10. Una princesita con ojeras y una adolescente fugitiva
Una princesita con ojeras y una adolescente fugitiva
Ryker
Salí del trabajo como un huracán. Apenas tuve tiempo de murmurar una excusa sobre una emergencia familiar antes de recoger mis cosas y prácticamente correr hasta el ascensor.
La llamada de Audra me había dejado descolocado.
¿Emma en su apartamento? ¿Mi hermana, que debería estar en el instituto a esa hora, en casa de mi vecina?
Una vez en el parking, me metí en el coche y arranqué con más brusquedad de la necesaria.
Mi mente iba a mil por hora, elaborando teorías a cual más catastrófica.
¿Habría pasado algo con nuestra madre? ¿Con su nuevo novio?
¿Problemas en el instituto? Emma nunca había hecho algo así, siempre había sido la sensata de la familia, la responsable. Eso no era propio de ella.
El tráfico, como siempre que tenías prisa, era infernal. Un embotellamiento en la avenida principal me obligó a tomar un desvío que añadió otros cinco minutos a mi trayecto. Golpeé el volante con frustración.
—Vamos, vamos —murmuré, tamborileando con los dedos mientras esperaba que un semáforo cambiara a verde.
Cuando por fin llegué a mi calle, otra sorpresa: no había ni un solo hueco para aparcar. Di tres vueltas a la manzana antes de encontrar un espacio ridículamente pequeño donde, con una maniobra digna de un contorsionista, conseguí meter mi coche.
Decidí subir por las escaleras en lugar de esperar al ascensor.
Me detuve frente a la puerta de Audra y, por primera vez, me fijé realmente en ella.
Estaba llena de arañazos, con la pintura descascarillada en algunas zonas y el pomo ligeramente oxidado.
Comparada con la mía, que había cambiado nada más mudarme, era antigua y ni siquiera parecía de seguridad.
Cualquiera con un poco de maña podría forzarla en cuestión de minutos.
«Tendría que comentarle que debería cambiarla —pensé automáticamente—. No es seguro vivir con una puerta como esa».
Sacudí la cabeza, sorprendido por mi propia preocupación. ¿Desde cuándo me importaba la seguridad de la princesita? Probablemente fuera solo el estrés del momento, que me hacía pensar tonterías.
Respiré hondo y llamé al timbre. La puerta se abrió casi de inmediato, revelando a Audra.
Tenía unas ojeras marcadas y los ojos ligeramente hinchados y enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y vestía lo que parecían unos pantalones de pijama y una camiseta vieja.
A pesar de su aspecto desaliñado, algo en ella me provocó una extraña sensación en el pecho que preferí ignorar.
No hice preguntas sobre su estado. Lo importante ahora era Emma. Audra se apartó para dejarme pasar y entré directamente.
Mi hermana estaba sentada en el sofá, con ese gato sin pelo en el regazo. Al verme, se levantó de un salto, lo que provocó que el gato soltara un maullido de protesta.
—Ryker —dijo con voz pequeña, y pude ver que había estado llorando.
En dos zancadas llegué hasta ella y la envolví en un abrazo. Sentí cómo se tensaba brevemente antes de relajarse y abrazarme con fuerza. Le besé la parte superior de la cabeza, notando ese familiar olor a champú de manzana que siempre usaba.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja, sin soltarla.
Emma asintió contra mi pecho y se separó un poco para mirarme con ojos vidriosos.
—Lo siento —dijo con voz temblorosa—. Estaba muy estresada, necesitaba verte. No quiero pasar las Navidades con mamá, y menos aún porque tú no vas a estar allí.
Con el rabillo del ojo, vi cómo Audra se dirigía discretamente hacia la cocina, dándonos espacio para hablar. Un gesto que aprecié más de lo que esperaba.
—Ven, siéntate —le indiqué a Emma, guiándola de vuelta al sofá.
Durante los siguientes minutos, mi hermana me lo contó todo: la presión en el instituto, la nueva relación de nuestra madre, que la hacía sentir desplazada, los planes para unas Navidades que sonaban más a obligación que a celebración.
La escuché atentamente, secándole alguna lágrima ocasional y asintiendo en los momentos adecuados.
—Te entiendo perfectamente —le dije cogiéndole las manos—. Y te prometo que hablaré con mamá para ver qué podemos hacer, ¿vale? Quizá podamos encontrar un término medio.
Ella asintió, visiblemente más tranquila. El simple acto de ser escuchada parecía haberle quitado un peso de encima.
—Pero, Emma —añadí en un tono más serio—, aunque le agradezco a Audra que te haya cuidado, no puedes entrar así en casa de alguien que apenas conoces. Ni siquiera si es mi vecina. Podría haber sido peligroso.
—Pero parecía buena persona —protestó ella, encogiéndose de hombros.
—Mucha gente parece una cosa y luego resulta ser otra —le expliqué—. Tienes catorce años, deberías ser más cuidadosa. La próxima vez, llámame directamente a mí, ¿de acuerdo?
Emma asintió, aunque no parecía muy convencida.
La entendía: Audra había sido amable con ella, y a esa edad era difícil ver los peligros potenciales.
Por suerte, el instinto no me había fallado con respecto a mi vecina.
Era irritante conmigo, pero parecía tener buen corazón.
Aun así, mi responsabilidad como hermano mayor era enseñarle a Emma a ser precavida.
—Pero ahora tengo que llevarte a casa —añadí con suavidad—. Mamá debe de estar preocupada, y tienes que volver al instituto.
—Lo sé —aceptó con un suspiro—. Pero al menos ahora me siento mejor.
Emma fue junto al gato, que había estado observándonos desde una distancia prudencial. Lo acarició con cariño para despedirse, y el animal ronroneó satisfecho, como si fueran viejos amigos.
Miré hacia la cocina, donde Audra estaba fregando unos platos, aparentemente absorta en la tarea. Había algo en la escena —su figura menuda concentrada en algo tan mundano, la luz de la mañana filtrándose por la ventana e iluminando su pelo rojo— que me resultó extrañamente entrañable.
Emma se acercó a ella, interrumpiendo mis pensamientos.
—Gracias por todo, Audra —dijo y, para mi sorpresa, la abrazó con fuerza—. Espero volver a verte pronto.
Mi vecina pareció momentáneamente sorprendida por el gesto, pero le devolvió el abrazo con naturalidad.
—Ojalá sea así —respondió con una sonrisa cálida—. Y recuerda que siempre puedes venir si necesitas hablar. O ver a Peluso.
Algo se removió en mi interior al presenciar la escena. No esperaba que Audra, la misma mujer con la que yo intercambiaba pullas a diario, pudiera conectar tan bien con mi hermana. Me acerqué a la puerta, esperando a Emma. Antes de salir, miré a mi vecina.
—Gracias —dije simplemente, pero intentando transmitir con la mirada lo que no podía expresar con palabras.
Ella asintió, como si lo entendiera perfectamente.
Una vez en el rellano, cerré la puerta tras nosotros. Emma ya parecía otra, más relajada y con una pequeña sonrisa en los labios.
—Audra me cae muy bien —comentó mientras bajábamos por las escaleras—. ¿A ti también?
—No —respondí automáticamente.
Mi hermana me miró con escepticismo.
—Pues haríais buena pareja —dijo con ese tono inocente que usaba cuando intentaba manipularme—. Es muy guapa, ¿no crees? Y tiene ese pelo rojo precioso. Además, parece maja. Y tiene un gato monísimo.
—Emma... —le advertí, pero ella siguió como si no me hubiera oído.
—Y se nota que le importa la gente. Me ha escuchado como si de verdad le interesara lo que tenía que decir —continuó—. Además, no está casada ni tiene novio, que yo sepa. ¿Verdad que no tiene novio?
—No tengo ni idea de la vida amorosa de mi vecina —respondí intentando sonar desinteresado, aunque por algún motivo recordé haberla visto la noche anterior con aquel vestido rojo.
—Pues deberías invitarla a cenar un día —insistió Emma mientras salíamos del edificio—. Seguro que dice que sí.
—Ya basta, enana. Mejor piensa en cómo vas a explicarle a mamá por qué no estás en el instituto.
Ella puso los ojos en blanco, pero por suerte cambió de tema. Sin embargo, mientras caminábamos hacia el coche, no pude evitar pensar en Audra, en sus ojos enrojecidos de esa mañana, en cómo había cuidado de mi hermana sin conocerla siquiera.
Y, por primera vez, sentí que tal vez había juzgado demasiado rápido a la princesita del pelo rojo.
Mientras conducía con Emma a mi lado, mi mente seguía volviendo a la imagen de Audra llorando en el rellano la noche anterior.
Estaba hecha un ovillo junto a su puerta, con el maquillaje corrido y aquel vestido rojo empapado por la lluvia.
En aquel momento no me había parado a pensar demasiado en ello, simplemente había actuado por impulso, recogiendo sus llaves e intentando no empeorar su situación.
Pero ahora, con la calma relativa del tráfico de media mañana, las preguntas comenzaban a aparecer.
¿Por qué lloraba? Tenía que ser por la cita.
No había otra explicación. La había visto salir el día anterior, toda arreglada y con ese vestido que parecía hecho especialmente para ella.
Y luego había vuelto hecha un desastre emocional.
¿Qué habría pasado en esa cita? ¿La habría tratado mal aquel tipo, el supuesto arquitecto? Había tantos imbéciles por ahí, hombres que no sabían valorar a una mujer como ella. No me extrañaría que hubiera sido un completo cretino.
—¿En qué piensas? —preguntó Emma, interrumpiendo mi hilo de pensamiento—. Estás muy callado.
—En nada importante —respondí, quizá demasiado rápido—. Solo en el trabajo.
Ella asintió, pero me lanzó una mirada escéptica antes de volver a mirar por la ventanilla.
La verdad es que ni yo mismo entendía por qué me preocupaba tanto. Audra y yo apenas éramos amigos; de hecho, pasábamos más tiempo discutiendo que manteniendo conversaciones civilizadas. Pero verla así, vulnerable y destrozada, me había afectado más de lo que quería admitir.
¿Qué clase de imbécil podía hacer llorar a alguien como ella? Especialmente después de que se hubiera esforzado tanto en arreglarse para la cita.