Contigo ni en el ascensor 10. Una princesita con ojeras y una adolescente fugitiva #2
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10. Una princesita con ojeras y una adolescente fugitiva #2

Me tensé ante mi propio pensamiento. ¿Desde cuándo consideraba guapa a la princesita?

Sin embargo, era inútil negarlo. Siempre había tenido algo que captaba mi atención: esos ojos verdes expresivos rodeados de pecas que se encendían cuando discutíamos, la forma en la que arrugaba la nariz cuando algo le molestaba, el contraste de su pelo rojo contra su piel pálida.

La otra noche, con aquel vestido rojo que le quedaba como un guante, solo había resaltado lo que ya estaba ahí.

Los tacones le estilizaban las piernas, el escote destacaba sus curvas sin resultar vulgar y su pelo rojo caía sobre su rostro.

Sí, era preciosa. Era un hecho objetivo, como decir que el cielo es azul o que el agua moja. No significaba nada. Simplemente tenía ojos en la cara.

Aunque no era solo su aspecto físico. Había algo en ella, en su forma de ser, que resultaba.

.. intrigante. Esa mezcla de vulnerabilidad y carácter fuerte.

La manera en la que se enfrentaba a mí sin titubear, lanzándome pullas igual de afiladas que las mías.

Pero también la forma en la que había acogido a Emma, una completa desconocida, y la había hecho sentir lo suficientemente cómoda como para abrirse.

Esa pasión con la que defendía lo que le importaba, como su ridículo gato sin pelo o sus principios.

Las contradicciones de Audra Emrin me fascinaban. A veces parecía tan frágil que daban ganas de protegerla, y al momento siguiente te hacía sentir como un idiota con un comentario mordaz. Era tierna y feroz a partes iguales.

Como aquella vez en el rellano, cuando la pillé espiándome por la mirilla.

Su cara de vergüenza cuando la descubrí fue adorable.

O aquella ocasión en la lavandería, cuando se asustó al verme entrar y lanzó sus bragas por los aires.

Me resultó difícil no reírme al ver su expresión de horror.

O cuando la oía cantar desafinando a través de la pared mientras preparaba el desayuno para su gato, con esa voz alegre que parecía reservar solo para él.

O las veces que la veía en las escaleras, con la cara roja por el esfuerzo y maldiciendo el ascensor, mientras yo subía sin apenas inmutarme, fingiendo que no me divertía su manera de resoplar.

Incluso la vez que la encontré en el portal discutiendo con un vecino, el señor Wery, sobre el reparto de publicidad, gesticulando con tanta pasión que estuvo a punto de golpear al pobre hombre con su carpeta de dibujos.

Pero también estaba la Audra que defendía a su gato con uñas y dientes, la que me llamaba don Musculín con ese tono desafiante, la que había tenido el valor de decirme a la cara que mis conquistas fingían los orgasmos.

¿Cómo podía una persona tan pequeña contener tanta personalidad?

Moví la cabeza, intentando sacudirme esos pensamientos. No tenía sentido estar dándole vueltas. Ella era mi vecina, una con la que apenas me llevaba bien, y punto. Su vida amorosa no era asunto mío, ni tampoco me importaba lo guapa que pudiera estar con un vestido u otro.

«Maldita sea, Ryker, céntrate. Es la princesita histérica del 8.

º A, la misma que te ha tenido en vela con sus maratones de Taylor Swift y te ha dejado la ropa teñida de rosa».

No era como si necesitara otra complicación en mi vida.

Tenía mi apartamento organizado, mi trabajo, mi rutina.

.., todo perfectamente controlado. Audra Emrin era la definición exacta de caos, y lo último que necesitaba.

Y, sin embargo, seguía pensando en su figura encogida en el suelo del rellano, en cómo me había mirado con esos ojos verdes llenos de lágrimas.

Quizá debería comportarme mejor con ella. No es que fuéramos a ser amigos de repente, pero después de lo que había hecho por Emma hoy, le debía al menos un poco de amabilidad. Podría ser más cordial, menos provocador. Quizá incluso podría ayudarla a cambiar esa puerta tan poco segura.

—Estás sonriendo —señaló Emma, mirándome curiosa—. ¿Seguro que estás pensando en el trabajo?

—Sí —respondí automáticamente, borrando la sonrisa que ni siquiera sabía que tenía—. Solo he recordado algo... divertido.

Mi hermana me miró con esa expresión suya de «no te creo nada», pero no insistió. En lugar de ello, sacó su móvil y empezó a teclear, probablemente escribiéndole a alguna amiga.

Volví a centrarme en la carretera, pero mi mente seguía regresando a Audra. Era frustrante. No entendía por qué no podía dejar de pensar en ella. Quizá solo fuera curiosidad. O tal vez gratitud por haber cuidado de Emma. O simplemente la extrañeza de ver un lado de ella que no conocía.

Fuera lo que fuese, tendría que analizarlo otro día. Ahora mismo, lo importante era resolver la situación de Emma y asegurarme de que estuviera bien. El misterio de la princesita pelirroja tendría que esperar.

Aunque, mientras parábamos en un semáforo en rojo, no pude evitar preguntarme cómo sería besarla. Apostaría a que sus labios sabían a café con leche, dulce y adictivo.

—¡Mierda! —pensé, golpeando ligeramente el volante con frustración—. ¿Qué demonios me pasa?

Por suerte, Emma estaba demasiado absorta en su móvil para notar mi reacción. Respiré hondo y volví a concentrarme en la conducción, empujando cualquier pensamiento sobre Audra al fondo de mi mente.

Ya lidiaría con eso después. O, mejor aún, lo ignoraría hasta que desapareciera. Porque eso es lo que haces con las atracciones no deseadas, ¿verdad? Las ignoras hasta que se desvanecen.

El problema era que Audra Emrin no parecía ser el tipo de persona que se desvanece fácilmente.