4. La venganza se sirve en paquete grande #2
—¡AAAAH! —Mi grito resonó por toda la sala mientras daba un salto hacia atrás y lanzaba por los aires las bragas que tenía en la mano.
Ryker se quedó petrificado en la entrada, con una cesta de ropa bajo el brazo y una expresión de absoluta confusión en la cara. Mis bragas rojas volaron por los aires y aterrizaron directamente en su cesta, llena de sábanas, camisetas blancas y ropa interior gris.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó, mirándome como si me hubiera vuelto completamente loca.
Me llevé una mano al pecho, intentando controlar mi respiración acelerada.
—¡Me has asustado! —lo acusé, sintiendo cómo mis mejillas se encendían de vergüenza al darme cuenta de lo ridícula que había sido mi reacción.
—Perdona, pero yo solo he abierto la puerta —respondió él arqueando una ceja—. No es culpa mía que estés en modo película de terror.
Tragué saliva mientras trataba de recuperar algo de dignidad. ¿Por qué tenía que ser justo él quien me viera así? ¿Y por qué tenía que estar tan condenadamente atractivo incluso con una estúpida camiseta gris y esos vaqueros desgastados?
—Es que... había sonidos raros —me justifiqué, señalando vagamente hacia las paredes—. Y pasos.
—Los pasos probablemente eran míos —dijo entrando en la sala—. Y los sonidos son normales en un edificio viejo. Las tuberías, ya sabes.
—Ya lo sé —respondí bruscamente mientras me agachaba para recoger el resto de mi ropa que había quedado desperdigada por el suelo—. No soy idiota.
—Nunca he dicho que lo fueras —contestó—. Solo algo... nerviosa.
Ryker se acercó a la lavadora libre y, sin molestarse en separar nada, metió toda su ropa directamente en el tambor.
Metió las sábanas, los calcetines, las camisetas.
.., todo revuelto, como si fuera lo más normal del mundo.
Me pregunté cómo un tipo tan aparentemente meticuloso con su aspecto podía ser tan desastroso con el cuidado de su ropa.
Cuando vi que metía mis bragas rojas junto con sus inmaculadas prendas blancas sin siquiera notarlo, una sonrisa maliciosa se dibujó en mi cara.
«¡Que lo jodan!». No pensaba avisarlo. Si el señor Lo-meto-todo-junto-porque-soy-un-hombre-muy-ocupado acababa con toda su ropa teñida de rosa, sería el karma devolviéndole parte de lo que se merecía por pesado y por gruñón.
Mientras volvía a mi tarea de clasificación, no pude evitar dirigirle una mueca burlona, imitando exageradamente su expresión cuando me había visto gritar.
—¿Me estás haciendo burla? —preguntó girándose hacia mí con el detergente en la mano.
—¿Yo? No, qué va. Eso sería muy infantil.
—Sí, sería muy infantil —afirmó, echando el detergente directamente sobre la ropa sin usar el cajetín correspondiente.
Terminé de meter mi ropa en la lavadora al tiempo que trataba de ignorar su presencia, pero era difícil con él tan cerca.
—Hablando de cosas infantiles —dijo de repente—, ¿sabes algo de un paquete que debería haber llegado esta mañana? El sistema dice que está entregado.
—Ni idea —repuse, concentrándome en mi ropa como si fuera lo más interesante del mundo—. Yo no he visto nada.
Ryker se rio con incredulidad.
—Seguro —murmuró, programando la lavadora.
—Hablando de cosas que huelen bien —cambié de tema, mirándolo directamente—. Tu pelo huele genial. ¿Qué champú usas?
Lo vi tensarse ligeramente antes de girarse hacia mí con esa sonrisa de medio lado que ya empezaba a resultarme demasiado familiar.
—Gracias. Es mi nuevo champú —respondió con tono despreocupado—. A las chicas les encanta.
—Claro, imagino que especialmente a esas que fingen orgasmos cada noche contigo —dije sin pensar, arrepintiéndome al instante de haber sido tan directa.
En lugar de ofenderse, Ryker soltó una carcajada.
—Vaya, vecina, ¿acaso estás pendiente de lo que pasa en mi cama? —preguntó, acercándose un paso hacia mí—. No sabía que te interesara tanto.
Sentí que me ruborizaba hasta la raíz del pelo, pero me mantuve firme.
—Difícil no hacerlo cuando los oigo a través de la pared —respondí al tiempo que metía mi ropa en la lavadora con más fuerza de la necesaria—. Por cierto, la próxima vez que quieras dar un concierto nocturno, considera cantar en la ducha a una hora más civilizada.
—Lo tendré en cuenta —dijo apoyándose contra la lavadora mientras me observaba—. Aunque me gusta más cantar después de..., bueno, ya sabes.
Puse los ojos en blanco y cerré la lavadora con un golpe seco.
—No entiendo cómo puedes ser tan...
—¿Irresistible? —sugirió con una sonrisa burlona.
—Iba a decir insoportable, pero veo que ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.
Me crucé de brazos y programé la lavadora con fuerza, pulsando los botones como si cada uno tuviera la cara de Ryker.
¿Cómo podía ser tan irritante? Su sola presencia me crispaba los nervios.
Ese aire de superioridad, esa manera de mirarme como si yo fuera algún tipo de espectáculo para su diversión.
—Al menos yo no soy quien habla con una rata calva como si fuera una persona —dijo entonces de repente, interrumpiendo mis pensamientos.
—¡Un respeto! Se llama Peluso y, para que lo sepas, tiene más estilo y es más amable que tú.
—Y más grasa —añadió con una sonrisa burlona—. Deberías ponerlo a dieta. Esa bola de pelo está a un jersey de distancia de explotar.
—¡Es un gato sin pelo! —exclamé—. ¿Cómo va a tener una bola de...?
—Por cierto —me interrumpió mirando su reloj—, si encuentras mi paquete, déjalo en la puerta. Y, si no, igual que con el champú, ya ajustaremos cuentas.
Y, antes de que pudiera responderle, dio media vuelta y salió de la lavandería, dejándome allí con la palabra en la boca.
Era increíble. El muy capullo no solo admitía indirectamente que me había robado el champú, sino que encima tenía la desfachatez de acusarme de robarle el paquete.
Vale, era cierto, pero ese no era el punto.
Y lo peor de todo es que siempre conseguía tener la última palabra, dejándome allí plantada como una idiota.
—Que le den —gruñí dando una patada a la lavadora—. Espero que su ropa blanca salga rosa.
Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.
Odiaba su sonrisa prepotente, su pelo perfecto, sus comentarios mordaces, su forma de caminar como si el mundo le perteneciera.
Odiaba cómo me hacía sentir: pequeña, estúpida e insignificante.
Y, sobre todo, odiaba no haber sido capaz de responderle como se merecía.
La próxima vez, me prometí a mí misma, no me pillaría desprevenida. La próxima vez, yo tendría la última palabra.