Contigo ni en el ascensor 8. Tarta para el mal de amores y arquitecturas sospechosas #2
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8. Tarta para el mal de amores y arquitecturas sospechosas #2

No sabía qué hacer. ¿Debía darle un beso en la mejilla? ¿Un apretón de manos? ¿Simplemente decir adiós? Había pasado tanto tiempo desde mi última primera cita que había perdido la práctica.

—Lo he pasado muy bien —dijo Dain, acercándose ligeramente—. Me encantaría seguir conociéndote.

Y entonces, sin previo aviso, se inclinó hacia mí.

Sus labios encontraron los míos en un beso que me pilló desprevenida por completo.

Me quedé paralizada, con los ojos abiertos de par en par y las manos agarrotadas sobre mi regazo.

Mi cuerpo entero se tensó como si me hubieran conectado a la corriente.

«Vamos, Audra, es solo un beso, no una inyección letal —me dije—.

Reacciona como una persona normal, no como un pez congelado en la pescadería».

Pero mi cuerpo no respondía. Era como si hubiera olvidado el manual básico de interacción humana.

¿Desde cuándo un simple beso me convertía en una estatua de sal?

Por el amor de Dios, no estaba intentando hacerme un implante dental sin anestesia.

Dain debió de notar mi rigidez, porque se apartó tras unos segundos, examinando mi expresión con ojos interrogantes.

—Lo siento —murmuré, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello hasta las mejillas—. No me lo esperaba.

Una sonrisa comprensiva se dibujó en su rostro.

—No pasa nada, de verdad. Eres adorable cuando te pones nerviosa.

«Adorable». La palabra resonó en mi cabeza como un eco molesto.

No me sentía adorable. Me sentía torpe, incómoda, fuera de lugar.

Como una adolescente en su primera cita, no como una mujer de veintitrés años que supuestamente debería saber manejar esas situaciones. Y, desde luego, no quería ser adorable.

—Tengo que subir —dije, buscando las palabras—. Gracias por la cita, lo he pasado bien.

—Claro —asintió él—. Te escribo mañana, ¿vale?

Asentí y salí del coche rápidamente, como quien escapa de algo. En cuanto cerré la puerta, la lluvia me golpeó con fuerza. En los pocos minutos que habíamos estado dentro del coche, se había transformado de una llovizna moderada a un auténtico aguacero.

No me moví. Me quedé allí de pie, en la acera, mientras el agua me empapaba por completo.

El vestido rojo se me adhería al cuerpo, el pelo se me pegaba a la cara y el maquillaje probablemente se me estaba corriendo, pero no me importaba.

Era como si necesitara que algo exterior reflejara el caos que sentía por dentro.

No lo entendía. Dain era atractivo, educado, tenía un trabajo respetable.

Me había invitado a un sitio bonito, me había prestado su chaqueta para la lluvia, me había besado.

Todo normal, todo correcto. Entonces, ¿por qué tenía ese nudo en la garganta?

¿Por qué sentía esa presión en el pecho, como si no pudiera respirar del todo?

Tal vez el problema era yo. Tal vez estaba demasiado rota, demasiado a la defensiva, buscando problemas donde no los había.

Aquellos pequeños momentos de incomodidad durante la cita —sus comentarios sobre la tarta, su forma de mirar hacia otro lado cuando yo hablaba de pintura, su reacción ante la mención de mi familia— quizá eran solo producto de mi imaginación, de mis inseguridades.

O quizá eran señales, esas pequeñas alarmas que había ignorado con Elio y que prometí no volver a pasar por alto.

Las gotas de lluvia se mezclaban con algo más cálido que descendía por mis mejillas.

¿Estaba llorando? Ni siquiera me había dado cuenta.

Era ridículo. Estaba llorando en mitad de la calle, bajo la lluvia, después de una cita perfectamente normal que cualquier otra chica habría considerado satisfactoria.

Mi corazón latía desbocado, como si acabara de correr una maratón, cuando en realidad no me había movido del sitio. Sentía el pulso en las sienes, en la garganta, hasta en las puntas de los dedos. Era una sensación extraña, como si mi cuerpo intentara decirme algo que mi mente se negaba a escuchar.

El coche de Dain seguía allí; podía ver su silueta difuminada a través del cristal empañado y la cortina de agua. Seguramente estaba esperando a que entrara en el edificio, un gesto caballeroso más en su lista de comportamientos perfectamente correctos.

Con un esfuerzo que pareció sobrehumano, me obligué a moverme. Un pie delante del otro, mecánicamente, como un autómata. Crucé el pequeño jardín que separaba la acera de la entrada del edificio y empujé la pesada puerta.

El contraste entre el aguacero exterior y el silencio del vestíbulo era desconcertante.

Mis tacones encharcados chirriaban contra el suelo de baldosas, dejando un rastro de agua a mi paso.

Me los quité, cansada de sentirme inestable, y los sostuve en la mano mientras caminaba descalza hacia el ascensor.

Pulsé el botón y esperé, goteando sobre el suelo, creando un pequeño charco a mis pies. Estaba más allá de la vergüenza, más allá de preocuparme por lo que pudiera pensar cualquiera que me viera así.

Nada. El ascensor no daba señales de vida. Pulsé el botón otra vez, con más fuerza, como si eso pudiera marcar alguna diferencia. Después de unos segundos, la realidad se impuso: el condenado aparato estaba estropeado. De nuevo.

Y fue esa pequeña contrariedad, ese insignificante contratiempo, lo que rompió la presa.

Un sollozo escapó de mi garganta, seguido de otro, y otro más.

Antes de darme cuenta, estaba llorando sin control, con esos lloros profundos que sacuden todo el cuerpo, el tipo de llanto que no puedes reprimir, aunque quieras.

No era por el ascensor. No era por la cita.

No era ni siquiera por Dain o por el beso.

Era por todo y por nada a la vez. Era por Elio y por el daño que me había hecho.

Era por mi madre y por nuestra relación rota.

Era por mi padre, al que seguía echando de menos cada día.

Era por todos los muros que había construido para protegerme y que ahora me asfixiaban.

Era por todas las veces que había dicho «estoy bien» cuando no lo estaba.

Me dejé caer en el primer escalón, sin importarme que estuviera mojado por las gotas que caían de mi ropa. Me abracé las rodillas, pegándolas al pecho, y dejé que las lágrimas fluyeran, liberando algo que ni siquiera sabía que tenía retenido.

Al cabo, me levanté del escalón con esfuerzo, como si cada uno de mis músculos pesara el doble.

Los tacones colgaban de mis dedos, balanceándose ligeramente mientras empezaba a subir las escaleras.

Ocho pisos. Ciento veintiocho escalones.

Cualquier otro día, habría maldecido en voz alta, habría resoplado dramáticamente, quizá incluso habría llamado al técnico, aunque fueran las nueve de la noche.

Pero hoy no tenía fuerzas ni para quejarme.

Subí los primeros tramos casi en trance, uno tras otro. Mi vestido empapado se adhería a mis piernas, dificultando cada paso. El maquillaje corrido me picaba en los ojos. Me los limpié con el dorso de la mano, manchándome de rímel, pero no me importó.

A mitad de camino, tuve que detenerme. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en cada parte de mí. ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿De qué tenía miedo? La cita había ido bien. Dain había sido amable. Todo estaba perfectamente bien.

Y, sin embargo, ahí estaba, aterrorizada por un simple beso, por una interacción social normal que la mayoría de la gente disfrutaba todos los días. Patético.

Seguí subiendo, lentamente, arrastrando los pies por cada escalón. Para cuando llegué al sexto piso, las piernas me temblaban, pero no por el esfuerzo físico. Era como si todo mi cuerpo estuviera reaccionando a una amenaza invisible, a un peligro que solo mi inconsciente podía detectar.

Cuando por fin alcancé el octavo, estaba exhausta. No era el cansancio típico que sientes después de hacer ejercicio, sino ese agotamiento profundo que te invade cuando has llorado hasta quedarte vacía.

Me detuve frente a mi puerta y busqué las llaves en mi bolso.

Escarbé entre pañuelos, el pintalabios, el monedero, un lápiz suelto... ¿Dónde demonios estaban? El pánico empezó a crecer en mi pecho. ¿Las había perdido? ¿Me había dejado las llaves dentro? Mi cabeza iba a mil por hora, imaginando escenarios absurdos, cada uno peor que el anterior.

Finalmente, mis dedos tocaron el familiar llavero con forma de paleta de pintura. El alivio duró poco: al intentar sacarlo, se me enganchó con el asa del bolso y, en un movimiento torpe, este se me cayó de las manos y todo su contenido quedó desparramado por el suelo del rellano.

Me quedé mirando el desastre, paralizada. Y entonces, como si fuera la gota que colmara un vaso ya desbordado, me dejé caer de rodillas junto a mis cosas y rompí a llorar de nuevo.

No estaba preparada para eso. No estaba preparada para citas, para conocer gente nueva, para volver a exponerme emocionalmente. Quizá nunca lo estaría. Quizá estuviera destinada a vivir sola, con Peluso como única compañía, una vieja solitaria a los veintitrés.

Un sollozo especialmente fuerte sacudió mi cuerpo. Me sentía ridícula, patética, fuera de control. El aire no me llegaba a los pulmones; cada respiración era superficial, insuficiente, como si algo pesado me oprimiera el pecho.

Y entonces lo oí: pasos subiendo por las escaleras. Lentos, firmes, indudablemente masculinos. «Por favor, que no sea él. Cualquiera menos él». No podía soportar que me viera así, desmoronada en el suelo como una idiota. No podía darle esa satisfacción.

Pero, por supuesto, el universo tenía otros planes. Ryker apareció en el rellano, con su bolsa de deporte al hombro y el pelo aún húmedo tras la ducha en el gimnasio. Se detuvo en seco al verme y, por un segundo, su expresión habitualmente burlona dio paso a algo que parecía verdadera preocupación.

—No digas nada —me adelanté con la voz rota pero firme—. Por favor, no estoy para bromas ahora mismo. Cállate.

Ryker me miró con fijeza durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, sorprendentemente, asintió sin decir palabra. Se acercó a su puerta y sacó sus llaves del bolsillo de la sudadera.

De repente, se agachó junto a mí. Mi cuerpo se tensó de forma automática, esperando algún comentario mordaz, alguna burla sobre mi aspecto o mi comportamiento.

—Audra —dijo simplemente mi nombre, con una suavidad que nunca le había oído.

—Por favor, déjame en paz —susurré sin atreverme a mirarlo.

Por toda respuesta, extendió la mano hacia mí. En ella estaban mis llaves, que había recogido del suelo mientras yo seguía absorta en mi miseria.

Las tomé sin decir nada, nuestros dedos rozándose apenas durante una fracción de segundo. Él se apartó, se dirigió a su puerta y metió la llave en la cerradura.

Pero, antes de entrar, se detuvo. Sin girarse del todo, dijo con voz baja pero clara:

—Ningún hombre en este planeta merece a una mujer a la que un vestido así le quede tan bien.

Y, sin más, entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí, dejándome allí, en el suelo, con las llaves en la mano y una expresión de absoluta perplejidad en el rostro.

Un nuevo sollozo sacudió mi cuerpo, pero esta vez era distinto. No sabía cómo interpretarlo, no sabía qué pensar. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, manchándome aún más la cara con el maquillaje corrido.

—Vamos, Audra, ya está —me dije a mí misma, intentando recuperar la compostura—. Todo ha pasado. Estás bien.

Pero ni yo misma me lo creía.