Contigo ni en el ascensor 9. Lo que Peluso opina de los desengaños amorosos #2
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9. Lo que Peluso opina de los desengaños amorosos #2

La joven me miró con unos ojos enormes color avellana, idénticos a los de él, y sus hombros cayeron visiblemente.

—¿No está? —preguntó con voz pequeña.

Al verla de cerca, confirmé lo que ya sospechaba: era una adolescente, de no más de catorce años.

Llevaba el pelo negro recogido en una coleta desordenada, vaqueros rotos en las rodillas y una sudadera oversize de color gris.

Su mochila parecía a punto de reventar por el peso de lo que supuse serían libros.

—No, se ha ido hace un par de horas.

Los ojos de la chica se llenaron de lágrimas repentinas, y sentí que se me encogía el corazón. Dios, lo que me faltaba, hacer llorar a una adolescente a la que ni siquiera conocía.

—Vale, gracias —dijo ella, dando media vuelta como para marcharse.

—Espera —la detuve—. ¿Puedo hacer algo por ti?

Se giró lentamente, mordiéndose el labio inferior en un gesto que me resultó extrañamente familiar. Las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos.

—No, yo... —Su voz tembló—. Pensaba que Ryker estaría en casa. Es mi hermano y... Es culpa mía, debería haberle avisado de que venía.

Así que era su hermana. Por supuesto. ¿Cómo no lo había pensado? Ahora que la miraba bien, el parecido era evidente: los mismos ojos, la misma mandíbula, incluso tenían gestos similares.

—Oye, ¿quieres pasar y esperar dentro? —le ofrecí, señalando mi puerta abierta—. Puedo darte unas galletas o lo que quieras mientras contactas con él.

Ella me miró dudosa, evaluándome. No la culpaba. Yo era una desconocida que probablemente tenía aspecto de haberse pasado la noche llorando.

—Lo más peligroso que hay en mi apartamento es Peluso —añadí con una sonrisa y, como si lo hubiera invocado, el gato apareció y comenzó a restregarse contra mis piernas.

Su ropa peluda lo hacía parecer aún más inofensivo de lo que ya era.

Los ojos de la chica se agrandaron con curiosidad.

—¿Tienes un gato? —preguntó, y por primera vez vi algo parecido a una sonrisa en su rostro—. Me encantan los gatos.

—Este es Peluso —respondí—. Ven, pasa. Seguro que Ryker no tarda en volver.

Ella asintió y me siguió al interior. Cerré la puerta tras nosotras y fui directamente a la cocina, agradeciéndole mentalmente a mi yo de ayer que hubiera limpiado el desastre habitual.

—Siéntate donde quieras —le indiqué, señalando los taburetes frente a la barra.

Ella eligió uno y dejó caer su mochila al suelo con un ruido sordo. Peluso, siempre oportunista, saltó de inmediato al taburete contiguo. Ella empezó a acariciarlo con una sonrisa tímida.

Busqué en el armario y saqué un paquete de galletas de chocolate que guardaba para emergencias, pues sí, esto claramente se trataba de una. Las coloqué en un plato que, gracias a los dioses, no estaba desportillado, y lo puse frente a ella.

—Te prepararé un vaso de leche con cacao caliente —dije sacando un brik de la nevera—. A menos que prefieras otra cosa.

—No, eso está bien —respondió al tiempo que cogía una galleta—. Gracias.

Mientras calentaba la leche, la observé de reojo. Había dejado de llorar, pero seguía teniendo una expresión de preocupación poco habitual en alguien de su edad.

—Soy Audra, por cierto —me presenté—. La vecina de tu hermano.

—Emma —dijo ella—. Siento haberte molestado.

—No me has molestado para nada —le aseguré, vertiendo el cacao en polvo en la leche caliente—. De hecho, me has salvado de una mañana de autocompasión absoluta.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa.

Le entregué el vaso de leche con cacao y me apoyé en la encimera frente a ella.

—No quiero ser una adulta pesada —comencé, dudando si debía meterme o no—, pero... ¿no deberías estar en el instituto a esta hora?

Emma asintió, mirando fijamente el vaso.

—Sí, debería —admitió—. Pero necesitaba ver a Ryker. Es... complicado.

Se llevó el vaso a los labios, lo que le dejó un pequeño bigote de chocolate que ella se apresuró a limpiar con el dorso de la mano.

—Es normal, ¿sabes? —dije sentándome en el taburete a su lado—. A veces todo puede contigo, y lo único que sientes es que quieres huir y no mirar atrás.

Emma levantó la mirada sorprendida, como si hubiera leído sus pensamientos. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de la manga de su sudadera.

—¿Tú también has sentido eso? —preguntó con un hilo de voz.

—Más veces de las que me gustaría admitir —confesé con una sonrisa comprensiva—. Y soy bastante mayor que tú, así que imagínate.

Ella asintió, dándole un mordisco a otra galleta. El silencio se instaló entre nosotras durante unos segundos, pero no era incómodo. Peluso seguía ronroneando bajo sus caricias, completamente ajeno a la gravedad de la conversación.

—La situación es complicada —dijo Emma con la mirada fija en el gato—. Mis padres se divorciaron hace unos meses y... casi no veo a mi padre. Lo echo de menos.

Su voz se rompió ligeramente en la última frase, y sentí una punzada de empatía. Sabía lo que era echar de menos a un padre.

—Mi madre es muy estricta —continuó, ganando confianza a medida que hablaba—. Ahora resulta que no voy a pasar las Navidades completas con papá porque ella dice que también tengo que estar con su familia. Como si me importara lo más mínimo su nuevo novio y su casa con piscina.

La amargura en su voz era evidente, pero había algo más, algo más profundo que el simple enfado adolescente.

—Mamá siempre se queja y me pide que sea perfecta —añadió pasándose una mano por la coleta, ajustándola—.

Que si las notas, que si el violín, que si el francés, que si tengo que ser más responsable.

.. Y Ryker ahora parece una versión peor de ella.

Desde que mis padres se divorciaron es más duro, más gruñón, más. .. todo.

Dejó la galleta a medio comer y suspiró profundamente.

—Ryker y mamá siempre se han llevado mal, pero desde el divorcio es mucho peor —confesó mordiéndose el labio—.

Solo se comunican por mensajes y alguna que otra llamada tensa.

La última discusión fue espantosa. Mamá le dijo cosas terribles.

.., que jamás encontraría a nadie, que era como papá, un mujeriego, y que nadie lo soportaría nunca.

Se dijeron de todo. Desde entonces es como si Ryker se hubiera convertido en otra persona.

Ya no sonríe como antes, no hace bromas.

.., es como si se hubiera cerrado completamente.

Me sorprendió lo adulta que sonaba, lo consciente que parecía de la situación. Me quedé mirándola, sin saber muy bien qué decir. Cualquier consejo que pudiera darle sonaría a frase hecha, y lo último que esa chica necesitaba era a otra adulta soltándole tópicos. Así que opté por ser sincera.

—Eso es mucha presión para alguien de tu edad —dije finalmente—. ¿Se lo has contado a tu hermano? ¿Sabe cómo te sientes?

Ella negó con la cabeza.

—Él está ocupado con su trabajo y sus cosas —respondió encogiéndose de hombros—. Cuando voy a su casa, intenta ser el hermano guay, pero se nota que está esforzándose demasiado. Y cuando le menciono algo sobre mamá o papá, se pone tenso y cambia de tema.

Peluso se estiró sobre la barra y Emma le rascó bajo la barbilla, arrancándole un ronroneo aún más fuerte.

—Peluso es genial —comentó con una pequeña sonrisa—. Y me encanta su ropita. ¿Se la haces tú?

—Sí —respondí, agradecida por el cambio de tema—. Tiene la piel sensible, así que empecé a hacerle jerséis para protegerlo. Ahora tiene más ropa que yo.

—Es muy mono —dijo, y por un momento volvió a parecer una niña de catorce años y no la adulta en miniatura que había estado hablando sobre divorcios y expectativas familiares—. ¿Puedo hacerle una foto?

—Claro.

Sacó su móvil y le hizo varias fotos a Peluso, que posó como el divo que era, estirándose cuan largo era y mostrando su jersey en todo su esplendor.

—¿Sabes? A veces las personas adultas nos comportamos de forma rara —dije, eligiendo mis palabras con cuidado—. Tu hermano probablemente se esfuerza mucho, pero no siempre nos sentimos suficientes para las personas que nos importan.

Ella me miró con curiosidad.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que, por lo que cuentas, tu hermano quizá intenta ser alguien que no sabe cómo ser —expliqué—. A veces los adultos fingimos dureza o distancia porque tenemos miedo de no estar a la altura. Especialmente cuando se trata de personas que nos importan.

Emma se quedó callada, procesando mis palabras. Peluso aprovechó el momento para levantarse y saltar de la barra, trotando hacia el salón como si tuviera una misión importante que cumplir.

—Creo que todos tratamos de hacerlo lo mejor que podemos con las herramientas que tenemos —continué—. Incluso cuando parece que lo estamos haciendo fatal.

Ella sonrió ligeramente.

—Supongo que tienes razón —dijo tomando otro sorbo de su chocolate—. Es solo que... a veces me gustaría que las cosas fueran como antes, ¿sabes? Cuando éramos una familia normal y corriente.

El tono melancólico en su voz me rompió el corazón.

Quería decirle que todo mejoraría, que el tiempo cura todas las heridas, que algún día encontraría un nuevo equilibrio.

.., pero sería mentirle. La verdad es que la vida a veces simplemente apesta, y lo único que puedes hacer es aprender a convivir con ello.

—No sé si alguna vez he tenido una familia normal y corriente —confesé—. Mis padres nunca se llevaron bien, y mi madre siempre fue... complicada. Cuando mi padre murió, pensé que el mundo se acababa.

No sabía por qué le estaba contando eso a una adolescente a la que apenas conocía, pero algo en ella me inspiraba confianza. O quizá era que, después de la noche anterior, tenía las defensas emocionales por los suelos.

—Lo siento. Debió de ser muy duro.

—Lo fue —admití—. Pero aprendí que a veces las personas que parecen más difíciles son las que más luchan internamente. Quizá tu hermano está intentando ser fuerte por ti, aunque no sepa exactamente cómo hacerlo.

Emma soltó una risita.

—Eso suena mucho a Ryker —dijo, y su rostro pareció menos tenso que antes—. Gracias por escucharme. Y por el chocolate. Y por dejarme conocer a Peluso.

—Ha sido un placer —respondí sinceramente—. Y mi puerta siempre estará abierta si necesitas hablar o simplemente pasar el rato con el gato más fashion del edificio.

Justo en ese momento, Peluso regresó al galope, trayendo consigo uno de sus juguetes favoritos: un ratón de peluche con cascabel que había visto mejores días. Lo depositó a los pies de Emma como una ofrenda.

—Vaya, me honras con un regalo —dijo ella, cogiéndolo—. Muchas gracias, Peluso.

El gato maulló con satisfacción y empezó a dar vueltas alrededor de sus piernas. Emma se agachó para acariciarlo y, por un momento, toda la angustia que había en su rostro desapareció, sustituida por una sonrisa genuina.

—Ryker no sabe que estás aquí, ¿verdad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Emma levantó la mirada, mordisqueándose el labio inferior. Negó con la cabeza.

—Me parece que lo más conveniente sería llamarlo y decírselo —sugerí con suavidad—. Debe de estar trabajando, pero seguro que querría saber que estás aquí.

Sus ojos se agrandaron con alarma.

—No creo que sea capaz de hablar con él ahora mismo —confesó bajando la mirada—. Se enfadará. Mucho.

—¿Y si lo hago yo? —ofrecí—. Puedo explicarle la situación.

Emma pareció considerar la idea por unos segundos y finalmente asintió.

—¿De verdad? Te lo agradecería muchísimo.

—Claro. Dame su número.

Cogió mi teléfono cuando se lo tendí y tecleó el número de su hermano. Me lo devolvió con una expresión mezcla de alivio y terror.

Me alejé unos pasos, dirigiéndome hacia la ventana para tener algo de privacidad.

Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras miraba la pantalla.

No quería hablar con él, y menos después del numerito de anoche.

Seguramente pensaría que era una lunática o algo peor.

Pero Emma me necesitaba, y eso era más importante que mi orgullo.

Pulsé el botón de llamada y me llevé el teléfono a la oreja, maldiciendo para mis adentros cuando empezó a dar tono. Por un instante tuve la esperanza de que no contestara, pero al cuarto timbrazo...

—¿Diga? —La voz grave de Ryker me provocó un nudo en el estómago.

—Hola, soy Audra, tu vecina —dije, intentando que mi voz sonara firme—. No te asustes, pero Emma está en mi casa.

Hubo un silencio tan largo al otro lado de la línea que por un momento pensé que se había cortado la llamada.

—¿Qué? —Sonaba descolocado—. ¿Emma? ¿Mi hermana Emma?

—Sí, ha venido a verte, pero como no estabas..., bueno, la he invitado a pasar mientras te localizaba.

—Voy para allá ahora mismo —dijo, y pude oír ruido de fondo, como si estuviera recogiendo cosas apresuradamente—. ¿Está bien? ¿Qué ha pasado?

Su tono había cambiado por completo. No era el Ryker sarcástico y distante de siempre, sino alguien de veras preocupado.

—Está perfectamente —le aseguré—. Solo... —Miré a la chica, que seguía acariciando a Peluso con expresión seria—. No seas duro con ella cuando llegues, ¿vale? Está bastante estresada.

Hubo otra pausa al otro lado.

—¿Te ha contado por qué ha venido? —preguntó al cabo, bajando el tono.

—No exactamente —mentí, para no traicionar la confianza de Emma—. Pero creo que solo necesita a su hermano.

Lo oí exhalar lentamente.

—Estaré ahí en veinte minutos —dijo finalmente—. Gracias por..., ya sabes, cuidar de ella.

—No hay problema.

—Y Audra... —añadió antes de colgar—, lo de anoche...

—Olvídalo —lo interrumpí rápidamente—. No pasó nada, ¿vale?

Un breve silencio.

—Vale —dijo simplemente—. Nos vemos dentro de un rato.

Colgué y volví junto a Emma, que me miraba expectante.

—Viene de camino —la informé, sentándome de nuevo a su lado—. Estará aquí en unos veinte minutos.

—¿Está muy enfadado? —preguntó con voz pequeña.

—Para nada —le aseguré—. Solo estaba preocupado por ti. De hecho, creo que nunca lo había oído tan... humano.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa.

—Gracias —dijo mirándome a los ojos—. Por todo.

—No hay de qué —respondí con sinceridad—. ¿Quieres más chocolate mientras esperamos?

Ella asintió y, mientras preparaba otra taza, me di cuenta de algo: por primera vez desde que lo conocía, estaba deseando ver a Ryker. Quería comprobar si el hermano mayor protector era tan diferente del vecino insufrible como parecía.

Y, por algún extraño motivo, tenía la sensación de que estaba a punto de descubrir una faceta completamente nueva de don Musculín.