Contigo ni en el ascensor 8. Tarta para el mal de amores y arquitecturas sospechosas
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8. Tarta para el mal de amores y arquitecturas sospechosas

Tarta para el mal de amores y arquitecturas sospechosas

Audra

Cuando llegué, él había salido del vehículo y me esperaba junto a la puerta del acompañante.

—Estás preciosa —dijo dándome dos besos que me pillaron ligeramente desprevenida—. El rojo te sienta de maravilla.

—Gracias —respondí al tiempo que notaba un calor repentino en las mejillas—. Tú también estás muy bien.

Y no mentía. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa azul que le quedaba perfectamente, ni demasiado formal ni demasiado casual. Tenía un estilo cuidado, pero que no parecía forzado, lo cual ya era un punto a su favor.

Me abrió la puerta del coche con un gesto que me pareció anticuado pero simpático.

—¿Qué tal el día? —preguntó mientras rodeaba el vehículo para ocupar su asiento.

—Bien, tranquilo —respondí, obviando el encuentro con mi irritante vecino—. ¿Y el tuyo?

—Intenso —admitió arrancando el motor—. Estamos con un proyecto importante en el estudio y los plazos son ajustados. Mi jefe siempre me asigna los casos más complicados.

Había algo en su tono que no supe identificar. ¿Orgullo? ¿Resentimiento? Quizá solo era yo siendo hipersensible.

—Suena interesante —dije evitando analizarlo demasiado.

Mientras conducía, Dain me fue hablando del proyecto en el que trabajaba: un edificio de viviendas sostenibles cerca del centro.

Me explicó conceptos de arquitectura que nunca había oído, con tanto detalle técnico que me costaba seguirlo.

De vez en cuando me miraba, como comprobando si seguía prestando atención.

El trayecto fue corto. En menos de quince minutos estábamos aparcando cerca del río, junto a una zona peatonal llena de locales con terrazas.

—Es aquí —dijo señalando una cafetería de aspecto acogedor con un toldo blanco y verde—. Tienen los mejores pasteles de la ciudad, te lo garantizo.

Entramos en el local y un aroma delicioso a café recién hecho y dulces horneados nos envolvió.

El interior era cálido, con paredes de ladrillo, mesas de madera oscura y sofás de cuero en algunos rincones.

Una camarera nos señaló una mesa junto a la ventana, desde donde se veía el río y las personas paseando por la orilla.

—Qué sitio tan bonito —comenté mirando alrededor.

—Lo descubrí hace un par de años —respondió Dain—. Vengo cada vez que necesito pensar en algún proyecto complicado. De hecho, este edificio tiene una interesante estructura que pocos aprecian.

La camarera se nos acercó para tomarnos nota.

—¿Qué vais a tomar?

—Yo un capuchino —respondió Dain, y luego me miró—. ¿Tú?

—Un café con leche, por favor —dije.

—¿Queréis ver la carta de tartas? —preguntó la camarera—. Acabamos de sacar del horno una de zanahoria que está espectacular.

—Yo me apunto a la de zanahoria —dijo Dain sin dudar—. La última vez que la probé estaba deliciosa.

Examiné la carta que nos había dejado la chica. Había al menos quince tipos diferentes de tartas, todas con descripciones que hacían la boca agua.

—Creo que probaré la de chocolate con frambuesa —decidí al fin.

—Es bastante dulce —comentó Dain con una mirada analítica—. No deberías comértela toda..., aunque imagino que no te importa.

No estaba segura de si había algo detrás de ese comentario o si tan solo era una observación. Volví a pensar que quizá estaba siendo demasiado susceptible.

—Excelente elección —dijo la camarera mientras recogía las cartas—. Ahora mismo os lo traigo todo.

Un silencio se instaló de pronto entre nosotros. Era ese momento incómodo de las primeras citas, cuando ya has agotado las presentaciones iniciales, pero todavía no tienes la suficiente confianza para saltar a temas más personales.

—Entonces..., ¿arquitecto? —pregunté buscando retomar la conversación—. ¿Siempre quisiste dedicarte a eso?

Dain sonrió, aparentemente agradecido por la pregunta.

—Desde que tenía ocho años —confesó—. Mi abuelo era carpintero y me enseñó a apreciar la belleza de crear espacios. Recuerdo que construíamos casitas de pájaros juntos, y yo siempre intentaba hacerlas más elaboradas que las suyas.

Había algo en la forma en la que comparaba su trabajo con el de su abuelo que me hizo dudar un instante, pero luego pensé que era normal querer superarse.

—¿Y tú? —preguntó a su vez—. ¿Te gusta trabajar en la tienda o tienes otros planes?

La camarera llegó con nuestros cafés y las tartas, interrumpiendo momentáneamente nuestra conversación. Mi porción de tarta era generosa, con una capa gruesa de ganache de chocolate y frambuesas frescas por encima.

—Está buenísima —dije tras el primer bocado—. Tenías razón sobre este sitio.

—Nunca bromeo acerca de los pasteles —respondió con una sonrisa.

Sonreí y volví a su pregunta.

—La tienda es solo un trabajo, la verdad —admití—. Me permite pagar las facturas mientras intento hacer algo con mi arte.

—¿Eres artista? —preguntó, y por un segundo creí notar un ligero cambio en su tono, pero fue tan sutil que no estaba segura de si lo había imaginado.

—Pinto principalmente —expliqué—. Retratos, paisajes... También hago algunos encargos de vez en cuando. Nada del otro mundo, pero me apasiona.

—Me encantaría ver alguna de tus obras —añadió con lo que parecía sinceridad—. Seguro que tienes talento.

Seguimos hablando mientras disfrutábamos de las tartas. Dain me habló de su familia: tenía un hermano mayor con el que competía constantemente, según sus propias palabras, y una hermana pequeña a la que adoraba.

—Es de la que te hablé en la tienda —aclaró, dando un sorbo a su café.

Sonrió con cierta picardía, y yo le devolví la sonrisa, aunque sentí un pequeño cosquilleo de incomodidad al recordar la mentira del regalo para su hermana. Pero bueno, ¿quién no había usado alguna vez una pequeña excusa para iniciar una conversación? No era para tanto.

—Mis padres están todo el día preguntándome cuándo voy a establecerme —continuó, haciendo comillas con los dedos—. Ya sabes: casa, hipoteca, hijos..., el paquete completo. Como si no tuviera suficiente presión con el trabajo.

Entendía esa sensación. La presión familiar podía ser asfixiante.

—¿Y tú? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí—. ¿Has pensado en sentar la cabeza alguna vez? ¿Tus padres también te presionan con eso?

La pregunta me pilló desprevenida. Era demasiado personal para una primera cita, pero quizá él era así de directo con todo el mundo.

—Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años —respondí, notando cómo mi voz se volvía un poco más pequeña, como siempre que hablaba de este tema—. Y no me hablo con mi madre.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Dain pareció no saber cómo reaccionar; su expresión oscilaba entre la sorpresa y la incomodidad.

—Bueno, no pasa nada —dijo al fin, con un gesto de impaciencia—. Todos tenemos historias tristes. Aunque deberías intentar reconciliarte con tu madre, las chicas necesitan esa figura, se nota cuando les falta.

Asentí, sin querer profundizar más. No era un tema para un primer encuentro, y claramente él no sabía cómo manejarlo. No podía culparlo por eso.

—Vaya, te has terminado toda la tarta —comentó mirando mi plato vacío con una ceja levantada—. La mayoría de las chicas suelen dejarse la mitad, ya sabes, por cuidar la línea... Pero tú eres diferente, ¿eh?

Lo dijo con una sonrisa que parecía amable, pero había algo en sus palabras que me hizo sentir repentinamente cohibida, como si hubiera cometido algún tipo de error al disfrutar de mi postre. Era una tontería, seguramente solo estaba haciendo una observación inocente.

—Estaba deliciosa —me limité a responder—. Tenías razón sobre este sitio.

Dain terminó su café y sugirió dar un paseo por la orilla del río. Pagó la cuenta a pesar de que intenté contribuir, insistiendo en que él me había invitado.

Salimos de la cafetería y caminamos junto al río.

El cielo se había oscurecido y el aire olía a lluvia, pero era agradable.

Dain me contó algunas anécdotas sobre proyectos en los que había trabajado y yo le hablé un poco sobre mis pinturas recientes, pero su mirada vagaba constantemente hacia el horizonte, solo regresando a mí con una sonrisa automática cuando hacía pausas.

Era esa sensación familiar de estar hablando con alguien que simplemente espera su turno para intervenir, sin ningún interés real en lo que uno dice.

Mi voz fue apagándose gradualmente, como solía hacer con la gente cuando notaba que mis pasiones solo les aburrían.

Las primeras gotas comenzaron a caer cuando llevábamos unos veinte minutos paseando. Al principio solo chispeaba, pero pronto la lluvia se intensificó.

—Creo que deberíamos volver —sugirió Dain, mirando al cielo con preocupación—. No quiero que te mojes y cojas frío.

Corrimos hacia el coche, la lluvia arreciando a cada segundo. Para cuando llegamos, ya estábamos bastante mojados, él más que yo, porque me había dejado su chaqueta para cubrirme la cabeza en un gesto que me pareció dulce.

—Te llevaré a casa —dijo una vez dentro del coche, pasándose la mano por el pelo húmedo—. Mañana madrugo, y supongo que tú también tendrás cosas que hacer.

—Sí, tengo turno de mañana —mentí, sin saber muy bien por qué. En realidad, tenía el día libre.

El trayecto de vuelta fue silencioso, pero no de una manera incómoda.

O eso me pareció. La lluvia golpeaba contra el parabrisas, creando una especie de barrera sonora entre nosotros.

Observé su perfil mientras conducía, sus manos firmes en el volante, y me pregunté qué estaba pensando.

La cita había ido bien, ¿no? No había sido perfecta, pero ninguna primera cita lo es.

Había algunos momentos que me habían hecho dudar, pero seguramente era yo siendo demasiado suspicaz, demasiado a la defensiva.

Llegamos a mi edificio y Dain aparcó justo enfrente. La lluvia caía ahora con fuerza, formando cortinas de agua que desdibujaban las luces de la calle.

—Bueno, ya estamos —dijo girándose hacia mí.

—Sí —respondí súbitamente nerviosa—. Gracias por todo, lo he pasado muy bien.