Contigo ni en el ascensor 6. El intruso y la bestia pelona #2
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6. El intruso y la bestia pelona #2

—O a lo mejor cierta vecina que lava los jerséis de su gato debería tener más cuidado con dónde deja su ropa interior —repliqué, inclinándome hacia ella.

—¿Me estás acusando de algo, don Musculín? —Se acercó también, desafiante.

—Solo constato hechos, princesita.

—Eh, eh, basta ya los dos —intervino Ender, colocándose entre nosotros con las manos en alto—. Parecéis críos.

Peluso eligió ese momento para levantarse, estirarse sobre mis piernas y luego saltar al suelo con la elegancia propia de un gato, por muy extraño que fuera su aspecto. Se dirigió hacia su dueña y se frotó contra sus piernas.

—Mira, hasta tu gato me ha abandonado —dije sintiéndome liberado y, al mismo tiempo, extrañamente vacío sin el peso del animal sobre mí.

—Porque Peluso tiene buen gusto —respondió ella, agachándose para acariciarlo—. No como otros.

—Es curioso —intervino Elaila, que se había sentado en el otro extremo del sofá—, nunca había visto a ese gato acercarse tanto a un hombre. Normalmente, no soporta a los tíos, solo a las mujeres.

—¿En serio? —preguntó Ender, sentándose en el sillón que había junto a la ventana—. ¿Y contigo a la primera? —Me miró con una sonrisa enigmática.

—Seguro que quería atacarme y se ha arrepentido en el último momento —dije, intentando restar importancia al asunto.

—O puede que le gustes —sugirió Elaila con una risita.

—Imposible —respondió Audra rotundamente—. Peluso tiene buen gusto.

—Igual que su dueña, por lo que veo —contesté con ironía, mirando alrededor del apartamento.

—¿Qué insinúas? —preguntó ella, cruzándose de brazos de nuevo.

—Nada, nada —me defendí, levantando las manos—. Solo que nuestros estilos son... diferentes.

—Tan diferentes como que el tuyo no existe... —soltó ella—. Tu apartamento parece un catálogo de IKEA sin personalizar.

—Al menos, mi «catálogo» está ordenado —repliqué, incómodo por el giro de la conversación—. Y, volviendo al tema del gato, seguramente tenía frío. Ya sabes, al no tener pelo y eso.

—Lleva un jersey —dijo Audra, poniendo los ojos en blanco—. Y la calefacción está puesta.

—¿Por qué tiene tantos jerséis, por cierto? —preguntó Ender, señalando un pequeño armario junto a la entrada del pasillo que estaba entreabierto y dejaba ver varias prendas diminutas colgadas con precisión.

Observé un cambio sutil en el rostro de mi vecina. Un atisbo de vulnerabilidad cruzó sus ojos verdes antes de volver a su expresión habitual.

—Le gusta vestir bien —dijo simplemente, pero intuí que había algo más detrás de esa respuesta.

Ender se aclaró la garganta y retomó la conversación con una naturalidad sospechosa.

—Bueno, a lo que iba antes. Creo que una cena casual, los cuatro, estaría bien —dijo lanzando una mirada fugaz a Elaila—. Ya sabéis, para romper el hielo entre vecinos.

—A mí me parece una idea estupenda —respondió ella de inmediato, enderezándose en su asiento—. Podríamos ir a ese restaurante italiano que han abierto en la avenida. He oído que sirven un tiramisú increíble.

Y entonces lo vi. La forma en la que mi mejor amigo miraba a Elaila, ese brillo especial en los ojos, la sonrisa tonta que intentaba disimular.

No podía creerlo. ¿Todo eso por una chica?

Repasé mentalmente la situación: Ender me arrastra a ver a mi vecina, se encuentra con su amiga guapa y, de repente, propone una cena a cuatro. Genial. Fantástico. Todo encajaba.

Eso no iba sobre relaciones diplomáticas entre apartamentos. Iba sobre Elaila. Ender había quedado prendado de ella en cuestión de minutos y ahora yo tenía que pagar los platos rotos.

Mis opciones eran claras: podía negarme rotundamente y quedar como el amigo egoísta que no estaba dispuesto a sacrificarse por la felicidad de Ender, o podía tragarme el orgullo y aguantar a mi insufrible vecina durante una cena.

Una cena. Unas pocas horas de mi vida a cambio de que mi amigo tuviera su oportunidad con Elaila.

Por otro lado, él siempre había estado ahí para mí. Cuando aquel capullo del instituto se metía conmigo por ser el nuevo, cuando Emma tuvo aquel accidente y me quedé con ella en el hospital toda la noche..., él nunca me había fallado. Incluso aguantaba mis peores momentos sin rechistar.

—Yo no pienso ir —declaró Audra cruzándose de brazos.

—Vamos, Audra —insistió Elaila, girándose hacia ella con ojos suplicantes—. Será divertido. Además, me lo debes después del plantón de la semana pasada.

—Eso fue distinto —protestó ella—. Estaba enferma.

—Tenías una uña rota —replicó Elaila revolviendo los ojos—. Y me dejaste sola con mi primo y su insoportable amigo.

Pude ver cómo Audra se mordía el labio, atrapada en su propia mentira. Eso me hizo sonreír. Al parecer, la princesita también tenía sus pequeños secretos.

—Vale. —Suspiré—. Por mí no hay problema. Puedo soportar una cena.

Todos se volvieron para mirarme con sorpresa, especialmente Audra, que parecía no dar crédito a mis palabras.

—¿En serio? —preguntó Ender con una sonrisa que amenazaba con partirle la cara en dos.

—Sí, en serio —confirmé encogiéndome de hombros—. Total, ya he sobrevivido a la experiencia de tener a su gato sin pelo encima; una cena no puede ser peor.

Audra me fulminó con la mirada.

—Pues yo sigo diciendo que no —declaró firmemente—. Tengo cosas mejores que hacer.

—¿Como qué? —preguntó Elaila—. ¿Ver series con Peluso mientras comes helado directamente del bote?

—Eso es un plan perfectamente válido —se defendió ella.

—Vamos, por favor —insistió Elaila, juntando las manos en gesto de súplica—. Será solo una cena. Una. Si resulta un desastre, te prometo que no volveré a pedirte nada en la vida.

—No es verdad —replicó Audra—. Siempre dices eso.

—Esta vez va en serio. —Elaila se llevó una mano al corazón, solemne—. Una cena. Luego puedes seguir odiando a tu vecino todo lo que quieras.

—No lo odio —murmuró Audra—. Solo me parece insoportable.

—Vaya, gracias —dije con ironía—. Yo también te tengo un cariño especial.

Elaila se acercó a ella y le susurró algo al oído que no pude oír. La expresión de Audra cambió, pasando de la irritación a la sorpresa, y finalmente a la resignación.

—Está bien —cedió al fin, alzando las manos en señal de rendición—. Una cena. Solo una.

—Trato hecho —respondió Ender, sonriendo como un niño en la mañana de Navidad—. ¿El viernes os va bien?

—Tengo turno de tarde —se apresuró a decir Audra.

—¿Y el sábado? —insistió Ender.

—El sábado me viene bien —respondió Elaila antes de que su amiga pudiera inventarse otra excusa—. ¿A ti también, Audra?

Mi vecina suspiró profundamente, como si acabara de aceptar una misión imposible.

—Supongo que sí —murmuró al fin.

—Perfecto. —Ender se frotó las manos—. Entonces quedamos el sábado. Yo me encargo de reservar.

—Un momento —dijo Elaila—. Deberíamos intercambiar números, ¿no? Por si hay cambios de planes.

—Buena idea —respondió Ender con una sonrisa que intentaba parecer casual—. Es solo por motivos logísticos, claro.

—Por supuesto —asintió ella, sacando su móvil.

Los vi intercambiarse los teléfonos mientras se lanzaban miradas que lo decían todo.

—¿Se puede saber por qué estás tan emocionado? —le pregunté luego a Ender, aunque ya conocía la respuesta.

—Porque me encanta hacer nuevos amigos —respondió con una sonrisa que no engañaba a nadie—. Ya sabes lo sociable que soy.

Elaila rio, Audra puso los ojos en blanco y Peluso soltó un maullido. Yo simplemente me resigné a mi destino. Al menos tendría unos días para prepararme mentalmente para la velada.