Código Cero
20 de marzo de 2020 • Desde las 4:50 h. Hospital de San Juan de Dios y Museo de San Isidoro (León).
Con el último latido de la Reyna, un crujido sordo resuena en las entrañas de la tierra y resquebraja el sarcófago que custodia los restos de Urraca I en el Panteón Real, quebrando su lauda y la inscripción pétrea.
Con el último aliento de Constance, Lara exhala el grito más desgarrador que jamás haya resonado en León: un aullido seco y espectral.
Con el último suspiro de su Señora, sus caballeros y damas bajan la cabeza, vencidos por el dolor.
En el box del Hospital San Juan de Dios sobreviene un silencio glacial, antiguo como la memoria del mundo.
Adrián, ajeno al trasfondo milenario, contempla el abismo en los ojos de Lara; Isabel fija la mirada en el vacío; Connie abraza con desesperación el torso de su hija mientras Raymond la sostiene por los hombros; y Paul permanece ausente, retirado junto a la puerta.
El médico ha presenciado la muerte en incontables ocasiones a lo largo de su carrera, pero jamás una aflicción tan densa y compartida.
Sin embargo, el equinoccio trae consigo el germen del renacer. Lara se recompone; su mente gira a toda velocidad en torno al último susurro de su amada: «Saldaña. Saldaña. El castillo donde expiró Urraca… La profecía: “El camino de tu futuro comienza en una torre de tu pasado”».
—¿Qué te ocurre, Lara? —pregunta Adrián, alarmado—. ¿Te has puesto la medicación? ¿Tienes reservas de cloruro potásico en casa? Con el confinamiento estricto no podemos arriesgarnos a otra crisis muscular.
—Tienes razón, Adrián. Debo pasar por mi piso de inmediato —responde ella con voz febril—. Aprovecharé para asearme.
Los cuatro se detienen y la observan desconcertados. Lara alza la vista, solemne:
—Código cero. Constance dejó sellada su última voluntad en la torre de su pasado: el castillo de Saldaña.
—¡La profecía! —exclama Connie.
—Se cumplirá allí —sentencia Raymond.
—¿De qué estáis hablando? —interviene Adrián, atónito.
—Adrián —media Isabel, dando un paso al frente—, Lara siempre ha destacado que eres un hombre de ciencia singular, abierto a comprender aquello que escapa a la lógica convencional o a lo que no se puede explicar.
—Soy médico y científico; no me cierro a lo desconocido, pero busco respuestas racionales…
—Pues hoy vas a empezar a encontrarlas —lo ataja Isabel—, pero necesitamos tu complicidad.
Las miradas de Isabel, Connie, Raymond y Lara convergen sobre él.
—¿Complicidad para qué? —inquiere el doctor, presintiendo el abismo.
—Para sacar a Constance de aquí —espeta Lara sin rodeos.
—¿Cómo? ¡Estáis locos! ¡Llevarse un cadáver del hospital!
—Adrián, por favor, confía en nosotros —suplica Isabel.
—Es una aberración legal y deontológica. ¿Cómo voy a justificarlo ante la dirección?
—No lo justifiques. Hazlo —apremia Lara.
—Ven con nosotros y lo entenderás —insiste Isabel.
—¿Ir? ¿Adónde? —la voz del médico tiembla.
—Al castillo de Saldaña —anuncia Raymond con calma pétrea.
Isabel acorta la distancia, plantándose frente al doctor. Se retira la mascarilla y desliza hacia arriba la pantalla protectora de Adrián. Con un gesto pausado, le despoja de su mascarilla y lo besa con una pasión rotunda que anula cualquier resistencia.
—Adrián… ¿confías en mí? —le susurra a escasos centímetros de los labios.
El médico, desarmado y aturdido, asiente en silencio.
—Nuño, activamos código cero —habla Lara por el móvil mientras cruza la esclusa—. Envía a tus hombres con el otro furgón al Panteón de los Reyes; ya saben qué deben recoger. Tráeme la motocicleta de Sancho a la entrada y partid directos hacia Saldaña. La torre es el castillo.
—Adrián, facilítame un sudario estéril —pide Raymond.
—Sí, por supuesto… —balbucea el médico.
—Vamos, te acompaño —ofrece Isabel, tomándolo del brazo con suavidad.
Lara sale al exterior y divisa a Paul enfrascado en una conversación telefónica. Al verla, este cubre el micrófono con la mano:
—Coordino instrucciones con el delegado de mis novicios.
—Reúnete con el grupo en cuanto termines. Código cero —ordena ella, suspicaz ante su actitud.
Nuño detiene la motocicleta frente a la dársena de urgencias. Lara toma los mandos y arranca de inmediato, perdiéndose en el asfalto desierto. A espaldas de ambos, Paul concluye la llamada:
—Código cero. Intuyo que os cruzaréis en el museo.
Nuño maniobra con el furgón y lo estaciona a ras del muelle.
Instantes después, la comitiva traspasa las puertas automáticas empujando la camilla con el cuerpo amortajado de Constance.
Introducen los restos en la parte trasera del blindado y suben a bordo; Paul ocupa el asiento del copiloto.
El vehículo parte con celeridad contenida rumbo a la comarca de Saldaña.
Lara llega a su edificio e ingresa a la carrera en la vivienda.
Ha omitido dos tomas de su pauta de potasio y el síndrome de Gitelman comienza a manifestarse: sus riñones excretan minerales a un ritmo implacable y el déficit electrolítico amenaza con desencadenar espasmos, debilidad aguda y arritmias.
Al encender la luz del despacho, se le corta la respiración: el mobiliario y los legajos aparecen revueltos, como si una patrulla hubiera registrado la estancia a conciencia.
La vitrina, sin embargo, permanece intacta.
Recupera la daga medieval, la enfunda en la vaina de cuero extraída del escritorio y se la ajusta al cinto del pantalón.
En la cocina abre el estuche térmico del refrigerador para comprobar la pequeña ampolla con el agua del río Jordán, custodiada desde los tiempos de la Primera Cruzada tras el viaje postrero a Ultramar.
Un calambre le atenaza el muslo. Sin perder un segundo, corre al baño, localiza las ampollas en el botiquín y se inyecta la dosis intramuscular. Al sentarse en el suelo aguardando a que el fármaco restaure el equilibrio muscular, repara en la disposición de la estancia y comprende la escena previa:
—Dios mío… Creíste que yo…
Se incorpora de un salto y regresa a la mesa de trabajo.
El borrador del testamento regio sigue extendido y, entre los códices, asoma la hoja manuscrita.
Al mirar la pantalla del ordenador, advierte las pestañas del navegador: Constance había descubierto la cita reservada para esa misma mañana, en el arranque de la primavera, destinada a grabar sobre su propia piel el tatuaje de la Reyna como símbolo de unión perpetua.
—Maldita sea… Se ha ido creyendo que la había traicionado —musita con los ojos anegados en lágrimas.
Guarda la documentación, apaga el terminal y sale del inmueble a toda prisa.
Minutos después, detiene la moto junto al Museo de San Isidoro.
Desactiva los sensores de seguridad con sus códigos de acceso e ingresa por la cancela que comunica con el Panteón Real.
Avanza entre las sombras de las bóvedas románicas, estremeciéndose al vislumbrar la fractura limpia sobre el sepulcro de Urraca.
Sin detenerse, enfila la escalera de piedra que asciende hacia la Sala del Tesoro, en la Cámara de Doña Sancha.
Al cruzar el umbral, los focos cenitales se encienden de golpe.
—Te estaba esperando, Lara —pronuncia una voz masculina con aplomo.
—¿Qué haces aquí, Fernando? —pregunta ella, frenando en seco.
—Custodiar el tesoro. Sé perfectamente a qué has venido.
—¿Quién te ha avisado?
—Mi tío.
—¿Y quién es tu tío?
—Paul… Rodrigo Gómez de Candespina.
Lara abre los ojos de par en par:
—Eres el hijo de…
—De Pierre.
—… y de…
—De Constance —completa el joven con un velo de tristeza.
—¿Ella lo sabía?
—Hablé con mi madre la primera mañana que pasó en tu apartamento.
Lara encaja las piezas. El aparente consuelo de Constance tras la matanza del palacio no era resignación: era la certeza de saber con vida al hijo secreto que la Reyna había protegido a través del tiempo.
—Tu padre te facilitó su contacto, ¿verdad?
—Así fue.
—Si permaneciste oculto incluso para mí… ¿por qué rompiste el silencio?
—Ignoraba si ella había sobrevivido al asalto del Palacio Episcopal.
—¿No sabías si tu madre…? —Lara se interrumpe al comprender el despliegue previo—: ¡Los arqueros!
—Vienes a por el Cáliz de Doña Urraca, ¿no es así? —la corta Fernando con frialdad.
—Sí. Y saldré con él por las buenas o por la fuerza.
Sin previo aviso, el joven descarga un golpe seco con su mano enguantada contra la vitrina de seguridad, fracturando el cristal templado para asir la copa de ágata y oro. Las sirenas del museo comienzan a aullar en el recinto. Lara da un paso hacia él, pero sus palabras la detienen:
—Hagámoslo juntos. Que conste como un expolio.
No confío en ti, Lara, pero sé lo que sentías por ella.
Mi padre ha caído y la profecía no admite demoras.
En mi condición de conservador del museo, yo te entrego el cáliz y tú me llevas ante sus restos.
Si existe una mínima posibilidad de que mi madre despierte, no pienso quedarme atrás.