Contigo ni en el ascensor 3. El acosador de la sección de jerséis
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3. El acosador de la sección de jerséis

El acosador de la sección de jerséis

Audra

No podía creerme que ya fueran las cuatro y media.

La tarde se estaba haciendo interminable en Urban Hype.

El centro comercial estaba más vacío de lo habitual para ser sábado, y nosotras llevábamos dos horas doblando camisetas que los pocos clientes que entraban se dedicaban a desdoblar inmediatamente.

—Te juro que como vuelva a ver a alguien cogiendo una camiseta de la pila para luego dejarla hecha un gurruño, voy a gritar —murmuré mientras doblaba por quinta vez la misma camiseta con el mensaje « A ESTHETIC V IBES O NLY» en letras descoloridas.

Elaila, a mi lado, soltó una carcajada y me dio un ligero codazo.

—Tía, es nuestro trabajo. A ver si aprendes a sonreír un poco a los clientes, como hago yo.

—¿Te refieres a esa sonrisa falsa que pones cuando viene el encargado? —respondí arrugando la nariz—. Prefiero seguir con mi cara de póquer, gracias.

—Mi sonrisa no es falsa, es profesional —se defendió, pasándose una mano por su melena perfectamente lisa—. Además, te recuerdo que gracias a mi «sonrisa falsa» hemos superado el objetivo de ventas dos meses seguidos.

No podía discutirle eso. Elaila era el polo opuesto a mí en todo. Mientras yo me limitaba a hacer mi trabajo sin llamar la atención, ella convertía cada venta en un espectáculo.

—Vale, tú ganas —concedí, colocando la camiseta en la pila—. Eres la diosa de las ventas. Por eso estás aquí doblando camisetas conmigo en lugar de navegar en tu yate de lujo.

Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Cuando encuentre un novio rico, te llevaré de crucero, lo prometo. Aunque, con tu actitud, te harán caminar por la tabla el primer día.

Estaba a punto de responderle cuando noté que alguien nos observaba. Bueno, me observaba a mí , para ser más exacta. Un tío con chaqueta de cuero que fingía mirar las sudaderas del fondo, pero que, en realidad, no dejaba de lanzarme miradas nada sutiles.

—No te gires —murmuré bajando la voz—, pero creo que el tipo de la chaqueta de cuero me está mirando.

Naturalmente, ella volvió la cabeza de inmediato para mirarlo. Tan discreta como un elefante en una cacharrería.

—¡Elaila! —siseé tirándole de la manga—. ¿Qué parte de «no te gires» no has entendido?

—Madre mía, Audra. Claro que te está mirando —afirmó, volviendo a su tarea como si nada—. Y no está nada mal. Tiene un rollo como de profesor universitario guaperas pero rebelde.

—¿Qué dices? —Negué con la cabeza mientras seguía doblando, esta vez unos pantalones de talle alto—. No, creo que no me está mirando a mí. Y no tiene pinta de profesor ni de nada. Solo de rarito.

—Te está mirando —insistió Elaila con una sonrisa de suficiencia—. De hecho, viene hacia aquí.

Levanté la vista justo a tiempo para ver que, efectivamente, el chico se acercaba. Tenía esa sonrisa de quien se cree irresistible y, por alguna extraña razón, eso me recordó a mi maldito vecino. Volví a centrarme en los pantalones que estaba doblando, como si fueran lo más fascinante del mundo.

—Buenas tardes —dijo el chico, y con el rabillo del ojo vi cómo Elaila se giraba hacia él con su mejor sonrisa comercial—. Me preguntaba si podríais ayudarme.

—Claro —respondió ella con su tono profesional—. ¿Qué estás buscando exactamente?

—En realidad —hizo una pausa y supe lo que venía antes de que lo dijera—, esperaba que ella pudiera ayudarme.

Por supuesto que sí. Me giré despacio, con una expresión que esperaba que transmitiera sin duda: «no me pagan lo suficiente para esto», y lo miré a los ojos.

—¿En qué puedo ayudarte? —pregunté con el tono de voz más plano que pude adoptar. El chico no pareció captar mi falta de interés, o tan solo decidió ignorarla.

—Estoy buscando un regalo para mi hermana —comenzó, pasándose una mano por el pelo en un gesto que seguramente consideraba atractivo—. Y como veo que tienes muy buen gusto para vestir, he pensado que quizá podrías aconsejarme.

Elaila me dio una patada disimulada por debajo de la mesa de doblado. Sabía lo que significaba: «Sé amable o nos meteremos en problemas».

—¿Qué edad tiene tu hermana? —pregunté intentando sonar profesional y no completamente hastiada.

—Tiene más o menos tu edad, diría yo.

—Tengo veintitrés —lo informé secamente—. ¿Tu hermana tiene veintitrés?

—Eh... —titubeó—. Sí, más o menos.

Mi amiga intervino antes de que yo pudiera decir algo más cortante.

—Tenemos algunas camisetas nuevas que son perfectas para chicas de esa edad —dijo señalando otra sección al fondo de la tienda—. ¿Qué te parece si te las enseño?

El chico me miró un momento más, visiblemente decepcionado por no poder seguir su patético intento de ligar conmigo, y al final asintió.

—Claro, gracias.

Elaila se lo llevó, no sin antes lanzarme una mirada que decía a las claras: «Eres un desastre». Quizá tenía razón. Pero después de mi desastrosa relación con Elio, lo último que me apetecía era lidiar con tíos que pensaban que una dependienta estaba ahí para ser su próxima conquista.

Volví a mis pantalones, pensando en que al menos podría seguir con mi trabajo en paz.

Apenas habían pasado cinco minutos cuando Elaila regresó y se colocó a mi lado, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—Audra, por favor, atiéndelo tú —me susurró, aunque lo suficientemente alto como para que el chico, que se había quedado mirando unas sudaderas a unos metros, pudiera oírla—. Está interesado en ti, no en mí.

—¿Qué? No —protesté bajando la voz—. Sabes que odio estos rollos. No quiero atender a tíos que vienen a ligar, no es mi trabajo.

—Venga ya, no seas así. Es majo, y parece que realmente le gustas. Además, te recuerdo que esta semana vamos flojas de ventas.

—Me da igual si es el tío más majo del planeta. No me apetece, en serio.

—Pues a mí me parece que necesitas socializar más —sentenció, y antes de que pudiera protestar, me dio un empujón no muy disimulado en dirección a él—. ¡Suerte!

Me encontré de repente a escasos metros del tipo de la chaqueta de cuero, que me miraba con una sonrisa esperanzada. Maldita Elaila y su obsesión por emparejarme con cualquier ser que respirara.

—Hola de nuevo —dije, intentando mantener un tono profesional—. Me ha dicho mi compañera que necesitas más ayuda con lo de tu hermana.

—Sí, eso parece —respondió, y al menos tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado—. ¿Qué me recomendarías?

Suspiré para mis adentros y decidí acabar con eso lo antes posible.

—Bueno, si tiene veintitrés, como yo, estos jerséis de punto son tendencia este otoño. —Señalé una sección donde teníamos expuestos varios modelos—. Quedan muy bien con vaqueros y botas. O también tenemos estas blusas con estampado minimalista, que son bastante versátiles para el día a día.

El chico me siguió mientras le mostraba las diferentes opciones, asintiendo como si de verdad le interesara. Cuando terminé mi exposición, se quedó callado un momento, como debatiéndose internamente, y luego soltó una pequeña risa.

—En realidad..., mi hermana tiene quince años.

Me quedé mirándolo, completamente descolocada.

—¿Perdona?

—Lo siento —se apresuró a decir, pasándose una mano por el pelo—. Me he puesto nervioso y he dicho lo primero que se me ha ocurrido.

—¿Te has puesto nervioso? —repetí, cada vez más confundida—. ¿Por qué?

—Bueno —se balanceó ligeramente sobre sus pies—, no hablo con chicas tan guapas todos los días. Y mucho menos si me miran como si quisieran asesinarme.

No supe si reírme o enfadarme más. Claramente, ese tío estaba intentando ligar conmigo de la forma más torpe posible, y por alguna razón eso me recordó a las series adolescentes que veía. Aquellas en las que el chico popular siempre se fijaba en la chica inadaptada.

Pero eso no era una serie. Y yo no estaba buscando un novio, ni mucho menos una cita.

De hecho, lo último que quería en ese momento era involucrarme con alguien.

Había decidido tomarme un descanso de los hombres.

Un descanso largo, muy largo. Había estado bastante bien ese último año sin tener que preocuparme por mensajes no contestados, por celos o decepciones. Solo yo, Peluso y mis pinceles.

Además, ese chico parecía demasiado seguro de sí mismo, con su chaqueta de cuero y su sonrisa de «te gusto, lo sé».

—Mira —comencé, dispuesta a cortar por lo sano—, si realmente quieres comprar algo para tu hermana, puedo ayudarte. Si no...

—Dain —me interrumpió al tiempo que me tendía su mano—. Me llamo Dain.

Por pura cortesía, o quizá por instinto profesional, se la estreché.

—Audra —respondí de manera automática, soltando su mano tan rápido como pude.

—Audra —repitió, como saboreando mi nombre—. Te confieso que llevo días viniendo a la tienda porque me llamaste la atención la semana pasada. No he dejado de pensar en ti desde entonces.

Miré por encima de su hombro y vi a Elaila colocando un brazo a un maniquí, pero intentando escuchar nuestra conversación. Cuando se dio cuenta de que la observaba, hizo como si el maniquí cobrara vida y empezó a hacerlo bailar de forma ridícula, seguramente para hacerme reír. La muy traidora.

—Sabes que eso suena un poco acosador, ¿verdad? —dije volviendo a mirar a Dain.

Él se rio sin mostrarse ofendido por mi comentario.

—Lo sé, lo siento. Nunca se me ha dado bien esto. Por lo general, soy mucho más elocuente, pero hay algo en ti que me pone nervioso.

Suspiré. No es que fuera inmune a los halagos, pero en ese momento solo quería terminar mi turno, irme a casa y descansar. O, mejor aún, descubrir si mi teoría sobre las muestras de champú robadas era correcta.

—Mira, puedes rechazarme sin problema —continuó él con una sonrisa algo nerviosa—. Pero te juro que no soy ningún acosador ni un asesino en serie ni nada de eso. ¿Podría invitarte a una cena? ¿O a un café? Cualquier cosa, de verdad. ¿Podríamos intercambiar teléfonos para quedar?