11. La princesita, Taylor Swift y un caso grave de indecisión
La princesita, Taylor Swift y un caso grave de indecisión
Ryker
Llevaba casi una hora dando vueltas por el apartamento con solo una toalla en la cintura mientras Taylor Swift me taladraba los tímpanos a través de la pared.
La princesita pelirroja había decidido montar un karaoke privado y, por quinta vez consecutiva, estaba cantando «Cruel Summer» como si le fuera la vida en ello.
No sabía qué era peor: que se supiera toda la letra o que desafinara precisamente en los mismos puntos cada vez que la repetía.
—¡Por Dios! —murmuré, pasándome la mano por el pelo aún húmedo—. No puede ser que tenga solo esa canción en bucle.
Como si me hubiera oído, la música cambió. Genial, ahora era «All Too Well». La versión de diez minutos, por supuesto. Porque aparentemente no bastaba con una tortura de tres minutos, tenía que ser una sesión completa.
Abrí el armario y me quedé mirándolo como si fuera la primera vez que veía ropa en mi vida. Era absurdo. Lo tenía perfectamente organizado por colores, estilos y temporadas. Siempre sabía qué ponerme para cada ocasión. Pero hoy, por algún extraño motivo, todo me parecía inadecuado.
—No es una cita —me recordé a mí mismo, sacando una camisa azul marino para luego devolverla a su sitio—. Solo son cuatro conocidos que van a cenar. Ni siquiera somos amigos.
Ender llegaría en cualquier momento, y también Elaila. Habíamos quedado aquí para luego ir juntos al restaurante italiano. La idea de salir los cuatro seguía pareciéndome terrible, pero ya no podía echarme atrás.
¿Debería ponerme algo casual? ¿Algo más formal? ¿Por qué narices me importaba tanto?
Saqué unos vaqueros oscuros y los dejé sobre la cama.
Era la tercera vez que hacía lo mismo con los mismos pantalones.
Luego me fijé en mi camisa de pana marrón, que apenas había estrenado.
Tenía buen corte, era lo suficientemente informal para no parecer estirado, pero lo bastante elegante para un restaurante decente.
La dejé junto a los vaqueros y seguí rebuscando, aunque ya sabía que acabaría poniéndome exactamente eso.
—¿Qué me pasa hoy? —me pregunté, cerrando el armario con más fuerza de la necesaria.
Sabía perfectamente qué me pasaba, aunque no quisiera admitirlo.
No podía dejar de pensar en Audra. Desde el incidente con Emma, algo había cambiado.
No era solo agradecimiento por cómo había cuidado de mi hermana.
Era más bien... curiosidad. Quería conocer mejor a esa chica que había conectado tan rápidamente con Emma, que tenía un gato calvo al que vestía con jerséis ridículos, que escuchaba a Taylor Swift a todo volumen y que lloraba en el rellano bajo la lluvia.
Volví a abrir el armario y saqué una camiseta básica de color camel que quedaba bien con la camisa de pana. Me quité la toalla y me vestí rápidamente. Los nervios no tenían sentido; era solo una cena con Ender y las vecinas. No era nada del otro mundo.
Ya vestido, me miré en el espejo del baño.
No estaba mal. Informal pero cuidado, como si no me hubiera esforzado, pero aun así me viera bien.
El problema era que me sentía como un adolescente antes de su primera cita.
Y eso era absurdo porque a) no era una cita y b) hacía años que había dejado de ponerme nervioso por una mujer.
Cogí el perfume —el caro, no el que usaba a diario— y me eché un poco en el cuello y en las muñecas. El olor me recordó que necesitaba comprar uno nuevo; ese estaba ya casi vacío.
Me guardé el móvil en el bolsillo de los vaqueros y me miré una última vez en el espejo.
Me pasé la mano por el pelo, despeinándolo un poco para que no pareciera tan arreglado. No quería que la princesita pensara que me había esforzado demasiado. Porque no lo había hecho, evidentemente.
Consulté el reloj: quedaban quince minutos para la hora acordada. Si bajaba ya, quizá me encontraría con Audra saliendo de su apartamento, lo que se parecería demasiado a ir a recogerla. Y eso no era una cita. Para nada.
Un nuevo éxito de Taylor Swift atravesó la pared. Ahora sí que era momento de largarse.
Bajé las escaleras para evitar el ascensor y sus eternos minutos de espera. Cuando llegué al portal, salí directamente a la calle.
Fuera, apoyados en un coche, estaban Ender y Elaila, charlando animadamente. Él me vio y levantó la mano a modo de saludo.
—¡Tío! —exclamó, acercándose para darme uno de esos abrazos con palmadas en la espalda—. Puntual como siempre, ¿eh?
—Ya me conoces —respondí, separándome—. La puntualidad es...
—Lo sé, lo sé —me interrumpió con una sonrisa—. «La puntualidad es respeto al tiempo ajeno». Me lo has dicho mil veces.
Elaila se acercó también, luciendo un vestido negro sencillo pero elegante. Me dio dos besos y un breve abrazo, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—¿Y Audra? —preguntó mirando hacia la puerta del edificio.
—Ni idea —respondí encogiéndome de hombros—. No es asunto mío.
Ella puso los ojos en blanco y se dirigió al telefonillo. Comenzó a llamar insistentemente, presionando el botón varias veces seguidas.
—¿Sí? —La voz de Audra sonó distorsionada a través del aparato.
—¡Baja ya, tortuga! —exclamó Elaila—. Llevamos aquí siglos esperándote.
La risa de Audra resonó desde el interfono.
—Ya estoy lista, bajo en un momento —dijo.
—Date prisa o nos vamos sin ti —amenazó Elaila, aunque todos sabíamos que no lo haría.
Mientras esperábamos, Ender comenzó a contarnos una anécdota sobre su trabajo. Algo sobre un compañero que había enviado un correo comprometedor a toda la empresa por error. No le estaba prestando demasiada atención; mis ojos volvían una y otra vez a la puerta del edificio.
El traqueteo del ascensor llegando a la planta baja nos interrumpió. Los tres nos giramos hacia la entrada. La puerta se abrió y Audra apareció.
Llevaba unos pantalones anchos de color crema, zapatillas con plataforma, una camiseta blanca corta y, sobre esta, una cazadora de pana marrón. Su pelo rojo estaba recogido, pero algunos mechones le caían enmarcando la cara.
Lo que me dejó desconcertado fue darme cuenta de que íbamos a juego. Mi camisa de pana marrón y su cazadora eran prácticamente del mismo tono. Y los vaqueros oscuros que yo llevaba combinaban perfectamente con sus pantalones claros.
Ender y Elaila lo notaron al instante y estallaron en carcajadas.
—¡Vais conjuntados! —exclamó Elaila, señalándonos alternativamente—. ¡Qué monos!
—Esto es lo más cuqui que he visto en mi vida —añadió Ender con una sonrisa maliciosa—. Parecéis una parejita de Instagram.
Audra abrió mucho los ojos al darse cuenta y me miró de arriba abajo.
—Voy a cambiarme —dijo dando media vuelta hacia la puerta.
—¡Ni se te ocurra! —Elaila la agarró del brazo—. Estás guapísima así, ¿verdad, Ryker?
Todas las miradas se posaron sobre mí. Sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las mejillas.
—Está bien —murmuré, evitando mirar directamente a Audra—. Si no se hubiera copiado de mí...
—¿Yo? —protestó ella, llevándose una mano al pecho con indignación—. ¡Eres tú quien se ha copiado de mí!
—Venga, tórtolos —intervino Ender, poniendo los ojos en blanco—. Dejadlo ya y vamos al restaurante, que he reservado para las nueve y cuarto.
Audra y yo intercambiamos una mirada incómoda. No éramos tórtolos ni nada parecido. Pero antes de que pudiera aclararlo por enésima vez, Elaila ya había enganchado su brazo con el de Ender y ambos avanzaban por la acera. No nos quedó más remedio que seguirlos.
Caminé junto a Audra, manteniendo una distancia prudencial. No quería que nadie pudiera pensar que éramos algo más que vecinos forzados a compartir una cena.
—No me puedo creer que te hayas copiado de mi estilo —dije en voz baja, rompiendo el silencio incómodo.
—Por favor —respondió ella, sin mirarme—. Tengo buen gusto como para copiarme de alguien que se cree que el negro, el azul marino y el gris conforman toda la paleta de colores.
—Al menos mi ropa no parece sacada de un mercadillo vintage —contraataqué.
Audra se giró hacia mí, con esa sonrisa desafiante que ponía cuando estaba a punto de soltar algo mordaz.
—No todos podemos permitirnos gastar medio sueldo en ropa de marca que, francamente, podría llevar cualquier empresario aburrido de cuarenta años.
—Al menos yo no visto a mi gato con jerséis ridículos.
—Peluso tiene más estilo en una de sus patitas que tú en todo tu cuerpo —respondió, levantando ligeramente la barbilla.
A pesar de mí mismo, noté cómo una sonrisa tiraba de las comisuras de mis labios. Había algo en nuestras peleas verbales que resultaba casi... divertido.
Seguimos caminando sin hablar demasiado.
Por delante, Ender y Elaila iban tan absortos en su propia conversación que casi parecían haberse olvidado de nosotros.
Vi cómo sus manos se rozaban sutilmente mientras andaban, un gesto tan casual que probablemente ninguno de los dos se daba cuenta.
Ender soltaba una carcajada cada pocos minutos y la miraba de una forma que conocía demasiado bien.
El muy idiota estaba colado hasta las trancas.
Mientras, Audra y yo parecíamos dos gatos a punto de enzarzarse en una pelea. Ella caminaba con los brazos cruzados, mirando obstinadamente hacia delante y manteniendo una distancia escrupulosa entre nosotros, como si temiera que la contaminase con algo.
—¿Sabes? —dijo de repente, rompiendo nuestro silencio tenso—. Esta es la peor idea que ha tenido Elaila en su vida, y mira que ha tenido malas ideas.
—Para una vez que estamos de acuerdo en algo... —respondí.
Llegamos al restaurante en cuestión de minutos.
Era un local italiano de aspecto rústico pero elegante, con manteles de cuadros rojos y blancos y pequeñas velas en cada mesa.
Bastante típico, pero parecía acogedor. Ender se adelantó para abrir la puerta y nos dejó pasar con un gesto exagerado de caballerosidad que provocó otra risita de Elaila.
—Tenemos una reserva a nombre de Ender Oriel —le dijo al camarero que nos recibió.
—Ah, sí, señor Oriel —respondió el hombre con un marcado acento—. Mesa para cuatro junto a la ventana, ¿verdad? Por aquí, por favor.
Lo seguimos hasta una mesa cuadrada situada en un rincón acogedor, con vistas a la calle. Ender y Elaila, en un movimiento que claramente habían coordinado de antemano, se sentaron juntos en el sofá de un lado de la mesa, dejándonos a Audra y a mí el sofá del lado opuesto.
La cara de Audra fue un poema. Negó con la cabeza y fulminó a su amiga con la mirada, con una expresión que claramente decía «te voy a asesinar cuando salgamos de aquí».
—No te queda otra, Audra —dijo Elaila con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie—. A menos que quieras sentarte en el regazo de Ender.
—O en el mío —añadí con una sonrisa burlona, solo para ver cómo se le subían los colores.
Funcionó. Las mejillas de Audra se encendieron como si fueran a arder en cualquier momento.
—Antes prefiero comer de pie —repuso, pero finalmente se resignó y se acercó a nuestro sofá.
La dejé pasar primero, en un gesto automático. Ella pareció ligeramente sorprendida por el detalle, pero se deslizó por el asiento sin comentar nada.
Al sentarme a su lado, fui consciente de lo cerca que estábamos.
El sofá no era especialmente pequeño, pero nuestros muslos casi se rozaban, y podía percibir el sutil aroma a vainilla que desprendía su pelo.
Para cuando el camarero trajo las cartas, ya había contado tres veces el número de pestañas que tenía en el ojo derecho.
—Bueno, ¿qué tal vuestro día? —preguntó Ender, intentando romper el hielo mientras abría la carta.
—Normal —respondimos Audra y yo al unísono, lo que provocó que nos miráramos mutuamente con el ceño fruncido.
Elaila soltó una risita.
—Oh, mirad lo que encontré el otro día —dijo sacando su teléfono del bolso—. Estaba repasando fotos antiguas y apareció esta joya.
Nos mostró la pantalla, donde se veía una foto de ella y Audra mucho más jóvenes, quizá con dieciséis o diecisiete años.
Ambas llevaban unas gafas de sol ridículas y sostenían lo que parecían pizzas caseras recién hechas.
Sus caras estaban manchadas de harina y tenían expresiones exageradamente serias que contrastaban con lo absurdo de la situación.
Pero lo que más me llamó la atención fue el pelo de Audra. Era de un tono naranja mucho más natural que el rojo intenso que llevaba ahora.
—Así que realmente eres pelirroja natural —comenté señalando la foto.
Ella iba a contestar, pero Elaila se le adelantó.
—Sí, siempre lo ha sido —afirmó con una sonrisa traviesa—. Pero se lo tiñe para que quede más intenso, como de fuego. Para que no puedan llamarla «zanahoria», como hacían en el instituto.
—Elaila, cierra el pico —siseó Audra, claramente incómoda.
—¡Pero si ese color te sienta de cine! —protestó su amiga—. No entiendo por qué te avergüenzas. Algunas pagarían fortunas por tener ese tono natural.
La miré con curiosidad. Así que ese era uno de sus secretos. Una pelirroja natural que intensificaba su color para evitar burlas. Tenía sentido, supongo. Los críos pueden ser crueles, y un apodo como «zanahoria» podía marcar a cualquiera durante años.
—A mí me gusta —dije sin pensar.
Los tres me miraron como si me hubiera crecido una segunda cabeza.
—¿El qué? —preguntó Audra, desconfiada.
—Tu pelo —aclaré, intentando sonar casual—. El color, digo. Te queda... bien.
Un silencio incómodo siguió a mi comentario. Audra me miraba como si estuviera tratando de descifrar si era una burla disfrazada, mientras Ender y Elaila intercambiaban miradas de sorpresa.
—Gracias..., supongo —respondió finalmente Audra, volviendo a mirar su carta con una expresión indescifrable.
El camarero eligió ese momento para acercarse a tomar nota, salvándome de la situación. ¿Por qué demonios había dicho eso? No es que fuera mentira, pero tampoco era el tipo de cosas que solía decirle a la princesita.