Contigo ni en el ascensor 7. Un vestido para torturar y un gato con complejo de vaca
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7. Un vestido para torturar y un gato con complejo de vaca

Un vestido para torturar y un gato con complejo de vaca

Audra

Estaba oficialmente en crisis. Y no una crisis cualquiera, sino una de armario con todas las de la ley. El tipo de crisis que solo ocurre cuando tengo que salir de mi zona de confort.

—¿Qué opinas, Peluso? —pregunté sosteniendo un vestido azul que no recordaba haber comprado—. ¿Demasiado formal?

Mi gato me miró con su habitual expresión de «humana, por favor» mientras se lamía una pata. Llevaba puesto su mono de vaca, blanco con manchas negras, que le daba un aire de animal de granja extremadamente digno, un regalo de Elaila por su cumplemés, por supuesto.

—Ya sé que prefieres los petos, pero es una cita —le expliqué mientras seguía rebuscando en mi armario—. Las citas requieren un esfuerzo extra en el vestuario, aunque sea absurdo y poco práctico.

Tiré el vestido azul sobre la cama y seguí excavando en mi armario como una arqueóloga en busca de un tesoro perdido. Detrás de tres jerséis que no recordaba tener y una camiseta de un concierto al que nunca llegué a ir, lo encontré. El vestido .

—Oh, mierda —murmuré sacándolo con dos dedos como si fuera material radiactivo—. Había olvidado que lo tenía.

Era un vestido rojo intenso, ajustado, con tirantes finos y un escote que me hacía sentir incómoda, ya que no solía mostrar tanto. La falda caía justo por encima de la rodilla, con un pequeño volante que le daba cierto aire coqueto.

Lo había comprado hacía más de un año, cuando todavía salía con Elio.

Él me había convencido de que necesitaba «vestirme como una mujer de vez en cuando», palabras textuales que ahora me hacían rechinar los dientes.

Lo usé exactamente una vez, para su cena de empresa, y después lo relegué al fondo del armario junto con otros malos recuerdos.

Peluso maulló, como preguntándome por qué miraba esa prenda con tanto odio.

—Lo compré para impresionar a Elio —le expliqué, sintiéndome un poco estúpida por justificarme ante mi gato.

Suspiré y extendí el vestido sobre la cama para observarlo con más detenimiento. En realidad, no era el vestido lo que me molestaba. Era bonito y me quedaba bien. El escote era perfecto para mi figura; no tenía ningún problema con mis pechos, de hecho, eran bonitos.

Lo que me echaba para atrás era todo lo que ese vestido representaba.

Antes de Elio, yo era diferente. Me encantaba ponerme escotes, minipantalones y ropa que me hacía sentir bien.

Era más salvaje, más yo misma. Pero algo cambió cuando empecé a salir con él.

Ni siquiera sé cuándo ocurrió; fue tan gradual que apenas lo noté, hasta que un día mi armario se había transformado por completo.

De la ropa colorida y llena de vida pasé a usar solo negro, blanco y colores sin personalidad.

Todo por no llamar la atención. Todo porque él me había metido en la cabeza que la gente me juzgaba, que mi forma de vestir era «demasiado».

Cuando en realidad era él quien me juzgaba constantemente.

«Ese escote es excesivo», «ese color es demasiado llamativo», «pareces una cría con esa camiseta».

Tantos comentarios aparentemente inofensivos que fueron erosionando mi confianza.

Hace meses que dejé de ir a terapia, pero aquellas conversaciones seguían resonando en mi cabeza.

Mi terapeuta tenía razón: a la gente le importa un pimiento cómo vistas.

Nadie va por la calle pendiente de si tu escote es apropiado o si tus pantalones son demasiado cortos.

Solo a Elio le importaba, y había conseguido que yo creyera que todo el mundo pensaba como él.

Abrí el armario de par en par y observé el rincón al que había relegado toda mi ropa colorida.

Estaba ahí, escondida, como una parte de mí que había decidido guardar bajo llave.

Toqué una blusa verde esmeralda que en su día fue de mis favoritas.

Ni siquiera recordaba la última vez que me la había puesto.

Volví a mirar el vestido rojo. Quizá fuera hora de recuperar algo de la antigua Audra. No por esa cita, sino por mí misma. Porque estaba cansada de vivir a la sombra de alguien que ya ni siquiera formaba parte de mi vida.

Quizá fuera hora de derribar un muro.

Me quité la camiseta de estar por casa y me deslicé dentro del vestido, sintiendo cómo la tela se ajustaba a mi cuerpo.

Me miré al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, no busqué defectos de inmediato.

No me centré en si la tela marcaba demasiado mi barriga, o en si mis brazos parecían más anchos, o si el escote era «excesivo».

Solo vi a una chica normal, con un vestido bonito, preparándose para salir.

Era liberador, ese pequeño momento de tregua conmigo misma. Durante mucho tiempo me había torturado frente al espejo buscando ángulos imposibles para confirmar mis inseguridades, había dedicado horas a esconder partes de mí que él consideraba «demasiado».

Giré ligeramente, observando cómo la tela roja caía sobre mis caderas. El vestido no era el problema, nunca lo había sido. El problema fue permitir que alguien me convenciera de que mi cuerpo debía ocultarse, de que mi forma de vestir definía mi valor.

—Te ves bien —me dije en voz alta, sorprendiéndome a mí misma con esa pequeña afirmación que sonaba casi revolucionaria después de tanto tiempo de autocrítica—. Te ves como tú. Y eso es suficiente.

Peluso se acercó y se restregó contra mis piernas, como si quisiera darme la razón. Sus ojos amarillos me miraron sin juzgar, sin criticar. Él me quería tal como era, con vestido o con petos, con maquillaje o sin él. Quizá debería aprender de mi gato.

Pasé las manos por la tela del vestido, reconectando con esa parte de mí que había mantenido escondida. No solo era el vestido lo que estaba recuperando esa noche, sino un pedacito de la Audra que solía ser. La que no pedía permiso para brillar, la que no se disculpaba por ocupar espacio.

Me dirigí al baño con Peluso siguiéndome fielmente. Me senté frente al espejo y empecé a maquillarme. Base ligera, colorete, sombra de ojos... y, al fin, saqué mi pintalabios rojo del fondo del cajón.

Lo apliqué con decisión, observando cómo mis labios adquirían ese tono vibrante que tanto me gustaba antes. Combinaba perfectamente con el vestido y con mi pelo. Me veía bien. Me sentía bien.

Me calcé unos tacones a juego y recogí mi bolso blanco, el único que tenía que no era negro o gris. Justo cuando estaba dando los últimos retoques a mi pelo, el móvil vibró con un mensaje. Era de Dain.

Estoy abajo con el coche.

Le eché un último vistazo a Peluso, que se había subido a la cama y me observaba.

—No me esperes despierto —bromeé, dirigiéndome a la puerta—. Y nada de fiestas mientras no estoy.

Salí del apartamento sin mirar atrás, pero con la sensación de que, de alguna manera, estaba dando un pequeño paso hacia delante.

Justo cuando cerré la puerta y me giré hacia el ascensor, oí otra puerta que se abría. Perfecto. Ryker salía de su apartamento con una bolsa de deporte colgando del hombro, probablemente de camino al gimnasio para seguir cultivando esos músculos que tanto le gustaba exhibir.

Se detuvo en seco al verme, y su mirada recorrió mi figura de arriba abajo durante una fracción de segundo antes de recuperar su habitual expresión de indiferencia. No dijo nada, solo se colocó a mi lado frente al ascensor, manteniendo una distancia prudencial como si temiera contagiarse de algo.

Pulsé el botón y esperamos en un silencio incómodo. Sentía su presencia a mi lado, ese olor a perfume caro mezclado con el aroma de mi champú, que seguía usando. El muy capullo.

El ascensor llegó por fin con su característico tintineo y las puertas se abrieron. Ryker extendió el brazo, haciendo un gesto para que entrara yo antes.

—Las damas primero.

Entré sin mirarlo y me coloqué en la esquina más alejada. Él pulsó el botón de la planta baja y se apoyó contra la pared opuesta, dejando caer la bolsa de deporte a sus pies.

El ascensor comenzó a descender en un silencio que solo era interrumpido por el zumbido mecánico del aparato. Noté que me miraba de reojo, pero no pensaba darle la satisfacción de parecer incómoda.

—Esos labios hacen que tus ojos brillen más —soltó de repente.

Me giré sorprendida; no esperaba un cumplido de su parte. En su rostro había la habitual expresión burlona, como si estuviera disfrutando de mi reacción.

—Gracias —respondí secamente, mirando de nuevo hacia la puerta metálica.

Otro silencio. El ascensor pasó por el quinto piso.

—¿El arquitecto? —preguntó, claramente refiriéndose a mi cita.

—Sí —contesté sin añadir más información.

—¿Sabe que tienes una rata calva en casa? —inquirió con una media sonrisa.

—Aún no —respondí—. Pero lo sabrá.

Ryker enarcó una ceja.

—¿Y si no le gustan los gatos? ¿O es alérgico?

Me crucé de brazos, mirándolo directamente.

—Peluso es mi hijo —dije con firmeza—. Y siempre irá antes que cualquier hombre, te lo aseguro.

Ryker soltó una carcajada que resonó en el pequeño espacio del ascensor.

—No esperaba menos de ti, princesita —comentó, y me di cuenta de que no dejaba de mirarme.

—¿Se te ha perdido algo?

—Solo me preguntaba si es este vestido el que te hace parecer casi humana o si es la ilusión de tener una cita —respondió con ese tono irritante que tanto odiaba.

—Al menos, yo tengo citas reales —contraataqué—. No como tú, que haces que tus conquistas tengan que fingir orgasmos para no dañar tu ego.

—Sus orgasmos son tan reales como tu color de pelo —replicó, sonriendo con malicia.

—Y tus músculos tan naturales como tu personalidad encantadora —contesté con una sonrisa igual de falsa.

El ascensor se detuvo en el tercer piso para recoger a una anciana que vivía allí. Ambos guardamos silencio mientras la mujer entraba lentamente, apoyándose en su bastón.

—Buenas tardes, jóvenes —saludó la señora, colocándose entre nosotros—. ¿Saliendo juntos? ¡Qué pareja tan guapa hacéis!

Me quedé petrificada ante el comentario. ¿Ryker y yo? ¿Pareja? Antes me tiraba por las escaleras.

—No, no estamos juntos —me apresuré a aclarar.

La anciana miró a Ryker y luego a mí con una sonrisa de complicidad.

—Oh, entiendo, entiendo —dijo guiñándome un ojo—. Es un secreto.

—No es ningún secreto —intervino Ryker—. Ella va a una cita con otro y yo, al gimnasio.

La señora se giró hacia él con expresión de sorpresa.

—¿La dejas escapar? —preguntó señalándome—. Esta jovencita es encantadora, y hoy está guapísima. No encontrarás otra igual, te lo digo yo, que tengo experiencia.

Ryker abrió la boca para protestar, pero la anciana se giró hacia mí.

—Y tú, querida, ¿estás segura de lo que haces? —me preguntó con seriedad—. Este chico es muy apuesto, y vive en tu misma planta. La comodidad es importante a nuestra edad.

—Señora —dije notando cómo el calor me subía a las mejillas—, Ryker y yo no... no somos compatibles.

—¡Tonterías! —exclamó ella, dando un golpecito en el suelo con su bastón—. Los polos opuestos se atraen. Mi difunto marido y yo discutíamos como el perro y el gato, y estuvimos cincuenta años casados.

El ascensor llegó finalmente a la planta baja y las puertas se abrieron. Nunca me había alegrado tanto de llegar a mi destino.

—Un placer verla —dije rápidamente al salir.

—No dejes que se te escape, muchacho —oí que le decía la anciana a Ryker mientras yo avanzaba por el vestíbulo.

Para mi sorpresa, él me alcanzó en pocos pasos.

—¿De verdad crees que es una buena idea? —preguntó de repente, deteniéndose junto a mí.

—¿El qué? —Me giré para mirarlo.

—Salir con alguien que no conoces —explicó, ajustándose la bolsa al hombro—. No sabes nada de él.

—¿Y desde cuándo te importa con quién salgo? —pregunté, genuinamente confundida por su interés.

—No me importa —se apresuró a decir—. De hecho, si te secuestrara, me vendría genial. Me quedaría con tu apartamento, tiraría esa pared y tendría un piso el doble de grande.

—Gracias por la preocupación —respondí poniendo los ojos en blanco—. Ya veo lo mucho que valoras mi bienestar.

—Siempre a tu servicio, vecina. —Hizo una reverencia burlona—. ¿Seguro que lo conoces? Porque, si es un psicópata, de verdad que tu apartamento me viene de lujo. Podría convertirlo en mi gimnasio.

—Lo conocí en la tienda, no en una aplicación de citas para asesinos en serie —repliqué dirigiéndome hacia la puerta principal.

—Bueno, nunca se sabe —dijo, siguiéndome—. Por cierto, ¿cómo vas a reconocer al arquitecto? ¿Llevará un plano enrollado bajo el brazo?

No pude evitar soltar un bufido de exasperación.

—Ha venido en coche —respondí señalando a través de la puerta de cristal. En la calle se veía un Toyota gris aparcado junto a la acera—. Y, para que te quedes tranquilo, lo conozco. No voy a montarme en el coche de un completo extraño.

—Qué decepción —dijo fingiendo consternación—. Ya me veía redecorando tu habitación para convertirla en mi sala de trofeos.

—¿Trofeos de qué? ¿De robar champús ajenos?

—No sé de qué me estás hablando —respondió con una sonrisa que lo delataba—. Yo compro mi propio champú en el supermercado.

—Ya, claro. Y por eso hueles exactamente igual que mis muestras. Qué casualidad.

—Bueno —dijo Ryker, mirando hacia el coche—, parece que tu príncipe arquitecto se impacienta. No lo hagas esperar, no vaya a ser que se le ocurra diseñar otro rascacielos mientras tanto.

—Y tú disfruta de tu cita con las mancuernas —respondí dirigiéndome hacia la puerta—. Seguro que son más interesantes que tú.

—Al menos ellas no me acusan de robar champús —contestó mientras se echaba la bolsa al hombro.

—Porque no tienen pelo que lavar, igual que tu dignidad —repliqué, recordando el incidente de la lavandería—. Por cierto, ¿qué tal te queda el rosa?

Ryker entrecerró los ojos, pero antes de que pudiera responder, ya estaba saliendo por la puerta.

No sé por qué, pero me giré un segundo antes de cerrar. Lo vi ahí de pie, observándome marchar con una expresión que no supe interpretar.

Con paso decidido, me dirigí hacia el coche donde me esperaba Dain, intentando ignorar la sensación de que unos ojos color avellana seguían clavados en mi espalda.