3. El acosador de la sección de jerséis #2
Me quedé mirándolo sin saber qué responder.
Una parte de mí deseaba decir que no automáticamente, como llevaba haciendo ese último año con cualquier tío que se me acercara.
Era más fácil así. Sin complicaciones, sin expectativas, sin posibilidad de volver a sentir ese dolor aplastante que Elio me había dejado.
Pero otra parte, una que casi había olvidado que existía, se preguntaba si no era hora ya de intentarlo de nuevo.
Siempre había querido salir de esa burbuja que me había autoimpuesto después de la ruptura.
Esa burbuja en la que solo entraban Peluso, mis pinturas y Elaila, y esta última porque era demasiado cabezota como para permitir que la echara.
Mi terapeuta me había dicho que podría empezar a salir de nuevo cuando me sintiera preparada.
Pero ¿cómo saber cuándo estás preparada?
No es como si fuera a caer una bandera del cielo con un cartel que dijera: «¡Felicidades!
Ya has superado tu trauma, ahora puedes volver a confiar en los hombres». La vida no funcionaba así.
¿Cuándo se sabe que estás lista para volver a intentarlo después de que te hagan tanto daño?
¿Después de que la persona en la que más confías te traicione de la peor manera posible?
No había un manual para eso, no había reglas claras.
Solo yo, mis miedos y un chico aparentemente normal que me estaba pidiendo mi número.
Además, ¿y si resultaba ser igual que Elio?
¿O, peor, igual que mi vecino? Mi mente comenzó a recrear escenarios catastróficos en los que Dain resultaba ser un mujeriego que traía a una chica diferente cada fin de semana.
O que me engañaba con mi mejor amiga. O que de pronto desaparecía sin explicación alguna.
Pero también podía ser... normal. Alguien decente. Alguien con quien tomar un café sin que el mundo se acabara.
—¿Sabes qué? Vale —dije al fin, sorprendiéndome incluso a mí misma—. Pero solo un café, ¿de acuerdo?
La sonrisa que se dibujó en su rostro fue tan genuina que por un momento me hizo dudar si había hecho lo correcto o acababa de cometer un terrible error.
—Genial —respondió sacando su móvil del bolsillo—. ¿Me das tu número?
Asentí y vi cómo lo desbloqueaba y me lo pasaba para que lo tecleara. Mientras lo hacía, noté que sacaba otro teléfono para responder un mensaje.
—¿Dos móviles? —pregunté alzando una ceja mientras le devolvía el suyo.
—Sí —respondió mientras guardaba los dos—. Soy arquitecto. Uno personal y otro de trabajo. El trabajo me vuelve loco a veces, así que prefiero tenerlos separados.
—Arquitecto —repetí—. Espero que construyas casas con las paredes más gruesas que las del edificio donde vivo.
Se rio, aunque no podía entender mi pequeña broma privada sobre mi vecino infernal.
—Intentamos que las paredes sean lo suficientemente gruesas, sí —respondió—. ¿Problemas con los vecinos?
No tenía ni idea.
—Te prometo que no te arrepentirás —continuó—. Conozco sitios muy chulos. ¿Estás disponible el miércoles?
—El miércoles voy de mañana —respondí pensando en mis turnos.
—Entonces, ¿qué tal por la tarde-noche? —propuso—. Una merienda-cena. Conozco una cafetería muy bonita cerca del río Willamette. Tienen unas tartas increíbles.
Tartas. Había dicho «tartas». Ese tío sabía cómo llegar a mi corazón, claramente.
—Vale, me parece bien —dije.
—Perfecto. Te escribo mañana para concretar hora, ¿sí? —Sonrió antes de dar un paso atrás para marcharse—. Ha sido un placer conocerte, Audra. Y gracias por darme una oportunidad.
—De nada —respondí sin saber muy bien qué más decir.
Se despidió con un gesto y se dirigió hacia la salida. Yo me quedé allí como atontada, sin terminar de creerme lo que acababa de hacer. Había aceptado una cita. Una cita real. Con un chico real. Después de más de un año de aislamiento voluntario.
Apenas tuve tiempo de procesar lo ocurrido cuando sentí unas manos que me agarraban por los hombros y me sacudían como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Tienes una cita! —chilló Elaila tan cerca de mi oído que casi me dejó sorda—. ¡Una cita de verdad!
—Y tú vas a tener familia numerosa con el maniquí, por lo que veo —respondí señalando al muñeco, al que había dejado en una posición bastante comprometedora—. ¿Quieres que os dejemos solos? Puedo cubrirte durante el descanso.
Elaila soltó una carcajada y me dio un empujón amistoso.
—No cambies de tema. ¡Has quedado con él! ¡Mi pequeña está creciendo! —Fingió secarse una lágrima imaginaria—. Estoy tan orgullosa.
—No exageres. Solo es un café.
—Empiezas con un café y acabas con... —comenzó, pero se interrumpió de golpe al mirar hacia la entrada—. Alerta roja, alerta roja... La señora Lurit y el demonio de su hija. Las peores.
Me giré y, efectivamente, allí estaban. La señora Lurit, con su permanente impecable y su bolso de marca, junto a su hija adolescente, que tenía la habilidad única de desdoblar una pila de treinta camisetas en menos de cinco minutos solo para acabar no comprando nada.
—Te toca —dije rápidamente, intentando escabullirme hacia la trastienda.
—De eso nada. —Me agarró del brazo—. Tú estás de buen humor por primera vez en siglos. Aprovecha y atiéndelas. A lo mejor hasta consigues venderles algo.
—¿Y que me contagien su mala leche? No, gracias —protesté, pero ya era tarde. La señora Lurit nos había visto y se dirigía hacia nosotras con paso decidido.
—Buenos días, chicas. Necesitamos ayuda para encontrar un vestido para Sofía. Es para una fiesta muy importante.
Miré a Elaila para que me echara un cable, pero la muy traidora dio un paso atrás y fingió que tenía que reorganizar las blusas de una percha cercana.
—Claro, señora Lurit —respondí con la mejor sonrisa falsa de mi repertorio—. ¿Qué tipo de vestido está buscando Sofía?
Y, mientras me adentraba en lo que prometía ser una hora interminable de «esto no, aquello tampoco, demasiado corto, demasiado largo, demasiado brillante, demasiado apagado», no pude evitar preguntarme si habría tomado la decisión correcta con Dain.
Cuando por fin la señora Lurit y su hija se marcharon, me encontré a Elaila apoyada en el mostrador, arqueando repetidamente ambas cejas y haciendo ese baile tan raro que solo ella sabía hacer con ellas.
—Ni se te ocurra decir nada —le advertí señalándola con el dedo mientras me acercaba—. Ni una palabra.
—¿Yo? —Se llevó una mano al pecho con fingida inocencia—. Quería decirte que estoy muy orgullosa de ti.
—Solo he aceptado por la tarta —murmuré mientras comenzaba a reorganizar el mostrador, que había quedado hecho un desastre—. Ha dicho «tarta» y ya no he podido resistirme.
—Mentira cochina —respondió Elaila con una sonrisa que amenazaba con partirle la cara en dos—.
¡Puede que sea el amor de tu vida! Imagínate contándoles a vuestros hijos cómo conociste a su padre: «Pues veréis, niños, papá vino a la tienda fingiendo comprar algo para su hermana, pero en realidad era una excusa para ligar conmigo».
No pude evitar reírme ante su dramatización exagerada. Incluso había cambiado el tono de voz para sonar más solemne.
—No, no será así. —Negué con la cabeza—. Como mucho, será una anécdota para contar cuando me pregunten por mi peor cita.
—¡Qué negativa! —Me dio un golpecito en el hombro—. Yo creo que te va a encantar. Y, con suerte, dejarás de ser una monja de clausura. Porque, seamos sinceras, llevas tanto tiempo sin sexo que seguro que tienes telarañas ahí abajo.
—¡Elaila! —exclamé tapándole la boca con la mano mientras miraba alrededor para asegurarme de que ningún cliente la había oído—. ¿Quieres que nos despidan?
Apartó mi mano riendo a carcajadas.
—Es que es verdad. Llevas más tiempo de sequía que el desierto del Sahara.
—Exagerada —murmuré, aunque no pude evitar reírme también—. Si tú supieras...
—¿Qué? —Sus ojos se abrieron como platos—. ¿Hay algo que no me has contado? ¿Has tenido una aventura secreta y no me he enterado?
—No, claro que no —respondí rápidamente—. Solo digo que no todo en la vida es sexo, ¿vale?
—Ya, ya —asintió con esa sonrisa que indicaba que no me creía en absoluto—. Pero admite que un poco de ejercicio horizontal no te vendría mal.
—Vale, sí, lo admito —cedí, mientras empezaba a doblar una pila de jerséis—. Pero suficiente tengo con oír a mi vecino por las noches. No puedo llevar a nadie a casa porque allí se oye absolutamente todo.
—¿El vecino macizo? —preguntó Elaila acercándose más, como si fuera a contarle un secreto de Estado.
—Ese mismo. Como siga así, voy a llamar a Bienestar Animal porque los gemidos de sus conquistas suenan como tortugas sufriendo —dije imitando los gemidos exagerados que oía a través de la pared.
Elaila se dobló de la risa, agarrándose el estómago.
—¡No puedo creerlo! —exclamó entre carcajadas—. ¿Como tortugas sufriendo? ¿Y cómo sabes tú cómo suenan las tortugas cuando sufren?
—No lo sé, pero estoy segura de que tiene que ser algo así —respondí contagiada por su risa—. En serio, parecen tan falsos que me dan vergüenza ajena.
—A lo mejor es que es muy bueno —sugirió Elaila con un guiño.
Y, mientras continuábamos riendo y hablando de mi vecino del infierno, me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, me sentía ligera. Como si una pequeña parte del peso que había estado cargando durante el último año se hubiera desprendido de mis hombros.
Lo curioso es que no sentía nada especial respecto a Dain.
Ningún cosquilleo, ninguna emoción, ni siquiera curiosidad genuina.
Mis muros seguían donde siempre: altos, gruesos e impenetrables.
Ni una grieta, ni un rasguño. Nada. Cuando, en teoría, debería estar nerviosa o ilusionada por tener una cita después de tanto tiempo.
Era como si esa parte de mí, la que se emocionaba con las citas y las posibilidades, siguiera completamente anestesiada.
Tal vez esa cita con Dain no fuera el fin del mundo después de todo. Pero tampoco sería el principio de nada nuevo. Y quizá, solo quizá, estuviera lista para dejar el pasado atrás, aunque fuera solo por el gesto mecánico de salir con alguien, sin esperar realmente que nada cambiara dentro de mí.