Contigo ni en el ascensor 15. El síndrome del héroe con pantalones de pijama
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15. El síndrome del héroe con pantalones de pijama

El síndrome del héroe con pantalones de pijama

Ryker

Me dejé caer en el sofá con la caja de pizza recién llegada sobre la mesita. Hawaiana. Con piña. Un gusto culinario que seguramente me habría costado el desprecio eterno de cualquier italiano que se preciara, pero me daba igual. Era mi pequeño placer culpable desde la universidad.

Abrí la caja y el aroma a queso fundido, jamón y, sí, piña caramelizada inundó mi salón. Me rugió el estómago. No había comido nada desde el mediodía por culpa de la maldita presentación que había tenido que terminar. Pero por fin era hora de relajarse. O eso creía yo.

Cogí un trozo, disfrutando de ese primer bocado, y encendí la tele con el mando. Pasé canales sin encontrar nada que me interesara realmente. Una serie policíaca, un programa de cocina, un documental sobre pingüinos... Nada llamaba mi atención.

Porque mi atención estaba en otro sitio. Concretamente, al otro lado de la pared.

El tintineo de copas me llegaba con claridad. Las risas ocasionales. El murmullo de conversación. El arquitecto y la princesita pelirroja cenando a escasos metros de mí, separados solo por una pared que bien podría haber sido de papel de fumar.

—Estúpidas paredes —murmuré, subiendo el volumen de la tele para intentar ahogar los sonidos.

No funcionó. Solo conseguí que los pingüinos del documental gritaran en mi cara mientras seguía oyendo perfectamente el «Oh, qué interesante» que Audra acababa de decir con ese tono que usas cuando finges interés.

Le di otro mordisco a mi pizza, masticando quizá con más fuerza de la necesaria. ¿Por qué me molestaba tanto que estuviera con ese tipo? No era asunto mío. Podía salir con quien quisiera. Incluso con un arquitecto que probablemente era incapaz de distinguir una viga de un palillo.

—No me molesta —dije en voz alta, como si decirlo fuera a hacerlo real.

Pero sí que me molestaba. Me molestaba que ese tipo estuviera en su casa. Me molestaba haberla visto tan guapa. Me molestaba recordar cómo me había temblado algo por dentro cuando la encontré en el rellano.

Y, sobre todo, me molestaba molestarme por todo eso.

Apagué la tele con un gesto brusco y me quedé en silencio, escuchando sin querer la cita que tenía lugar a tan solo unos metros. Ese tipo, el tal Dain, hablaba ahora de algún proyecto arquitectónico. Su voz me llegaba amortiguada pero clara, con ese tono que me resultaba tan irritante.

«Y lo peor es que probablemente lo sea —pensé con amargura—. Seguramente también le gusten los musicales, sepa cocinar platos gourmet y tenga una relación perfecta con su madre».

Di un mordisco más grande a la pizza. No, no eran celos. Era solo que no me gustaba ese tipo. Había algo en él que no terminaba de encajar. Algo en cómo sostenía el ramo de rosas cuando llegó. Como si fuera un accesorio que llevaba porque sabía que debía hacerlo, no porque realmente le importara.

Aunque, claro, ¿qué sabía yo? Solo lo había visto durante diez segundos en el rellano.

—Esto es ridículo —dije levantándome del sofá.

Necesitaba distraerme. No podía seguir así, escuchando la cita de mi vecina como un acosador. Era patético. Y yo no era patético.

O eso quería creer.

Recogí la caja con los restos de pizza y la llevé a la cocina. Metí lo que quedaba en un táper y lo guardé en el frigorífico. Limpié la encimera, aunque estaba impoluta, y volví al salón.

Abrí el portátil y decidí hacer algo productivo con mi tiempo. Algo que no implicara espiar conversaciones ajenas. Llevaba tiempo pensando en comprar una casa, algo más grande, con más espacio para cuando Emma se quedara conmigo. Y, sobre todo, con paredes gruesas. Muy gruesas.

Entré en varios portales inmobiliarios y comencé a buscar. Casas en las afueras, no muy lejos del centro, pero lo suficiente para tener más metros cuadrados por menos dinero. Chalets adosados, pareados, independientes...

Una imagen llamó mi atención. Un chalet independiente con tres habitaciones, dos baños completos, un jardín pequeño pero coqueto y una cocina que parecía salida de una revista de decoración.

El precio era elevado, pero asumible con mi sueldo.

Y estaba en una urbanización tranquila, con una buena seguridad.

—Perfecta —murmuré guardando el anuncio en favoritos.

Seguí navegando, encontrando otras opciones casi igual de buenas. Una con piscina comunitaria, otra con buhardilla que podría convertir en gimnasio, una más cerca del instituto de Emma...

«Y lo mejor es que serán silenciosas», pensé imaginándome en cualquiera de esas casas, lejos de paredes que dejaban pasar hasta el sonido de una respiración. Lejos de vecinas pelirrojas con gatos calvos. Lejos de la tentación constante que suponía vivir puerta con puerta con Audra.

Porque, sí, ahí estaba el problema real. Audra se había convertido en una tentación. Una que me estaba costando ignorar cada vez más.

Cerré el portátil con un suspiro y miré el reloj. Las diez y media. Aún era pronto, pero no tenía nada mejor que hacer. Y seguir escuchando la cita de al lado no era una opción si quería mantener mi salud mental.

Me levanté y decidí darme una ducha antes de irme a la cama. Una ducha larga y fría que me ayudara a despejarme y, con suerte, a dejar de pensar en lo que estaría pasando en el apartamento contiguo.

Me desnudé, me metí bajo el chorro de agua fría y dejé que esta me recorriera el cuerpo, intentando enfriar algo más que mi piel. No funcionó del todo, pero al menos me despejó un poco.

Tras la ducha, me puse solo los pantalones del pijama. Hacía demasiado calor para la camiseta, aunque fuera octubre. La calefacción central del edificio siempre estaba demasiado alta.

Recogí la ropa del día que había dejado sobre la cama para llevarla a la cesta de la ropa sucia. Era algo que hacía siempre: mantener el orden, guardar cada cosa en su sitio. Me daba una sensación de control que necesitaba.

Y entonces lo oí.

Un grito. Agudo. Aterrorizado.

Me quedé paralizado, con la ropa en las manos, escuchando con atención. ¿Lo había imaginado? A veces mi mente me jugaba malas pasadas, especialmente cuando estaba cansado.

Pero entonces lo oí de nuevo. Otro grito, esta vez más fuerte y claramente reconocible.

—¡NO! ¡ALÉJATE!

Era Audra. Sin duda era su voz. Mi corazón empezó a latir más rápido, la adrenalina acelerando mi pulso. ¿Qué estaba pasando ahí?

«Tranquilo —me dije a mí mismo—. Seguramente estarán viendo una película de terror. O...».

Un pensamiento mucho más perturbador cruzó mi mente.

¿Y si el arquitecto no era quien decía ser?

¿Y si era algún tipo de psicópata? ¿Y si estaba intentando hacerle daño?

Las noticias estaban llenas de historias sobre mujeres que conocían a alguien aparentemente normal que luego resultaba ser un completo lunático.

«No, no seas paranoico —intenté calmarme—. Seguro que hay una explicación lógica. Están jugando, o viendo una película, o...».

—¡ALÉJATE! ¡NO ME TOQUES!

Ese tercer grito fue suficiente. No lo pensé dos veces. Lancé la ropa al suelo y salí disparado de mi apartamento, directo a la puerta de Audra. Sin camiseta, sin zapatos, solo con los pantalones del pijama.

Llamé a la puerta con fuerza, casi aporreándola.

—¡Audra! —grité—. ¿Estás bien?

Desde dentro me llegó otro grito ahogado, y luego la voz de mi vecina, temblorosa:

—¡Vete! ¡Aléjate! ¡Por favor!

Eso fue todo. Algo en mi interior se activó. Un instinto de protección que no sabía que tenía. Me eché hacia atrás y, sin pensarlo, embestí contra la puerta con todo mi peso.

Pero la puerta no cedió. Solo conseguí un dolor sordo en el hombro.

«Mierda, las películas mienten», pensé mientras me frotaba el hombro dolorido. En las pelis, el héroe siempre echaba la puerta abajo al primer intento.

Otro grito desde dentro me impulsó a intentarlo de nuevo. Esta vez me alejé un poco más, tomé carrerilla y me lancé contra la madera con toda la fuerza que pude reunir.

Con un crujido que resonó en todo el rellano, la puerta cedió, aunque no se salió de los goznes de forma limpia como en las películas; más bien se agrietó en la zona de la cerradura, dejando un hueco lo suficientemente grande como para que pudiera meter la mano y abrir desde dentro.

—¡Audra! —grité mientras entraba ya en el apartamento—. ¿Dónde estás? ¡Audra!

Lo que vi me dejó paralizado en el sitio.

Audra estaba de pie sobre la encimera de la cocina, con una toalla enrollada alrededor del cuerpo y otra en la cabeza, como si acabara de salir de la ducha.

—¡RYKER! —chilló, pero no era de alivio precisamente—. ¡MI PUERTA! ¡¿QUÉ NARICES LE HAS HECHO A MI PUERTA?!

Miré a mi alrededor confundido, buscando al arquitecto o algún peligro inminente, pero no había rastro de ninguno. El apartamento parecía completamente normal, salvo por la chica medio desnuda subida a la encimera.

—¿Qué pasa? —pregunté desconcertado—. ¿Dónde está Dain? ¿Estás bien?

—¡UNA CUCARACHA! —gritó mientras señalaba el suelo con una expresión de pánico absoluto.

Bajé la mirada y entonces la vi. Una cucaracha. Grande, sí. Enorme, de hecho. Una de esas rojas que parecían prehistóricas correteando por el suelo de la cocina.

—¿Me estás diciendo que has gritado así por una cucaracha? —pregunté incrédulo—. ¿Dónde está el arquitecto?

—¡No está aquí! —respondió sin apartar la mirada del insecto—. ¡Y no es una cucaracha cualquiera! ¡Es un monstruo! ¡Mírala! ¡MÍRALA!

El bicharraco, como si entendiera que estaban hablando de él, salió disparado hacia el lado opuesto de la cocina. Audra soltó otro grito agudo que me perforó los tímpanos.

—¡MÁTALA! —chilló, agarrando con más fuerza la toalla que la cubría—. ¡MÁTALA YA, POR FAVOR!

Miré a mi alrededor buscando algo con que aplastar al bicho, pero no encontré nada a mano.

Peluso, mientras tanto, observaba la escena desde lo alto de la isla de la cocina.

Llevaba un pijama de Batman, tenía las pupilas dilatadas como platos y meneaba la cola, pero no parecía tener ninguna intención de ayudar con la caza.