. La princesita y el insomnio crónico de don Musculín

La princesita y el insomnio crónico de don Musculín

Ryker

El camino de vuelta a casa fue casi tan silencioso como la ida, con la diferencia de que ahora había un ambiente extraño flotando entre nosotros.

No incómodo del todo, pero sí... diferente.

Como cuando entras en una habitación que conoces bien, pero alguien ha movido los muebles unos centímetros.

Todo está donde debe estar, pero sientes que hay algo fuera de lugar.

Cuando llegamos al portal, Ender y Elaila nos sorprendieron con su decisión de «dar una vuelta más».

—Es que hace una noche muy agradable —dijo ella, intercambiando una mirada cómplice con Ender, que prácticamente gritaba «queremos estar solos».

—Y hay un bar cerca que pone buena música los sábados —añadió él, pasando un brazo por los hombros de Elaila con una naturalidad que me dejó claro que aquello iba más en serio de lo que pensaba.

Audra y yo nos miramos un instante, y pude ver que ella también entendía perfectamente lo que estaba pasando.

—Vale, pues nosotros subimos —dijo mi vecina, sacando las llaves del portal—. No hagáis nada que yo no haría.

—Eso nos deja mucho margen —bromeó su amiga, guiñándole un ojo.

Me despedí de Ender con un gesto, sabiendo que tendría que aguantar un interrogatorio completo cuando nos viéramos. Entramos en el portal y nos quedamos los dos solos frente al ascensor.

Pulsé el botón y esperamos en silencio. El ascensor llegó con ese tintineo característico que siempre hacía, como si el aparato estuviera a punto de desintegrarse.

—Las damas primero.

Audra entró y yo la seguí, colocándome en la esquina opuesta. Ocho pisos. Solo eran ocho pisos, pero de repente parecían una eternidad. El ascensor comenzó a subir con su habitual traqueteo.

No podía dejar de mirarla. Intentaba ser discreto, lanzando miradas fugaces cuando creía que ella estaba distraída con su móvil o mirando los números que cambiaban lentamente en el panel.

Había algo en su perfil, en la forma en la que la luz fluorescente iluminaba su pelo rojo, que me resultaba hipnótico.

No entendía qué me estaba pasando. Era la misma Audra de siempre, la princesita, mi vecina insufrible que ponía a Taylor Swift a todo volumen y cuyo gato sin pelo invadía mi espacio personal.

Pero, después de esa noche, después de verla reír sin reservas mientras me contaba sus teorías sobre helados, algo había cambiado. Y no sabía qué hacer con ello.

No quería que el día acabara. No quería volver a mi apartamento vacío y ordenado, donde todo estaba en su sitio, pero nada parecía realmente vivo. No quería que mañana volviéramos a la rutina de ignorarnos, excepto para lanzarnos pullas a través de las paredes.

El ascensor se detuvo finalmente en nuestro piso. Ella salió primero y yo la seguí, observando cómo caminaba con esa mezcla de seguridad y cansancio que solo se tiene después de una noche larga.

De repente, se detuvo junto a la pared y, apoyándose en ella, comenzó a quitarse las zapatillas de plataforma. Perdió el equilibrio por un momento y estuvo a punto de caerse. Por puro reflejo, extendí mi mano hacia ella.

—¿Necesitas ayuda?

Me miró sorprendida, como si no esperara ese gesto, y tras un segundo de duda, aceptó mi mano. Sus dedos eran más pequeños y cálidos de lo que imaginaba, y por alguna razón, ese simple contacto me provocó un hormigueo extraño que me recorrió todo el brazo.

—Gracias —murmuró, soltándome en cuanto recuperó el equilibrio—. Estos zapatos son una tortura.

—¿Por qué los llevas entonces?

—Porque son bonitos —respondió con una sonrisa ladeada—. Y porque me hacen parecer menos enana al lado de tipos como tú.

El silencio entre nosotros se hizo más denso a medida que nos acercábamos al final del rellano.

—Bueno —dije cuando llegamos frente a su puerta, con una mano en el bolsillo y la otra rascándome nerviosamente la nuca—. Ha sido... interesante.

—Sí —respondió ella, cambiando el peso de un pie a otro—. No ha estado mal del todo.

—Viniendo de ti, eso es casi un cumplido —comenté con una media sonrisa.

—No te acostumbres, don Musculín —replicó, pero sin la acidez habitual.

Nos quedamos ahí parados, en un silencio que se alargaba incómodamente. Como dos adolescentes después de una primera cita, sin saber muy bien cómo despedirse.

—Bueno, que descanses, princesita —dije finalmente, dando un paso atrás.

—Tú también —respondió, comenzando a rebuscar en su bolso con cierta desesperación.

La observé mientras sacaba todo tipo de cosas: un pintalabios, un paquete de pañuelos, el móvil, un pequeño monedero..., hasta que finalmente dio con las llaves. Su cara se iluminó con una expresión de triunfo que me pareció adorable.

Se dio la vuelta, metió la llave en la cerradura y se despidió con un gesto vago antes de entrar y cerrar tras de sí.

Me quedé mirando la puerta unos segundos, sintiendo una extraña mezcla de alivio y decepción. Saqué mis propias llaves y entré en mi apartamento, dejando que la familiar sensación de orden y soledad me envolviera.

A través de la pared, oí su voz.

—¡Peluso! ¿Me has echado de menos? Apuesto a que no. Seguro que has aprovechado para dormir en mi lado de la cama, traidor.

Sonreí sin poder evitarlo. Me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá, con la mirada perdida en el techo.

¿Qué demonios me estaba pasando con Audra Emrin?

Con un suspiro, me levanté y comencé a desvestirme.

Me quité la camisa de pana que había elegido con tanto cuidado —ridículamente, ahora me daba cuenta— y la doblé de forma automática.

Los vaqueros siguieron el mismo camino, junto con los calcetines y la camiseta.

Dejé toda la ropa pulcramente colocada en el cesto, como siempre hacía.

La rutina era reconfortante. Ordenada. Predecible. Todo lo que Audra no era.

Fui hasta mi habitación y me senté en el borde de la cama, solo con el bóxer puesto. La sensación de rareza no desaparecía. Era como un picor en algún lugar inalcanzable de la espalda. Incómodo, persistente, imposible de ignorar.

No podía dejar de pensar en su sonrisa cuando hablaba de esos helados imposibles.

O en aquella foto que Elaila nos había enseñado, donde una Audra adolescente, con el pelo menos intenso y esas gafas de sol ridículas, sonreía a la cámara sin ninguna de las barreras que ahora levantaba.

¿Qué habría pasado para que cambiara tanto?

¿Para que se pusiera tan a la defensiva cuando le pregunté por sus relaciones pasadas?

Era absurdo, en realidad. No teníamos nada en común.

Ella era caótica; yo, obsesivamente ordenado.

Ella tenía un gato sin pelo al que trataba como a un hijo; yo ni siquiera tenía plantas porque exigían demasiado compromiso.

Ella escuchaba a Taylor Swift a todo volumen; yo prefería el silencio o, como mucho, algo de música instrumental mientras trabajaba.

Éramos polos opuestos en todo lo imaginable. Y sin embargo...

Había algo en ella que me atraía. Esa franqueza brutal con la que te soltaba las verdades a la cara.

La forma en la que defendía a Peluso, como si fuera lo más importante del mundo.

Su capacidad para hacerme sentir idiota y fascinado al mismo tiempo.

Era como un desafío constante, una ecuación que no lograba resolver por mucho que lo intentara.

Me dejé caer hacia atrás en la cama con un gruñido de frustración.

—Mierda —murmuré mientras me pasaba las manos por la cara—. Esto no tiene ningún sentido.

A través de la pared, percibí su voz de nuevo. Más suave esta vez, como si se hubiera acercado a la zona que compartíamos.

—Por fin puedo deshacerme de esto —la oí decir, seguida del sonido inconfundible de alguien que se quita la ropa con alivio—. Joder, qué gusto quitarse el sujetador después de todo el día.

Tragué saliva e intenté no imaginarme la escena. Sin éxito.

—¿Qué pijama toca hoy, Peluso? —preguntó, y después de una pausa añadió—: ¿El de Star Wars o el de las nubes? Tú eres el experto en moda aquí.

Un maullido agudo le respondió, y oí su risa.

— Star Wars será entonces. Siempre has sido fan de Darth Vader, ¿eh, pequeño traidor?

No pude evitar sonreír. Me la imaginé ahí, en su habitación, poniéndose un pijama con estampados de La guerra de las galaxias mientras hablaba con su gato como si fuera una persona. Y lo más extraño es que, en lugar de parecerme ridículo como antes, ahora me parecía... entrañable.

Maldita sea. No podía estar pasándome eso. No con la princesita. No con la chica que me había dejado la mitad del armario teñido de rosa. No con la vecina insufrible a la que llevaba semanas intentando ignorar sin éxito.

Y, sin embargo, ahí estaba, tumbado en mi cama, sonriendo como un idiota al oírla hablar con su maldito gato.

Intenté dormir. De verdad que lo intenté. Me di la vuelta hacia un lado. Después hacia el otro. Bocarriba. Bocabajo. Conté ovejas, me concentré en mi respiración, incluso probé esas técnicas de relajación que había leído en internet. Nada funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos, su imagen aparecía en mi mente. Su pelo rojo, su forma de arrugar la nariz cuando algo le parecía gracioso, cómo sus ojos brillaban al hablar de algo que la apasionaba.

Y cuando al fin el cansancio me venció, soñé con ella.

Estábamos en la heladería otra vez, pero esta vez solos.

Ella se reía de algo que yo había dicho, con esa risa sincera que había descubierto esa noche.

Tenía una pequeña mancha de helado de chocolate en la comisura del labio.

En el sueño, me acerqué a ella y, sin pensarlo dos veces, la limpié con el pulgar.

Ella se quedó mirándome sorprendida, pero sin apartarse.

Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, la besé.