Contigo ni en el ascensor 6. El intruso y la bestia pelona
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6. El intruso y la bestia pelona

El intruso y la bestia pelona

Ryker

Mientras Ender, Audra y Elaila hablaban animados en la cocina, yo me había quedado de pie como un pasmarote, sin saber muy bien qué hacer.

Era surrealista ver cómo mi supuesto mejor amigo se había integrado con tanta facilidad en territorio enemigo, charlando y riendo como si conociera a las chicas de toda la vida.

Y lo más irritante era ver cómo conectaba con Elaila: ella soltaba una carcajada con cada uno de sus chistes malos, y él la miraba con esa sonrisa de idiota que yo conocía tan bien.

—¿Puedo sentarme en el sofá o tiene pulgas? —pregunté tratando de incorporarme a la conversación.

Nadie me respondió. Ni siquiera se molestaron en mirarme. Perfecto.

Me resigné y me senté en el reposabrazos del sofá rojo, contemplando la alfombra de color crema que había bajo mis pies. Era esponjosa y parecía cara, lo que contrastaba con el resto del apartamento, que, aunque acogedor, no daba la impresión de que su propietaria gastara mucho en decoración.

Un maullido agudo me sobresaltó. Peluso me observaba desde el otro extremo del sofá con esos inquietantes ojos felinos que parecían atravesarme.

—Ni se te ocurra acercarte —le advertí en voz baja.

Como si me hubiera entendido perfectamente y hubiera decidido llevarme la contraria, el gato se puso en pie y avanzó unos pasos hacia mí, olfateando el aire.

—Audra, tu gato me va a morder —dije alzando la voz para que me oyera desde la cocina.

—Ojalá te muerda fuerte —respondió ella sin girarse siquiera, provocando la risa de Ender y Elaila.

El traidor de mi amigo chocó los cinco con Audra, como si acabara de decir algo tremendamente ingenioso. En serio..., ¿desde cuándo se había pasado al bando contrario?

Peluso bajó del sofá con un movimiento ágil y continuó su misión de reconocimiento olfativo alrededor de mis piernas. Intenté no moverme, como si estuviera frente a un depredador que solo atacaba a presas en movimiento.

—¿Me podéis pasar una cerveza? Ya que no estoy invitado a la conversación, al menos dejadme beber —protesté cruzándome de brazos.

Elaila, sorprendentemente, se giró y me sonrió.

—Claro —dijo cogiendo una botella y acercándose para dármela—. Toma.

—Gracias —respondí, realmente agradecido por ese pequeño gesto de humanidad.

—De nada —contestó ella y, sin más, volvió junto a Ender y Audra, que seguían enfrascados en su animada charla.

Volví a quedar relegado al papel de mueble, con la única diferencia de que ahora al menos tenía una cerveza. El gato seguía mirándome con fijeza, como si estuviera decidiendo cuál era la mejor forma de acabar conmigo.

Decidí dejarme caer en el sofá. Total, ya me estaban ignorando, así que no tenía sentido mantener las apariencias.

El sofá resultó ser tan cómodo como creía, una de esas piezas de mobiliario que te abrazan cuando te sientas en ellas.

Por un momento me planteé robarlo cuando Audra no estuviera mirando.

El gato siguió con su reconocimiento, ahora olisqueando mis zapatos con un interés inquietante. Suspiré con dramatismo, lo bastante alto como para que me oyeran desde la cocina, pero ellos seguían a lo suyo.

—Mamá, papá, ¿puedo ver la tele? —dije con voz infantil, alzando los brazos hacia el grupo—. ¿O tengo que quedarme aquí castigado mientras los mayores hablan?

Audra apenas me miró por encima del hombro.

—No —respondió secamente, antes de volver a la conversación.

Elaila al menos tuvo la decencia de soltar una risita. Ender, cómo no, me ignoró completamente.

—¿Y si prometo portarme bien? —insistí, exagerando mi tono lastimero—. Puedo incluso hacer los deberes mientras tanto.

—Te he dicho que no —repitió Audra, sin molestarse en girarse esta vez.

Estaba a punto de seguir con mi numerito cuando, sin previo aviso, Peluso decidió que mis piernas eran el mejor sitio para instalarse. De un salto ágil que no esperaba de un animal con ese aspecto, aterrizó sobre mis muslos.

—¡AAAAAHHH! —grité levantando las manos como si me estuvieran apuntando con un arma—. ¡Bájate! ¡BÁJATE! ¡QUÍTAMELO!

Ahora sí, los tres me miraban desde la cocina. El gato, ajeno a mi pánico, comenzó a acomodarse sobre mí, amasando mis piernas con sus patas como si fuera pan.

—¡Que se baje! —seguí suplicando con las manos en alto, sin atreverme a tocarlo—. ¡Audra, quítame de encima a tu rata calva! ¡ME VA A MORDER!

Para entonces, Ender ya se estaba partiendo de risa, apoyado en la encimera para no caerse. Elaila intentaba disimular su sonrisa tras su botella de cerveza. Y Audra... Audra me observaba con esa expresión suya mezcla de diversión y desdén.

—No seas gallina, Lancer —dijo cruzándose de brazos—. Solo pesa tres kilos. No creo que pueda contigo.

Peluso, ignorando completamente el drama que estaba causando, se dio la vuelta, recogió las patas y se hizo un ovillo sobre mis piernas. Y entonces empezó a emitir un sonido extraño, como un motor en miniatura.

—¡Se ha roto! —exclamé mirando al animal con horror—. ¡Está haciendo un ruido raro! ¿Se está ahogando? ¡Haz algo!

Eso provocó una nueva oleada de carcajadas. Incluso Audra, que parecía que hubiera firmado un contrato para no mostrar diversión en mi presencia, no pudo contener la risa.

—Se llama ronroneo, idiota —me explicó cuando logró controlarse—. Y significa que le gustas, el muy traidor.

—¿Eso es bueno? —pregunté, todavía con las manos en alto como si el gato fuera a detonar en cualquier momento.

—Depende —respondió ella, acercándose y sentándose en el brazo del sofá para observar a su mascota—. Algunos gatos ronronean cuando están cómodos. Otros, cuando están acechando a su presa.

—¿Qué? —Mi voz volvió a subir de tono, y miré a Peluso con renovada ansiedad—. ¿Me va a atacar? ¿Es una trampa?

—Dios, eres patético —dijo Audra, poniendo los ojos en blanco—. Es un gato doméstico, no un tigre.

—Un gato muy feo, por cierto —añadí mientras intentaba recuperar algo de dignidad—. Parece un pollo sin plumas.

Como si hubiera entendido el insulto, Peluso levantó la cabeza y me soltó un maullido que sonó sospechosamente a protesta.

Audra me dio un golpe en el hombro y volvió a la cocina con los demás, dejándome a solas con el felino sin pelo, que seguía instalado sobre mis piernas, ronroneando tranquilamente como si nada hubiera pasado.

—No me gustas, ¿sabes? —le susurré al gato, mirándolo fijamente—. Que te quede claro.

Peluso levantó la cabeza y soltó otro maullido, esta vez más suave y prolongado.

—No entiendo tu idioma, así que da igual cuánto maúlles —lo informé con seriedad—. Este numerito del gato adorable no funciona conmigo.

Como respuesta, el animal maulló de nuevo y volvió a acomodarse, intensificando su ronroneo.

Me quedé mirando al techo, preguntándome cómo demonios había acabado en esa situación. Ahí estaba, sentado en su sofá, con su gato sin pelo acurrucado sobre mis piernas, mientras mi supuesto mejor amigo confraternizaba con el enemigo.

Todo por culpa de Ender. Siempre era igual con él. Desde que éramos críos, tenía un don especial para meterme en situaciones absurdas.

Lo más ridículo era que él siempre salía airoso, mientras yo cargaba con las consecuencias.

Ahí estaba, riéndose con Elaila como si fueran amigos de toda la vida, mientras yo me quedaba atrapado bajo un gato que parecía haberse enamorado de mí.

Lo que daría por estar en mi propia casa, con mis propias cosas, lejos de todo ese caos.

Y, para colmo, tenía que admitir que el apartamento de Audra era.

.. agradable. No en el sentido estético, porque obviamente no compartíamos gusto para la decoración, sino en cómo se sentía.

Mi piso era funcional, práctico, ordenado.

El suyo era un desastre organizado, pero transmitía algo que el mío no tenía: personalidad.

Cada esquina, cada objeto parecía contar una historia.

Y ahora no podía dejar de preguntarme cómo sería ella realmente, más allá de nuestras peleas infantiles. ¿Qué historias escondía detrás de esa fachada de chica dura? ¿Por qué vivía sola con un gato sin pelo al que vestía como si fuera un niño?

—Podríamos quedar algún día para cenar los cuatro —oí decir a Ender desde la cocina, interrumpiendo mis pensamientos—. Así, en plan...

—¡NO! —grité al mismo tiempo que Audra.

Peluso maulló sonoramente, como dando su opinión al respecto.

Ender nos miró a ambos con sorpresa, mientras Elaila soltaba una carcajada que resonó por todo el apartamento.

—Iba a decir «en plan casual», pero veo que estáis muy susceptibles —dijo Ender, alzando las cejas con una sonrisa burlona—. Interesante reacción la vuestra, por cierto.

—No es susceptibilidad —se apresuró a responder Audra—. Es sentido común. Este —me señaló con el dedo— y yo en la misma mesa seríamos un desastre.

—Totalmente de acuerdo —añadí, intentando mover la pierna para que el gato se bajara, sin éxito—. Acabaríamos envenenándonos mutuamente.

—Vamos, no puede ser para tanto —insistió Ender, acercándose al sofá—. Os lleváis mejor de lo que pensáis.

—¿Perdona? —Audra se cruzó de brazos—. Me ha robado mi champú, me llama princesita y ha estado hablando mal de mí a mis espaldas.

—Yo no he robado ningún champú —me defendí, aunque sabía perfectamente que lo había hecho.

—¿Y quién más iba a ser? —preguntó ella entornando los ojos—. ¿El fantasma del edificio?

—Por esa regla de tres, tú me has robado el paquete —contraataqué, cruzándome de brazos también.

—Yo no he robado ningún paquete —replicó ella con el mismo tono de falsa inocencia que acababa de usar yo—. No sé de qué me hablas.

—Ya, claro... —Bufé—. Y supongo que también ignoras cómo han acabado unas bragas rojas en mi lavadora, tiñendo toda mi ropa.

Vi cómo sus ojos se abrían ligeramente, pero se recompuso casi de inmediato.

—A lo mejor deberías aprender a separar la ropa por colores —respondió con una sonrisa maliciosa—. Como los niños de primaria.