2. La princesita ruidosa y su gato histérico
La princesita ruidosa y su gato histérico
Ryker
Lancé el bolígrafo sobre la mesa y me froté los ojos. Llevaba toda la mañana revisando informes para una reunión del lunes y los números empezaban a bailar frente a mis ojos. Necesitaba un descanso.
La noche anterior no había ayudado precisamente a mi concentración.
Rebeca, Rachel..., ¿o era Ruth? Bueno, la chica del bar cuyo nombre empezaba por R se había mostrado demasiado cómoda en mi apartamento después de lo que yo consideraba una noche y punto.
Casi tuve que inventarme una excusa sobre una videoconferencia matutina con Japón para que entendiera que era hora de irse.
Por un momento incluso temí que me pidiera una camiseta para dormir.
Odiaba que otras personas utilizaran mi ropa.
Nadie, absolutamente nadie tocaba mi armario.
Tampoco ayudó que preguntara si podíamos desayunar juntos.
Tuve que fingir que no tenía café en casa —una mentira descarada, ya que siempre mantenía una reserva perfectamente catalogada de tres variedades distintas— para evitar prolongar aquello innecesariamente.
Cerré el portátil y me levanté para estirar las piernas. El apartamento estaba impecable, como siempre. Ni una mota de polvo ni un objeto fuera de su sitio, así era como me gustaba.
Me acerqué a la ventana y contemplé las vistas. No estaban mal para un octavo piso en un edificio de los años setenta, pero desde luego no eran lo que buscaba a largo plazo. Este apartamento solo era algo temporal, una solución rápida cuando me mudé a esta zona por el trabajo.
Volví al escritorio y abrí una pestaña con anuncios inmobiliarios.
Llevaba semanas mirando pisos, pero aún no había encontrado nada que me convenciera.
Y no es que el dinero fuera un problema —mi sueldo como analista financiero sénior me permitía vivir cómodamente—, sino que tenía estándares muy específicos.
Ochocientos cincuenta dólares al mes era lo que pagaba ahora por ese apartamento en Pearl District.
Un precio razonable para lo que ofrecía: dos habitaciones, cocina americana, un baño y un pequeño balcón.
Pero cuando decidí alquilarlo, nadie me advirtió del verdadero problema: que tenía las paredes de papel.
Como si quisiera darme la razón, oí un maullido agudo que atravesó la pared. Ese maldito gato otra vez. Y luego la voz de mi vecina, hablándole como si fuera un bebé.
—Por Dios... —murmuré, sabiendo que podían oírme a través de la pared—. No puede ser.
La princesita y su mascota histérica eran una combinación que ponía a prueba mi paciencia.
La llamaba así porque con ese pelo rojo alborotado me recordaba a la protagonista de aquella película de Disney que Emma me había obligado a ver tres veces, la de la princesa escocesa con el arco.
Aunque mi vecina era una versión adulta y más irritante, por supuesto.
¿Cómo podía alguien hablarle así a un animal calvo con jersey? Era ridículo.
Bebí un sorbo de mi café, negro y sin azúcar, mientras seguía pasando anuncios en la pantalla. Ninguno parecía encajar con lo que buscaba, además de estar demasiado lejos de la oficina.
Y, mientras tanto, otro maullido atravesó la pared, seguido de una risa que reconocí al instante. La misma risa que oía siempre que intentaba concentrarme.
La primera vez que la vi, pensé que era una adolescente. Luego descubrí que tenía veintitrés años. Trabajaba en una tienda de ropa y, según la casera, era «una chica encantadora y muy artística».
La señora Netry me había dado toda la información sin que yo se la pidiera.
«Audra lleva aquí año y medio, es muy responsable con el alquiler, aunque a veces lo paga un poco justo de fecha —me contó mientras firmaba el contrato—.
Y tiene un gato muy especial, pero no se preocupe, no suelta pelo porque no tiene».
Lo que la casera no mencionó fue que ese gato maullaba a todas horas y que su dueña era incapaz de mantener un volumen de voz normal. Siempre cantando, siempre hablando por teléfono como si su interlocutor estuviera en otra ciudad, siempre riendo a carcajadas por cualquier tontería.
Me mudé buscando tranquilidad tras una semana infernal de obras. Pero la princesita del pelo rojo y su gato estaban decididos a demostrarme que la paz no era una opción en este edificio.
Y, para colmo, ella parecía molesta por mi estilo de vida. ¿Qué esperaba? Era un hombre adulto, soltero, con una vida social activa. Si de vez en cuando traía compañía a casa, era cosa mía. Aunque debía admitir que me divertía oírla golpear la pared cuando la situación se ponía un poco intensa.
De hecho, anoche me aseguré de que mi cita fuera especialmente... sonora. Solo por fastidiar. Que conste que no lo había planeado, pero cuando vi su cara de indignación esa mañana, me alegré de haberlo hecho.
Un nuevo maullido, más agudo que los anteriores, me sacó de mis pensamientos.
—¡Ya basta! —exclamé, sabiendo que podían oírme.
Y, en efecto, al instante se oyó un: «¿Has oído algo, Peluso?» que venía del otro lado, seguido de: «Parece que don Musculín está hoy de mal humor».
Genial. No solo sabía que yo estaba en casa, sino que tenía un mote para mí. Y le hablaba al gato como si este le fuera a responder.
Decidí volver a los informes.
Pero antes de abrir de nuevo el portátil, pasé la mano por mi pelo, aún húmedo tras la ducha.
Olía increíblemente bien gracias a las muestras de champú que le había robado a mi vecina.
Las había encontrado frente a su puerta un día que volvía del gimnasio esa semana, y las había cogido en un impulso.
En realidad, no había sido un robo premeditado.
Las había encontrado en el rellano; el paquete estaba ahí, tentadoramente abandonado y, sin pensarlo mucho, lo recogí y me lo llevé dentro.
Solo después de abrirlo y probar aquel champú con aroma a cítricos y a madera me fijé en la etiqueta: «Audra Emrin, 8. º A».
Por un momento me sentí mal. Casi lo suficiente para devolvérselas. Pero entonces recordé su música a todo volumen el domingo por la mañana mientras yo intentaba dormir, y decidí que aquello era una compensación más que merecida.
Era justo, me dije. Mi indemnización por todas las mañanas que me había despertado con su canturreo desafinado mientras se duchaba.
Por las risotadas que soltaba a medianoche cuando veía sus series.
Por las interminables charlas telefónicas con su amiga, que se oían a través de la pared como si estuvieran en mi propio salón.
Y tenía que admitirlo: el maldito champú era buenísimo. Me había dejado el pelo más suave que nunca, y el olor era sofisticado sin ser empalagoso. Entendía por qué la princesita ruidosa lo pedía cada mes.
—Lo siento, Audra, pero tú te lo has buscado —murmuré mientras volvía a pasarme la mano por el pelo.
Además, ella ni siquiera parecía haberlo notado aún. O, si lo había hecho, no había venido a reclamarme nada. Quizá incluso pensara que el paquete se había extraviado.
Volví a mi escritorio, pero antes de ponerme con los informes, busqué en internet «cuánto maúlla un gato esfinge». Quizá había alguna forma de hacer que esa bestia pelona dejara de molestarme.
Los resultados fueron tan ridículos como desalentadores. Aparentemente, los esfinge eran conocidos por ser «muy vocales y comunicativos con sus dueños». Genial. Justo lo que necesitaba.
Un vídeo en particular llamó mi atención: «Gato esfinge maullando durante diez minutos seguidos». Por masoquismo, o quizá para confirmar que mi situación podía ser peor, le di a reproducir.
El maullido agudo e insistente que salió de los altavoces era idéntico al que sonaba a través de la pared. Cerré el vídeo de golpe cuando me di cuenta de que la princesita me había oído, ya que aporreó la pared.
—No puedo más —murmuré mientras cerraba el portátil de un golpe.
Necesitaba salir, respirar aire fresco. Y, de paso, comprar algo para llenar la nevera. Solo quedaban un par de cervezas y un poco de leche.
Me calcé, agarré la cartera y las llaves y salí al rellano. Justo cuando cerraba mi puerta, oí otra que se abría. Audra.
Estupendo. Un nuevo encuentro incómodo con la vecina.
Sin mucho entusiasmo, le dirigí un gesto con la cabeza a modo de saludo. Ella respondió con otro gesto similar y ambos caminamos hacia el ascensor.
Me detuve frente a las puertas metálicas y pulsé el botón de llamada. Mientras esperábamos, no pude evitar mirarla de reojo.
Llevaba una camiseta blanca debajo de un cárdigan beige que le caía por un hombro y dejaba al descubierto una porción de piel clara. Unos pantalones negros anchos y unas zapatillas completaban el conjunto.
El ascensor llegó con un pitido y las puertas se abrieron. Ambos entramos y nos colocamos en esquinas opuestas, como si necesitáramos mantener la mayor distancia posible en ese reducido espacio.
Seguí observándola discretamente. Había algo distinto en ella respecto a esa mañana. Tardé unos segundos en darme cuenta: olía bien. Muy bien. Y reconocí el aroma al instante. Era el mismo champú que yo había usado. Su champú.
De repente, ella arrugó la nariz y olfateó el aire.
—Qué raro... —murmuró más para sí misma que para mí—. Juraría que huele a mi champú.
Me tensé ligeramente, pero mantuve la expresión impasible.
—No sé de qué hablas —respondí con indiferencia.
Ella me miró por primera vez, entrecerrando los ojos como evaluándome. Su pelo, ahora que lo veía bien, era de un rojo más intenso que esa mañana. ¿Se había retocado el color?
—¿Te has hecho algo en el pelo? —pregunté, en parte para desviar la atención y en parte por genuina curiosidad—. Parece más... rojo.
Audra se llevó una mano instintivamente a la melena y negó con la cabeza.
—No, es el mismo de siempre.
Sonreí y asentí, fingiendo creerla. Así que la princesita también tenía sus secretos. Interesante.