El equinoccio de Saldaña #2
—Gracias, Isabel. Solo hago mi trabajo… créeme —contesta él, acusando los nervios tras la pantalla facial.
Isabel le dedica una sonrisa triste:
—Aun así, gracias. ¿Sería posible verla?
—Es preferible que no. Los protocolos son inflexibles y el pánico cunde entre el personal; nadie sabe a ciencia cierta a qué nos enfrentamos.
—Lo comprendo, Adrián —lo interrumpe ella, posando una mano enguantada sobre su brazo con delicadeza.
Un estremecimiento involuntario recorre al doctor, que logra disimular el impacto gracias a la mascarilla.
—Si hay alguna mejoría o… —Adrián calla, eludiendo la palabra fatídica—. Estate tranquila. Os haré pasar aunque me cueste el puesto.
Isabel le lanza un beso al aire y regresa al blindado junto a los suyos. Antes de que se aleje, el médico añade en voz alta:
—Tened cuidado. Las patrullas recorren las avenidas pidiendo identificaciones. Cualquier novedad, Lara os avisará por mensaje.
La noche transcurre lenta y pesada. Adrián y Lara encadenan guardias interrumpidas por breves cabezadas de agotamiento.
En el interior del furgón, los cuatro resisten en una vigilia muda en la que nadie consigue conciliar el sueño.
Al clarear el día, el desgaste físico es evidente en todos.
Dos golpes secos sobre la chapa metálica los sobresaltan:
—Traigo café de máquina —anuncia Lara desde el exterior, con un aspecto demacrado tras el plástico de la visera—. Advierto que sabe a rayos, pero os pondrá en órbita. No me preguntéis por la dosis de cafeína, pero es letal.
—¿Cómo sigue? —pregunta Connie, formulando en voz alta la plegaria muda del resto.
—Ni avanza ni empeora de forma brusca, pero está en estado crítico —responde con un nudo en la garganta—. Las próximas horas resultarán decisivas. Os mantendré al tanto.
Lara se retira sin añadir más; cada sílaba pronunciada le desgarra el pecho.
Durante la jornada, Constance no cesa de emitir quejidos débiles, hasta que el agotamiento muscular la vence por completo.
El esfuerzo titánico por introducir aire en los pulmones agota el diafragma y los músculos intercostales: al respirar, la piel se le hunde entre las costillas y la fosa del cuello.
Adrián comprende que la batalla se pierde y que el tiempo se agota.
Sin embargo, conserva el porte imperturbable del facultativo ante Lara; sus explicaciones técnicas no la convencen, pero al menos le ofrecen un asidero frente a la desesperación.
En el exterior, la tensa espera en el furgón se vuelve asfixiante, pero su condición templaria los mantiene firmes en su juramento.
A media tarde, Adrián aprovecha para acercarse a su domicilio a tomar una ducha rápida. Lara se niega en redondo a abandonar el box; su amigo intercede para que le permitan recostarse en el sofá de la sala médica, imponiendo su criterio frente a las reticencias de algún colega.
A última hora de la noche, el facultativo de guardia lo llama de urgencia al teléfono móvil:
—Doctor, debe regresar de inmediato. La paciente ha entrado en fallo respiratorio severo.
Cuando Adrián llega a la carrera, encuentra a Lara inclinada sobre la cama, deshecha en lágrimas. Al cruzar las miradas, el médico niega con la cabeza, consumido por la impotencia:
—Lo siento, Lara. El desenlace es inminente.
Lara rompe a llorar con desconsuelo. Constance ya no habla; carece de aire y de fuerzas. Se encuentra inmersa en la bruma de su memoria medieval, perdiendo el contacto con los sentidos mientras sus ojos vidriosos y desenfocados apenas distinguen sombras lejanas.
Adrián cruza la esclusa hacia el exterior. La puerta del furgón se abre con presteza y los cuatro descienden en formación. Se detienen a dos metros del médico:
—No superará esta madrugada. Lo lamento en el alma.
Connie e Isabel se desploman de rodillas sobre el asfalto, abrazadas en un llanto sobrecogedor.
Raymond y Paul se estrechan en un abrazo mudo de camaradas y hermanos de armas.
Adrián regresa al interior conteniendo las lágrimas, abrumado por el peso de una implicación personal que ha desbordado toda coraza profesional.
Pasadas las cuatro de la madrugada, el monitor satura el silencio del box con alarmas agudas e intermitentes.
Los labios de Constance adquieren un tono violáceo y la cianosis oscurece el lecho de sus uñas.
Las extremidades se tornan gélidas bajo un sudor pegajoso.
Lara contempla el cuerpo de su amada presintiendo el vacío.
Alertado por los avisos acústicos, Adrián entra en la estancia y abraza a la catedrática por los hombros:
—Ha llegado la hora —le susurra, besándole la sien—. No te apartes de su lado. Voy a buscarlos.
Connie ve acercarse al doctor, abre la portezuela del vehículo de golpe y se aferra a su bata protectora con mirada desencajada.
—Entra en colapso —anuncia Adrián sin rodeos—. El intercambio gaseoso ha fallado y los pulmones están encharcados. Tenéis que venir ya. Lara os espera.
Connie echa a correr hacia la esclusa seguida de cerca por Raymond. Tras ellos, Isabel y Paul avanzan con la pesadez de quien camina hacia un abismo.
Sobre la camilla, el ritmo respiratorio de Constance se quiebra en boqueos espasmódicos y los estertores de la agonía solo se ven amortiguados por el llanto sofocado de quienes la rodean.
El trazado cardíaco decae en una bradicardia extrema.
En un último y desesperado reflejo de vida, sus dedos rozan la mano de Lara y la cabeza se ladea apenas un milímetro.
Lara aproxima la mejilla a sus labios fríos; con el último hálito de aire que le queda en el pecho, la voz milenaria de la Reyna exhala un susurro íntimo:
—Saldaña.
Esa es la última palabra. Un eco del pasado. Un destino sellado nueve siglos atrás.
La mecánica torácica se detiene. Las facciones de Constance se relajan en una paz repentina y el monitor dibuja la línea continua del adiós.
Son las cuatro horas y cincuenta minutos del veinte de marzo de dos mil veinte. Es el instante exacto del equinoccio, la hora cósmica en que la noche y el día se equilibran y el invierno rinde su cetro a la primavera.
En ese preciso segundo, sobreviene el silencio absoluto en el box. Constance ha cerrado los ojos para siempre.