5. Un armario completo en rosa
Un armario completo en rosa
Ryker
Llevaba toda la tarde concentrado en una presentación para un posible cliente cuando empecé a oír un ajetreo inusual en el apartamento de al lado.
Por lo general, los ruidos de la princesita consistían en ella hablando con su gato o desafinando en la ducha, pero esto era diferente.
Risas, conversaciones, el sonido de vasos y platos. Parecía que no estaba sola.
Miré el reloj. Las seis de la tarde. Era hora de bajar a recoger mi colada. Había puesto el programa completo, con secado incluido, para no tener que subir y bajar dos veces.
Al pasar junto a la puerta de Audra, percibí con más claridad las voces. Una era de mujer, probablemente su amiga. Seguí mi camino hacia el ascensor pensando que al menos su vida social activa me daría un respiro esa noche. Con un poco de suerte, saldría y me dejaría en paz.
Cuando llegué a la lavandería, la ropa de mi vecina ya no estaba. Mejor. Lo último que me apetecía era otro encuentro con ella y sus comentarios ácidos sobre mi vida privada. Abrí la lavadora, metí la mano para sacar la primera tanda y...
—Pero ¿qué demonios...? —murmuré cuando vi que mi camiseta blanca favorita ahora tenía un tono rosa pastel.
Saqué más ropa. Mi camisa blanca para el trabajo: rosa. Los calcetines blancos: rosas. Los bóxeres blancos: rosas. Todo, absolutamente todo lo que era blanco ahora parecía haberse teñido.
—Maldita sea —gruñí mientras vaciaba la lavadora con furia—. No puede ser.
Entonces, en el fondo del tambor, encontré al culpable: unas bragas de encaje rojo intenso. Las saqué con dos dedos como si fueran algo tóxico y las examiné. Pequeñas, de encaje, con un lazo diminuto en la parte delantera. Sin duda, propiedad de mi insufrible vecina.
Por un instante, mi cerebro me traicionó imaginando cómo le quedarían puestas a su dueña. Sacudí la cabeza de inmediato, irritado conmigo mismo por el pensamiento. Lo último que necesitaba era visualizar a Audra con ropa interior de encaje rojo.
—Maldita princesita —mascullé, lanzando las bragas a mi cesta junto con mi ropa arruinada—. Esto ha sido a propósito.
Terminé de recogerlo todo y subí a mi apartamento, mi enfado creciendo con cada piso que ascendía. Al llegar, extendí toda la ropa sobre la cama para evaluar los daños. Todo arruinado.
Cogí una de mis camisas, la que usaba para reuniones importantes, y la miré a contraluz. El rosa era sutil, pero innegable. No podía presentarme en la oficina así. Tendría que reemplazar mi armario blanco prácticamente entero.
—Genial —dije en voz alta, lanzando la camisa sobre la cama—. Simplemente genial.
Me pasé una mano por el pelo, frustrado. No podía creer que algo tan ridículo como unas bragas rojas hubiera causado tanto desastre. Y estaba convencido de que no había sido un accidente. Primero, el robo de mi paquete y, ahora, eso. La guerra ya había comenzado.
Y eso que yo solo había tomado prestadas unas muestras de champú... Eso era llevar las cosas demasiado lejos.
Mientras ordenaba el desastre, las voces y las risas provenientes del apartamento de al lado se intensificaron. No pude evitar acercarme a la pared para escuchar mejor. Me sentía con derecho a algo de información sobre el enemigo.
—... cita con un arquitecto el miércoles —oí que decía una voz que no era la de Audra—. Suena perfecto, ¿no crees? Es guapo, tiene trabajo estable y, encima, tiene buen gusto. ¡Arquitecto, tía!
—Ya te he dicho que no es para tanto, Elaila. —Esa era Audra, con su tono habitual de «todo me da igual»—. Es solo un café.
—Un café que podría convertirse en una cena, que podría convertirse en un desayuno... —La tal Elaila soltó una carcajada escandalosa.
Así que la princesita tenía una cita con un arquitecto. Vaya, vaya. No es que me importara, claro. Pero era información interesante. La chica que parecía despreciar a toda la humanidad iba a tener una cita. Casi sentía lástima por el pobre arquitecto, que no sabía dónde se estaba metiendo.
De repente, el timbre de mi puerta sonó, sobresaltándome. Me alejé de la pared como si me hubieran pillado haciendo algo ilegal y fui a abrir.
Al otro lado estaba Ender, con una sonrisa de oreja a oreja y un pack de cervezas en la mano.
—¡Sorpresa! —exclamó levantando las botellas—. Ya que la montaña no va a Mahoma, Mahoma trae las birras a la montaña.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, aunque no pude evitar sonreír.
—¿Así saludas a tu mejor amigo? Llevo semanas intentando que me invites a ver este sitio y, como no lo haces, he venido por mi cuenta. Unas birras, una peli, ¿qué me dices?
Suspiré, pero me hice a un lado para dejarlo pasar. En realidad, me alegraba verlo. Y, para mi alivio, justo en ese momento las voces del apartamento de al lado se apagaron.
—Adelante —le dije mientras cerraba la puerta—. Agradece que la vecina se haya callado.
—¿Se ha dormido? —bromeó Ender mientras entraba—. Mejor para nosotros.
Mi amigo comenzó a inspeccionar mi apartamento con curiosidad.
—¿Qué tal te va con la señora del gato? —preguntó mientras abría la nevera y metía las cervezas—. ¿No se queja de tus fiestas nocturnas?
—No, pero es bastante molesta —respondí, sin corregir su asunción de que mi vecina era una anciana.
Ender abrió dos cervezas y me pasó una.
—Seguro que es como todas las viejas de los edificios antiguos —dijo dando un trago—. Ya sabes, esas que dan miedo, tienen cien gatos y espían por la mirilla.
—Ender, habla más bajo —le advertí, consciente de que, con esas paredes, Audra podría oír cada palabra—. Te he dicho que las paredes son de papel.
Pero él, como siempre, no hizo caso.
—Apuesto a que tiene una nariz enorme —continuó, haciendo gestos exagerados con las manos—. Y verrugas por toda la cara. De esas que te miran como si fueras un criminal solo por tirar la basura cinco minutos después de la hora permitida.
—En serio, baja la voz —insistí. No porque me importara ofender a Audra, sino porque temía que se enterara de que la había descrito como una anciana.
—¡Bah! No te preocupes. —Me dio una palmada en el hombro—. Yo me llevo genial con las ancianas. Soy el nieto que todas quieren tener. Debería presentarme.
—No, no deberías —dije con firmeza, pero ya era tarde.
Ender había dejado su cerveza en la encimera y se dirigía a la puerta.
—¿Qué haces? —pregunté alarmado.
—Voy a presentarme a tu vecina —respondió con naturalidad—. Establecer relaciones diplomáticas. Mejorar el ambiente. Ya sabes.
—Ender, no... —Intenté detenerlo, pero el muy idiota ya había salido al rellano y se dirigía a la puerta de Audra.
Maldije entre dientes y salí tras él, pero ya era demasiado tarde. Mi amigo estaba plantado frente a la puerta de Audra, con el dedo en el timbre.
—¿Qué demonios haces? —le susurré, tirando de su brazo inútilmente.
—Tranquilo, tío. —Me guiñó un ojo—. Seguro que, si me hago amigo de la vieja, nos dará galletas a los dos. Todas las abuelas hacen galletas, es como una ley universal.
Oí cómo retiraban el pestillo desde dentro. Cerré los ojos, preparándome para el desastre. La puerta se abrió despacio y entonces...
—Hola —saludó Audra con una media sonrisa.
Vi cómo la expresión de Ender cambiaba de la alegría al desconcierto en cuestión de segundos. Se quedó mirándola con la boca ligeramente abierta, como si acabara de ver un fantasma.
Audra llevaba un top negro de tirantes finos bajo un cárdigan blanco de punto que le quedaba algo grande y unos pantalones grises anchos de cintura alta. Iba descalza, y un mechón de su pelo rojo caía rebelde sobre sus ojos.
—Hola —repitió alzando una ceja al ver que Ender seguía sin decir nada—. ¿Necesitáis algo?
Mi amigo se aclaró la garganta, se giró hacia mí como pidiendo ayuda y volvió a mirarla.
—Perdona, yo... —Carraspeó de nuevo—. Soy Ender, el amigo de Ryker. Solo quería presentarme. Ya sabes, porque eres su vecina y eso.
Audra sonrió y estiró la mano.
—Un placer. Soy Audra, la vieja anciana de los cien gatos. Aunque solo tengo uno, y es bastante calvo.
Ender estrechó su mano, avergonzado.
—No, yo... lo siento mucho, no sabía que..., o sea, pensaba que... —balbuceó.
—¿Que olía a colonia fuerte y a antipolillas? —completó ella—. No te preocupes, no es la primera vez que me toman por una señora de ochenta años con verrugas en la cara. De hecho, me dedico a hacer pociones con sapos en mis ratos libres.
Ender soltó una carcajada nerviosa y pude ver cómo me lanzaba una mirada que claramente decía «me las vas a pagar». Luego negó con la cabeza, mirándome fijamente.
Acto seguido, levantó un dedo, entró en mi apartamento y oí que abría la puerta de mi nevera.
Volvió con las cervezas.
—¿Es que ya no queda educación? —protesté—. Eran mis cervezas.
—Vamos, no seas rata —respondió Ender con una sonrisa—. ¿Puedo invitarte a una cerveza? —le preguntó a Audra, ofreciéndole una botella.
—Uuh, cerveza —dijo una voz femenina desde dentro del apartamento de mi vecina. Una chica rubia con los labios rosas y los ojos de un color entre verde y marrón apareció por detrás, vestida con leggins y una sudadera—. Déjalo pasar, Audra.
Mi amigo sonrió de oreja a oreja.
—Ender —se presentó, tendiéndole la mano—. Encantado.
—Elaila —dijo ella con una sonrisa coqueta—. Igualmente.
Audra abrió más la puerta para dejar pasar a Ender. Cuando intenté seguirlo, me cerró la puerta en las narices, pero alcancé a poner la mano para detenerla.
—Muy infantil, princesita —le dije mirándola fijamente.
Audra me contempló de arriba abajo, entrecerrando los ojos.
—¿Me has llamado princesita? —preguntó cruzándose de brazos.
—No —respondí automáticamente, a pesar de que era evidente que lo había hecho.
—Mentiroso —murmuró, pero se apartó y me dejó entrar de todos modos.
Nada más cruzar la puerta, Elaila y Ender ya se habían instalado en los taburetes altos junto a la barra de la cocina americana. Parecían haberse hecho amigos en tiempo récord.
—De verdad que lo siento muchísimo —seguía disculpándose Ender—. Es que este capullo me dijo que eras...
—Que no pasa nada, en serio —respondió Audra con una risa auténtica, más relajada de lo que jamás la había visto.
—Lo hemos oído todo —añadió Elaila, dando un trago a su cerveza—. Lo de las galletas ha sido lo mejor.
Ender se sonrojó ligeramente y cambió de tema, mientras yo aprovechaba para examinar el apartamento con disimulo. A diferencia del mío, el suyo estaba... vivo. No había otra forma de describirlo. Estaba ordenado, pero de una manera caótica y personal que reflejaba perfectamente a Audra.
El salón a la izquierda tenía las paredes de un tono crema claro, pero apenas se apreciaba porque estaban repletas de cuadros, fotografías y láminas enmarcadas.
Un sofá de color rojo intenso, grande y con pinta de ser extremadamente cómodo, dominaba el espacio.
Una estantería de madera oscura que parecía a punto de derrumbarse por el peso de los libros se encontraba al lado del mueble de la televisión.
Sobre el sofá, dos mantas estaban dobladas con precisión.
Me pregunté por qué necesitaba dos si vivía sola.
El televisor de plasma frente al sofá era sorprendentemente grande para el espacio y descansaba sobre un mueble bajo lleno de películas en DVD, ordenadas de algún modo que solo ella debía de entender.
Tras el sofá había una mesa cuadrada con dos sillas, cubierta con un mantel de flores y una planta bastante viva.
Lo que más llamaba la atención eran los lienzos.
Algunos terminados, otros en blanco, apoyados contra las paredes como soldados esperando órdenes.
Los que estaban pintados mostraban paisajes, retratos y composiciones abstractas con colores vibrantes.
Ahora entendía a qué se dedicaba en sus ratos libres.
Un caballete arreglado con cinta estaba montado en la esquina más luminosa del salón, con un lienzo a medio terminar que parecía el retrato de una familia.
Frente al sofá, una mesita de café de madera clara sostenía varias tazas, todas diferentes entre sí, algunas con restos de café que indicaban un consumo frecuente. En un rincón, unas zapatillas con forma de conejo parecían más decorativas que utilizadas, ya que ella iba descalza.
La cocina de color verde, a la derecha al entrar, estaba impecable, pero llena de detalles: imanes en la nevera, plantas aromáticas en macetas sobre la encimera y una colección de especias organizadas por colores en un estante a la vista.
El aroma que impregnaba todo el espacio era una mezcla de café recién hecho, pintura al óleo y algo dulce. Resultaba acogedor, cálido, muy diferente de la esterilidad de mi propio apartamento.
Fue entonces cuando lo vi. Peluso, el famoso gato sin pelo, estaba acurrucado en el sofá, observándome con sus ojos grandes y penetrantes. Llevaba un jersey de rayas marineras que le daba un aspecto casi humano, algo inquietante. Comenzó a olfatear en mi dirección, como evaluándome.
No me acerqué. Nunca lo admitiría, pero los gatos me ponían nervioso.
No era alérgico como le había dicho a Audra; simplemente me daban miedo.
Había algo en su forma de mirar, en su independencia, que me resultaba perturbador.
Decir que era alérgico era mucho más sencillo que admitir un miedo irracional.