Contigo ni en el ascensor 9. Lo que Peluso opina de los desengaños amorosos
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9. Lo que Peluso opina de los desengaños amorosos

Lo que Peluso opina de los desengaños amorosos

Audra

Me desperté con la sensación de tener la cabeza dentro de una batidora.

Me dolía todo: los ojos, hinchados de tanto llorar; la cara, pegajosa por el maquillaje que ni me había molestado en quitarme; incluso me dolían los pómulos, como si hubiera estado tensando la mandíbula toda la noche.

Lo cual, quizá, era exactamente lo que había hecho.

Miré el reloj en la mesilla: las diez de la mañana. Había dormido casi ocho horas —si es que a dar vueltas en la cama se lo podía llamar dormir—, pero me sentía como si me hubiera pasado la noche corriendo una maratón con tacones.

Me arrastré literalmente hasta el baño, seguida por Peluso, que trotaba detrás de mí como si fuera mi sombra.

El muy traidor ni siquiera se había dignado consolarme anoche cuando llegué hecha un desastre.

Se había limitado a observarme desde el sofá, con esa mirada de «humana, ¿qué has hecho ahora?

» que tan bien se le daba, y luego había seguido lamiéndose la pata como si nada.

Y encima hoy parecía de buen humor, con su camiseta azul de pelo artificial que lo hacía parecer un peluche deforme.

—No estoy de humor para tus cosas, ¿sabes? —le dije mientras él, ignorándome por completo, saltaba sobre el lavabo y se sentaba a observarme.

Me miré al espejo y casi me asusto de mi propio reflejo. El rímel corrido me había dejado surcos negros en las mejillas, el pintalabios rojo estaba difuminado más allá de los límites de mis labios y tenía el pelo como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Estaba hecha un auténtico desastre.

Cogí una toallita desmaquillante del cajón y comencé a frotarme la cara sin ningún cuidado.

—Qué ridículo —murmuré, tirando la toallita a la papelera y cogiendo otra—. ¿A quién se le ocurre llorar así por una estupidez?

Peluso maulló, como si estuviera de acuerdo conmigo.

—No necesito tu opinión, gracias —le respondí fulminándolo con la mirada—. Ya me siento bastante patética sin tus aportaciones felinas.

Cuando por fin conseguí eliminar los restos de mi momento Titanic de la noche anterior, me recogí el pelo en un moño alto y desordenado.

No tenía fuerzas ni ganas de hacer nada más elaborado con mi aspecto.

Total, no pensaba salir de casa en todo el día, así que daba igual si parecía un espantapájaros con resaca.

Me dirigí a la cocina arrastrando los pies, con Peluso siguiéndome como un guardaespaldas pelón. Necesitaba cafeína, mucha cafeína, para poder funcionar mínimamente como un ser humano.

Abrí el armario y saqué la primera taza que encontré, una vieja y desportillada con un dibujo de un pincel que me habían regalado mis compañeros por mi cumpleaños. Puse la cafetera italiana al fuego y me apoyé en la encimera, suspirando profundamente mientras esperaba a que el café subiera.

El reloj de la cocina marcaba las diez y cinco. A estas horas, don Musculín ya no estaría en casa. Lo había oído salir temprano, alrededor de las ocho, con su habitual portazo que hacía vibrar las paredes.

Al menos me ahorraba la vergüenza de cruzármelo en el rellano.

Ya había sido bastante humillante que me viera anoche, hecha un ovillo lloroso en el suelo, con todo el contenido de mi bolso desparramado como si fuera el botín de un robo mal ejecutado.

Lo último que necesitaba era una de sus miradas burlonas o, peor aún, algún comentario mordaz sobre mi patético espectáculo.

Aunque, para ser justa, no se había burlado.

No había dicho nada hiriente. De hecho, lo que había dicho era casi.

.. ¿amable? «Ningún hombre en este planeta merece a una mujer a la que un vestido así le quede tan bien».

Las palabras se repetían en mi cabeza, con su voz grave y ese tono que no había sabido interpretar.

¿Era sinceridad? ¿Lástima? ¿O simplemente otra de sus frases enrevesadas con doble sentido que yo era demasiado tonta para captar?

La cafetera comenzó a borbotear, sacándome de mis pensamientos. Vertí el café en la taza, añadí una generosa cantidad de leche y dos cucharadas colmadas de azúcar.

Me senté en el sofá con mi taza humeante, dejando que el calor me calentara las manos.

Peluso, como si supiera exactamente cuándo lo necesitaba, se subió a mi regazo y comenzó a instalarse, pisoteándome las piernas con sus patitas como si estuviera amasando pan.

En cuanto encontró la posición perfecta, empezó a ronronear.

—Vaya, ahora sí que te acuerdas de mí, ¿eh? —le dije, rascándole detrás de las orejas—. Anoche bien que pasaste de mi crisis existencial.

El sonido estridente del móvil me sobresaltó. Lo busqué entre los cojines del sofá sin encontrarlo. Después de revolver toda la sala, recordé que seguía en el bolso que había dejado tirado en la entrada.

—Mierda —murmuré, apartando a Peluso para poder levantarme. Él protestó con un maullido indignado.

Corrí hacia allí y agarré el teléfono justo cuando estaba a punto de dejar de sonar. La cara sonriente de Elaila iluminaba la pantalla.

—¿Sí? —contesté, sin aliento por la minicarrera.

—¡Buenos días, rayito de sol! ¿Cómo está mi amiga favorita después de su gran cita?

Regresé al sofá arrastrando los pies y me dejé caer pesadamente. Peluso, aún ofendido, se tomó su tiempo para volver a mi regazo.

—Fatal —respondí sin rodeos—. Fue un desastre.

—¿Qué? —El tono de Elaila cambió al instante—. Pero si parecía majo... ¿Qué pasó? ¿Te hizo algo? Porque, si es así, te juro que...

—No, no. No fue eso. Fue... No sé cómo explicarlo. Me sentía rara, como si fuera un experimento o algo así.

—¿Un experimento? —preguntó confundida—. ¿Qué quieres decir?

Suspiré profundamente, tratando de ordenar mis pensamientos.

—No lo sé. Hacía todos los gestos correctos, decía las palabras correctas, pero había algo... algo que no terminaba de encajar. Como si estuviera siguiendo un manual de cómo comportarse en una cita o algo parecido.

—Bueno, a lo mejor estaba nervioso —sugirió Elaila—. O quizá tú estabas tensa y lo interpretaste mal.

—Puede ser —admití, aunque no estaba convencida—. Pero hubo momentos en los que me miraba como evaluándome, ¿sabes? Y cuando le conté lo de mi padre y que no me hablo con mi madre, cambió de tema como si le hubiera contado que colecciono insectos disecados.

—A lo mejor se sentía incómodo por no saber qué decir. —Elaila siempre intentaba ver el lado positivo—. Quizá la próxima vez deberíais quedar en un sitio donde te sientas más cómoda. ¿En tu apartamento, tal vez?

—No lo sé. —Di un sorbo a mi café—. No estoy segura de querer que haya una próxima vez.

—No dejes que una mala experiencia te desanime —insistió—. A lo mejor fue el lugar o el momento. Tú misma has dicho que es majo.

—Sí, es majo —reconocí, acariciando a Peluso distraídamente—. Pero no sé si tiene mini red flags o es cosa mía. Esos pequeños comentarios, la forma en la que a veces no me escuchaba del todo...

—Audra, todos los tíos tienen red flags —dijo Elaila con una carcajada—. Es como si vinieran de fábrica con ellos. La cuestión es encontrar uno cuyas red flags puedas tolerar.

No pude evitar reírme también. Era tan típico de Elaila soltarte una verdad universal envuelta en una broma.

—¿Ender también? —pregunté con malicia—. ¿Tiene red flags el amigo del Musculín?

—Hemos estado hablando bastante por mensaje, pero aún no he descubierto ninguna grave —respondió, y pude imaginarla sonriendo al otro lado—. Aunque a veces usa demasiados emojis para mi gusto. ¿Eso cuenta como red flag ?

—Depende de cuáles use. Si son muchas berenjenas, yo me preocuparía —dije encogiéndome de hombros.

—¡Audra! —exclamó entre risas—. En fin, este fin de semana lo conoceré mejor. Te contaré si descubro algo más alarmante que emojis sospechosos.

Ambas nos reímos, y por un momento me olvidé de mi desastrosa noche.

De repente, un golpeteo insistente en la puerta de al lado interrumpió nuestra conversación. Me levanté del sofá, aún con el teléfono pegado a la oreja.

—Espera un segundo —le dije a Elaila—. Hay alguien llamando a la puerta de Ryker.

Me acerqué con sigilo a la entrada y pegué un ojo a la mirilla, intentando ver quién era. Para mi sorpresa, vi a una chica joven, claramente adolescente, con una mochila a la espalda. Llamaba con insistencia mientras pronunciaba el nombre de Ryker de forma impaciente.

—¿Qué pasa? —preguntó Elaila, curiosa.

—Hay una adolescente llamando a la puerta de don Musculín —respondí en voz baja, como si la chica pudiera oírme—. Y parece bastante ansiosa por verlo.

—¿Una adolescente? —repitió mi amiga, sorprendida—. Bueno, no puede ser una cita, ¿no? Quiero decir, hasta él debe de tener límites.

—Yo ya me espero cualquier cosa de ese —murmuré, observando cómo la chica seguía intentando que le abrieran—. Aunque parezca jovencita para él, que siempre trae modelos de pasarela.

—A lo mejor es su hermana —sugirió Elaila—. ¿Alguna vez ha mencionado que tenga familia?

—La verdad es que no hablamos de nuestras vidas personales —respondí—. Por lo general, nos limitamos a insultarnos mutuamente.

La chica parecía cada vez más frustrada. Sacó un móvil del bolsillo y comenzó a teclear a toda prisa, probablemente enviando un mensaje o haciendo una llamada.

—Mira, te llamo luego —le dije a Elaila—. Quiero ver en qué acaba esto.

—Vale, pero cuéntamelo todo después —repuso ella—. Y piensa en lo que te he dicho sobre Dain. No tires la toalla tan rápido.

—Lo pensaré. Hablamos luego.

Colgué y me quedé junto a la puerta, observando por la mirilla como una auténtica cotilla. Pero, oye, si las paredes eran de papel, la mirilla era prácticamente una ventana al mundo exterior, ¿no?

Abrí sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo. La chica dio un respingo, claramente sobresaltada por mi repentina aparición.

—Hola —dije tratando de sonar amigable y no como la loca cotilla que en realidad era—. ¿Buscas a Ryker? Está trabajando ahora mismo.