Contigo ni en el ascensor 12. Ni cenas, ni restaurantes, ni tampoco en el ascensor
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12. Ni cenas, ni restaurantes, ni tampoco en el ascensor

Ni cenas, ni restaurantes, ni tampoco en el ascensor

Audra

Le di un sorbo a mi copa de vino mientras repasaba la carta por tercera vez.

Tenía hambre, pero no conseguía decidirme.

La pasta sonaba tentadora, pero también la pizza.

El camarero ya nos había preguntado dos veces si estábamos listos para pedir y ambas habíamos respondido que necesitábamos «unos minutos más».

Ender y Elaila seguían enfrascados en su pequeño mundo, hablando de sus familias, de sus hobbies, de sus películas favoritas, como si Ryker y yo no existiéramos.

Y quizá fuera mejor así. Estar sentada a su lado en ese sofá que de repente parecía demasiado pequeño me estaba poniendo de los nervios.

Cada vez que se movía, nuestros muslos casi se rozaban, y yo me tensaba como un gato ante un baño inminente.

—¿Ya has decidido qué vas a pedir? —me preguntó inclinándose ligeramente hacia mí, lo suficiente para que pudiera oler su perfume. Olía bien, tenía que admitirlo, aunque jamás lo diría en voz alta.

—Aún no —dije encogiéndome de hombros—. Todo me parece demasiado... italiano.

—Es un restaurante italiano, princesita —replicó con una media sonrisa.

—No me digas, don Obvio. —Puse los ojos en blanco—. Solo quería decir que...

La vibración de mi móvil en el bolso me interrumpió. Lo saqué rápidamente y vi que tenía un mensaje nuevo de Dain.

Hola, Audra. Confirmo nuestra cena de mañana domingo por la noche en tu apartamento. Tengo muchas ganas de verte de nuevo. ¿Necesitas que lleve algo? Un beso, D.

Elaila me miró con curiosidad.

—¿Es el arquitecto? —preguntó con esa sonrisilla suya.

—Sí —respondí simplemente, guardando el teléfono.

Mi amiga se inclinó hacia mí con evidente curiosidad.

—¿Y qué ha dicho? —preguntó, bajando la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto de Estado.

—Que hemos quedado mañana para cenar en mi apartamento —respondí, intentando restarle importancia.

Elaila soltó un gritito que hizo que varias personas de las mesas cercanas se giraran para mirarnos. Luego levantó una mano esperando que se la chocara.

—¡Vas a mojar! —exclamó con una sonrisa pícara.

Sentí que me ardía la cara y me escondí tras la carta de inmediato, como si fuera un escudo protector contra la vergüenza.

—¡Elaila, por Dios! —siseé—. Baja la voz, ¿quieres?

Ella se limitó a reírse y volvió su atención a Ender, retomando su conversación como si nada. Seguía mortificada cuando noté que Ryker se inclinaba ligeramente hacia mí.

—Pensaba que la cita había ido mal —me susurró con un tono que no supe identificar.

No parecía burlón, sino... ¿verdaderamente curioso?

—No, no fue mal —respondí sin mirarlo.

—Pero el otro día, cuando te vi... —Dejó la frase en el aire.

—Eso fue cosa mía. De nadie más.

Ryker asintió, apretando ligeramente los labios, y se alejó un poco, volviendo a una postura más rígida en el sofá.

Por suerte, el camarero eligió ese momento para acercarse de nuevo, salvándome de tener que seguir con aquella incómoda conversación.

—¿Puedo tomar su pedido? —preguntó con ese acento italiano que sonaba cada vez menos auténtico.

—Espaguetis a la carbonara —dije rápidamente, cerrando la carta.

—Una lasaña vegetal para mí —pidió Elaila.

—Yo quiero las tagliatelle a la carbonara —añadió Ender.

—Y para mí una pizza cuatro quesos —terminó Ryker.

El camarero asintió y recogió las cartas antes de marcharse. Un silencio algo incómodo se instaló a continuación en la mesa.

—Bueno, ¿y qué opináis de la pizza con piña? —preguntó Ender de repente, claramente intentando romper el hielo.

—¡Una aberración! —exclamó Elaila con vehemencia—. Es un crimen contra la gastronomía.

—Totalmente de acuerdo —asintió Ender—. Los italianos deberían poder denunciar a quien cometa semejante atrocidad.

—A mí me gusta —dije al mismo tiempo que Ryker, lo que hizo que nos miráramos sorprendidos.

¿En serio? ¿Pizza con piña? ¿Eso era lo que compartíamos?

Era imposible que pudiéramos tener nada más en común, por supuesto.

Ni aunque hubiera un universo paralelo donde yo encontrara atractivo a un tipo como Ryker, con sus músculos y su actitud de «soy el mejor».

Aunque, para qué mentir, el condenado estaba bueno.

Tenía unos bíceps que parecían esculpidos en mármol y seguramente una tableta de chocolate bajo esa camisa tan perfectamente planchada.

Pero eso no quitaba que fuera un engreído insoportable con el que no podría tener nada más en común que un absurdo gusto por la pizza hawaiana.

—Pues os habéis quedado solos en el bando de los herejes gastronómicos —dijo Elaila, negando con la cabeza.

—Lo que pasa es que algunos no sabéis apreciar el contraste entre lo salado y lo dulce —respondió Ryker encogiéndose de hombros.

—Exacto —coincidí, y por un momento, un brevísimo instante, nos miramos sin hostilidad, unidos en nuestra defensa del ingrediente más controvertido de la historia de la pizza.

Mientras Ender y Elaila seguían discutiendo sobre gustos culinarios, Ryker se inclinó ligeramente hacia mí.

—Entonces... —dijo en voz baja—, ¿tu cita no era un psicópata ni te iba a secuestrar?

—Lo siento, pero no —respondí, recordando su comentario del otro día—. Parece bastante normal.

—Es una pena —suspiró con dramatismo—. Ya estaba haciendo planes para quedarme con tu apartamento.

No pude evitar sonreír ante la idea.

La cena transcurrió mejor de lo que esperaba.

La comida resultó estar deliciosa, mis espaguetis a la carbonara eran cremosos y con el punto justo de sal que me gustaba.

Todos comimos entre conversaciones tranquilas, risas ocasionales y anécdotas compartidas.

Ender resultaba ser bastante simpático cuando no actuaba como cómplice de Ryker en sus tonterías, y Elaila brillaba como siempre con su carisma natural.

Incluso Ryker parecía haberse relajado, comportándose casi como una persona normal.

En un par de ocasiones nuestras miradas se cruzaron por encima de los platos, pero yo apartaba la vista rápidamente, sin saber muy bien por qué me ponía nerviosa.

Quizá porque era raro no estar discutiendo con él.

O tal vez porque me desconcertaba que pudiera ser tan agradable cuando se lo proponía.

A la hora de pedir postre, Ender y yo fuimos los únicos que cedimos a la tentación de un tiramisú que el camarero describió como «la receta de su nonna ». Cuando llegó el momento de pagar, dividimos la cuenta en cuatro partes iguales, aunque Ender intentó hacerse cargo del total.

—La próxima vez podríamos ser solo nosotros dos —le dijo a Elaila con una sonrisa—. Y entonces sí que te invitaré yo.

Vi el brillo en los ojos de mi amiga y cómo sus mejillas se sonrojaban.

Era evidente que esos dos se gustaban.

Salimos del restaurante al fresco aire nocturno.

—¿Y si vamos a por un helado? —propuso Elaila, enganchándose del brazo de Ender como si fuera lo más natural del mundo.

—Hay una heladería a un par de manzanas —respondió él, visiblemente entusiasmado con la idea.

Sin esperar respuesta, comenzaron a caminar delante de nosotros, dejándonos a Ryker y a mí unos pasos por detrás. En un momento dado, vi cómo Ender tomaba la mano de Elaila con un gesto tan espontáneo y natural que me resultó entrañable.

—Son unos empalagosos —comentó Ryker, negando con la cabeza, pero con una ligera sonrisa en los labios.

—Muchísimo —coincidí—. Dan ganas de tirarles agua fría. O de ponerles una manguera de jardín encima, como a los gatos cuando se pelean.

—¿Te imaginas cómo serán cuando lleven más tiempo? —preguntó fingiendo un escalofrío—. Probablemente acabarán poniéndose nombres ridículos como «pastelito» u «osito de peluche».

—O peor —añadí entrando en el juego—. Se comprarán camisetas a juego con frases del tipo: «Ella es mi persona favorita» y flechas señalándose mutuamente. El horror absoluto.

Ryker soltó una carcajada que me sorprendió por lo genuina que sonaba.

—No olvides los estados de WhatsApp con corazones y las fotos de perfil en pareja —añadió sacudiendo la cabeza con fingido disgusto—. Y, como colofón, abrir un Instagram conjunto.

—¡Dios, no! —exclamé al tiempo que me tapaba la cara—. Eso ya sería el apocalipsis.

—¿Crees que llegarán a algo serio? —preguntó metiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros mientras miraba a la pareja que caminaba delante.

Me encogí de hombros.

—Con Elaila nunca se sabe. Tiene un historial bastante extenso de relaciones que duran exactamente tres semanas.

—Suena a Ender —respondió con una pequeña risa—. Su récord personal son dos meses, y solo porque la chica se fue de Erasmus y él no sabía cómo cortar por mensaje.

Caminamos en silencio unos metros más. Casi parecíamos dos personas normales teniendo una conversación normal. Y lo más raro era que no resultaba incómodo.

—¿Y tú? —preguntó de repente—. ¿Tienes un historial extenso como Elaila?

La pregunta me pilló desprevenida. Era personal, demasiado personal para el tipo de relación que teníamos.

—No —respondí al fin—. Más bien todo lo contrario.

Ryker me miró con un interés que me resultó incómodo.

Era como si de repente hubiera decidido que podíamos tener una conversación normal, como si no lleváramos semanas picándonos y haciéndonos la vida imposible.

Como si no me hubiera robado mi champú, como si yo no le hubiera teñido su ropa de rosa. Como si fuéramos amigos o algo así.

—¿Y eso? —insistió—. No pareces del tipo que tiene problemas para encontrar citas.

Apreté los labios, intentando controlar la tensión que empezaba a acumularse en mi mandíbula. ¿En serio íbamos a hacer eso? ¿Teníamos que pasar de los insultos a las confidencias personales como si tal cosa?

—No es algo de lo que me apetezca hablar —respondí mientras me metía las manos en los bolsillos de los pantalones—. Y menos contigo.