1. El vecino perfecto. para odiar #2
Ya se notaba bastante el color natural bajo el tinte. Tendría que teñirme pronto. Era pelirroja de nacimiento, pero me encantaba intensificar ese rojo hasta hacerlo casi antinatural con un tinte semipermanente. Era mi pequeño secreto, ese toque de vanidad que solo Elaila conocía.
Conseguí levantarme y eché un vistazo a mi apartamento.
El caos reinaba por todas partes: lienzos a medio terminar apoyados contra la pared, ropa tirada sobre el sofá, tazas de café olvidadas en cada superficie disponible.
.. Debía ponerme a limpiar en serio. Y a trabajar en esos encargos que tenía pendientes.
Pero antes, café. Necesitaba cafeína en vena igual que respirar.
Me arrastré hasta la cocina y puse la cafetera italiana al fuego.
Mientras esperaba a que el café subiera, oí un ruido en el rellano.
La curiosidad pudo conmigo —maldito vicio de espiar— y me acerqué de puntillas a la puerta de entrada.
Pegué el ojo a la mirilla y vi a mi vecino justo frente a mi puerta, buscando sus llaves.
Llevaba ropa de gimnasio, muy ajustada. Y estaba.
.. bueno, sudado. El muy idiota iba al gimnasio a las nueve de la mañana de un sábado después de haberse pasado media noche de juerga.
¿Es que tenía superpoderes o qué? Y lo que era más extraño, ¿por qué no se duchaba en el gimnasio como la gente normal?
De repente levantó la vista hacia la mirilla de mi puerta. Yo me agaché por instinto, como si pudiera verme a través de ella. «Tonta, no puede verte», me dije. Volví a levantarme despacio y miré de nuevo.
Seguía ahí, pero ahora con una sonrisa burlona en la cara. Levantó la mano y saludó a la mirilla.
—Buenos días, vecina —dijo con un tono divertido.
Mierda. Me había pillado. Y ahora tenía dos opciones: fingir que no estaba o abrir y enfrentarme a él con dignidad. Aunque la dignidad era difícil de mantener con mi pijama de Winnie the Pooh.
Suspiré profundamente, me recogí el pelo en un moño desordenado y abrí la puerta.
—Buenos días —dije en el tono más neutro que pude.
La mirada de Ryker me recorrió de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mi pijama. Vi cómo se le escapaba una sonrisa de medio lado y tuve que contenerme para no darle con la puerta en las narices.
—Espero que anoche no te molestara el ruido —comentó con falsa preocupación.
—¿Ruido? No, para nada —mentí con descaro—. Duermo como un bebé. Profundamente.
—Me alegro —respondió, metiendo por fin la llave en la cerradura de su puerta—. Porque a veces las cosas se ponen un poco... ruidosas.
—Eso he oído —dije con una sonrisa cargada de malicia—. Aunque no sé si todo lo que se oye es real. Hay gente que sabe fingir muy bien.
Vi cómo su sonrisa se congelaba por un momento. Punto para mí.
—¿Estás insinuando algo, vecina? —preguntó, inclinando un poco la cabeza.
—¿Yo? Qué va. Solo digo que hay muchas actrices frustradas por ahí. Ya sabes, las que gritan como si estuvieran en una película cuando en realidad se están aburriendo como ostras.
Sus ojos se entornaron y supe que había dado en el blanco. O al menos le había molestado, que era lo que pretendía.
—Bueno —dijo al fin, abriendo su puerta—, te dejo con tu... mañana productiva. —Miró de nuevo mi pijama y añadió—: Por cierto, bonito conjunto. Muy... infantil.
Y antes de que pudiera responderle, entró en su apartamento y cerró tras de sí.
Me quedé allí de pie, con la boca abierta, pensando en mil respuestas ingeniosas que debería haberle dado. Pero, como siempre, se me ocurrían demasiado tarde.
Volví a mi cocina justo a tiempo para ver cómo el café se desbordaba de la cafetera y apagué el fuego maldiciendo entre dientes. Genial. El primer café de la mañana, arruinado. Iba a ser un día estupendo.
Mientras limpiaba el desastre, no podía dejar de pensar en la sonrisa burlona de Ryker. En cómo me había mirado. Y en que, a pesar de ser un completo imbécil, el maldito estaba para mojar pan.
—No —me dije en voz alta—. No, no y no. Es un capullo. Un capullo mujeriego que no deja dormir a sus vecinos. No es atractivo. Para nada.
Pero ni yo misma me lo creía.
Estaba echando una generosa cantidad de azúcar en la taza —dos cucharadas llenas, como mínimo— cuando sonó mi móvil. La cara de Elaila apareció en la pantalla.
—Dime que tu cita no fue tan desastrosa como la del mes pasado —respondí mientras añadía leche hasta que el café adquirió ese tono caramelo que me gustaba.
—Peor, mucho peor. —La voz de Elaila sonaba entre indignada y divertida—. Te juro que no pienso volver a quedar con ningún tío que conozca en la tienda. Nunca más.
—Venga ya. —Removí el café con la cucharilla, apoyando el móvil entre la oreja y el hombro—. ¿Qué pasó con el chico guapo del departamento de deportes?
—Leo, se llama Leo —suspiró ella—. Y es guapo, sí. Hasta que abre la boca y se le cae todo el encanto de golpe.
Me senté en uno de los taburetes de la cocina y di un largo sorbo a mi café con leche.
—Cuéntame. Necesito todos los detalles.
—Pues mira, todo iba bien al principio —comenzó Elaila—. Cenamos, charlamos, parecía majo. Y entonces empezó a soltar esos típicos comentarios que te ponen los pelos de punta. Ya sabes, del tipo «yo no soy machista, pero...».
—Oh, no, el clásico «yo no soy machista, pero...». —Me reí—. ¿Y qué venía después?
—Que si las mujeres conducimos peor, que si somos demasiado emocionales para algunos trabajos, que si él prefiere las chicas sin tanto maquillaje porque le gusta «lo natural».
.. —La voz de Elaila imitaba el tono pretencioso—.
Y cuando le dije que yo no necesitaba que un tío cualquiera me dijese cómo tenía que maquillarme, puso cara de ofendido y me soltó: «Vaya, solo te estaba haciendo un cumplido».
—¿En serio? —Me pasé la mano por la cara—. ¿Y luego te explicó también cómo tenías que hacer tu trabajo?
—¡Sí! —exclamó mi amiga—. Me preguntó si de verdad me gustaba trabajar en ventas o si lo hacía mientras encontraba «algo más serio». Como si vender fuera cosa de críos y no un empleo de verdad.
Me levanté para acercarme al calendario que tenía colgado en la pared de la cocina. Estaba lleno de garabatos, fechas marcadas y pequeños dibujos que hacía cuando me aburría. Busqué la fecha actual y fruncí el ceño al ver el círculo que había dibujado alrededor de tres días antes.
—Qué cansino —comenté pasando el dedo por los días del calendario—. ¿Y qué hiciste? ¿Le tiraste el vino a la cara?
—Qué va, soy demasiado rácana para desperdiciar el alcohol. Me limité a decirle que tenía que madrugar y me fui. Pero lo mejor es que me ha escrito esta mañana diciendo que «la próxima vez podríamos ir a un sitio más informal donde no estuviera tan tensa».
—Y qué audaz... —murmuré mientras seguía revisando el calendario—. Oye, ¿te han llegado a ti este mes las muestras de champú? Las mías deberían haber llegado hace tres días y ni rastro.
—No sé, cancelé la suscripción —respondió ella—. ¿Sigues con lo de las muestras gratis? ¿No sería más fácil comprarlas?
—Elaila, por favor. Sabes que ese champú es carísimo, y las muestras son iguales.
—Ya, ya —se burló mi amiga—. A lo mejor se las ha llevado el macizo de tu vecino.
Me quedé paralizada con la taza a medio camino de los labios.
—¿Qué has dicho?
—Era broma, Audra —aclaró ella—. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no te dejan los paquetes en el rellano cuando no estás?
Era cierto. El repartidor solía dejar las cajas frente a mi puerta cuando no me encontraba en casa. Y justo esa semana había tenido turno de tarde durante tres días seguidos...
—Elaila, eres un genio —dije de repente—. Te llamo luego, tengo que investigar algo.
—Espera, ¿qué vas a...?
Colgué antes de que terminara la frase y me quedé mirando la pared que separaba mi apartamento del de Ryker. ¿Sería capaz? ¿Se habría quedado mis muestras? Era bastante rastrero, pero después de dos semanas oyendo ruido en su apartamento por las noches, no me parecía descabellado.
Mi gato apareció a mis pies y se frotó contra mis piernas, como si pudiera leer mis pensamientos indignados. Lo cogí en brazos y le acaricié la cabeza.
—¿Tú qué opinas, Peluso? ¿Crees que el vecino está robando mis paquetes?
Él me miró con sus grandes ojos y soltó un pequeño maullido que interpreté como un claro «sí, sin duda». Aunque probablemente solo quería que lo bajara para seguir con su siesta.
—Vale, pues tenemos una misión —le dije, aún con él en brazos—. Vigilar al vecino y descubrir si se está quedando con mis paquetes.
Peluso soltó un maullido agudo e indignado, tan intenso que resonó por todo el apartamento. Y, para asegurarse de que yo captaba el mensaje, estiró una pata y me dio un golpecito directo en la cara mientras seguía maullando como si estuviera recitándome la lista completa de mis negligencias.
—Ah, vale, tenemos DOS misiones —me corregí, frotándome donde su pata me había tocado—. Limpiar tu arenero. Y vigilar al vecino. Entendido, majestad.
Solo entonces lo dejé con suavidad en el suelo. Peluso, satisfecho con mi corrección, se dio la vuelta para dirigirse al sofá, meneando la cola con ese aire de superioridad que solo los gatos saben mostrar.
Si Ryker quería guerra, guerra iba a tener. Porque nadie, absolutamente nadie, se metía con mis muestras gratis de champú.