2. La princesita ruidosa y su gato histérico #2
El ascensor continuó su descenso y aproveché para observarla mejor. Era bastante más baja que yo, probablemente no llegaba al metro setenta. Y, a pesar de su actitud desafiante cada vez que nos encontrábamos, había algo vulnerable en cómo se envolvía en ese cárdigan oversize .
—¿Se puede saber qué estás mirando? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
—Nada —respondí con naturalidad—. Solo me preguntaba cómo alguien tan pequeño puede hacer tanto ruido.
Vi cómo sus mejillas se encendían, a juego con su pelo.
—¿Perdona?
El ascensor por fin llegó a la planta baja con un suave ¡ping! Las puertas se abrieron y ambos salimos al rellano, manteniendo la distancia. Sin intercambiar más palabras, nos dirigimos a la puerta principal del edificio y salimos a la calle, cada uno tomando una dirección diferente.
Mientras caminaba hacia el supermercado, no pude evitar pensar en lo absurdo de la situación. Éramos dos adultos comportándonos como niños. Yo robando sus muestras de champú y ella, probablemente, tiñéndose el pelo mientras fingía que era su color natural.
Pero lo más absurdo de todo era que, a pesar de lo irritante que me resultaba, no podía negar que había algo en Audra Emrin que me intrigaba. Quizá era eso: que no era el tipo de chica a la que estaba acostumbrado. No era previsible, ni fácil, ni impresionable.
Era simplemente... exasperante. Y, por alguna razón, eso la hacía interesante.
Entré en el supermercado y agarré una cesta. Saqué el móvil del bolsillo y revisé la lista que había preparado. Emma vendría en cualquier momento.
Los cereales de chocolate con avellanas eran imprescindibles. Desde que tenía doce años, se negaba a desayunar otra cosa. «Son los únicos buenos», decía siempre, como si fuera una experta catadora de cereales. Sonreí al pensar en ello y me dirigí al pasillo correspondiente para cogerlos.
También necesitaba compresas. La primera vez que Emma tuvo la regla estando conmigo fue todo un espectáculo.
Tenía doce años recién cumplidos, no llevaba nada encima, y tuve que ir en coche a tres farmacias distintas buscando «las que tienen alas, súper y de noche, con la línea azul en el envase».
Aparentemente, el resto le daban alergia o no absorbían bien.
Desde entonces, siempre guardaba un paquete en casa para emergencias.
Localicé el tipo exacto que necesitaba y lo cogí.
Continué por los pasillos añadiendo cosas a la cesta.
Emma traía a mi vida una rutina diferente. Cuando ella venía, cocinaba de verdad, veíamos películas en el sofá, hablábamos durante horas. Era como si su presencia transformara mi apartamento en un auténtico hogar.
Seguí añadiendo cosas a la cesta: leche, café, huevos, pan..., lo básico. Y unas cervezas para mí. Empezaba a pesar, así que la cambié por un carrito.
Me detuve en la sección de perfumería y me quedé mirando los champús. Quizá debería comprar uno decente en lugar de seguir usando las muestras robadas de Audra. Pero ¿dónde estaba la gracia en eso? Además, sentía curiosidad por saber cuánto tardaría en darse cuenta.
Pasé de largo y me dirigí a la caja. Mientras esperaba mi turno, vi una revista con una pelirroja en la portada. Me hizo pensar en Audra de nuevo. ¿Realmente se teñía el pelo o era natural? Tenía que admitir que, fuera como fuese, le quedaba bien. Le enmarcaba perfectamente esos ojos verdes que...
—¿Siguiente? —me llamó la cajera, interrumpiendo mis pensamientos.
Pagué, cargué las bolsas y salí del supermercado pensando en que debía dejar de darle tantas vueltas a mi irritante vecina. Tenía cosas más importantes en las que concentrarme, como los informes que había dejado a medias o encontrar un piso nuevo cuyas paredes no fueran de papel.
Aunque, muy en el fondo, una vocecita me decía que quizá no me importara tanto el ruido como creía.
Justo cuando estaba cruzando la calle, el móvil empezó a vibrar en mi bolsillo. Tuve que hacer malabarismos con las bolsas para poder sacarlo, y al mirar la pantalla vi la cara sonriente de Ender.
—Tío, ya era hora —fue lo primero que dijo mi mejor amigo cuando descolgué—. Llevo toda la semana mandándote mensajes. ¿Has entrado en modo ermitaño o qué?
—Estoy ocupado, no desaparecido —respondí mientras reacomodaba las bolsas en mis manos—. Los informes me están volviendo loco.
—Siempre igual. —Ender suspiró dramáticamente—. ¿Cómo está Emma?
—Bien, bueno, más o menos —dije mirando las bolsas—. Mi madre dice que está más insoportable que nunca con el tema del divorcio. Aunque, bueno, ya sabes cómo es mi madre.
—Es normal, tío. Tiene catorce años, es la edad del drama. —Ender hizo una pausa—. Oye, ¿y cuándo piensas invitarme a ver tu nuevo piso? Llevas ahí varias semanas y todavía no me has enseñado tu nidito de amor.
Puse los ojos en blanco, aunque él no pudiera verme.
—No es ningún nidito de amor, Ender. Es temporal, ya te lo he dicho. Y no es el mejor momento para visitas.
—¿Por qué no? —preguntó con curiosidad.
—Es... la vecina.
—¿La vecina? —Su tono pasó de burlón a interesado en un segundo—. Cuenta, cuenta.
—La de al lado —dije vagamente—. Todo el día hablando, con la tele a toda pastilla, y para colmo tiene un gato que no para de maullar. No me deja concentrarme.
—¿Una señora mayor? —dijo mi amigo—. Hombre, no puede ser tan terrible.
No lo corregí. Mejor que pensara que era una anciana insoportable que una chica pelirroja que me sacaba de quicio.
—Tú no tienes que aguantarla a todas horas —repuse—. Las paredes son de papel, oigo hasta cuando le cambia el agua al gato.
—Bueno, las señoras mayores a veces están solas y solo quieren compañía —dijo Ender, siempre viendo el lado positivo—. A lo mejor podrías hablar con ella, igual tiene galletas caseras o algo.
Me reí al imaginarme a Audra en una cocina con delantal y una bandeja de galletas. Casi tan probable como que yo me hiciera monje.
—Créeme, no creo que sea de las que hacen galletas —murmuré—. En fin, ¿qué querías, además de cotillear sobre mi piso?
—Nada importante, solo saber cómo te va —respondió—. Y recordarte que me prometiste enseñarme ese piso en algún momento.
—Ya buscaremos un día —dije sin comprometerme—. Ahora tengo que dejarte, que estas bolsas pesan una barbaridad.
—Vale, pero me debes todos los detalles de tu nueva vida de vecino atormentado —insistió Ender—. Hablamos pronto.
Colgué con una media sonrisa. Ender siempre conseguía animarme, aunque fuera a base de tocarme las narices.
Por un momento me pregunté qué pensaría si realmente conociera a Audra, pero enseguida deseché la idea.
Lo último que necesitaba era a mi mejor amigo dando consejos sobre cómo lidiar con mi irritante vecina.
Aceleré el paso hacia casa. Tenía informes que terminar y, con un poco de suerte, la princesita ruidosa estaría fuera y podría disfrutar de unas horas de silencio.