Contigo ni en el ascensor 4. La venganza se sirve en paquete grande
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4. La venganza se sirve en paquete grande

La venganza se sirve en paquete grande

Audra

Era martes por la mañana y, por primera vez en semanas, tenía la casa patas arriba.

Vale, quizá no era la primera vez, pero sí la primera que realmente me daba cuenta de lo desastrosa que estaba.

Tazas por todas partes, la ropa sucia desbordando la cesta y mi mesa de dibujo convertida en un caos organizado de pinceles, acuarelas y carboncillos.

Llevaba toda la mañana limpiando y, aunque había avanzado bastante, seguía sintiendo que apenas había arañado la superficie del desorden.

Lo peor era la montaña de ropa para lavar.

Tendría que bajarla a la lavandería del edificio, y sabía por experiencia que los martes solía estar llena.

Pero no podía posponerlo más, a menos que quisiera empezar a vestir al gato con mis camisetas porque no me quedaba nada limpio.

—¡Peluso! —llamé, apartando una pila de libros de la mesa—. ¿Dónde te has metido? Como hayas vuelto a esconderte entre la ropa sucia, te juro que...

Un maullido proveniente de la cocina me interrumpió. Allí estaba, el muy traidor, tumbado sobre el único rayo de sol que entraba por la ventana. Llevaba puesto su jersey de rayas marineras, el que reservaba para sus momentos de pose más fotogénicos.

—Qué bien te lo montas mientras yo limpio, ¿eh? —le dije mientras me acercaba para rascarle detrás de las orejas. Peluso entornó los ojos y se estiró con pereza, como si dijera «sí, ¿y qué?».

Suspiré y volví a mi taza de café, ya frío porque llevaba media hora dándole vueltas a la limpieza. Le di un trago y arrugué la nariz. Horrible. Pero la cafeína era cafeína y la necesitaba si quería terminar con todo eso.

Me acerqué a la mesa de dibujo y contemplé los dos encargos que tenía pendientes.

Un perro con su dueño —el típico retrato que te piden porque el perro está mayor y quieren un recuerdo—, y el otro de una familia.

Elaila me conseguía estos trabajos de vez en cuando; tenía contactos por todas partes y siempre estaba dispuesta a recomendarme cuando alguien mencionaba que quería un retrato.

Era un dinero extra que me venía bien, aunque a veces me costaba encontrar tiempo entre la tienda y mis propios proyectos artísticos.

El de la familia estaba casi terminado. Solo me faltaba darle los últimos toques, esos detalles que marcan la diferencia entre un retrato correcto y uno que realmente captura a las personas.

Alguien llamó al timbre. Solté un suspiro exasperado.

Me acerqué a la puerta y eché un vistazo por la mirilla. Un repartidor. Extraño, no esperaba ningún paquete. Abrí la puerta con curiosidad.

—¿Sí?

—Buenos días —dijo el chico, con aspecto cansado—. Tengo un paquete para el 8. º B. Llevo llamando al timbre un rato, pero nadie contesta. ¿Sabe si el vecino está en casa?

—No creo —respondí, recordando que a esa hora Ryker solía estar trabajando—. No lo he oído en toda la mañana.

—Es que es un paquete que necesita firma —explicó el repartidor, mostrándome una caja de tamaño mediano—. ¿Podría dejárselo a usted? Es para un tal Ryker Lancer.

Me quedé mirando el paquete mientras una idea se formaba en mi cabeza. Ryker. El ladrón de champús. El que me había robado mis preciadas muestras. Ahí estaba el karma, presentándose en mi puerta con la forma de un repartidor cansado y un paquete que necesitaba firma.

Sabía que no debería. Era mezquino, infantil y probablemente ilegal quedarse con el paquete de otra persona. Pero, por otro lado..., él había empezado. Y eso era justicia poética.

—Claro, yo se lo daré —dije con mi mejor sonrisa inocente—. Somos vecinos, no hay problema.

El repartidor suspiró aliviado y me entregó el aparato para firmar. Garabateé mi nombre lo más ilegible que pude —por si acaso— y cogí el paquete. Era más pesado de lo que parecía.

—Gracias —dijo el chico—. Que tenga un buen día.

En cuanto cerré la puerta, una sonrisa traviesa se dibujó en mi cara.

Me acerqué al armario del pasillo, ese donde guardaba las cosas que nunca usaba, y escondí el paquete detrás de un montón de mantas viejas.

Cerré la puerta como quien esconde un tesoro y volví a mi limpieza, con una sensación de victoria recorriendo mi cuerpo.

—¿Ves, Peluso? —dije en voz alta—. Así es como se hace justicia en este edificio.

Mi gato, por supuesto, me ignoró completamente, más interesado en lamerse la pata que en mis pequeñas venganzas.

Pasé las siguientes horas limpiando, ordenando, clasificando ropa sucia y rescatando tazas de lugares improbables. ¿Cómo había llegado una taza al estante más alto del baño? Ni idea.

Después de terminar con la cocina, me senté en el sofá para tomar un respiro. Peluso saltó a mi lado y empezó a frotarse contra mi brazo, exigiendo atención inmediata.

—Ven aquí, pequeño divo —le dije mientras lo cogía y lo colocaba en mi regazo.

Le rasqué detrás de las orejas, su punto débil, y después empecé a examinar su piel con cuidado.

Desde que lo rescaté, su piel siempre había sido un tema delicado.

Lo vi en un cartel de la clínica veterinaria: «Busca hogar urgente».

Cuando pregunté, me contaron que venía de un criadero que lo había descartado por sus problemas de piel, demasiado costosos y complicados para un vendedor que solo buscaba beneficios rápidos.

Los jerséis que le ponía no eran solo una cuestión de moda o un capricho mío: eran una necesidad para proteger su piel.

Su falta de pelo lo dejaba expuesto a todo: rozaduras que se convertían en llagas, reacciones alérgicas ante cualquier producto, dermatitis que aparecían de la nada.

Entre la cara pomada antibiótica y las consultas al veterinario dermatológico, mi cuenta quedaba vacía a fin de mes.

Pero por Peluso habría hecho cualquier cosa.

Al fin y al cabo, él había estado ahí para mí cuando nadie más lo estuvo, con su ronroneo constante y esa mirada tranquilizadora que solo él sabía dedicarme.

—Todo parece estar bien —murmuré mientras comprobaba que no tuviera escamas o zonas irritadas—. El nuevo champú está funcionando.

Peluso me respondió con un suave ronroneo, como siempre hacía cuando recibía atenciones exclusivas.

Estaba a punto de levantarme para seguir con la limpieza cuando oí el familiar ruido de llaves en la puerta de al lado.

Ryker acababa de llegar a casa. Siempre hacía el mismo ritual: dejaba caer las llaves ruidosamente en el cuenco que tenía en la entrada —lo sabía porque el sonido era inconfundible— y luego cerraba la puerta de un portazo que hacía retumbar la pared.

Como si quisiera confirmarlo, el estruendo de la puerta sacudió ligeramente los cuadros en mi piso. Bufé. «¿Es que este hombre no tiene ni una pizca de consideración?».

Peluso, que parecía haber desarrollado un odio personal hacia Ryker, imitó mi bufido y arrugó su pequeña nariz. No pude evitar reírme.

—Estamos sincronizados, ¿eh? Bueno, hora de ocuparnos de la montaña de ropa sucia.

Cogí la cesta y el gato me siguió hasta la puerta, pero lo detuve con el pie.

—Tú te quedas. La última vez que te dejé venir casi te metes en la lavadora.

Peluso me miró con esa expresión de «yo nunca haría eso» que solo él sabía poner, pero le cerré la puerta antes de que pudiera escaparse.

Me dirigí al ascensor con la cesta y pulsé el botón. Por una vez, no tuve que esperar ni treinta segundos. Entré, pulsé el botón del piso –1 y bajé al sótano, donde estaban las lavadoras comunitarias.

Cuando salí al pasillo del sótano, sentí ese escalofrío que siempre me recorría en ese lugar. Era oscuro, con una iluminación tenue y amarillenta que parpadeaba cada pocos segundos, y olía a humedad y a detergente. El típico escenario de una película de terror.

Caminé rápidamente hasta la sala de lavadoras, consciente de cada pequeño ruido a mi alrededor. Por suerte, cuando llegué, la sala estaba vacía. Sonreí. Quizá este día no iba a ser tan malo después de todo.

Pero mi sonrisa duró poco, pues enseguida vi que, de las seis lavadoras que había, solo dos funcionaban. Las demás tenían un cartel de « FUERA DE SERVICIO» escrito con un rotulador rojo que parecía gritar de frustración, igual que yo.

—Típico —murmuré mientras dejaba la cesta sobre la mesa central—. Al menos no hay que esperar turnos.

Comencé a separar la ropa: blanca por un lado, oscura por otro y delicada en un montón aparte. Había cogido la buena costumbre de lavar los jerséis de Peluso por separado, con su jabón especial.

Mientras clasificaba, no podía evitar sentirme observada.

Era una tontería, claro, pero ese sótano siempre me había dado mal rollo.

Las paredes de hormigón descascarillado, las tuberías que cruzaban el techo como venas metálicas, ese zumbido constante que no sabías si venía de las máquinas o de algo más siniestro oculto tras las paredes. ..

Un golpe sordo, como si alguien hubiera dejado caer algo pesado justo encima de mí, me hizo dar un respingo. Levanté la vista hacia el techo, pero no vi nada inusual. Solo manchas de humedad con formas que, si las mirabas el tiempo suficiente, parecían caras observándote.

—Son las cañerías —me dije a mí misma—. Solo eso.

Continué separando las prendas, ahora con movimientos más rápidos. Cogí varias piezas de ropa interior, entre ellas, las bragas de encaje rojo intenso que me había regalado Elaila para «levantar el ánimo» y que nunca había usado, y las dejé en el montón de la ropa delicada.

De repente, un chirrido metálico, como de uñas arañando una pizarra, me erizó el vello de todo el cuerpo. Venía de algún lugar dentro de la pared, cerca de las tuberías del agua.

—Vamos, Audra, que no tienes doce años —me regañé.

Otro golpe, esta vez más cerca. Y luego un sonido de pasos que parecían aproximarse por el pasillo. Me quedé inmóvil, con las bragas rojas en la mano y el corazón a punto de salírseme del pecho.

Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta de la lavandería.

Y entonces la puerta se abrió de golpe.