Contigo ni en el ascensor
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1. El vecino perfecto. para odiar
El vecino perfecto... para odiar
Audra
Todo estaba tan tranquilo en mi vida. Llevaba un año y medio viviendo en este edificio de los años setenta en el barrio de Pearl District, en Portland, con paredes de papel y un ascensor que funcionaba cuando le daba la real gana.
Y aunque parezca mentira, me había acostumbrado a todo.
A los ruidos de las tuberías que sonaban como si un fantasma estuviera dando conciertos a las tres de la madrugada.
A los ocho pisos de escaleras que subía jadeando como si hubiera corrido una maratón cada vez que el ascensor decidía tomarse el día libre.
Incluso al típico clima lluvioso de Oregón, que convertía mis salidas en auténticas aventuras acuáticas.
Aun así, había algo de lo que no podía quejarme: el piso de al lado llevaba vacío desde que yo me mudé. Una auténtica bendición. O lo fue, hasta que empezaron las obras.
Primero vinieron los golpes. Días y días de martillazos que parecían darme directamente en la cabeza.
Luego el ruido de muebles arrastrándose a horas intempestivas (¿quién narices montaba una estantería a las once de la noche?).
Y, después, los dichosos arreglos: el taladro se convirtió en la banda sonora de mis mañanas durante dos semanas enteras.
Peluso y yo nos habíamos acostumbrado a cierta paz y tranquilidad. Vale, todo lo tranquilo que puede ser un edificio con las paredes tan finas que oyes hasta cuando el vecino de abajo se ducha cantando reguetón. Pero al menos no teníamos a nadie pegado a nosotros... Hasta entonces.
Decidí ser amable. Me preparé un café, me puse el peto vaquero que menos manchas de pintura tenía y salí al rellano justo cuando oí movimiento al otro lado. Era hora de presentarme como la vecina simpática y acogedora.
Abrí la puerta con mi mejor sonrisa y ahí estaba él.
Alto, con ese pelo negro perfectamente peinado y vestido como si fuera a una sesión de fotos para una revista de moda masculina, aunque solo estuviera cargando cajas.
Y, desde luego, su cuerpo era impresionante, parecía que los músculos iban a reventar la ropa.
—¡Hola! —dije con mi tono más amigable—. Soy Audra, tu vecina de al lado. Bienvenido al edificio.
Él apenas levantó la mirada de las cajas que llevaba en las manos. Unos ojos color avellana me examinaron de arriba abajo en una milésima de segundo, antes de volver a centrarse en su tarea.
—Ryker —respondió secamente.
Vale, no era el comienzo más prometedor, pero quizá estuviera cansado de la mudanza. Decidí intentarlo de nuevo.
—Desde que estoy aquí, nunca había vivido nadie al lado; ya pensaba que iba a tener siempre el rellano para mí sola —bromeé dando un sorbo a mi café—. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en...
No pude terminar la frase porque, de repente, sentí que algo se escurría entre mis piernas.
Peluso. El muy traidor había aprovechado la puerta abierta para hacer su gran escapada.
Antes de que pudiera reaccionar, mi gato sin pelo estaba plantado en mitad del rellano, vistiendo uno de sus jerséis favoritos de rayas azules, mirándonos a ambos como si fuéramos los intrusos.
—¡Peluso! Vuelve aquí ahora mismo —exclamé intentando agarrarlo.
Vi cómo la expresión de Ryker pasaba de la indiferencia a algo parecido al desagrado. Dio un paso atrás.
—¿Podrías controlar a tu... mascota? —dijo con un tono frío—. Soy alérgico a los gatos.
—Lo siento, es muy travieso —me disculpé, consiguiendo por fin coger al gato en brazos—. Normalmente no sale del piso, pero le gusta explorar cuando hay...
—Buenos días —me cortó él. Y, sin más, abrió la puerta de su apartamento, desapareció dentro con sus cajas y me dejó con la palabra en la boca.
Me quedé allí plantada, con Peluso en brazos mirándome con cara de «¿y ahora qué hemos hecho?».
—Muy amable, don Musculín... —murmuré mientras volvía a mi apartamento—. Menudo borde.
Cerré la puerta tras de mí y dejé en el suelo a Peluso, que salió disparado hacia su rincón favorito del sofá como si nada hubiera pasado.
—¿Has visto eso? —le pregunté, sabiendo perfectamente que no iba a contestarme—. ¿Quién se cree que es? ¡Como si fuéramos a contaminar su precioso aire con nuestra presencia!
Mi gato me miró con sus grandes ojos, estiró las patas y bostezó. Al parecer, la crisis existencial sobre nuestro nuevo vecino no le afectaba tanto como a mí.
—Vale, pues que le den —sentencié, dejando mi taza de café en la mesita—. Si quiere ser un borde, que lo sea. No volveré a intentar ser amable con él.
Miré hacia la pared que separaba nuestros apartamentos.
Esa fina capa de yeso que, según había comprobado durante las obras, apenas servía para algo más que para delimitar espacios.
Y tuve un mal presentimiento. Algo me decía que don Musculín, el alérgico, el borde, iba a ser un auténtico infierno como vecino.
Y yo, ingenua de mí, no sabía hasta qué punto iba a tener razón.
Habían pasado dos semanas desde aquel primer encuentro y mi intuición no podía haber sido más acertada. Don Musculín se había convertido oficialmente en mi pesadilla. Y no, no estaba exagerando.
Era la una de la madrugada de un viernes.
Debería haber estado durmiendo plácidamente, soñando con pasteles de la pastelería o con que el ascensor funcionaba más de dos días seguidos.
Pero no. Estaba despierta, con la almohada sobre la cabeza, intentando ahogar el ruido que venía del otro lado de la pared.
El maldito, constante e incesante golpeteo de su cabecero contra MI pared.
Pum, pum, pum.
Y luego estaban los gemidos. Por favor, ¿quién se creía que era esa chica? ¿La protagonista de una película para adultos? Nadie, y repito: NADIE disfruta tanto como para gritar así.
—Son falsos —murmuré contra el colchón—. Esos gemidos son más falsos que el pelo de la presentadora del telediario.
Giré la cabeza para mirar a Peluso, que también dormía plácidamente bocarriba sobre la almohada contigua, con su jersey de lana fina color mostaza, porque las noches de septiembre ya eran bastante frías. El muy traidor ni se inmutaba con el escándalo.
—¿Cómo puedes dormir con este ruido? —le susurré casi con envidia.
Pum, pum, pum, PUM.
El ritmo de los golpes aumentó. Y entonces llegó el gran final, con gemidos incluidos que hicieron que me tapara los oídos con las manos.
Llevaba así dos puñeteras semanas. Cada viernes y cada sábado, sin falta, el señor Analista Financiero montaba su numerito. A veces a las once, a veces a la una. El horario variaba, pero el resultado era el mismo: yo, desvelada, maldiciendo el momento en el que decidí alquilar este piso.
Y siempre era con una chica diferente. Había llegado a reconocer algunas voces cuando salían del apartamento a la mañana siguiente y se cruzaban conmigo cuando iba a comprar el pan.
Siempre iban perfectas, con esa cara de satisfacción que estaba segura de que era tan falsa como sus orgasmos.
Porque tenían que ser falsos. Ninguna mujer podía disfrutar tanto con un tipo tan borde como él.
Lo peor de todo era que estaba convencida de que lo hacía a propósito.
Porque las primeras noches, cuando le golpeaba la pared para que bajara el volumen, juraría que había oído risas.
¡Se estaba riendo de mí! Y desde entonces, los golpes del cabecero parecían haberse intensificado, como si hubiera acercado más la cama a la pared para molestarme mejor.
Y no eran solo sus maratones nocturnas lo que me sacaba de quicio.
Era su forma de mirarme cada vez que me cruzaba jadeando con él en las escaleras, con esa sonrisa burlona de superioridad, mientras él subía los ocho pisos como si nada, sin una gota de sudor.
«¿Cansada, vecina?», me preguntaba con ese tono condescendiente que hacía que me hirviera la sangre.
O cómo arrugaba la nariz con disgusto cada vez que Peluso se atrevía a asomarse al rellano, como si mi precioso gato fuera un bicho repugnante y no una adorable criatura sin pelo.
Para colmo, no perdía oportunidad de recordarme lo «ruidosa» que era, según él.
Una vez que puse a Taylor Swift a un volumen razonable mientras pintaba, apareció en mi puerta con cara de haber chupado un limón, quejándose de que no podía concentrarse en sus «importantes informes financieros».
Como si sus números fueran más importantes que mi proceso creativo.
Don Musculín se había convertido en la pesadilla de mi día a día, y solo llevábamos dos semanas de convivencia. No quería ni imaginar cómo sería el resto del año.
El silencio por fin regresó a mi habitación. Por el momento. Saqué la cabeza de debajo de la almohada y miré el reloj: la una y cuarto. Con suerte, mi vecino ya habría terminado su función de esa noche.
—A dormir, que mañana hay que trabajar —me dije a mí misma, intentando encontrar una posición cómoda.
Pero justo cuando estaba empezando a relajarme, lo oí: el agua de la ducha corriendo al otro lado. Y luego, algo que me sacó de mis casillas. Estaba cantando. Cantando a todo pulmón como si fueran las tres de la tarde, y no la una y media de la madrugada.
Me tapé la cara con la almohada otra vez y ahogué un grito de frustración. Eso tenía que acabar. No podía seguir así cada fin de semana. O encontraba una solución, o acabaría mudándome..., o en la cárcel por homicidio.
La luz del sol me golpeó en la cara como un puñetazo. Gruñí y me di la vuelta, intentando esconderme bajo las sábanas, pero era demasiado tarde. Ya estaba despierta. Maldito Ryker y su concierto nocturno.
Me incorporé sobre el colchón frotándome los ojos y miré el despertador: las nueve y veinte.
Al menos era sábado y no tenía que ir a trabajar hasta la tarde.
Me quedé sentada un momento, tratando de reunir energía para levantarme, cuando mi mirada se cruzó con mi imagen en el espejo frente a la cama.
—Madre mía, qué horror —murmuré, llevándome la mano a la raíz del pelo.