Contigo ni en el ascensor 12. Ni cenas, ni restaurantes, ni tampoco en el ascensor #2
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12. Ni cenas, ni restaurantes, ni tampoco en el ascensor #2

Era consciente de que sonaba borde, pero no podía evitarlo. Estaba haciendo un esfuerzo considerable por no soltar alguna de mis habituales frases cortantes. Por alguna razón, sentía que estaba intentando forzar una confianza que no existía, y eso me ponía a la defensiva.

—Vale, vale, solo preguntaba —dijo levantando las manos en señal de rendición—, para entablar conversación.

Caminamos unos metros en silencio, y yo no pude evitar darle vueltas a la situación.

¿Por qué estaba siendo tan amable? Porque lo estaba siendo, a su manera.

Sin pullas constantes, sin comentarios mordaces sobre Peluso o sobre mis hábitos.

Y, por alguna razón, en lugar de agradecerlo, me sentía más incómoda de lo normal.

Era como si el guion hubiera cambiado sin que nadie me avisara y yo siguiera interpretando la obra antigua mientras todos habían pasado a la siguiente escena.

—¿Y tú? —me oí preguntar, aunque no tenía ninguna intención de seguir por ese camino—. ¿Muchas relaciones serias en tu historial?

—¿Yo? —Soltó una risa breve que sonó extrañamente amarga—. Qué va. No soy de los que se quedan mucho tiempo.

No sé por qué, pero esa respuesta encajaba con la imagen que tenía de él. Don Musculín, el que traía a una chica diferente cada fin de semana, con el que las mujeres fingían orgasmos para no herir su ego. Por supuesto que no era de los que se quedaban.

—No me digas —respondí con retintín—. Nunca lo habría imaginado.

Tal vez había demasiado sarcasmo en mi voz, porque noté cómo se tensaba a mi lado. Pero, en lugar de devolverme el sarcasmo, simplemente asintió, como si estuviera confirmando algo para sí mismo.

—Lo sé, soy bastante predecible —dijo mirando al frente—. ¿Qué hay de ti y el arquitecto? ¿Va en serio?

Esta vez fue mi turno de tensarme. ¿Por qué demonios le importaba tanto mi vida amorosa?

¿Desde cuándo éramos amigos que compartían confidencias?

Además, ni siquiera yo tenía claro cómo me sentía respecto a Dain.

Estaba intentando darle otra oportunidad después del desastre emocional de la primera cita, pero no estaba precisamente ilusionada.

—No lo sé —respondí seca—. Es la segunda cita.

—Pareces entusiasmada —comentó con un tono que no supe descifrar. ¿Era ironía? ¿Preocupación? ¿Simple curiosidad?

—No necesito estar entusiasmada —repliqué sintiendo cómo mi tono se volvía más frío—. Solo necesito conocer gente normal, tener citas normales y hacer cosas de personas normales. No todo tiene que ser fuegos artificiales y películas románticas.

Ryker me miró de reojo mientras seguíamos caminando.

—Suena a que intentas convencerte más a ti misma que a mí —dijo.

Sentí que algo se encendía en mi interior. Esa irritación familiar que solo él conseguía provocarme con tanta facilidad.

Por suerte, llegamos a la heladería antes de que pudiera responderle algo de lo que después me arrepentiría. Elaila y Ender se adelantaron hasta el mostrador de los gofres en el interior, dejándonos a nosotros unos pasos atrás mientras estudiaban las opciones entre risitas y cuchicheos.

Me quedé mirando el escaparate, con sus hileras coloridas de helados perfectamente colocados.

Era más fácil concentrarme en eso que en la conversación anterior.

Siempre me pasaba igual cuando alguien mencionaba relaciones pasadas.

Me ponía a la defensiva, como un erizo que saca todas sus púas de golpe.

Y acababa pagándolo con gente que no tenía culpa de nada.

Como ahora con Ryker, que solo estaba tratando de mantener una conversación civilizada.

Pero es que hablar de esas cosas me hacía sentir vulnerable, desnuda ante miradas ajenas. Y no estaba preparada para estar así, y menos delante de él.

—¿Sabes ya qué vas a elegir? —preguntó sacándome de mis pensamientos.

Lo miré sorprendida por su tono normal, como si mi pequeño estallido de hace unos minutos no hubiera existido.

—No lo sé —respondí intentando suavizar mi voz—. ¿Y tú?

—La verdad es que no tengo ni idea —admitió mientras miraba con interés la vitrina—. No soy muy de helados.

—A mí me encanta el de fresa —dije señalando el montículo rosa intenso que había en la esquina—. Y también el de chocolate. Y el de vainilla. Y el de galleta...

Se rio, y fue una risa que me hizo girarme para mirarlo. Sus ojos tenían esa expresión divertida que pocas veces le había visto, al menos dirigida a mí.

—Vamos, que te gustan todos —dijo con una sonrisa que consiguió que me relajara un poco.

—Básicamente —admití, sintiéndome repentinamente ligera—. ¿Es un problema?

—Para nada. Puedes pedir los que quieras.

Lo miré con suspicacia.

—¿Acaso me vas a invitar tú?

—Por supuesto —respondió sin dudar—. Considéralo mi manera de disculparme por..., ya sabes, todo lo anterior.

No esperaba eso. Me dejó descolocada por completo.

—En ese caso —dije, recuperando el ritmo—, quiero una tarrina grande de fresa, vainilla y chocolate.

—Que le pongan toppings variados —le dijo a la dependienta que había acudido a atendernos—. Lo que ella quiera.

—Será más caro —respondió la chica.

—No importa —zanjó él con un gesto despreocupado, y luego añadió—: Yo quiero lo mismo.

La dependienta nos miró mientras preparaba nuestras tarrinas y sonrió con complicidad.

—Hacéis una pareja preciosa —dijo con tanta convicción que por un momento no supe qué responder.

Ryker y yo nos miramos y rompimos a reír a la vez.

—No, no —comenzamos a decir al unísono, señalándonos mutuamente, pero por alguna razón ninguno de los dos fue capaz de terminar la frase.

—Si no tenéis hijos ya, os saldrán preciosos —añadió la chica con esa seguridad que solo tienen los desconocidos cuando opinan sobre tu vida—. Se nota que hay química entre vosotros.

Sentí que me ruborizaba hasta la raíz del pelo. Me reí con nerviosismo e intenté mirar hacia otro lado, como si algo en la pared de repente me pareciera fascinante. ¿Por qué demonios había dicho eso esa mujer? Últimamente parecía que todo el mundo estaba empeñado en emparejarnos.

—Es que tenemos que ponernos manos a la obra con los hijos —bromeó Ryker, aceptando las tarrinas que nos ofrecía la dependienta—. Primero un poco de ensayo, ¿no?

Lo miré sorprendida, notando un cosquilleo extraño en el estómago.

¿Estaba flirteando conmigo? ¿Ryker Lancer, el vecino insufrible, el mismo que había robado mi champú y criticaba a Peluso?

En cualquier otra circunstancia le habría soltado algún comentario cortante, pero algo en su sonrisa desarmaba todas mis defensas.

Bueno, si quería jugar, dos podían participar en ese partido.

—Él quiere un equipo entero de fútbol —dije guiñándole un ojo a la dependienta con una confianza que ni sabía que tenía—. Uno detrás de otro. Y, claro, eso necesita mucho entrenamiento.

El comentario salió de mi boca antes de que pudiera filtrar lo inapropiado que sonaba. ¿Desde cuándo yo hacía ese tipo de bromas con connotaciones sexuales? Y menos con don Musculín.

Ryker casi se atragantó con su primera cucharada de helado y me miró con una intensidad que me atravesó como una corriente eléctrica.

Su expresión era indescifrable, pero diferente de todo lo que le había visto antes.

No era burla ni irritación; había algo más profundo, algo que me hizo contener la respiración por un segundo.

Él pagó con tarjeta y nos alejamos del mostrador, dejando que la siguiente pareja en la fila pidiera. Me entregó mi tarrina rebosante de helado con todos los toppings imaginables: sirope de chocolate, trocitos de galleta, fideos de colores y hasta un barquillo.

—Conque un equipo de fútbol, ¿eh? —comentó alzando una ceja mientras probaba su helado.

—O de rugby —respondí con naturalidad—. Depende de lo ambicioso que seas.

Nos sentamos en uno de los bancos que había fuera de la heladería. Elaila y Ender se habían quedado dentro, aparentemente absortos en una conversación junto al mostrador de los gofres.

El helado estaba realmente bueno. Hacía tiempo que no me daba un capricho así. Entre bocado y bocado, empecé a comentarle lo que me parecía un crimen contra la humanidad: que la gente considerara que el helado era solo para el verano.

—Es como si solo pudieras comer pizza cuando hace frío o beber café solo por las mañanas —dije metiendo la cucharilla en una porción especialmente cargada de chocolate—. Son limitaciones absurdas.

—Totalmente de acuerdo —asintió Ryker—. Es como la gente que dice que no se puede desayunar un filete. ¿Quién lo decide?

—Exacto —dije señalándolo con la cucharilla—. O los que te juzgan por comer cereales de cena. Mi cuerpo, mis reglas alimenticias.

No sé por qué, pero me sentía extrañamente cómoda hablándole de esas tonterías. Normalmente era bastante reservada, pero el ambiente relajado y quizá el subidón de azúcar estaban haciendo que me soltara más de lo habitual.

Le conté mi teoría de que las heladerías deberían ofrecer sabores basados en comidas saladas, como una línea gourmet de helados de mac and cheese o maple bacon .

—El problema sería la textura —respondió, siguiéndome el juego—. Imagínate uno con trocitos de beicon congelado.

—Sería una experiencia, desde luego —contesté, y ambos nos reímos.

La conversación fluyó sorprendentemente bien. Le hablé sobre mis experimentos fallidos combinando sabores en casa y de cómo una vez intenté hacer helado casero de tiramisú y acabó siendo una especie de batido alcohólico que Elaila y yo nos bebimos viendo películas malas.

Estaba tan metida en el tema que no me di cuenta de lo mucho que estaba hablando hasta que noté que Ryker me miraba fijamente, con una leve sonrisa en los labios.

—¿Qué pasa? —pregunté de pronto—. ¿Tengo algo en la cara?

—No, no —respondió negando con la cabeza—. Es solo que... nunca te había visto así.

Me quedé callada, repentinamente consciente de lo mucho que me había soltado. De lo mucho que le había contado a alguien con quien, en teoría, ni siquiera me llevaba bien.

—Así, ¿cómo? —dije, sintiendo que me sonrojaba.

—No sé. Sin estar a la defensiva, supongo —contestó encogiéndose de hombros.

Bajé la mirada hacia mi tarrina, en la que solo quedaban restos de helado derretido. Tenía razón, y eso me incomodaba. Normalmente mantenía las distancias, especialmente con tipos como él. Pero por algún motivo, hoy había bajado la guardia.

—No siempre estoy a la defensiva —dije, aunque sabía que no era del todo cierto—. Solo con quien se lo merece.

—¿Y yo me lo merezco?

—Aún no lo he decidido.

Un silencio se instaló entre nosotros, pero, por raro que pueda parecer, no era del todo incómodo. Era más bien como si algo hubiera cambiado sutilmente, como si hubiéramos cruzado una línea invisible sin darnos cuenta.

—Me gusta cuando no estás intentando clavarme un puñal verbal cada dos frases —dijo de repente—. Es refrescante.

No supe qué responder a eso. Así que me limité a sonreír ligeramente y juguetear con la cucharilla de plástico.

—No te acostumbres —repuse, pero sin mi habitual tono mordaz—. Quizá solo sea el efecto del azúcar.

Ryker soltó una risa suave.

—Tomaré nota para la próxima vez. Tener siempre dulces a mano cuando hablemos.

—¿Próxima vez? No te adelantes, don Musculín.

Elaila y Ender salieron por fin de la heladería, cada uno con un gofre gigante cubierto de nata y chocolate. Nos miraron con curiosidad, como intentando descifrar si seguíamos llevándonos mal o si por fin habíamos alcanzado una tregua.

—¿Listos para volver? —preguntó mi amiga con esa sonrisa que ponía cuando creía que sabía algo que los demás ignoraban.

—Sí, creo que ya es hora —respondí levantándome y tirando mi tarrina vacía a la papelera.

Y, mientras caminábamos de vuelta a casa, con el aire fresco de la noche despejándome la cabeza, me di cuenta de que, por primera vez desde que lo conocía, no me importaría del todo volver a hablar con Ryker. Al menos, no tanto como antes.

Pero eso no significaba nada, por supuesto.

Era solo una tregua momentánea. Llevaba tanto tiempo construyendo muros a mi alrededor, muros altos y gruesos que me mantenían a salvo de cualquier decepción, de cualquier daño.

Esos muros no podían derribarse por una simple noche agradable, por unas risas compartidas o por un helado con demasiados toppings .

No estaba preparada para que esos muros se tambalearan. Los necesitaba. Eran mi refugio, mi zona segura después de todo lo que había pasado. Era más fácil mantener a todo el mundo a distancia, especialmente a alguien como Ryker.

Al día siguiente volveríamos a ser los mismos vecinos que se peleaban por el ruido a través de las paredes y se robaban los paquetes el uno al otro. Eso solo había sido un paréntesis, una extraña noche fuera de nuestras vidas habituales.

Eso tenía que ser. No podía ser otra cosa.

¿Verdad?