Constance Si tú vives yo vivo
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Si tú vives yo vivo

20 de marzo de 2020 • Antes del amanecer.

Castillo de Saldaña, Saldaña (Palencia).

La noche es profunda y rasante. La cúpula celeste se extiende limpia y las estrellas titilan con un brillo nítido y acerado.

La Orden al completo custodia la torre derruida de lo que fue la capilla de San Juan.

El aire gélido de la madrugada castellana deposita finos hilos de escarcha sobre la sillería centenaria.

Las voces de los templarios entonan un Gloria en un susurro grave y contenido; en sus miradas late una devoción inquebrantable.

Las mujeres oran de hinojos. El círculo más próximo cerca el cuerpo de Constance: Connie, su madre; Raymond, su padre; Isabel, su protectora y madrastra; y Paul, hermano de Pierre.

Nuño y sus hombres, revestidos con el hábito ceremonial y las capas blancas con la cruz paté, rinden honores a su Reyna con la rodilla clavada en tierra.

Fernando, su hijo, porta la reliquia siguiendo los pasos de Lara, quien viste el traje de gala del conde Pedro.

El aroma penetrante de la cera quemada lo envuelve todo. Las teas y los cirios delimitan un ara de piedra dispuesta a modo de túmulo. No es un oficio fúnebre ni resuenan tañidos de agonía: reina un recogimiento sagrado donde solo los cánticos y los rezos quiebran la soledad del cerro.

Un redoble sordo de tambores ejecutado por los novicios estremece el aire. No marcan el paso de la muerte, sino la cadencia del renacer.

A Constance la han engalanado como a una soberana: viste el mismo sayal que Sor Elvira le entregó, despojada de joyas materiales, tal como fue su vida. Sobre el cuello descansa el pañuelo burdeos de su hermano Sancho, y su cabello luce de nuevo los reflejos turquesas.

Fernando da un paso al frente y entrega la pieza sagrada a Lara.

Esta alza el Cáliz de Doña Urraca hacia el cielo estrellado.

Al instante, los cánticos se extinguen y los tambores cesan.

Se impone un silencio sepulcral. En un movimiento unánime, todos los presentes hincan la rodilla y se postran sobre la hierba escarchada.

Solo Adrián permanece en pie, paralizado por el desconcierto, hasta que Isabel tira con suavidad de su manga para obligarlo a descender a tierra.

El fulgor trémulo de los velones tiñe el espacio de una solemnidad ancestral.

Lara vierte con pulso firme el agua del río Jordán en el cuenco de ágata hasta rozar el borde dorado.

Sin derramar una sola gota, aproxima el metal precioso a los labios yertos de Constance; el agua sagrada resbala por las comisuras cerradas de su boca.

—Da igual en el cuerpo que yazca mi alma: mi amor será siempre eterno —pronuncia la catedrática con voz templada y firme.

Desenvaina el puñal de Urraca, la misma hoja que selló el destino de Gelmírez.

Con exquisito cuidado, retira la manga del vestido de Constance y traza una incisión limpia sobre su muñeca derecha.

Una gota carmesí brota sobre la piel pálida.

De inmediato, Lara hiende el acero en su propia muñeca y entrelaza ambas heridas, sellando la sangre.

—Si tú mueres, yo muero; si tú vives, yo vivo.

Un estremecimiento telúrico recorre el cuerpo de Lara, sintiendo la llama de la vida y el alma de su amada atravesar su ser en una corriente ardiente.

Adrián, petrificado desde su posición, contempla lo imposible:

Constance abre los ojos.

Pensando en voz baja

Cierro mi tercera novela tras no pocos avatares, dudas y tribulaciones, pero también con la satisfacción y el orgullo de haber alcanzado la meta.

La cierro, en cierto modo, sin clausurar del todo el final, dejándolo en tus manos, querido lector: a tu libre y sincera elección.

Y es que, en el fondo, los matices de ese desenlace no son lo esencial…

No me inquieta si Constance regresa como ella misma, como la Reyna, con la esencia de ambas o si el espíritu de Urraca I acaba por eclipsarla.

Tampoco si, al despertar, descubre la verdad sobre Lara y su amor, si todo fue fruto de su propia obsesión o si Lara anhelaba, en lo más profundo de su ser, ocupar un nuevo trono.

Lo que verdaderamente me importa es si he sido capaz de aportar un humilde grano de arena para comprender la figura y la trascendencia histórica de esta mujer excepcional.

Y, sobre todo, si este viaje nos invita a reflexionar sobre si, de haber vivido en nuestros días, no merecería el honor indiscutible de ser coronada como la Reyna.

Marín (Pontevedra), 24 de agosto de 2026 • 02:53 h.